De piscina termal a fuente termal

Si de algo puede presumir Islandia es de tener las mejores fuentes termales. Brotan de cualquier lugar de su territorio y los Islandeses las aprecian tanto que las conservan en un estado semi-salvaje. Si esas fuentes termales estuvieran en un país como España, seguro que serían todas privadas y hubieran construido urbanizaciones insostenibles a su alrededor. Allí no, allí respetan el agua caliente que brota del subsuelo y simplemente canalizan el agua para poder aprovecharla para bañarse (salvo honrosas excepciones como la Blue Lagoon o su equivalente en el lago Myvatn).

La vieja piscina termal de Seljavallalaug conserva sus vestuarios, aunque se conserva en muy mal estado.
La vieja piscina termal de Seljavallalaug conserva sus vestuarios, aunque se conserva en muy mal estado.

En nuestro itinerario de viaje no podían faltar las más atractivas de estas fuentes y piscinas termales. Nuria y yo somos amantes de este tipo de espacios geotermales y por ello diseñamos la ruta para que cada día tuviéramos la oportunidad de bañarnos en una de estas pozas de agua caliente.

El día anterior habíamos dormido muy cerca de la piscina termal más antigua de Islandia: Seljavallalaug. Sin embargo, no habíamos podido disfrutarla, ya que el camino de acceso estaba bastante complicado debido a la lluvia que había estado cayendo toda la tarde. Por la mañana, ya con luz y sin lluvia, Nuria y yo cargamos la mochila pequeña y nos fuimos a desayunar a la piscina termal de Seljavallalaug.

Bañarse en un entorno como el de Seljavallalaug es una experiencia única que nadie debería perderse, a pesar del verde de las algas (que no molestan para nada, por cierto).
Bañarse en un entorno como el de Seljavallalaug es una experiencia única que nadie debería perderse, a pesar del verde de las algas (que no molestan para nada, por cierto).

 

El camino no fue tan complicado como creíamos y en menos de 10 minutos desde el lugar dónde dejamos la autocaravana pudimos llegar sin problemas. El lugar es mágico. El barranco por el que discurre un río glaciar al fondo, la piscina pegada a una de las paredes del cañón, las altas montañas con sus crestas nevadas alrededor… solo por las vistas merece la pena caminar hasta esta piscina. La piscina en sí está bastante descuidada ya que los habitantes de la zona utilizan la nueva piscina que se construyó para evitarse la caminata hasta la vieja que ha quedado como reliquia para nostálgicos y visitantes foráneos. El agua de la piscina se ve verde debido a las algas del fondo, pero es muy pura, y los vestuarios están destrozados, aunque mejor es tener eso que nada, como sucede con la mayoría de las piscina y pozas de aguas termales de Islandia. Quejarse sería un crimen, cuando estamos hablando de un conjunto como este.

El baño en Seljavallalaug no duró más de un hora y, a pesar de que el resto del grupo quiso quedarse durmiendo “un ratito más”, no estuvimos solos, ya que dos chavales jóvenes, creo que mochileros también, habían llegado un rato antes que nosotros y se estaban dando un baño.

La catarata de Seljalandsfoss no llevaba mucha agua ese día.
La catarata de Seljalandsfoss no llevaba mucha agua ese día.

Nuestra primera parada fue en la famosa catarata de Seljalandsfoss. Es bastante conocida por ser una catarata que se puede visitar tanto por delante como por detrás, es decir, existe un sendero que permite rodear completamente la cascada. Se trata de una de las mayores atracciones turísticas de Islandia y por ello estaba lleno de gente, había un kiosco dónde comprar comida y un parking muy bien cuidado. Sin duda, una visita obligatoria, pero mucho menos espectacular que algunas otras cataratas que habíamos visto en el norte o incluso cerca de Reikiavik como Glymur.

Un día tranquilo

La idea del día era pasar un día relajado que debía culminar en la poza de aguas termales de Hrunalaug celebrando el cumpleaños de Aida. De hecho, el día de hoy era considerado “día buffer”, es decir, un día de relleno sobre la planificación que podría saltarse fácilmente en caso de que fuéramos retrasados. No era así, llevábamos la planificación al día, como un reloj, por lo que no era necesario adelantar nada, así que seguimos lo planificado, que era marcharnos de Seljavallalaug en dirección a Háifoss por la carretera 32.

Darle la vuelta a una catarata no es algo que se haga todos los días. Te mojas un poco, pero vale la pena.
Darle la vuelta a una catarata no es algo que se haga todos los días. Te mojas un poco, pero vale la pena.

Antes de llegar al desvío de Háifoss, paramos un buen rato en un pueblo (creo que Arborg) para comprar bebida (básicamente cerveza) para el cumpleaños. En Islandia es complicadísimo comprar alcohol. Solo se puede adquirir alcohol en unas tiendas especializadas (licorerías) o en los bares que son muy escasos y caros. Los horarios de estas licorerías son muy variables y restringidos. En unos pueblos la licorería abre 3 o 4 horas por la mañana, en otros un par de horas a mediodía… así que si quieres comprar alcohol tienes que ir preguntando de pueblo en pueblo a qué hora abre allí. Es algo similar a lo que serían las farmacias de guardia en España.

Tanto tiempo tuvimos que esperar a la apertura que terminamos comiendo en la zona de aparcamiento cercana (la licorería estaba junto a una gasolinera y varias tiendas). Mientras esperábamos fuimos a visitar un par de tiendas de souvenirs típicos (todo carísimo, excepto algunas delicias culinarias que vendían los granjeros de la zona que tampoco compramos porque habíamos comprado ya suficiente comida en el supermercado para el resto de días que nos quedaban).

La curiosa catarata doble de Hjálparfoss.
La curiosa catarata doble de Hjálparfoss.

Después de comer proseguimos viaje en dirección a Háifoss con primera parada en la catarata doble de Hjálparfoss. En ese momento, los tres que iban en la vivienda de la autocaravana (Roman, Aida y Jorge) ya estaban bastante contentos entre la cerveza y el tabaco. Curiosamente y aunque Hjálparfoss no es una de las cataratas importantes de Islandia, al estar ya en la zona turística del país, nos sorprendimos de no ser los únicos visitantes del lugar. La parada eso sí, duró bien poco, ya que a pesar de que el día estaba llamado a ser tranquilo, tampoco podíamos dormirnos mucho si queríamos hacer el trekking por el valle de Gjain.

La autocaravana no es un 4×4

Cuando estuve documentándome para planificar el viaje leí que la carretera 332 a pesar de no ser una carretera F (solo para todoterrenos), no era precisamente una carretera fácil y que algunos viajeros se habían dado media vuelta. Son solo 7 kilómetros por esa carretera hasta el Háifoss por el tramo sin asfaltar de la 332, por lo que pensamos que no sería para tanto. Pero sí.

La cerveza islandesa corría desde mediodía, eso sí, junto a los crackers con queso untado ;)
La cerveza islandesa corría desde mediodía, eso sí, junto a los crackers con queso untado 😉

Nada más empezar el tramo sin asfaltar nos encontramos con un vadeo bastante largo. No parecía muy profundo, pero sí que eran unos buenos 30 o 40 metros y la autocaravana no es que tenga unos bajos muy altos. “Los de atrás” ya iban totalmente desatados, se habían bebido más de la mitad del cargamento que debía durar para varios días. Les pregunté qué hacer y todos aceptaron el riesgo. Nuria fue la única que puso objeciones, pero éramos mayoría, así que ella y Roman bajaron a comprobar que el cauce del río no fuera demasiado profundo y a asegurarse de que no hubiera piedras y para adelante. La autocaravana respondió perfectamente y cruzó sin ningún problema. Román que se había metido hasta la rodilla en el agua subió helado de frío y continuamos subiendo. Sí, subiendo, porque tras el vadeo ahora empezaba un zig-zag de subida con bastante tierra suelta. Me fijé que en los laterales habían bastantes tablas suelas, signo inequívoco de que algún vehículo se había quedado atorado en alguna de estas subidas, probablemente un día de lluvia ya que había marcas de rodera en las que intenté no entrar.

En la última subida la autocaravana derrapó ligeramente y se cruzó un par de veces en ambas direcciones. No hubiera sido un problema en otro tipo de camino, pero justo en esa subida había una buena caída hacía la derecha sin ningún tipo de protección. Temí más por la bajada que por la subida ya que sabía que podía controlar aquél monstruo mientras siguiéramos en movimiento constante ascendente y no detuviéramos la marcha, pero en la bajada si pilláramos una de esas roderas y la dirección se quedara clavada, muy probablemente acabaríamos de lado y eso podría significar que volcáramos debido a la altura de la autocaravana. Así que tras esa subida y tras comprobar que todo aquello había pasado en apenas un par de kilómetros, decidí que era el momento de dar media vuelta. Otra subida como aquella, pero en unas condiciones un poco peores y hubiéramos podido “romper” la autocaravana y haber palmado toda la fianza. Así que había que dar la vuelta, pero ¿dónde? Avanzamos todavía unos metros más buscando un lugar para dar la vuelta, pero llegamos al final de una recta llana y adelante sólo nos esperaba una curva cerrada y ascendente, por lo que teníamos que dar la vuelta allí mismo, fuera como fuera.

Como no tengo imágenes del momento autocaravana 4x4, os muestro las drojas que mantuvieron la cordura a bordo.
Como no tengo imágenes del momento autocaravana 4×4, os muestro las drojas que mantuvieron la cordura a bordo.

Primero crucé la autocaravana pegándome lo más que pude al lado izquierdo, hasta que me acerqué tanto que pareció que íbamos a volcar. Las ruedas del lado izquierdo se clavaron en la tierra blanda irremisiblemente y tuve que pedir a todos que bajaran para añadir piedras bajo las ruedas para poder sacar el vehículo. Agradecí en ese momento tantos “malos ratos” desatascando mi viejo Grizzly de situaciones similares. Con las piedras y con todos empujando, conseguimos coger algo de tracción y salir de allí maniobrando para cruzar completamente el vehículo. Afortunadamente por aquél lugar no pasaba nadie, porque debimos tener la autocaravana cruzada durante más de media hora mientras salíamos del segundo atolladero, este con las ruedas delanteras totalmente fuera de control y el vehículo cruzado. La misma maniobra para atrás y tras librar la rueda derecha trasera de la arena, esta vez pudimos salir y encararnos hacía la civilización. Bajamos con mucho cuidado las cuestas, volvimos a vadear el río y pudimos respirar tranquilos cuando llegamos de nuevo al asfalto. Jamás me había alegrado tanto de pisar el asfalto.

De cabeza a Hrunalaug

Bien es cierto que nos habíamos saltado Háifoss, Granni, el valle de Gjain y Stong, pero yo estaba a tope de adrenalina, creo que era el único consciente de lo cerca que habíamos estado de terminar en un barranco. Afortunadamente no pasó nada, pero fue el día del viaje a Islandia en el que más cerca estuvimos del precipicio (y eso que no se conocía por allí por nuestra languidez.

Recorrimos los kilómetros que faltaban hasta Hrunalaug en plan fiesta. La parte de atrás de la autocaravana parecía más bien una de esas limusinas que se contratan para las despedidas de soltero. Había música, alcohol, charla distendida y me costaba mucho mantenerlos sentados.

Los exteriores de Hrunalaug son de cuento, a pesar de que esta foto no hace justicia.
Los exteriores de Hrunalaug son de cuento, a pesar de que esta foto no hace justicia.

A Hrunalaug llegamos bastante bien gracias al GPS y a las indicaciones de los carteles. Aparcamos en una zona señalada y dónde no debían caber más de 3 vehículos y salimos a buscar la poza termal. Nuestra sorpresa fue mayúscula: era la mejor poza de aguas termales que habíamos visto nunca. Tenía una pequeña caseta con tejado de turba que daba directamente a una poza pequeña y había una segunda poza a pocos metros de esta caseta con capacidad para 7 u 8 personas. Todo esto en un entorno impresionante y sin nadie viviendo en muchos kilómetros alrededor, por lo que la fiesta no podía molestar a nadie.

Junto a nuestro amigo checo festejamos el cumpleaños de Aida
Junto a nuestro amigo checo festejamos el cumpleaños de Aida

A pesar de ello, como es costumbre en esta zona del sur de Islandia, no pudimos disfrutar solos de las aguas termales. Cuando llegamos había una pareja que se fue al rato, luego vino un chico checo que estaba visitando Islandia con un coche alquilado y del que nos hicimos amigos (de hecho durmió en la autocaravana porque pensaba dormir en su frío coche alquilado sin calefacción). Más tarde vinieron un grupo de franceses que querían fijarnos echarnos (“¿cuando os vais?” “no tenemos hora, dormimos aquí, ¡uníos a la fiesta!”) y que se fueron muy enfadados al ver que aquello era un espacio público. Y más tarde, después de cenar, cuando fuimos a darnos el bañito de la noche, nos encontramos con un grupo de italianos que se marcharon “pronto” quizás porque se asustaron un poco al vernos a unos en pelotas y a los otros borrachos. El cumpleaños terminó a las 2 de la madrugada.

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Publicado por

Ivan

Si tuviera que explicar de dónde me viene la pasión por viajar, probablemente hablaría de un atlas cartográfico que me regalaron mis padres unas navidades. Me aprendí ese libro casi de memoria. Recorría en sueños lúcidos países, montañas y mares. Fue, sin lugar a dudas, mi primera referencia viajera con 10 años de edad. Luego tardé bastante en empezar a convertir en realidad aquellos sueños. Mis primeros viajes empezaron durante mi etapa universitaria. Eran pequeños viajes a lo largo de la península ibérica que solían durar 2 o 3 días. La causa principal de no viajar antes fue el asunto económico y no haber encontrado entonces ninguna referencia que me explicara que para viajar no hace falta dinero. Quizás de ahí me venga la pasión por explicar que se puede viajar sin apenas dinero. Los viajes de verdad empezaron cuando conocí a Núria y empezamos a viajar juntos. Tuvimos que pasar primero por el amargo trago de viajar en grupo para darnos cuenta que eso no era lo nuestro. Luego empezamos a viajar por libre y nos dimos cuenta de todo el tiempo que habíamos perdido. Más tarde nació Apeadero, primero como forma de volcar todo lo aprendido y todo lo vivido para ayudar a que otras personas pudieran aprovecharse del conocimiento adquirido. Vimos que a mucha gente le interesaba y le era útil nuestro "Apeadero" y fuimos transformando cada vez más el blog en una herramienta útil para los viajeros. Ahora mismo, me encuentro inmerso en el mayor proyecto viajero de mi vida: la Vuelta al Mundo en Tren que me llevará durante todo el año 2017 a viajar por los 5 continentes en el medio de locomoción que dio nombre a este blog: el tren.

3 comentarios sobre “De piscina termal a fuente termal”

  1. Estoy planificando un viaje a Islandia este verano y buscando aguas termales donde darse un baño he llegado a vuestra crónica, muy enriquecedora por cierto. Me interesan los sitios al aire libre que no hayan sido modificados por el hombre y por supuesto de libre acceso sin pagar entrada. Conocéis más sitios además de Hrunalaug, Stóragjá y Grettislaug?? Gracias.

    1. Jorge, salvo Stóragjá no queda mucho que no haya sido “tocado” por el hombre. Lo bueno es que los islandeses suelen ser muy respetuosos con la naturaleza y lo dejan todo bastante aseado (vamos, que canalizan las aguas para que formen pequeñas piscinas, pero de acuerdo con el medio, sin estridencias).

      Las otras dos termas que comentas son buenos ejemplos de ello. En este artículo encontrarás los puntos GPS de todas las que conocemos: http://apeadero.es/2014/05/islandia-mapa-con-puntos-de-interes-entorno-la-ring-road/ (descargate el mapa de “piscinas y lugares de baño”).

      Landbrotalaug es otra terma que está muy integrada con el medio (http://apeadero.es/2014/06/segundo-dia-de-ruta-por-islandia/) y, por supuesto, tenéis que bañaros en el único río de agua caliente que conozco y que supone también una zona nada tocada por el hombre (Hveragerdi, http://apeadero.es/2015/03/el-triangulo-de-oro-islandia/)

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