6 historias reales de terror de 6 bloggers de viajes 6

Aunque viajar suele ser una fiesta, en ocasiones los viajeros también pasamos por momentos delicados, momentos en los que pasamos miedo. Para celebrar este día se me ocurrió pedirle a algunos bloggers de viaje que nos contaran cuando fue el día que más miedo pasaron en un viaje. Estas son sus historias. Continúa leyendo 6 historias reales de terror de 6 bloggers de viajes 6

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Timadores

Dentro de los países africanos que hemos tenido la suerte de visitar, Kenia es, sin duda, uno de los que tienen una mayor proporción de timadores, como yo les llamo. Ser “timador” no es ser ladrón o ser mala persona, simplemente es estar siempre tratando de sacarte algún euro extra. En Uganda también hay cierto número de timadores, pero no es tan exagerado como en Kenia. Sin embargo, Kenia y Uganda no son para nada países peligrosos, Senegal, por ejemplo, me pareció mucho más conflictiva (y aún así no hay para tanto).

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De Argentina a Kenia

Compartimos el viaje a Kenia y Uganda con Marcos y Maria LuisaTras dos años explicando día a día nuestro viaje a Argentina vamos a cambiar totalmente de destino y vamos a viajar a las entrañas de África: Kenia y Uganda. Para cerrar el ciclo de crónicas de Argentina he publicado una página resumen del viaje a Argentina dónde podréis encontrar todos los artículos publicados de este destino, desde la planificación hasta la crónica diaria.

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Senegal: Recomendaciones de viaje

Casi un año después de nuestro primer viaje al africa negra, pienso que ha sido uno de los mejores que hemos realizado. Nos enfrentamos al viaje con muy poca preparacion, sin conocimiento del idioma y con un presupuesto muy ajustado, pero a pesar de todo, conseguimos pasarnoslo bien, desconectar y conocer gente muy interesante. Es un viaje totalmente recomendable donde apenas se visitan “atracciones turisticas” al uso, ya que no existen, sino que te dedicas a vivir el pulso de un país que es representación de todo un continente. Senegal es un país dónde descubriras valores humanos, tradiciones y naturaleza en estado puro. Desgraciadamente es un destino cada vez más demandado por el turismo (especialmente francés) lo cual está transformando áreas que antes permanecian intactas (otras como Cap Skirring ya están tocadas de muerte desde hace tiempo).

Si yo me planteara volver a Senegal seguiría una ruta totalmente diferente a la que realizamos. Partiría y volvería a Dakar porque allí está el único aeropuerto internacional y porque no hay otro modo de llegar a la isla de Gore, pero desde luego, Dakar no tiene nada de atractivo, es una ciudad con aspiraciones de gran metropoli cuyos habitantes viven en una loca mezcla de ciudad europea llena de africanos, algo totalmente incompatible. Las únicas tres veces que hemos sufrido inseguridad han sido en esta ciudad: cuando un taxista nos quiso timar, cuando sorprendimos a un grupo de jovenes carteristas y cuando unos niños nos timaron con el cambio. En cualquier otra parte de Senegal (quizá a excepción de Sant Louis) me hubiera parecido inconcebible un acto de este tipo. Cuando llegas o sales de Dakar, si miras por la ventana podrás observar niños trabajando en trabajos muy duros, gente malviviendo, sin techo… es muy diferente a las áreas rurales, dónde, aunque no tengas trabajo, siempre tendrás un árbol que dará frutos y dónde podrás comer algo, o tendrás a un familiar que te ayude en los peores momentos. Dakar se ha “europizado” en el peor sentido de la palabra.

Y los mismo para Saint Louis. Una ciudad que debió tener el brillante explendor que muestran sus fachadas, hoy en día es decadente y gris. A la sombra de Dakar (que sí ha conseguido desarrollarse), Saint Louis se ha convertido en una sombra de lo que fue. Es un pueblo grande, pero sin los nexos que hacen de un pueblo un lugar fácil para vivir.

Por eso, si me planteara un nuevo viaje a Senegal, no incluiría Saint Louis en la ruta y en Dakar trataría de estar el mínimo tiempo posible. De echo, mi ruta empezaría en Dakar, dónde visitaría la isla de Gore y el centro urbano. Luego empezaría a bajar por la costa, hacia Joal-Fadiouth y el delta del Sine Saloum. Según la Lonely Planet se puede hacer un recorrido en barcas y autobuses que conectan el Sine Saloum con Banjul. Desde la capital de Gambia seguiría bajando por la costa hacia Kafountine, que aunque en cierta medida no cumplió nuestras espectativas, sí creo que merece una visita. Desde allí a Ziguinchor, dónde con un día de visita hay suficiente y que usaria como base de operaciones para ver el resto de la Casamance. Visita obligada a Elinkine y la isla Carabane y quizá una visita testimonial a la zona de Cap Skirring para saber en que se puede convertir Senegal si el turismo sigue explotando el país como lo hace en esas zonas. Una alternativa posible sería en Kafountine seguir bajando por la costa hacia Cap Skirring. Si nosotros encontramos a alguien que nos propuso esa excursión en Cap Skirring, seguro que es posible encontrarla en Kafountine y la verdad es que debe ser una verdadera aventura (no os olvideis de que la zona de la Casamance está todavía en un periodo de calma tensa entre los guerrilleros y el gobierno). Desde Ziguinchor nos tendríamos que dar una paliza en 7-plas para llegar a Tambacounda, visitar la reserva y si hay tiempo bajar al Pays Basari. Nosotros esta parte del viaje hacia el interior no lo realizamos debido al miedo que le cogimos a los desplazamientos por carretera después de pasar todo un día encerrados en un Ndiaga viajando de Dakar a Saint Louis. De camino de Tambacounda estaría bién parar en Kaolack, ciudad santa, dónde seguramente debe notarse el contraste entre los Senegaleses “normales” y los más islamizados.

Sólo utilizaría el barco de Dakar a Ziguinchor en caso de que careciera de tiempo para visitar el interior del país. En ese caso (menos de 15 días) sí que lo usaría para regresar de Ziguinchor.

Lo que sí que recomiendo encarecidamente es no realizar trayectos de más de 150 km en otro transporte que no sea un 7-plas. Nosotros sufrimos una Ndiaga durante 300 Km y quedamos tan impresionados que no quisimos repetir. Por lo demás, es un viaje para disfrutarlo poco a poco, sin prisas, como lo haría un africano. Tened mucha paciencia, especialmente en las comidas, preveed que van a tardar en serviros el doble o triple de tiempo que en España. Siempre que podaís, hablad con la gente, es increiblemente amable, os lo darán todo, aunque no tengan nada y descubrireis lo ricos que son.

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Crónica: Viaje a Senegal (XXVI)

22/4 Destino Babylon (continuacion)

Llegamos a Rufisque, era ya bastante tarde, teníamos mucha hambre, pero también teníamos aquella típica sensación de pérdida de apetito después de haber pasado bastante tiempo sin comer. Durante un rato estuvimos buscando un lugar dónde comer, pero sin éxito. Todos los lugares que encontrábamos estaban cerrados o nos daba repelús entrar. Rufisque es la típica área periférica de una gran ciudad. Son ciudades grises, sin ningún tipo de encanto, con muchos núcleos de pobreza, mucha gente en tránsito, con calles y casas muy sucias debido a un decadente tejido industrial. Además, en Rufisque no hay ningún hotel cercano, los taxistas iban todos “a pillar”, pues esperaban que les pagaras el triple de lo lógico por llevarte al lago rosa o incluso a Dakar (dónde preguntamos cuanto costaba llegar cuando ya casi estábamos desesperados). He de reconocer que nos agobiamos mucho allí. Íbamos muy cargados, llevábamos muchas horas de Ndiaga encima y las calles estaban llenas de gente que te paraba, te preguntaba, trataba de sacarte algo… Hubo un momento de crisis. Pero entre todo aquello, un joven taxista emergió del tumulto. Nos preguntó dónde queríamos ir y, no se porqué, le contestamos que queríamos ir al lago rosa, pero que nos conformábamos con llegar a algún sitio dónde pasar la noche no muy caro. Por alguna razón se apiadó de nosotros y nos dijo que él nos llevaba. No nos permitió ni negociar el precio, nos dijo que nos llevaba al lago rosa por el precio que nosotros estábamos pidiendo (3000 CFA). No hablaba nada de castellano ni inglés, apenas nos comunicábamos con un precario francés, pero nos dimos cuenta que tenía un gran corazón y nos dejamos llevar.

Durante el trayecto en coche nos dijo se llamaba Ser y que vivía en un pueblo llamado Babylon, que se encuentra a medio camino entre Rufisque y el lago rosa. Nos comentó que su tío había estado viviendo en España mucho tiempo gracias a una ONG catalana que ha ayudado mucho a su pueblo. Incluso nos contó que la ONG consiguió que la cantante Beth (una triunfita) fuera a cantar a Babylon.

Cuando estábamos cerca de su pueblo, nos dijo que nos quedaríamos a pasar la noche en su casa y que mañana nos llevaría a ver el lago rosa y luego a Dakar. Nuria y yo nos quedamos mirándonos un poco alucinados, pero, la verdad, tampoco teníamos ni ganas ni fuerzas para decir nada. Nos dejamos secuestrar.

Llegamos a Babylon. Ser nos paró delante de la casa familiar y nos pidió que entráramos. No tenía nada que ver con otras casas que habíamos visto anteriormente en Elinkine o Saint Louis. Esta era inmensa, espaciosa, luminosa y estaba totalmente limpia. No había muchos lujos tal y como los conocemos en Europa, pero para el nivel de África, era un palacete. El comedor no tenía nada que envidiar a cualquiera de Europa (salvo, quizás, una televisión de pocas pulgadas) y algunas habitaciones estaban muy bien acondicionadas (otras no tanto, ya que consistían en un simple colchón en el suelo).

Ser nos dejó hablando con un primo suyo en el comedor. Este chico hablaba inglés perfectamente, lo que fue un alivio. Hablamos durante un buen rato sobre un montón de asuntos que interesan a un joven africano sobre los europeos y a la inversa. Ser tuvo que marcharse a trabajar (con el taxi) y no le volvimos a ver hasta la noche. Su primo también se marchó en un momento dado y nos quedamos con la tía de Ser (bueno, en verdad era otra de las mujeres de su padre). Ser tiene 28 hermanos de varias madres y su padre esta en Italia. Con su “tía” pudimos hablar poco, ya que nuestro francés no nos permitía muchas alegrías y decir cualquier frase era pasarse 5 minutos de malentendidos. La mujer estaba viendo la tele. Primero se tragó un par de capítulos de sendos culebrones de gente blanca adinerada (snif) y luego cambió a un canal en el que ponían videos musicales de gente bailando danzas típicas Senegalesas (como los que ya habíamos visto en el barco de la Casamance). Antes de eso, los hermanos de Ser estaban viendo lucha libre Senegalesa, al parecer uno de los pasatiempos preferidos por los nativos. La mujer, demostrando quien manda, los envió a todos fuera del comedor y puso su telenovela.

Nos estábamos muriendo de hambre. Literalmente. Sé que parece sencillo pedir algo que comer, pero no lo es tanto en ciertas situaciones. Primero por la barrera del idioma. ¿Qué le pides? ¿Simplemente comida? ¿Y si te trae algo que no te gusta? Y además por esta la barrera cultural. ¿Cómo se lo pides para no parecer ansioso o un glotón? Después de haber entrado en el comedor y haberme sentado en el sofá pisando la alfombra sin descalzarme, lo último que quería es otra “metida de pata” cultural.

No paraba de venir gente, éramos la atracción del día en la casa, pero Ser no aparecía. Desapareció sin decirnos que se iba ni cuando regresaría. Nuestra esperanza era que en cuanto volviera iríamos a algún sitio a comer algo. Pero no, fue mejor que eso. Cuando Ser llegó le pidió a su madre (la que le parió) que nos preparara la cena y la sirviera en la habitación principal. Estábamos a punto de asistir a nuestra primera cena típica senegalesa. ¡Menos mal que nos habíamos leído el capitulo dedicado a ello en la Lonely! Debido a los preceptos religiosos, una comida en un hogar musulmán en Senegal (supongo que en otros países musulmanes también, pero es más difícil experimentarlo) tiene una serie de reglas que hay que respetar. Entre otras cosas, la comida se sirve en el suelo, con los comensales sentados alrededor de esta y se utiliza únicamente la mano derecha para comer, la izquierda no puede tocar la comida ya que se reserva para la higiene personal. La madre sacó una bandeja llena de patatas y 8 o 10 huevos fritos por encima, de esos cuya yema está sólida y no líquida. Imaginaros, nosotros con un hambre atroz y encima nos dejaban comer con las manos… ¡nos pusimos hasta arriba! Por cierto, los mejores huevos fritos con patatas de mi vida, aunque quizá eso fuera por el hambre que teníamos.

Después de cenar, aparecieron por allí Vidal y Nuri, los hermanos pequeños de Ser. Nuri estaba un poco enfadada con nosotros porque le habíamos quitado la habitación. Estos curiosos nombres vienen de los cooperantes catalanes que les ayudaron. En España Vidal es un apellido y Nuri el diminutivo de Nuria y supongo que entre ellos se llamaban así Vidal y Nuri. Estuvimos un rato en el dormitorio, viendo fotos y haciéndonos fotos con ellos y con un bebé de apenas unos días hijo de la tercera de las madres.

Ser se cambió de ropa y nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo. En la puerta de la casa nos esperaba un amigo suyo que se vino con nosotros. Paseamos entre tinieblas, como en casi todos los pueblos de Senegal, hasta la casa de los abuelos de Ser. Entramos en un patio que daba a varias casas bastante pobres y avanzamos hasta la única cuya puerta entre abierta dejaba escapar algo de luz. Allí, do
s ancianos arrugados y delgados como no había visto nunca salieron de debajo de una mosquitera que cubría la cama que hacía de sofá. Se alegraron muchísimo de vernos. Hablaron un rato con Ser y luego nos despedimos. Ser nos fue enseñando lo poco que había que ver en el pueblo. Nos dimos cuenta de lo popular que debía ser este chico, pues le saludaba toda la gente con la que nos cruzamos. Llegamos a su casa, que era distinta de la casa dónde nos alojábamos nosotros (aunque estaban muy cerca) y dejamos allí a su amigo. Vivian 3 chicos en unos pocos metros cuadrados, en colchones tirados en el suelo, aunque todo estaba escrupulosamente limpio y ordenado. Parecía más bien un piso de estudiantes “a la senegalesa”.

Ser nos dejó en nuestra habitación, nos dijo que podíamos utilizar el baño que había enfrente y quedamos a una hora para ir mañana al lago rosa. Nos cepillamos los dientes y nos acostamos. No tardamos en dormirnos, el día no había tenido desperdicio.

Gastos del día:
59400 CFA (campamento Yokam)
2400 CFA (Ndiaga a M’bour)
400 CFA (Extra hasta Bandia)
34000 CFA (Visita a Bandia)
1000 CFA (Ndiaga a Rufisque)

Total: 97200 CFA

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Crónica: Viaje a Senegal (XXI)

18/4 No hacer nada

Otro día más en Ziguinchor. En este punto sí que nos empezamos a sentir un poco atrapados. No nos daba tiempo a hacer excursiones demasiado lejanas y con el calor que hacía tampoco es que apeteciera moverse mucho. Aquí estábamos esperando el dichoso barco.

Por la mañana, ante la perspectiva de seguir recorriendo las mismas calles, comiendo en los mismos sitios y haciendo las mismas cosas que los dos días anteriores, decidimos hacer algo un poco diferente. Nos planteamos ir andando al mercado artesanal. Según el mapa que teníamos de la Lonely, estaba bastante lejos, pero tiempo no nos faltaba, así que empezamos a andar. Y mereció la pena. Durante nuestro trayecto hasta el mercado, encontramos otros mercadillos, los típicos de Senegal, y tiendas de todo tipo, dónde podías comprar desde chatarra hasta electrodomésticos, pasando por todo lo relacionado con el sector de la alimentación. Interesante paseo. El destino era lo de menos, el mercado artesanal no es más que un conjunto de tiendas de souvenirs (prendas de vestir, tallas de madera, etc) que se han juntado en un determinado punto. Algo bueno sí tiene, y es que puedes ver como los artistas trabajan su género e incluso encargarles que te realicen alguna pieza “a medida”. Únicamente compramos un pantalón de tela con los colores típicos de la zona (2000 CFA).

Si la ida había sido bastante interesante y entretenida, el regreso no lo fue tanto. El sol ya estaba en todo lo alto pegando fuerte y pasear en esas condiciones no era precisamente agradable. Combatimos el calor con una coca-cola (400 CFA), pero no fue suficiente. Llegamos exhaustos a un restaurante (no recuerdo el nombre) y pedimos el plato del día: Yassa Poulet (5000 CFA). Luego, como de costumbre, nos fuimos a dormir un rato.

Después de la siesta, volvimos al centro, nos compramos un par de helados (700 CFA) y nos metimos un rato en el cyber-café (250 CFA). Cuando terminamos, fuimos a ver a nuestro amigo el vendedor que nos había traído unas máscaras grandes para ver si nos gustaban. No llegamos a ningún acuerdo con él. Nosotros buscábamos unas máscaras realmente grandes, cómo las que habíamos visto esa misma mañana en el mercado artesanal (y por las que, como primer precio, nos pidieron medio millón de CFA). Lo que sí que le compramos fueron unos collares y una pulsera de caracoles cri-cri que según la creencia popular dan suerte (2000 CFA).

Después de la dura negociación fuimos al restaurante habitual a cenar. Pedimos algo de comida europea “tortillas”, que resultaron estar impresionantes gracias al toque africano (4200 CFA). Después de cenar paseamos un rato, nos tomamos un helado y compramos una botella de agua (750 CFA).

Gastos del día:
2000 CFA (pantalón tela)
400 CFA (coca-cola)
5000 CFA (comida)
700 CFA (2 helados)
250 CFA (cyber)
2000 CFA (2 collares y pulsera)
4200 CFA (cena)
750 CFA (helado y agua)

Total: 15300 CFA

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Crónica: Viaje a Senegal (XIII)

13/4 Isla de Carabane

No teníamos claro que íbamos a hacer. Por una parte quedarnos un día más en la playa de Cap Skirring sin hacer nada nos atraía, pero por otra parte nos imaginábamos que encontraríamos más lugares como este en el camino. El día anterior, habíamos encontrado a un grupo de gente comiendo en el restaurante del campament entre los cuales había una chica que hablaba español. Nos comentó que venían andando por la playa desde Diembéring, a unos 9 kilómetros al norte de Cap Skirring, y que esta era la peor playa que habían encontrado y en la única en la que la gente les había molestado. Para nosotros era un argumento de bastante peso.

Por cierto, que el grupo este había pedido para comer una parrillada de gambas y aún cuando ya habían terminado, en la fuente que les sacaron todavía había gambas para alimentar a medio campament.

Finalmente decidimos coger nuestras mochilas y marcharnos de Cap Skirring. Nuestro nuevo destino era la Isla Carabane. Pagamos las dos noches de campament al encargado (20000 CFA) y andando por la carretera fuimos hasta la plaza del pueblo dónde se reúnen los transportes públicos. Por el camino compramos una botella de agua para que no nos pasara como en otras ocasiones (500 CFA).

El hombre que organiza todo aquello del transporte hablaba un poco de castellano y nos explicó que para ir hasta Carabane teníamos que coger un 7-plas o una Ndiaga hasta Osuye y luego allí bajarnos y coger otra Ndiaga hacia Ellinkine. En Ellinkine un barco nos llevaría a la isla. El mini-bus hasta Osuye nos costó 1200 CFA para los dos con maletas y el Ndiaga a Ellinkine otros 1100 CFA.

El camino hasta Osuye está asfaltado y dentro de lo que cabe hay pocos agujeros que te hagan el viaje incomodo. Además fuimos cómodamente sentados ya que el tipo de furgoneta era un poco más grande de las habituales. Sin embargo el viaje hasta Ellinkine es todo un reto. El camino no está asfaltado, bueno, sí, lo estaba, lo cual es mucho peor puesto que los trozos de asfalto deteriorado, roto o inexistente provocan saltos y movimientos bruscos. Todo esto unido a que como ya se ha comentado en multitud de ocasiones los vehículos en Senegal parece que no tengan suspensiones y a que no conseguimos buenos sitios en el Ndiaga, hizo que un corto trayecto como este fuera uno de los más duros. Nuria se pasó todo el rato sentada en el suelo de la furgoneta junto a una niña pequeña que tampoco tenía asiento. Se mareó bastante. Yo tuve la suerte de conseguir un lugar entre dos mujeres de talla XXL y prácticamente no podía moverme. Una de ellas se pasó todo el trayecto luchando contra una gotera que de vez en cuando dejaba caer una gota desde el techo directamente a su cara. Y no es que lloviera, sino que probablemente alguien transportaba algún tipo de líquido en el techo de la furgoneta cuyo envase no estaba a prueba de Ndiagas.

Llegamos a Ellinkine. Bajamos de la Ndiaga y cuando casi íbamos a besar el suelo vinieron unas docenas de niños que nos rodearon con la mano extendida para que les diéramos algo. Había niños de todos los tamaños y edades, desde los que todavía no sabían hablar hasta las niñas mayores que cuidaban de ellos (no tendrían más de 12 años en ningún caso). Conforme fueron viendo que no les íbamos a dar nada se fueron dispersando buscando a los pocos extranjeros que había por el pueblo.

Bajamos al puerto y preguntamos por el barco a la isla Carabane con nuestro pobre francés. Nos dijeron que hasta las 12 no llegaría, así que, ya que estábamos, decidimos dar una vuelta por el pueblo. Tal y como dice la Lonely no hay nada reseñable en Ellinkine, nada salvo lo que ya habíamos visto: los niños. Ibas paseando por las calles del pueblo y los niños salían de las casas y se pegaban a tu lado, te daban la mano para acompañarte, te hablaban en su francés macarrónico… Al final terminamos rodeado de niños en el puerto, a la sombra de una acacia gigante, debajo de la cual se ponía el mercado diario de fruta y pescado. Nuria haciendo de profesora les proponía juegos con un simple boli y una hoja de papel. Un niño dibujaba algo en la libreta y entre todos adivinaban de que se trataba. Era prodigioso lo bien que dibujaban ciertas cosas (pollo, red de pesca, etc). Y también era fascinante la experiencia de comunicarse con aquellos niños. Nos hicimos mil fotos con ellos y creo que fue una de las experiencias más enriquecedoras de todo el viaje.

Acordamos con ellos que les regalaríamos un balón cuando volviéramos de Carabane. Antes ya les habíamos regalado todo lo que teníamos y que les podía hacer algún papel: pastillas de jabón, lápices y bolígrafos… hasta una botella de plástico vacía de coca-cola. Uno de los niños vino corriendo y le pidió a Nuria que le acompañara a su casa. Nuria fue mientras yo me quedé charlando con los niños y con dos Gambianos ataviados con las típicas túnicas blancas que me explicaron que habían venido a trabajar allí por las duras condiciones económicas de su país. ¡Es un placer encontrar gente que hable inglés! Nuria regresó al cabo de un rato y me contó que la madre del niño nos había invitado a comer, que decía que su marido estaba en Barcelona y que los españoles se habían portado muy bien con él y que estaba muy agradecida. Nuria tuvo que declinar la invitación ya que el barco vendría pronto. Lo dejamos para cuando regresáramos de Carabane.

El barco se estaba retrasando. Entonces ocurrió algo curioso para un observador occidental. Habíamos viajado por algunos países musulmanes (Turquía, Túnez, Egipto) y nunca habíamos visto una muestra de religiosidad en público. Si entras en una mezquita en el Magreb seguro que encuentras gente rezando e incluso es posible que presencies algún oficio religioso. Pero aquí lo que presenciamos fue espectacular. Todos los hombres del pueblo acudieron a la llamada a la oración de un templo que estaba justo al lado del embarcadero. Llamémosle templo o llamémoslo cabaña de cañas y adobe. El caso es que allí no cabía todo el mundo, por lo que la gente empezó a desplegar sus alfombras y a arrodillarse a rezar en medio de la calle. Sin problemas, igual les daba que les miraras o que no. En general es un rasgo que nos sorprendió del pueblo senegalés respecto a los “africanos del norte”: nadie trata de ocultar nada, son espontáneos, tienen las puertas abiertas y, dentro de lo que cabe, las mujeres ocupan un lugar visible en la sociedad.

(Continua)

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Crónica: Viaje a Senegal (XI)

11/4 El paraíso (continuación)

Llegamos al hotel elegido (no recuerdo el nombre, tengo que mirarlo en la Lonely). Pedimos una habitación doble, con ducha a poder ser. El hombre que nos atendió nos dijo que sólo tenía un par de habitaciones triples, pero que nos dejaba una por 10000 CFAs. ¡Perfecto! Era menos de lo que esperábamos pagar. Nos enseñó la habitación. Era una especie de bungalow muy espacioso, con un gran baño con ducha y dos camas, una de matrimonio. Mobiliario no había mucho, salvo una mosquitera agujereada y una mesa de noche, no había nada, ni muebles ni adornos. Nos gustó la habitación y decidimos quedarnos un par de noches. El hombre no quiso que le pagáramos todavía.

En realidad no era un hotel, era un “campament”. Se trata de un tipo de alojamientos que abundan en la Casamance, dónde te puedes alojar a un precio asequible y cuyo beneficio revierte sobre la comunidad. Desde fuera pueden parecer hoteles, pero es la gestión económica lo que los convierte en algo diferente. Se podría decir que alojarse en estos lugares es una buena práctica del llamado “turismo responsable” (aunque no me guste esa expresión).

El campament se componía de varios bungalows distribuidos a lo largo de un patio interior alargado. En el patio habían algunas plantas y árboles, por dónde correteaban algunas gallinas. Al fondo había un restaurante al más puro estilo africano: techo de cañizo, sin paredes, con vistas al mar… Unas escaleras a la izquierda del comedor permiten bajar directamente a la playa. El pasillo que lleva a la playa está lleno de plantas: palmeras y enredaderas te envuelven. Al final, una frágil puerta manufacturada con unos trozos de madera da acceso a la playa de arena blanca y finísima.

Salimos a pasear por la playa. Aunque la playa parecía desierta, es increíble la cantidad de gente que aparece de no se sabe dónde. Primero uno que quería que pagáramos no se cuantos CFAs para ir a ver su mono y su mamut. Luego otro que quería que visitáramos su tienda que estaba en el pueblo. Más adelante otro que quería que fuéramos ya a cenar a su restaurante de la playa. Y así hasta que nos cansamos de decir que “no” a todo y regresamos al hotel. Cap-Skiring es el lugar de Senegal dónde más pesada es la gente.

La playa de Cap-Skiring (así como otras playas que vimos en Senegal) está llena de vacas. No me refiero a mujeres obesas, no, me refiero al animal. Hay manadas de vacas (y supongo que habrá también toros) tomando el sol tranquilamente en orilla de la playa. Algunas están acostadas, otras de pie, pero todas muy quietas y tranquilas. Al principio te dan un poco de miedo (sus cuernos son más largos que los de las vacas que estamos acostumbrados a ver), pero luego te vas acercando a ellas y ves que son totalmente pacíficas y que no te hacen nada. Parece ser que son vacas de la comunidad y que son tan mansas que no es necesario tenerlas atadas ni cercadas.

Fuimos andando al pueblo. No estaba lejos. Una anécdota que indica el nivel económico del país fue que en el camino vimos un cartel en un poste en el que se anunciaba un gran combate de lucha típica senegalesa cuyo primer premio era un saco de arroz.

Exploramos un poco el pueblo, no había mucho que ver… Pero nos encontramos a nuestros amigos los gambianos que se empeñaron en enseñárnoslo otra vez. La verdad es que fue interesante escuchar sus comentarios y explicaciones de qué era cada cosa y sobre como gira el mundo por allí. Después del paseo, nos sentamos en el bar dónde comimos y les invitamos a unas bebidas. Estuvimos hablando durante horas sobre todo tipo de temas, desde la homosexualidad (que les parecía escandalosa) hasta cómo viven los inmigrantes en España (y nos sorprendió que ellos fueran bastante conscientes de qué pasaba en España).

Había anochecido en el fragor de la tertulia y empezábamos a tener hambre. Pagamos la consumición (2100 CFA) y nos despedimos de nuestros amigos. Buscamos algún restaurante dónde cenar y encontramos uno bastante elegante, con velas y mantel, dónde pudimos cenar a base de pollo y huevos por 4500 CFAs.

El camino de regreso a casa fue entre tinieblas. En esa parte de Senegal no hay apenas alumbrado público, las calles son largas y oscuras. Regresamos por el mismo camino por el que habíamos ido con el taxi, pero esta vez no veíamos nada más que 2 metros adelante gracias a las linternas LED que teníamos. Pensándolo en frío, no se hasta que punto podría ser peligroso pasear en mitad de la oscuridad, pero en el momento no tuvimos ninguna sensación de inseguridad.

En el hotel saludamos al entrar a los propietarios que estaban sentados “a la fresca” y nos metimos en nuestra habitación. Preparamos la mosquitera (la nuestra, porque la del hotel estaba en muy mal estado), nos dimos una ducha y nos acostamos.

Gastos del día:
3300 CFA (7-plas a Cap-Skiring)
3000 CFA (comida)
600 CFA (taxi al hotel)
2100 CFA (invitación)
4500 CFA (cena)

Total: 13500 CFA

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Crónica: Viaje a Senegal (X)

11/4 El paraíso

Nos levantamos muy tarde. Nuestros compañeros de camarote ya se habían ido. Miramos a través del ojo de buey y vimos que estábamos navegando muy cerca de la orilla. El paisaje era verde intenso, tal y como te imaginas una selva virgen. De vez en cuando se veía alguna pequeña embarcación de pesca tripulada por no más de 5 marinos.

Después de darnos una buena ducha, fuimos al comedor dónde nos esperaba un buen desayuno. Esa era la única comida incluida en el precio del pasaje en “primera clase”. El desayuno era a base de café, leche y tostadas, muy simple, pero suficiente. Eso sí, el servicio fue excepcionalmente lento, incluso para Senegal.

El barco llegó a Ziguinchor sobre las 11:00 de la mañana. Vimos la llegada desde la cubierta del barco, dónde nos dimos cuenta que no navegábamos en mar abierto, sino que estábamos en la desembocadura de un río. Todo era verde. La ciudad de Ziguinchor se veía preciosa desde el barco. Tenía un pequeño puerto de pescadores justo al lado del lugar dónde atracamos y todos los alrededores eran de color verde intenso. Comparando con Dakar y Saint Louis, pensamos que eso era el paraíso, pero todavía no sabíamos hasta que punto.

Fuimos a la cabina a recoger nuestras mochilas, nos despedimos de nuestros compañeros y salimos al pasillo. Aquello era un caos. La gente se apelotonaba por los pasillos como si tuvieran prisa por salir de allí. Nos dejamos llevar y esperamos pacientemente hasta que la “corriente” nos llevó hasta la única puerta de salida. Luego un pequeño paseo hasta la salida y a aguantar el agobio de los taxistas, los captadores de los hoteles y los vendedores que buscan carne fresca en cada nuevo desembarco. No hicimos mucho caso y con el mapa de la Lonely en la mano nos dirigimos a la Gare Routiers. El objetivo era llegar a Cap Skiring antes de comer.

Entre el puerto y la Gare Routiers no hay más de 10 minutos andando si sabes como llegar. El mapa que teníamos no era excesivamente detallado, por lo que tuvimos que preguntar en un par de ocasiones por el desvió a coger. Con un par de preguntas, nos fuimos dando cuenta entonces de lo amable que era la gente en esa región. La gente no sólo te decía ve por aquí o por allá, sino que se levantaban, dejaban lo que estaban haciendo y te acompañaban hasta el cruce exacto, sin pedir nada a cambio y con una gran sonrisa siempre en la boca.

Encontramos un 7-plas a punto de salir hacía Cap Skiring. La negociación fue rápida, 3300 CFA por los dos con las mochilas. Durante el viaje los impresionantes paisajes nos alegraban la vista y nos distraían de una carretera en mucho peor estado que las del norte. Algunos pasajeros compraron platanos y una especie de chufas en una de las paradas y las compartieron con el resto de pasajeros. Nosotros también las aceptamos y sacamos de nuestra mochila unas galletas que compartimos también, especialmente con una niña pequeña a la que le encantaban. Charlamos con aquellas personas, algunos incluso sabían un poco de Español que había aprendido en la escuela. Uno de ellos sólo sabía una frase de memoria que le hacían repetir: “En la gran vía de Madrid hay muchos cines y restaurantes…” o algo así, tampoco la llegué a memorizar. Casi todo el mundo se bajó en la parada de Cap-Skiring.

Los pasajeros del 7-plas nos indicaron como llegar a los hoteles de la playa, pero también nos advirtieron que estaba muy lejos. A nosotros el concepto de cerca y lejos siempre nos ha parecido relativo, así que echamos a andar. Antes siquiera de poder poner un pié fuera de la plaza del pueblo, un captador nos descubrió y nos llevó a visitar varios albergues de la ciudad. Le dijimos que no nos interesaba, tanto por el precio (más alto de lo que estábamos dispuestos a pagar) y por el lugar, ya que queríamos estar en la playa. Nos ofreció acompañarnos a la playa, pero le dijimos que preferíamos comer en el pueblo antes y que ya iríamos en taxi.

Nos sentamos en el primer restaurante con precios razonables que encontramos. Se pasan bastante con los precios en algunos locales debido, quizás, a que durante buena parte del año Cap-Skiring es un importante centro turístico para los franceses. Elegimos un bar-restaurante justo en el inicio de la calle que va de la plaza del pueblo a la zona de los hoteles de playa. Dejamos las mochilas por dónde pudimos y nos sentamos uno frente al otro. No recuerdo qué comimos, sólo que estaba buenísimo y que lo devoramos en pocos minutos. Nos costó 3000 CFAs.

Cuando ya estábamos terminando de comer un chico joven nos preguntó de dónde éramos. Su francés era malo, pero no tanto como el nuestro. Nos dijo que él era de Gambia y que allí se hablaba inglés. Rápidamente cambiamos de idioma. Otro amigo suyo Gambiano se unió a la charla. Nos contaron que por allí no eran bien vistos por aquello de no dominar el idioma, que no conseguían trabajo por ello. Estaban de paso por allí, uno había ido a visitar a un familiar enfermo y el otro contó que era transportista y que estaba descansando en aquél lugar. El tiempo es relativo: la visita al familiar se había prolongado por varios meses y que por eso andaba buscando un algún trabajo. Nos contó también que en Gambia el nivel de vida es más bajo, las cosas son más baratas, pero también se cobra menos.

Dejamos la charla ya que eran las 4 de la tarde y no teníamos todavía dónde dormir. Los gambianos nos pararon un taxi, le dijeron hacía dónde íbamos y negociaron el precio con el taxista. Todo ello sin pedir nada a cambio. Quedamos en volvernos a ver por allí.

La carrera del taxi nos costó lo que dice la Lonely Planet: 600 CFA. Son menos de 5 minutos en taxi hasta los pequeños hoteles de la playa. El trayecto se puede hacer andando, pero si vas cargado con mochilas o no te apetece caminar, el taxi es una buena opción. Para llegar desde el pueblo, hay que preguntar en la plaza hacia dónde están los hoteles de la playa y bajar por esa calle hasta encontrarse con una gasolinera y una carretera. A la derecha quedan algunos hoteles de lujo. Hay que ir pegado a ellos (todo recto) hasta una callejuela de arena que entra hacia la derecha. No es difícil, pero quizá lo mejor sea ir en taxi la primera vez.

(continua)

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Crónica: Viaje a Senegal (VI)

8/4 Saint Louis

Nos levantamos tarde, cerca de las 10 de la mañana. No teniamos prisa, habíamos visto que la ciudad no era tan grande como para ir con prisas. Además, la noche había sido movidita. Justo al lado del albergue hay un mezquita dónde durante buena parte de la noche han estado cantando y haciendo algún tipo de fiesta. Es comprensible que un sábado por la noche la gente salga de fiesta, que celebren sus ritos, que recen en la mezquita… Luego, cuando el ruido exterior cesó, empezamos a escuchar un ruido dentro de la habitación. Al parecer teníamos un roedor rebuscando entre nuestras mochilas y bolsas. Le hicimos poco caso, estábamos tan cansados que no tuvimos ganas ni de encender la luz para espantarlo. Por la mañana comprobamos que había mordisqueado los bollos que compramos el día anterior y que pensábamos comer para desayunar. Por razones higiénicas los tiramos a la basura.

Antes de salir a visitar la ciudad, hablamos con el dueño del albergue sobre el incidente de la rata. El hombre no le dio ni la más mínima importancia, pero nos ofreció la posibilidad de cambiarnos a otra habitación que había quedado libre. Aceptamos la oferta y cambiamos los trastos en cuanto su mujer terminó de limpiar la habitación. Entre todo esto, se nos fue toda la mañana y, a pesar del duro día anterior, teníamos ganas ya de ver mundo.

Nos dirigimos hacia el centro, pero por calles secundarias, viendo como viven realmente los ciudadanos de Saint Louis. Pudimos ver alguna instalación deportiva, un centro militar, el estado de algunos de los puentes de la ciudad… Sobretodo nos dimos cuenta de la razón por la que en estos lugares tienen graves problemas de salud. Hay cabras muertas en los márgenes de los ríos, basura por doquier, la gente se lava en el río por no tener agua en casa, se ahuma el pescado en la calle, los niños corren descalzos… Da que pensar. Conforme te acercas a los barrios del centro de la ciudad, dónde se encuentran los hoteles donde llevan a los turistas, la situación cambia. Hay menos basura, las fachadas de las casas se conservan mejor y hay más tiendas y comercios.

Cuando llegamos al centro neurálgico de la ciudad, en frente del hotel más elegante de Saint Louis, nos acercamos por una de las “tiendas” que algún “amigo” tenía puestas en una acera. Para ellos, tener un lugar fijo, con una sábana en el suelo y varios objetos sobre ella ya es tener una tienda. Realmente no fuimos nosotros quienes nos acercamos, sino que fue el vendedor el que nos arrastró, con muy buenos modos, eso sí, hasta su tienda. Con la excusa de que era la primera compra del día, casi sagrada para los musulmanes, consiguió que le compráramos un par de pulseras (600 CFA). Creo que pagamos demasiado, pero al fin y al cabo le hicimos un favor al hombre.

Ya que estábamos cerca del restaurante de la noche anterior y visto que la calidad fue muy buena, decidimos entrar a comer aunque fuera un poco pronto. Ahí probamos por primera vez el Yassa Poulet, un plato típico senegalés que consiste en arroz hervido, pollo frito y una salsa que está buenísima. Fue uno de los platos que más solicitamos en los restaurantes a lo largo del viaje. También probamos otros platos típicos senegaleses, algunos a base de pescado, brochetas, etc. Pero el mejor sin duda es el Yassa Poulet. La comida nos costó 5000 CFA, con la botella de litro y medio de coca-cola.

Después de comer regresamos al hotel a descansar un rato. Dormimos durante las horas en las que el sol pega más fuerte y volvimos a salir de nuestra guarida (esta vez sin rata) hacia media tarde. Queríamos ir a ver a los pescadores que regresan de pescar, pero no llegamos a tiempo, cuando aparecimos por la playa, ya todos los barcos estaban varados en la arena y las mujeres ahumaban la captura del día. Si la zona dónde estaba el albergue era lúgubre, la zona del puerto, justo al otro lado del puente, ya en la lengua de la barbarie, era lo más parecido a una película de terror. El humo con el que trataban el pescado lo invadía todo. Cientos de personas andaban de un lugar a otro, pescadores que habían terminado su jornada laboral, ahumadoras con ristras de pescado, mercaderes, niños jugando; todos ajetreados, pero calmados. La playa tiene un ambiente especial, el humo crea una densa niebla que te impide ver más allá de 50 metros. Los barcos tirados sobre la arena crean una sensación de decadencia difícil de igualar. Y los restos de pescado y otro tipo de desperdicios repartidos homogéneamente por todo el lugar invitan a no adentrarse en ese mundo. La gente deambula, se pierde tras un barco o entre la niebla. Una imagen impactante. Quizá la única razón para venir a Saint Louis sea para ver éste espectacular escenario.

La tarde empezaba a caer y nos quedaba poco tiempo para darle la vuelta completa a la isla, que era el nuevo objetivo que nos habíamos fijado. Saint Louis es mucho más que esa isla, que está unida al continente mediante un puente diseñado por Eiffel (el de la torre emblema de París). Sin embargo, el centro de la ciudad, dónde están los barrios coloniales es ahí. La isla está protegida por la lengua de la Barbarie, una estrecha extensión de tierra de forma alargada que recorre varios kilómetros del litoral senegalés.

Cruzamos de nuevo el ajetreado puente que une la lengua con la isla y caminamos en dirección sur pegados por el paseo marítimo. Un hombre de mediana edad llamó nuestra atención diciendo algo en perfecto Español. Nos giramos y le saludamos. Él empezó a hablar, nos contó que era pescador, que tenia familiares en España, que tenía no se cuantos hijos… Parecía simpático y, cómo hablaba muy bien nuestro idioma, consiguió que estuviéramos charlando con él más de 15 minutos. Luego, cuando nos íbamos a despedir, nos dice que él no quiere dinero, pero que le gustaría que le compráramos leche y Nescafé para sus hijos. Sospechoso, pero picamos. Le acompañamos hasta la tienda y él pidió una bolsa de leche en polvo y un bote de Nescafé. Para los senegaleses el Nescafé es un producto muy codiciado, les encanta. Le pidió la cuenta al tendero y cual fue nuestra sorpresa cuando ascendía a mucho más de lo que nosotros estaríamos dispuestos a pagar. Le dijimos que no podíamos gastarnos tanto y él insistió en que era para sus hijos y que al menos le compráramos el Nescafé. Finalmente accedimos, pensando que el hombre lo hacía de buena voluntad. La broma nos salió por 2800 CFA. Ni que decir tiene, que esta es una de las prácticas comunes de la picaresca en Senegal. Después de haberle regalado un montón de dinero a alguien que realmente no lo necesita, me sentí mal. Por dos razones: primero porque nos había estafado y segundo porque al darle lo que quería le estábamos realimentando para que lo siguiera haciendo y dando ejemplo a otros senegaleses para que sigan su ejemplo.

Ahí no terminó todo, cuando nos despedimos, el hombre sabiendo que queríamos visitar el parque natural de Djoudj, nos dijo que nos podría sal
ir muy barato, que un taxi nos llevaría, se esperaría y nos devolvería por 5000 CFA cada uno, más 2000 CFA por el alquiler de la piragua. Eso era mucho menos de los aproximadamente 40000 CFA de los que hablaba la Lonely. Así que nos interesamos por el tema y le pedimos que nos contara cómo se podía conseguir. Paró un taxi y habló con el taxista. Concertó con él el precio y nos dio su teléfono para llamarlo al día siguiente por la mañana para que viniera a buscarnos. Todo parecía claro y conciso. Segundo error del día: pensar que alguien da duros a cuatro pesetas.

Proseguimos nuestro camino contentos por tener arreglada la excursión a Djoudj. Llegamos al extremo sur de la isla. Desde allí se contemplaba el continente a un lado y la lengua al otro, junto con una gran extensión de agua en medio de las dos. Unos niños jugaban a fútbol hasta que el balón se les cayó al agua y se sortearon a ver quien se metía a rescatarlo antes de que se lo llevara la corriente. Nos sentamos un rato a ver pasar la vida en un banco destrozado por los años. Vimos el atardecer.

Paseamos por barrios con aspecto peligroso hasta regresar al centro de la isla. A pesar de la pinta de esos barrios, dudo que fueran realmente más peligrosos que el entorno de los lujosos hoteles para turistas. Cenamos en frente del restaurante “La Linguere”, para probar otro sitio, por si todavía era mejor. No fue así, aunque era más económico. Era una especie de hamburguesería en versión senegalesa, dónde te servían varios tipos de kebaps, wraps, hamburguesas y bocadillos. Éramos los únicos clientes del local, aunque se animó un poco justo cuando nos fuimos. La cena nos costó bastante poco (2200 CFA), pero no fue tan suculenta como la de la noche anterior. Después de cenar la ciudad estaba dormida, no había mucha gente por las calles y la poca luz que daban las escasas farolas invitaba a recogerte en casa. Así lo hicimos.

Gastos del día:
600 CFA (pulseras souvenir)
5000 CFA (comida)
2800 CFA (Nescafé timo)
2200 CFA (cena)
1000 CFA (2 botellas agua)

Total: 11600 CFA

 

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Crónica: Viaje a Senegal (IV)

7/4 Viaje Infernal

Nos levantamos pronto. El plan era coger las mochilas y salir a la calle a buscar un taxi para Dakar. Queríamos ir bien pronto a Dakar para comprar unos pasajes para el barco del próximo martes que va de Dakar a Ziguinchor (Casamance) y luego irnos hacía Saint Louis. El plan había surgido la noche anterior viendo las posibilidades que teníamos. La otra opción era dejar Saint Louis para el regreso y adentrarnos por carretera hasta Tambacounda. Sin embargo, todo lo que habíamos leído de esa carretera nos hacía plantearnos la conveniencia de hacer un viaje tan pesado tan pronto. Decidimos que mejor sería visitar primero la Casamance y luego ya adentrarnos en el país.

Salimos del hotel después de desayunar (por medios propios, el hotel no ofrece desayunos). Andamos por la calle polvorienta que la noche anterior se nos antojaba oscura y misteriosa. A la luz del día, aparecía una calle normal y corriente, de casas bajas con la fachada blanca, muy parecida a algunas calles de mi infancia. Nos dirigimos hacía la carretera, dónde abordamos un taxi que además del taxista era co-pilotado por un amigo suyo. Nuestro pobre francés nos sirvió para decirle que queríamos ir al puerto dónde se coge el ferry, pero un fallo en la pronunciación del destino del Ferry “Gore” provocó que el taxista se confundiera y empezara el recorrido en dirección contraria, hacía N’Gor. Ya habíamos negociado el precio y habíamos recorrido un par de kilómetros cuando le dijimos al taxista que por ahí no era, que no nos habíamos entendido. Cuando comprendió que queríamos ir a Dakar, mucho más lejos de N’Gor, nos pidió más dinero por llevarnos (claro, él se había hecho a la idea de sacar mucho dinero por muy poco). Nos negamos y regateamos hasta volver a conseguir el trayecto por el mismo precio. El amigo del taxista, que supongo que iba dirección N’Gor, se bajó del taxi con una sonrisa de oreja a oreja y haciendo gestos de despedida con la mano. Nosotros proseguimos el trayecto.

Tardamos bastante en entrar en Dakar, hay mucho tráfico en la gran ciudad y encima está todo lleno de obras casi perpetuas. El taxi nos dejó en una rotonda del centro de Dakar dónde se encuentra la estación de ferrocarril y la entrada a los muelles desde dónde parte el barco a la isla de Gore. Pagamos al taxista (2000 CFA) y nos apresuramos a caminar los 200 metros que hay hasta el lugar dónde venden los tickets para ir a Ziguinchor.

La taquilla estaba cerrada, pero un simpático y amable vigilante nos hizo el favor de llamar a alguien de dentro para que abriera la ventanilla para nosotros. Medio en inglés medio en francés le dijimos a la chica de la taquilla que queríamos comprar dos pasajes para el próximo barco en una de las cabinas. Existen 3 clases de billetes: los caros, dónde 4 personas comparten una cabina con 2 literas de 2 camas cada una y un pequeño baño; los medios, dónde en una sala común hay un montón de camas sin ningún tipo de separación fija y compartiendo todos los baños y duchas; y los baratos, que se sitúan en la misma sala que los medios, pero que sustituyen la cama por una butaca frente a un televisor. Los caros son impensables para la mayoría de Senegalés, a pesar de que para ellos las tarifas son sensiblemente más baratas. Nosotros elegimos el más caro pensando que el resto de acomodaciones podrían ser muy cutres y nos equivocamos. Pagamos 57000 CFA por los pasajes.

Miramos el mapa y nos situamos. Calculamos que la “Gare Routiers” dónde coger el primer transporte hacía Saint Louis no debía estar lejos. Efectivamente, un paseo de 10 minutos bastaban para llegar. Durante ese corto trayecto pasamos por una calle desierta, paralela a la estación de trenes y a un complejo militar, dónde asustaba la posibilidad de que un coche parara y te secuestrara, nadie sabía dónde estábamos ni dónde nos dirigíamos, nada. Ese temor era fruto de nuestro desconocimiento. Tras haber estado en Senegal, incluso teniendo en cuenta que Dakar es lo más peligroso que hay en el país, no creo que sea muy probable que alguien fuerce una situación de violencia. También tuvimos que atravesar las vías del tren cruzando un pequeño muro derruido, dónde montones de gente se agolpaban vendiendo y comprando algo que todavía no he logrado saber que es.

La gare routiers es un caos. Es un caos que en el fondo guarda algún tipo de orden. Eso sí, la primera vez que llegas te puedes volver loco buscando entre los distintos tipos de transportes y los distintos destinos. Básicamente, por carretera, en Senegal puedes desplazarte de dos formas: en Ndiaga-Ndiaye o en 7-plas. El Ndiaga-Ndiaye es una especie de furgoneta grande acondicionada para alojar en su interior a 32 personas, apelotonadas e incomodas, pero a un precio muy bajo. Además este tipo de transporte realiza muchas paradas, permitiendo subir y bajar gente en cualquier momento. Hacer un recorrido largo con uno de estos transportes es una verdadera locura. Por su parte, los 7-plas son grandes coches franceses (peugeot 504 mayoritariamente) supervivientes de la época colonial que transportan a 7 pasajeros y un conductor. Para realizar trayectos largos son la mejor opción, pues aunque son hasta 3 veces más caros que la Ndiaga-Ndiaye, no suelen parar a mitad, van más rápido y, sobretodo, son más cómodos. Ambos tipos de transporte parten cuando se han llenado o cuando no es previsible que vaya a llegar más gente para llenarlos. Dicen que existen otro tipo de transporte interurbanos, pero nosotros no tuvimos la oportunidad de utilizarlos.

Cuando te encuentras en un tumulto de gente, sin saber dónde quieres ir exactamente, ni como, ni siquiera sabes cuando irás o cuanto te quieres gastar, suceden cosas que no deberían pasar. Un hombre con una libreta se acercó a nosotros y nos preguntó dónde íbamos. Le dijimos que a Saint Louis y nos pidió que le acompañáramos. Nos llevó hasta una furgoneta blanca, repleta de gente, dónde un chico joven subido en el techo colocaba los últimos bultos que le habían lanzado los viajeros desde abajo. No pasó ni un instante y ya nos habían despojado de nuestras mochilas y estaban en lo alto de la furgoneta. Sin prácticamente tiempo para pensar, nos apuntaron en la lista y ya éramos oficialmente pasajeros de aquél transporte. Preguntamos cuanto tardaba hasta Saint Louis, pero no se si no nos entendieron o no quisieron entendernos. Nos dijeron “trois, trois” repetidas veces. Tanto nos daba que tardara 3 horas, como que llegara a las 3 de la tarde, nos pareció bien y subimos al Ndiaga-Ndiaye.

Íbamos sentados al final del todo, con la puerta abierta durante un buen tramo y un chico (“el revisor”) colgado literalmente de la puerta porque no cabía. Al principio pareció una experiencia interesante y hasta hacíamos bromas y nos reíamos. Nada más salir, el revisor nos cobró el trayecto. Los precios de estos transportes son oficiales, así que ahí no había negociación posible, pero el equipaje se pagaba aparte y ahí si que hay que negociar bastante. En esta ocasión fueron 5500 CFA
por todo (equipajes y nuestras dos plazas).

(continua)

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