En el programa del 3 de abril de Ser Aventureros comentaban que las autoridades nepalíes detectaron cientos de fraudes al seguro en el Everest por parte de escaladores que llamaban al helicóptero de rescate desde el campo base para que les llevara directamente al aeropuerto simulando una indisposición menor. Para tratar de evitarlo, ahora se ha decidido reforzar la vigilancia de los requisitos mínimos que se exige a los escaladores (experiencia previa) y el helicóptero estará obligado a llevar al supuesto paciente a un hospital dónde se le someterá a un reconocimiento médico.

Y las estafas no van solo en una dirección. Ya en 2019 las compañías aseguradoras amenazaron con dejar de trabajar en Nepal si el gobierno no ponía fin a las estafas que les causaban grandes pérdidas en cada ejercicio. Parece ser que algunos guías, compinchados con empresas de helicópteros y hospitales privados, forzaban a los excursionistas extranjeros a echar mano del seguro llevándolos por los senderos más complicados o, incluso, poniendo grandes cantidades de bicarbonato sódico en la comida para inducir vómitos y diarrea.

El florecimiento de las amapolas

Este endurecimiento de las condiciones de acceso no es algo nuevo ni específico del Everest. Hace pocas semanas saltó la noticia de un campo de amapolas en Alcalá de Guadaíra (España) que había sido pisoteado después de que se hiciera viral una foto en dicho lugar. Los agricultores tuvieron que poner carteles prohibiendo el paso y avisando de que se había sulfatado recientemente el campo.

No es nada nuevo, esto ya ocurrió con otro campo de amapolas en Zamora (España) el año pasado y pasó también en EEUU en los grandes campos de amapolas de California donde las autoridades llegaron a cerrar el acceso al lugar ante la gran afluencia de público.

En el caso estadounidense, la polémico escaló hasta convertirse en un debate nacional, con artículos en revistas y periódicos de reconocido prestigio.

La democratización de la irresponsabilidad

Si algo ha conseguido Internet es democratizar el acceso a la información en todos los ámbitos. Antes, para adquirir un determinado conocimiento debías acudir a una biblioteca y, con suerte, encontrabas algo que pudiera acercarse a una respuesta. Ahora, sin salir de tu casa, tienes acceso a casi todos los libros, revistas, documentales, etc de la historia de la humanidad.

Esta democratización del acceso a la información, que es algo altamente positivo, también tiene consecuencias negativas. Cuando un instagramer de cierto renombre geolocaliza una foto en un lugar remoto, quizás delicado, o incluso de acceso limitado, como uno de esos campos de amapolas de los que hablábamos anteriormente, puede provocar sin quererlo un efecto devastador para el lugar.

Hay que pensar que la información no son solo libros y documentos, la información es mucho más: son imágenes, vídeos, redes sociales, etc. Estamos todo el día hiper-expuestos a información de todo tipo y obtenerla cuesta cada vez menos («Alexa, ¿qué hora es en Nueva York?»).

El efecto «Buscando a Nemo»

No es culpa de Internet, son las personas quienes utilizan para bien o para mal la información que reciben.

En 2003 se estrenó la película «Buscando a Nemo» con un grandísimo éxito internacional. La gente amaba a Nemo, especialmente los niños. Nemo era un pez payaso común, de los que se ve con bastante facilidad haciendo snorkeling en el sudeste asiático. La película y su secuela («Buscando a Dory», pez cirujano) hicieron aumentar las ventas de este tipo de peces sin que quien compra se plantease siquiera de dónde viene ese pez y si puede contribuir a su extinción.

Campos de Lavanda en Francia
¿Se pueden publicar fotos de lugares delicados y ser responsable a la vez? Creo que sí. Esta foto por ejemplo la tomamos en el Museo de la Lavanda en Francia. Para tomarla no se pisó ninguna planta.

Debería suceder que cuando un influencer o una empresa publicita algo, tenga en cuenta las posibles repercusiones que tendrán sus acciones. Pero parece que vivimos en una sociedad de la irresponsabilidad total en la que todo vale y, de hecho, se premian las actitudes más irresponsables (más hago el cafre, más seguidores consigo).

Los influencers de la vanlife

Hay casos de bloguers e influencers que directamente mienten para intentar conseguir unos cuantos seguidores . Otros usan filtros para mejorar su imagen (o distorsionarla por completo) y ser más atractivos para la audiencia que desean conseguir. También hay quienes siguen promocionando actividades con animales salvajes a pesar de saber cómo viven esos animales. Y todos conocemos los casos más sonados de total irresponsabilidad de influencers que se juegan la vida para tomar fotos (algunos finalmente llegaron a matarse). El reproche social es casi nulo o al menos a ellos les compensa porque genera más seguidores de los que ahuyenta.

Es exactamente el mismo caso de los influencers de la llamada «vanlife». Muchos te venderán un estilo de vida idealizado en el que te levantas con vistas al acantilado y luego te vas a surfear un rato. Pocos te dirán que tuvieron que dormir junto a una carretera, que tuvieron que hacer malabarismos para darse una ducha y que se pasaron una hora buscando un retrete. Pero la realidad es que hasta aquellas estrellas que muestran las fotos más maravillosas pueden sentirse realmente desgraciados.

El mundo camper es genial, sobretodo en verano y de vacaciones, pero vivir en una furgoneta en invierno y teniendo que trabajar puede no ser tan bonito. Antes de subir una imagen como esta nos pensamos si realmente nuestros potenciales lectores son conscientes de los pros y los contras.

Hay de todo. Hay quienes sí son responsables y te muestran la vida real de alguien que viaja o vive en su furgoneta y no lo idealizan. Un artículo reciente hablaba de dos chicas que ahogadas por los abusivos precios de los alquileres y los precarios trabajos que tenían decidieron comprarse una furgoneta y vivir en ella. Por una parte hay que darse cuenta qué les mueve a elegir esa vida (la precariedad) y por otra me pregunto hasta qué punto son conscientes los influencers de que pueden empujar una vida irreal a la gente.

Lo cierto es que soy poco optimista en todo ello. Cuando veo las fotos Instagram o los videos en YouTube de ciertos influencers duchándose en el exterior, montando picnics fuera de su furgoneta y repitiendo una y otra vez comportamientos que son ilegales en la mayoría de países sin ni siquiera avisar de ello, me doy cuenta de que lo único en lo que piensan antes de subir un vídeo o foto es cuantos seguidores más les va a reportar.

Un nuevo modelo de turismo

Hace falta una reflexión cómo sociedad y como individuos. A nivel personal, todos tenemos una responsabilidad en cada una de nuestras acciones, pero aquellos que tienen una mayor visibilidad tienen una mayor responsabilidad. Todos al menos deberíamos hacernos unas preguntas básicas antes de darle a la tecla ENTER: «¿Esto que voy a publicar puede causar algún problema?», «¿Este contenido está de acuerdo con mis valores?» «¿Es lícito?» «¿Estoy advirtiendo de los peligros o problemas derivados de reproducir este tipo de conducta?», etc…

Por supuesto que unas personas pueden tener divergencias importantes y algunos considerarán positivo publicar una foto geolocalizada de un campo de amapolas y otros no. Yo opino que ambas posturas son posibles asumiendo una responsabilidad. Lo que no es lícito es ni siquiera plantearse que existe una responsabilidad en los actos propios.

El primer influencer que se hace una foto y geolocaliza un campo de amapolas tiene una responsabilidad. Igual que la tienen todos y cada una de las personas que han visitado ese campo. Parece de perogrullo recordarlo, pero quien pisa una planta es el único responsable de que esta se marchite.

Quizás el influencer inicial no pisó las flores o pidió permiso para hacer fotos en el campo. Quizás los seguidores que fueron a ese lugar lo pusieron en su radar turístico solo porque vieron esas fotos y con sus visitas y sus compras locales consiguieron dinamizaron la economía local.

Igual sucede con las muchísimos personas que usaron sus redes sociales para concienciar del problema del maltrato animal en las actividades con elefantes o tigres en Tailandia. Las redes sociales, igual que Internet, no son positivas o negativas en sí mismas, se trata de cómo las personas las usamos. Hay quienes las utilizan para concienciar sobre determinados problemas y hay quienes no tienen ninguna conciencia sobre los problemas del mundo dónde viven.

No hay una respuesta única válida, todo tiene sus aristas. Yo mismo no tengo claros muchos aspectos. Lo que sí es evidente es que el acceso inmediato y directo a la información ha cambiado el paradigma y el sector turístico y, sobretodo, los reguladores del mismo, tienen que repensar qué quieren hacer de aquí al futuro.

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