Crónica: Viaje a Senegal (II)

6/4 Llegada a Dakar

El vuelo lo operaba Iberia y la conexión con Alicante apenas hacía subir el precio unos 10 euros, por lo que elegimos esa opción y pudimos salir prácticamente desde casa. Esa es una de las pocas ventajas de comprar un billete en una compañía «tradicional» frente a una low-cost, aunque ciertamente sin las low-costs nunca hubieran dado ese paso. El vuelo, por lo tanto, salía de Alicante, hacia escala en Madrid y luego desde ahí a Dakar, parando en Gran Canaria durante unos minutos para repostar (eso dijeron, pero yo creo que bajó y subió gente).

Cogimos el vuelo de conexión en Barajas con bastante holgura y pedimos recoger las maletas y volverlas a facturar, ya que no nos fiamos mucho de este aeropuerto (cuando regresamos es distinto, si pierden una maleta tienes más ropa en casa, pero a la ida es una putada). Durante la larga espera en Barajas, nos tomamos alguna hamburguesa (1 euro), compramos algunas revistas (con guía Lonely Planet de Atenas incluida, 7 euros) y realizamos una última incursión en la farmacia (4’50 euros). A pesar de todo eso, la espera se hizo eterna.

Bien entrada la tarde, se escuchó por megafonía la llamada para el vuelo de Iberia con destino Dakar y la emoción se desató. Era nuestra primera incursión en el África negra y además en un país dónde se habla francés como segunda lengua y dónde no suelen viajar muchos españoles (en los países árabes, independientemente de si fueron francesa o inglesa, si viajan muchos españoles, casi todo el mundo termina entendiendo y «chapurreando» español). La sensación al despegar el avión es la misma que te invade cuando subes por primera vez en una nueva montaña rusa y te están remolcando hacía arriba para conseguir impulso antes de soltarte ante una emocionante sucesión de loopings y otros ingenios mecánicos. Sentí que no había vuelta atrás, reconocí que no habíamos planificado suficientemente bien el viaje y, sobretodo, sentí el respeto ante una nueva aventura, algo que no sentía desde el viaje a Perú.

Casi puntuales, a las 22:00 (hora local) aterrizamos en el aeropuerto de Dakar. Cuando llegas a Dakar te encuentras con un aeropuerto realmente pequeño. Da bastante miedo, la verdad, pero no es para tanto. Bajas del autobús que te ha acercado a la terminal y te encuentras con una larga cola para pasar el control policial. En esa zona del aeropuerto todo estaba cerrado, incluso el baño (y no controlaba suficientemente la lengua de signos como para llegar a conocer la razón). Traté de conseguir cambiar dinero allí, que parecía una zona tranquila, pero me dijeron que no era posible y que tenía que hacerlo fuera (no entendí muy bien que significaba «fuera», si se refería a cambiar en una oficina en la propia terminal, si tenía que hacerlo en la calle o si debería ir hasta Dakar para ello… cosas de la lengua de signos). Así que esperamos pacientemente a que nos tocara nuestro turno en la cola y… ¡sorpresa! El método para elegir a quién le abren la maleta es un pulsador que con cierta probabilidad enciende una luz roja que indica si eres el elegido. A mi no se me iluminó, pero a Nuria sí, por lo que tuve que esperarla en la zona de salida. Allí la gente se agolpa contra unos separadores de cristal esperando sacar alguna comisión o llevarte en taxi a algún lugar. La zona protegida, antes de cruzar la barrera de cristal, está llena de tour-operadores con cartelitos para que los turistas borreguitos acudan al pastizal.

Entablamos conversación con uno de los guías nativos de un famoso tour-operador español (no recuerdo el nombre). Apenas hablaba español, por lo que la comunicación fue realmente complicada. Espero por el bien de los turistas que ese no fuera el guía que tenía que explicarles las maravillas de Senegal. El hombre al final nos entendió. Cuando se enteró de que queríamos cambiar dinero, enseguida llamó a un amigo que se fue a buscar a alguien. Esperamos y esperamos. Al cabo de 10 minutos o más le dijimos al primer hombre que nos íbamos, que no queríamos seguir esperando más. Primera lección de Senegal: al europeo el tiempo le mata, el africano mata el tiempo. Segunda lección de Senegal: todo funciona mediante redes de contactos. Salimos al exterior. El otro lado del cristal impresiona. A diferencia de la mayoría de aeropuertos, en el de Dakar, cuando sales de la zona de llegadas, sales directamente a la calle y si quieres coger otro vuelo o cambiar dinero tienes que volver a entrar por otra puerta. La puerta de salida está custodiada por varios policías que evitan que nadie entre por dónde salió. La gente de agobia en la salida, pero de forma mucho más conmedida que en los países del magreb.

(continua)

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