Senegal: Recomendaciones de viaje

Casi un año después de nuestro primer viaje al africa negra, pienso que ha sido uno de los mejores que hemos realizado. Nos enfrentamos al viaje con muy poca preparacion, sin conocimiento del idioma y con un presupuesto muy ajustado, pero a pesar de todo, conseguimos pasarnoslo bien, desconectar y conocer gente muy interesante. Es un viaje totalmente recomendable donde apenas se visitan “atracciones turisticas” al uso, ya que no existen, sino que te dedicas a vivir el pulso de un país que es representación de todo un continente. Senegal es un país dónde descubriras valores humanos, tradiciones y naturaleza en estado puro. Desgraciadamente es un destino cada vez más demandado por el turismo (especialmente francés) lo cual está transformando áreas que antes permanecian intactas (otras como Cap Skirring ya están tocadas de muerte desde hace tiempo).

Si yo me planteara volver a Senegal seguiría una ruta totalmente diferente a la que realizamos. Partiría y volvería a Dakar porque allí está el único aeropuerto internacional y porque no hay otro modo de llegar a la isla de Gore, pero desde luego, Dakar no tiene nada de atractivo, es una ciudad con aspiraciones de gran metropoli cuyos habitantes viven en una loca mezcla de ciudad europea llena de africanos, algo totalmente incompatible. Las únicas tres veces que hemos sufrido inseguridad han sido en esta ciudad: cuando un taxista nos quiso timar, cuando sorprendimos a un grupo de jovenes carteristas y cuando unos niños nos timaron con el cambio. En cualquier otra parte de Senegal (quizá a excepción de Sant Louis) me hubiera parecido inconcebible un acto de este tipo. Cuando llegas o sales de Dakar, si miras por la ventana podrás observar niños trabajando en trabajos muy duros, gente malviviendo, sin techo… es muy diferente a las áreas rurales, dónde, aunque no tengas trabajo, siempre tendrás un árbol que dará frutos y dónde podrás comer algo, o tendrás a un familiar que te ayude en los peores momentos. Dakar se ha “europizado” en el peor sentido de la palabra.

Y los mismo para Saint Louis. Una ciudad que debió tener el brillante explendor que muestran sus fachadas, hoy en día es decadente y gris. A la sombra de Dakar (que sí ha conseguido desarrollarse), Saint Louis se ha convertido en una sombra de lo que fue. Es un pueblo grande, pero sin los nexos que hacen de un pueblo un lugar fácil para vivir.

Por eso, si me planteara un nuevo viaje a Senegal, no incluiría Saint Louis en la ruta y en Dakar trataría de estar el mínimo tiempo posible. De echo, mi ruta empezaría en Dakar, dónde visitaría la isla de Gore y el centro urbano. Luego empezaría a bajar por la costa, hacia Joal-Fadiouth y el delta del Sine Saloum. Según la Lonely Planet se puede hacer un recorrido en barcas y autobuses que conectan el Sine Saloum con Banjul. Desde la capital de Gambia seguiría bajando por la costa hacia Kafountine, que aunque en cierta medida no cumplió nuestras espectativas, sí creo que merece una visita. Desde allí a Ziguinchor, dónde con un día de visita hay suficiente y que usaria como base de operaciones para ver el resto de la Casamance. Visita obligada a Elinkine y la isla Carabane y quizá una visita testimonial a la zona de Cap Skirring para saber en que se puede convertir Senegal si el turismo sigue explotando el país como lo hace en esas zonas. Una alternativa posible sería en Kafountine seguir bajando por la costa hacia Cap Skirring. Si nosotros encontramos a alguien que nos propuso esa excursión en Cap Skirring, seguro que es posible encontrarla en Kafountine y la verdad es que debe ser una verdadera aventura (no os olvideis de que la zona de la Casamance está todavía en un periodo de calma tensa entre los guerrilleros y el gobierno). Desde Ziguinchor nos tendríamos que dar una paliza en 7-plas para llegar a Tambacounda, visitar la reserva y si hay tiempo bajar al Pays Basari. Nosotros esta parte del viaje hacia el interior no lo realizamos debido al miedo que le cogimos a los desplazamientos por carretera después de pasar todo un día encerrados en un Ndiaga viajando de Dakar a Saint Louis. De camino de Tambacounda estaría bién parar en Kaolack, ciudad santa, dónde seguramente debe notarse el contraste entre los Senegaleses “normales” y los más islamizados.

Sólo utilizaría el barco de Dakar a Ziguinchor en caso de que careciera de tiempo para visitar el interior del país. En ese caso (menos de 15 días) sí que lo usaría para regresar de Ziguinchor.

Lo que sí que recomiendo encarecidamente es no realizar trayectos de más de 150 km en otro transporte que no sea un 7-plas. Nosotros sufrimos una Ndiaga durante 300 Km y quedamos tan impresionados que no quisimos repetir. Por lo demás, es un viaje para disfrutarlo poco a poco, sin prisas, como lo haría un africano. Tened mucha paciencia, especialmente en las comidas, preveed que van a tardar en serviros el doble o triple de tiempo que en España. Siempre que podaís, hablad con la gente, es increiblemente amable, os lo darán todo, aunque no tengan nada y descubrireis lo ricos que son.

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Crónica: Viaje a Senegal (y XXX)

25/4 La traca final

Es nuestro último día en Senegal. Si pudiéramos nos quedaríamos más tiempo, pero nuestro vuelo sale hoy. Al menos tenemos todo el día por delante, pues hasta casi la hora de la cena no tenemos que coger el bus hacia el aeropuerto.

Recogemos y bajamos nuestras mochilas. Las dejamos en una pequeña habitación que tiene el hotel destinada a almacenar trastos. Le dimos una pequeña propina al chico que nos abrió y nos acompañó (no recuerdo cuanto, pero sería poco y a él le pareció bien). Como se nos habían terminado los desayunos que traíamos desde Alicante, fuimos a tomar algo a la heladería “La gondole” (2500 CFA).

Teníamos tiempo y ya lo habíamos visto todo excepto las vistas desde el hotel Independence, una de las recomendaciones de la Lonely Planet. Estaba justo al lado de nuestro hotel y en comparación debía ser carísimo. Subimos en el ascensor hasta la última planta y aparecimos en un bar. Preguntamos a un camarero como subir a la terraza y con bastante malos modos nos dijo que teníamos que consumir algo para poder subir. Le dijimos que no había problema, que eso íbamos a hacer y le pedimos un par de coca-colas. El hombre nos señaló unas escaleras por las que subimos. Arriba encontramos una piscina, varias tumbonas y algunas mesas. Nada espectacular. Eso sí, las vistas de Dakar, inmejorables. Al rato subió un chico joven con dos cokes y un plato con cacahuetes. Todo ello por 2000 CFA.

Cuando nos cansamos de mirar la ciudad desde arriba, nos fuimos del “lujoso” hotel y nos dirigimos hacía la zona de la avenida de la republica, pero callejeando, sin mirar mucho el mapa. Todo bien hasta que en un punto de dicha avenida aparecieron tres chicos que empezaron a hablarnos y a comernos la cabeza. Apenas nos entendíamos, ni siquiera paramos, nos dieron mala espina. Y teníamos razón, uno de ellos intentó abrir el bolso en el que llevábamos la cámara y el dinero. La técnica: dar un pequeño golpecito con una mano para distraerte mientras corre poco a poco la cremallera con la otra mano. En cuanto me di cuenta, le miré fijamente, cerré la cremallera del todo y seguimos caminando. Ellos se quedaron parados y no nos siguieron. Fue una experiencia desagradable que empaña en cierta medida nuestra estancia en el país.

Cuando se hizo la hora de comer entramos en una pizzería (no recuerdo el nombre) y comimos, mucho y muy bueno, como casi siempre en Senegal (4200 CFA). Después de comer, realizamos una nueva incursión en el mercado. Compramos un collar (1000 CFA) y unos calcetines (2000 CFA). Por el camino nos encontramos a nuestro amigo de todas las noches que nos acompañó paseando y charlando amigablemente. Nos llevó al mercado dónde venden las mascaras y trató de conseguir un buen precio por una máscara para nosotros. Al final después muchísimos tira y afloja terminamos comprando una grande (aunque no tanto como la que queríamos) por 6500 CFA. Después del regateo nos entró hambre y invitamos a nuestro amigo a merendar. Le llevamos a la heladería “La gondole” y se quedó parado en la puerta, nos dijo que nunca había entrado ahí. Le dijimos que ahora venía con nosotros y que no habría problema. Entró, pero prefirió tomarse un café fuera, en un puesto de la calle junto a la comisaría de policía, según él el mejor sitio ya que los policías están todo el día tomando café (nuestros helados y su café 1500 CFA).

Después de charlar un rato sentados en las escaleras de siempre, decidimos que ya era hora de empezar a marchar hacía el aeropuerto. Nuestro amigo se ofreció a acompañarnos hasta la parada del autobús que quedaba un poco lejos del centro. Fuimos a recoger nuestras cosas al hotel y andando fuimos hasta el autobús. Una vez allí, esperamos a que llegara el bus y nos despedimos de nuestro amigo. Subimos al bus, pagamos (350 CFA) y nos quedamos de pie, despidiéndonos de nuestro amigo y casi también de Senegal. No sabíamos lo que nos esperaba todavía…

Llegamos al aeropuerto. Caos y confusión, como siempre en ese aeropuerto. Comentamos entre nosotros que queríamos cambiar y, por arte de magia, apareció un chico, creo que el mismo que quería cambiarnos dinero cuando llegamos a Dakar. Le dijimos que queríamos cambiar el resto del dinero en CFA que nos quedaba por euros. Nos preguntó que cuanto era y fue a buscar a un par de amigos. Aparecieron por allí 4 o 5 críos (de unos 15 o 16 años) que estaban dispuestos a cambiar lo que fuera. Queríamos cambiar 13000 CFA y ellos nos ofrecían 20 euros por ello. Nos pareció bien el trato, así que aceptamos. El chico, delante nuestra contó las monedas cambiándoselas de una mano a otra y luego extendió la mano hacía nosotros. Cogimos las monedas en euros y le dimos varios billetes en CFA. Sin problemas. Nuria se guardó las monedas en el bolsillo de su pantalón, entramos a la terminal, y realizamos el embarque. Para hacer tiempo, como siempre, nos pusimos a visitar las tiendas duty free típicas de los aeropuertos. En eso que por alguna razón Nuria sacó el dinero y se dio cuenta de que todas las monedas de 1 y 2 euros que tenían los chicos y que nos deberían de haber dado no las habían sisado. El truco está en que como ellos se cambian de una mano a otra el dinero, primero se pasan las monedas grandes y luego la morralla y en cuanto te dan el dinero a ti, las monedas grandes que estaban debajo, mediante algún truco, hacen que no caigan. Al final tú te llevas el montón de monedas pequeñas, de 5 y 10 céntimos, incapaz de distinguir que ahí falta peso.

Podríamos haberlo dejado pasar, sólo eran 20 euros, poco dinero para un viaje de estas características, pero nos acordamos de cuando llegamos al aeropuerto, un poco perdidos y desorientados y estuvimos a punto de cambiarles dinero: 1000 euros. Eso ya no hubiera sido una broma, nos hubiese amargado el viaje entero. Así que en defensa de todos los viajeros, Nuria, aún estando en la zona de embarque y a punto de anunciar nuestro vuelo, se fue a buscar a un policía para explicarle lo sucedido. Yo me quedé guardando las maletas. Encontró a un policía que la llevó hasta una sala dónde estaba el jefe que le preguntó si sería capaz de distinguir a los chicos que nos habían timado. Ella respondió que sí y él le propuso que hiciera de gancho. Salió a la puerta de la terminal y dijo en voz alta “quiero cambiar dinero”. Palabras mágicas. Apareció por allí el mismo chico que repitió el mismo ritual. Ella le dijo que se había dado cuenta de que tenía más CFA y quería cambiarlas. El chico se fue a buscar a sus amigos y cuando estaban todos allí, a un gesto de Nuria, unos cuantos policías que seguían la escena desde la distancia se abalanzaron sobre los chicos. Se los llevaron acojonados a la sala con el jefe de seguridad y les pidieron que sacaran todo el dinero que tenían. Sólo tenían el dinero que nos habían robado a nosotros. El policía le ofreció a Nuria el
dinero en euros y CFA. Nuria rechazó el dinero en CFA, puesto que ese no era suyo (aunque probablemente acabara en el bolsillo del policía). Los chicos se quedaron allí y otro policía acompañó a Nuria a la zona de embarque. El vuelo fue anunciado a los pocos minutos.

Gastos del día:
2500 CFA (Desayuno)
2000 CFA (Aperitivo)
4200 CFA (Comida)
1000 CFA (Collares)
2000 CFA (Calcetines)
6500 CFA (Mascara)
1500 CFA (Heladería)
350 CFA (bus al aeropuerto)
2100 CFA (Moneda no cambiada para coleccionar)

Total: 22150 CFA

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Crónica: Viaje a Senegal (XXIX)

24/4 Isla de Goree

Nos levantamos pronto esa mañana, ¡tenemos que aprovechar el día! Lo primero, nada más salir de la habitación es acudir a la recepción para pagar otra noche más. A pesar de todo, preferimos quedarnos en el cuchitril éste antes de tener que cargar con las mochilas y ponernos a buscar otro sitio. Curiosamente nos cobran 14000 CFA, menos que el día anterior.

De camino hacía la estación de autobuses compramos unas galletas en un supermercado para el almuerzo (275 CFA) y Núria se compra un trozo de coco para desayunar (100 CFA). Llegamos a la taquilla del barco y hacemos cola. Un par de senegaleses nos explican como funciona aquello, ellos van a Gore porque viven allí. También nos invitan a sus tiendas, nos dicen que nos pasemos cuando lleguemos. El funcionamiento es bien sencillo. Primero compras un ticket de ida y vuelta en una taquilla como las de los cines (2×5000 CFA) y luego esperas al barco en una sala dónde hay una tienda, unas máquinas de refrescos y unos cuantos bancos para sentarse. Cuando llega el barco y se abren las puertas, toda la gente se avalancha para conseguir los mejores asientos, por lo que es complicado encontrar sitio en horas punta. Nosotros tuvimos “suerte” y conseguimos un buen asiento en la parte de arriba del barco. En nuestro caso he de decir que el barco no se movió mucho y el trayecto duró poco, por lo que es muy difícil que nadie se maree. Al llegar a la isla bajas del barco y tienes que ir a una especie de kiosco dónde pagarás la “tasa turística” (2×500 CFA). Nosotros la pagamos porque consideramos que era un precio razonable y que podía hacer bien a la gente de las isla, pero si no la quieres pagar, es muy fácil escaquearse y luego nadie te va a pedir el comprobante en ningún momento.

La isla de Gore es bastante pequeña, se puede visitar en cuestión de un par de horas si vas a saco, pero si la comparas con Dakar es un remanso de paz y tranquilidad, por lo que es mejor disfrutarla poco a poco. Puedes ir a varios museos, callejear, bañarte en el mar, visitar el castillo, ir de tiendas… Nosotros dedicamos toda mañana a callejear y a subir al castillo, parándonos en algunas tiendas, especialmente en las de la gente que habíamos conocido en el barco. Eso sí, no compramos nada de nada, todo estaba más caro que en la Casamance.

A mediodía decidimos que lo mejor sería comer en un restaurante de la isla y volver a Dakar por la tarde. Buscamos uno cualquiera que no estuviera atestado de turistas y que tuviera vistas al mar. Encontramos uno cerca del puerto que tardó horrores en servirnos, pero que tenía una excelente relación calidad-precio (3400 CFA). En este punto del viaje, la paciencia era un sentido que se nos había desarrollado y sentados frente al precioso mar senegalés tampoco se estaba tan mal. Durante buena parte del tiempo que estuvimos esperando, un hombre mayor trató de vendernos insistentemente una maqueta de una Ndiaga de chapa y metal. Fue pesado hasta el punto de que en el resto del tiempo que estuvimos en Gore, si nos veía a lo lejos, venía a buscarnos para ver si conseguía vendernos algo.

La tarde la dedicamos a la casa-museo de los esclavos. Se trata del lugar dónde encarcelaban a los africanos justo antes de subirlos en el barco que los llevaría a América, Holanda y otros países esclavistas. La entrada es guiada en inglés y francés y cuesta 500 CFA. ¡La visita es imprescindible!

Después de la casa de los esclavos, decidimos callejear un poco y luego nos sentamos a esperar en la plaza principal al barco que nos devolvería a Dakar. La espera se hizo amena mientras bromeábamos con unos chicos que se dedicaban a limpiar y reparar calzado que se percataron de que mis botas tenían un pequeño problema. El barco nos dejó en Dakar sobre las 4 o las 5 de tarde.

Como teníamos un poco de hambre decidimos ir a una heladería recomendada por la Lonely llamada “La Gondole”. Todo nos pareció buenísimo y el precio (1300 CFA) era razonable (para un europeo, claro). Después del refrigerio nos sumergimos de lleno en el fantástico mundo de los mercados árabes. El de Dakar, es una inmensa sucesión de tiendas y puestos callejeros ocupando las aceras de un buen número de manzanas. Los vendedores no te agobian especialmente, pero la estrechez de las zonas de paso, junto a la acumulación de gente pueden llegar a estresarte. Descubrimos su especial forma de identificar a los clientes: si alguien te escucha hablar, avisa a sus compañeros de que nacionalidad eres para ajustar los precios si te acercas a sus puestos. A nosotros nos confundieron con italianos… Al final sólo compramos una camisa bordada para Núria (1500 CFA).

Se nos hizo de noche en el mercado y empezábamos a tener hambre. Fuimos a tiro fijo al Alibaba, ya que estaba cerca del mercado y del centro y cenamos muy bien el día anterior (este también, por 1900 CFA). Después de cenar, nos pasamos por las escaleras de nuestro amigo y le encontramos allí. Nos sentamos a charlar durante unas horas, comimos deliciosos huevos duros con sal y pimienta (5×75 CFA) y nos despedimos hasta el día siguiente. Por cierto, esa noche no hubo tanta actividad en nuestro “hotel”.

Gastos del día:
14000 CFA (Noche de hotel)
275 CFA (Galletas supermercado)
100 CFA (Coco)
10000 CFA (Barco a Goree)
1000 CFA (Tasa turística)
3400 CFA (Comida en la isla)
1000 CFA (Entradas casa de los esclavos)
1300 CFA (Heladería)
400 CFA (Botella de agua)
1500 CFA (Camisa)
1900 CFA (Cena “Alibaba”)
375 CFA (Huevos duros)

Total: 35250 CFA

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Crónica: Viaje a Senegal (XXVIII)

23/4 Surrealismo in crescendo (continuacion)

(continuación de la primera parte)

A pesar de que el día había sido intenso, no estábamos excesivamente cansados, por lo que fuimos a cenar relativamente tarde. Cerca del mercado, habíamos visto una hamburguesería llamada “Alibaba”, que además estaba recomendada en la Lonely. A mi me apetecía mucho comer hamburguesa después de haberla probado en otros lugares de Senegal. El “Alibaba” no me defraudó. En Senegal he comido las mejores hamburguesas de mi vida. El local es muy al estilo “americano”, pero tiene un toque distinto que lo hace africano. El propietario, como en la mayoría de los negocios de Dakar, es un francés que se ocupa sólo de hacer caja (4000 CFA).

Salimos del restaurante muy satisfechos, eran más de las 11 de la noche y algunos puestos del mercado todavía estaban montados. Un hombre se nos acercó y empezó a hablarnos en inglés. Dijo que era Gambiano, nos contó su vida y nos pidió dinero para comer, pedía una cantidad desorbitada, no recuerdo bien, pero como 5000 CFA o algo así. Le dijimos que no le daríamos nada y nos dijo “entonces para que me hacéis perder el tiempo” y se fue maldiciendo con el verbo preferido de los ingleses: “fucking”.

Andando llegamos a la plaza de la independencia, pero todavía no teníamos sueño, así que pensamos sentarnos a charlar sentados en las escaleras de un ministerio o algo así que se encontraba a 200 metros de nuestro hotel. Como por arte de magia empezaron a aparecer amigos por allí. Unos nos vendían collares, otros máscaras, otros relojes… Una vendedora de collares, la más simpática, se sentó con nosotros y nos estuvo contando un poco su vida y preguntando acerca de qué nos había parecido el país y tal. Todo con nuestro escaso francés que dificultaba mucho la comprensión. En eso, se acercó un chico joven que se quedó a escucharnos. Me pareció curioso porque no intentó vendernos nada, ni se metió demasiado en la conversación.

En un momento dado, la vendedora de collares preguntó de qué trabajábamos. Como no sabíamos como decir “podólogo” en francés, optamos por decir “doctor” que es más internacional. La chica empezó a explicarnos que le dolía no se dónde y tal a lo cual, claro, tuvimos que explicarle la verdad, que Nuria había estudiado física y medicina “de los pies”. Entonces ocurrió algo curioso. El chico callado que teníamos a nuestro lado se sobresaltó y empezó a decir en perfecto inglés “¿de verdad eres física?”, yo tengo un problema que necesito que me resuelva alguien que sepa física. Sacó de un bolsillo de su cazadora una libreta y nos enseñó unos diagramas y explicó el problema a Nuria que le estuvo ayudan
do durante un buen rato. La vendedora de collares se cansó de aquella conversación ininteligible en inglés, se despidió y se fue.

La conversación sobre problemas de física se convirtió pronto en una conversación sobre filosofía, acerca de la superación personal, los retos, las metas de la vida… Luego entramos en un terreno más personal, el chico nos explicó que hablaba bien inglés porque había estado en Europa estudiando, creo que dijo que en Bruselas o por esa zona, pero que ahora ya hacía tiempo que había regresado a Senegal y que esto le parecía un verdadero desierto intelectual, sin ningún tipo de estimulo, sin trabajo, sin nada. La verdad es que aunque podría parecer que estaba deprimido, era todo lo contrario, tenía una gran fuerza de voluntad y se obligaba cada día a superarse un poco. Tenía una extraña idea del sacrificio que parecía que le funcionaba.

Más tarde supimos que él dormía en esas mismas escaleras, que todas sus pertenencias eran lo que llevaba puesto y que cada día sobrevivía con el dinero que ganaba haciendo un trabajo para unos o para otros. Ese día, por ejemplo, había conseguido algo de dinero, no mucho, ayudando a colocar las sillas para un espectáculo sobre la cultura de Sudáfrica que se celebraría el día siguiente en la misma plaza. Y así cada día, una de las personas más cultas e inteligentes que habíamos encontrado en todo el país.

Ya era más tarde de la medianoche y nos íbamos a ir a casa, cuando se acercó un vendedor de máscaras que estuvo charlando con nosotros durante un rato y nos “convenció” para que le compráramos una máscara (3000 CFA). Nuestro amigo de las escaleras nos dijo que era un muy buen precio y que si queríamos, nos podía ayudar a conseguir un buen precio en el mercadillo artesanal que había unas calles más abajo.

Nos fuimos a dormir con un sabor agridulce. Llegamos a la habitación y nos acostamos esperando dormir bien para afrontar la excursión a la isla de Gore del día siguiente. Sin embargo, hasta bien entrada la madrugada no pudimos pegar ojo ya que las habitaciones cercanas estaban ocupadas por prostitutas y sus clientes, la mayoría senegaleses, aunque también en algún caso puntual, había algún blanco entre la clientela. Por cierto, la potencia sexual de la raza negra, creo que es bastante superior a la blanca. Impresionante.

Gastos del día:
10000 CFA (ayuda a Ser)
400 CFA (Bus a Dakar)
7 EUR (regalos lago rosa)
14800 CFA (Hostal Provençal)
7500 CFA (comida “Restaurant du center”)
400 CFA (Agua)
4000 CFA (cena “Alibaba”)
3000 CFA (Mascara)

Total: 40100 CFA

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Crónica: Viaje a Senegal (XXVII)

23/4 Surrealismo in crescendo

Sonó el despertador y empezamos a levantarnos. Al poco rato apareció Ser que muy amablemente nos dijo que ya era la hora de levantarnos y que en seguida nos traerían el desayuno. Así fue, su hermana Nuri vino con una bandeja con té y algunas pastas para empezar el día. Nosotros ya lo habíamos recogido todo y estábamos dispuestos para irnos, así que en cuanto terminamos nos despedimos de la familia y subimos al taxi.

Ser nos llevó al lago rosa, que no estaba muy lejos de su casa, aunque la carretera para llegar allí era un poco polvorienta. Paramos un par de veces para contemplar las extracciones de sal y el color rosado del agua. En una de esas ocasiones un par de vendedores pesados consiguieron colocarnos unos cuantos regalos (7 €, todo el dinero que llevábamos en moneda europea).

La última parada que hicimos en el lago fue en el lugar dónde me imagino que dejan bajar a los turistas que vienen en los autocares. Hay algunos restaurantes, un par de hoteles y un montón de tiendas de souvenirs. Allí nos encontramos de nuevo al francés con el que compartimos el camión en Bandia, que llegaba en taxi a visitar el lago.

Le pedimos a Ser que nos dejara en Rufisque dónde pudiéramos coger un bus para Dakar, ya que no queríamos molestarlo más. Me quedé con las ganas de visitar un santuario de tortugas que hay por esa zona, pero me pareció pedir demasiado. Le dimos 10000 CFAs como agradecimiento. Al principio no quería cogerlas, pero supongo que se dio cuenta de que le vendrían muy bien y que para nosotros no es mucho dinero. Nos dejó en la parada del autobús, nos dijo cuanto costaba y que número teníamos que coger. Nos quedamos esperando unos 10 minutos y cuando vino el bus, no se de dónde, apareció Ser y se despidió de nuevo de nosotros.

El autobús tardó una hora en llevarnos al centro de Dakar (400 CFA). Visto como se las gastan algunos taxistas de Dakar, decidimos ir andando hasta el hotel. Habíamos elegido el hotel más barato de la Lonely Planet para alojarnos en Dakar. Además daba la casualidad de que no estaba muy lejos del centro, así que podríamos salir tranquilamente por las noches. Sin embargo, cuando llegamos al hotel descubrimos que habían derribado el edificio entero. Desesperados, consultamos la LP y decidimos que nos arriesgaríamos a pasar una noche en un hotel muy céntrico (en la misma plaza de la independencia) con un precio relativamente económico para el estándar de la ciudad, pero que es utilizado como prostíbulo.

El “hostal provençal” no estaba lejos, apenas a 10 minutos andando. El sistema para entrar era realmente extraño, puesto que tenias que entrar en el bar-recepción de lo que era el prostíbulo en sí mismo para pedir que te abrieran la puerta de la zona de las habitaciones. Un chico tipo “segurata” de discoteca era el encargado de ir a abrir. A veces te veían venir por la calle y ya directamente el “segurata” iba y te abría sin tener que pedirlo, lo que da una idea de lo controlado que tenían el asunto. Las habitaciones no estaban mal, tenían baño y una cama supletoria que nos vino muy bien para dejar los trastos que llevábamos. Decidimos quedarnos una noche para probar y al día siguiente decidir si nos quedábamos o no. Tuvimos que pagar por adelantado (14800 CFA).

Teníamos hambre, así que tras callejear un rato entorno a la plaza de la independencia buscando algo decente de comer, decidimos hacerle caso a la guía y fuimos al restaurante “Du Center” del que hablaba muy bien. A pesar de que la guía era del 2007, el restaurante tenía unos precios sensiblemente más caros de los publicados (7500 CFA) y la calidad no es que fuera algo extraordinario. Nos falló la Lonely.

Por la tarde, fuimos a visitar la zona de la avenida de la república, subiendo por las callejuelas cercanas al mercado y regresando por la zona de la playa. No nos sentimos en peligro en ningún momento, tal y como alguna gente describe. Hay algunas iglesias y mezquitas que se suelen visitar, pero tampoco era algo que nos interesara mucho. Sin embargo, el parque del centro cultural francés sí que nos gustó bastante. Sin mucha prisa, se puede decir que nos pateamos todo Dakar en una tarde.

(continua)

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Crónica: Viaje a Senegal (IX)

10/4 Willis (continuación)

Llegamos a la oficina de venta de billetes del puerto y preguntamos cuanto faltaba para embarcar y dónde era. A duras penas nos enteramos de que desde allí se tenía que coger un autobús que nos llevaría al lugar de embarque. Hay varios autobuses que van y vienen cada media hora hasta el cierre del embarque. Todavía faltaban 2 horas para el primer autobús, por lo que teníamos tiempo de dar una pequeña vuelta por los alrededores. Eso sí, dejamos las mochilas en una habitación cerrada y vigilada por el chico que se encargaba de la seguridad de las taquillas. Mucha gente lo hizo, así que no nos inspiró ninguna desconfianza.

Como no sabíamos dónde ir, nos dirigimos hacía el ayuntamiento, que estaba relativamente cerca. El ayuntamiento, como la mayoría de los edificios de la ciudad es de estilo colonial. Un reloj preside su fachada y un conjunto de arcos dan paso a las escaleras que permiten penetrar en su interior. No entramos, nos sentamos un rato frente al edificio para dejar pasar el tiempo. En la plaza jugaban a la comba unas niñas vestidas de uniforme de escuela. Se habían quitado los zapatos para no estropearlos y jugaban sobre la piedra fría. Unos ancianos charlaban alegremente en el banco de al lado, mientras unos jóvenes descargaban un montón de botellas de agua mineral en la misma puerta del edificio. El tiempo pasaba despacio. Cuando nos quisimos dar cuenta ya casi era hora de regresar.

Volvimos parándonos en todas las tiendas que hay por el camino. Un “captador” nos entretuvo bastante en una de las tiendas del puerto. Hay gente en Senegal que sin trabajar directamente en una tienda, trata de convencer a los extranjeros de que entren y compren cosas en esa tienda para llevarse una comisión. A esa gente les llamo “captadores” y son bastante pesados. Lo mejor es pasar de ellos, pero si aún así insisten tienes que tratar de hacerles ver que ahora tienes mucha prisa (viniendo de un Europeo lo entienden) y que luego u otro día volverás a visitar su tienda. Este “captador” en concreto, cuando vio que no le compraríamos nada, nos invitó a visitar un par de pubs musicales a nuestro regreso. Le aseguramos que iríamos y nos dejó en paz.

Todavía tuvimos que esperar un buen rato en las taquillas hasta que apareció el autobús. Durante nuestra espera, apareció por allí un hombre muy mayor, demacrado por los años, que hablaba español perfectamente. Nos estuvo explicando que durante muchos años había trabajado como pescador en España y que ahora había regresado a jubilarse a su país natal. Hablamos de todo un poco. Es estupendo encontrar alguien con quien comunicarte después de tanto tiempo.

Apareció el autobús y rápidamente le pedimos al chico nuestras mochilas, que subió él directamente al autobús, y nos despedimos del anciano. Le dimos 500 CFA al chico por guardarnos las maletas, porque no teníamos nada más pequeño (con 100 o 200 CFAs de propina suele ser más que suficiente).

El autobús no tardó más de 5 minutos en realizar el recorrido hasta la entrada al puerto. Allí, abrió las puertas y todo el mundo se apeó y se quedó haciendo cola para facturar las maletas. Nosotros, que no queríamos facturar ya que íbamos en cabina y portar las mochilas no nos era molesto, nos dedicamos a pasear por el interior del puerto. Cuando vimos el Willis y a la gente haciendo cola para subir, decidimos caminar hacía allí y ponernos también en cola. ¡Fallo! Enseguida aparecieron dos vigilantes que nos dijeron que teníamos que ir a la sala de embarque y que luego un minibús nos traería hasta allí. Así lo hicimos. Para poder embarcar tienes que ir a una sala junto a la puerta de entrada dónde revisan tu equipaje y tu billete antes de dejarte continuar. Por poco nos saltamos todos los controles.

Nada más subir al barco, un chico te acompaña a tu camarote y te explica que sólo hay una llave y que la tienes que devolver a recepción nada más abrir la puerta para que el resto de ocupantes del camarote puedan entrar si tu no estás. El camarote no tiene nada que envidiar a muchos barcos de crucero que hay en Europa. Tenía un baño con ducha y retrete, un amplio armario con caja fuerte y un par de literas con una mesita de noche en el medio. Nuestros compañeros de habitación eran una pareja de senegaleses de mediana edad que trabajaban para una ONG y que viajaban a la Casamance por trabajo.

Dejamos las cosas en la habitación y nos despedimos de nuestros compañeros. El barco todavía estaba atracado en el puerto. Por los pasillos apenas se podía caminar ya que la tripulación todavía no había terminado de acomodar a los pasajeros en sus cabinas. A duras penas llegamos a la cubierta. Había mucha gente, la mayoría sentados mirando al horizonte o leyendo algún libro, mientras que el resto explorábamos el barco minuciosamente. No es un barco lujoso, ni está pensado para el disfrute de los pasajeros como sucede con los barcos de crucero, pero el Willis cumple sobradamente su función. Nos esperábamos un barco mucho más viejo y espartano, pensando sobretodo en la tragedia que acaeció con el anterior barco que realizaba el trayecto entre Dakar y Ziguinchor. Aquél barco se llamaba Joola y casi 1000 personas perdieron la vida ahogados cuando se fue a pique. Hoy en día todavía se le recuerda con una pequeña plaza monumental cerca del embarcadero de Ziguinchor.

A la hora prevista, el barco zarpó de Dakar rumbo a su destino. El trayecto transcurrió sin demasiadas complicaciones. El barco se movía un poco, pero no lo suficiente como para marearnos (aunque hubo gente que sí que tuvo que acudir a la recepción para que le administraran una pastilla contra el mareo). El único problema que tuvimos fue con nuestros compañeros de habitación que cerraron el camarote y se quedaron la llave, con lo que tuvimos hablar hasta con el capitán del barco para que les llamara por megafonía. Al cabo de más de media hora aparecieron por el camarote como si nada y tuvimos que explicarles que llevábamos ya algún tiempo esperándoles. Se disculparon y ya no volvimos a tener más problemas.

Habíamos comprado bebida, pan y algunas latas para prepararnos unos bocadillos temiendo que el precio en el barco fuera exagerado. No era así, comprar un bocadillo en el barco era un poco más caro que en la calle y lo mismo para tomar un menú en el restaurante. Así y todo, nos preparamos nuestra propia cena y la tomamos en la cubierta, mirando la oscuridad que rodeaba nuestro barco. Después de la cena tratamos de bajar a la sala dónde estaba el televisor, pero no podíamos sentarnos ya que allí los únicos asientos eran las butacas de la gente que había pagado la tarifa más barata. Ante esa situación decidimos ir a acostarnos y leer un rato antes de dormir.

Gastos del día:
500 CFA (taxi a la Gare Routiers de Saint Louis)
9000 CFA (7-plas a Dakar)
400 CFA (botella de agua)
2900 CFA (comida)
2400 CFA (supermercado)
500 CFA (propina guarda-maletas)

Total: 15700 CFA

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Crónica: Viaje a Senegal (VIII)

10/4 Willis

Willis es el nombre del barco que va de Dakar a la Casamance. Además es nuestro objetivo del día. Teníamos los billetes comprados por adelantado para el barco que saldría esa tarde. Para no tener complicaciones pusimos el despertador extraordinariamente pronto. Tan pronto era que el propietario todavía no se había levantado y tuvimos que despertarle, llevándonos un buen susto, puesto que dormía en un cuartito pequeño tumbado en el suelo. Dejamos rápidamente el hotel y subimos al primer taxi que encontramos. Al taxista 500 CFA le pareció un buen precio y nos llevó a la estación a la primera, sin regatear siquiera.

Llegamos a la Gare Routiers, que seguía con el mismo caos con el que la habíamos dejado unos días atrás. Buscamos un rato entre los carteles de los 7-plas hasta encontrar uno que rezaba “Dakar”. Esta vez no volveríamos a cometer el error de montar en un Ndiaga-Ndiaye. Negociamos con el hombre de la libreta. Todavía no he entendido porqué no negocia directamente el conductor del 7-plas. El precio fijo del trayecto para nosotros más los dos bultos (uno grande y otro pequeño) nos salió por 9000 CFAs. Nos pareció bien, con tal de no sufrir como lo hicimos en el viaje de ida.

Cuando el 7-plas estuvo completo, el hombre de la libreta le dio la orden al conductor de que saliera. Nosotros estábamos impacientes, pues no sabíamos cuanto tardaría el trasto este en llegar a Dakar. Desde luego, si hubiéramos tardado tanto en volver como tardamos en ir, no hubiéramos podido llegar a tiempo para coger el barco. Nada más salir de la estación, tras girar una esquina, el conductor paró el coche y se bajó. Se acercó un chico joven, se saludaron, hablaron y se intercambiaron. El chico joven se sentó en el puesto de conducción y salió disparado. Sospechoso. No era un gran comienzo, pero ya estábamos curados de espanto.

Después de circular durante media hora en aquella reliquia de coche, un ruido extraño en la parte izquierda del vehículo hizo parar al conductor. Se bajaron unos cuantos hombres del coche y miraron con preocupación la rueda izquierda trasera. Al cabo de 5 minutos, sacaron un viejo gato del maletero y empezaron a subir el coche. Sólo entonces pensamos que era momento de bajar a ver que sucedía. Vimos que a la rueda sólo le quedaba un tornillo que la uniera al resto del coche y tenía la suficiente holgura como para que a cierta velocidad todo el conjunto bailara y emitiera un ruido preocupante. Miramos el resto de ruedas. La mejor acondicionada tenía tres de los cuatro tornillos y hubiera sido un riesgo quitarle uno para continuar el viaje. El conductor y otro hombre sacaron la rueda por completo, y trataron de enderezar el tornillo que bailaba. Pero se dieron cuenta de que era inútil. Así no podíamos continuar. ¿Y ahora qué? El conductor llamó por teléfono a alguien. No nos podíamos comunicar prácticamente nada con ellos, por lo que decidimos no hacer preguntas y simplemente esperar como el resto. Llamaba y llamaba, pero nadie le respondía. Así media hora más. Cuando finalmente consiguió contactar con su interlocutor, nos miró a todos y dijo algo en Wolof que no entendimos, pero que interpretamos como un “no os preocupéis que vienen a buscarnos”. Calculamos que si alguien salía de la estación de Saint Louis ahora, tardaría media hora más en llegar, así que nos relajamos y disfrutamos del pequeño bosque de baobabs y acacias dónde nos habíamos quedado tirados.

En efecto, al cabo de media hora apareció un 7-plas vacío, en el que en un momento cargamos nuestras mochilas y proseguimos ruta hacía Dakar. La mayor parte del camino la pasamos medio dormidos. Dormirte del todo es casi imposible. Apretujado entre otras dos personas, con hierros oxidados y afilados que se han descolgado de la carrocería, asfixiado de calor o abofeteado por el aire de la ventanilla, dando saltos en cada nuevo bache… dormir se hace realmente complicado y aún así Nuria lo consiguió.

Sin más contratiempos, llegamos a Dakar pasadas las 2 del mediodía. Hambrientos y cansados. En vez de seguir el camino que ya conocíamos para ir hasta la Terminal del ferry, seguimos por otro camino que suponíamos que iba paralelo y nos perdimos. Nos encontrábamos en mitad de un grandísimo mercado callejero. El más famoso de la ciudad. Estábamos abrumados, desorientados y cansados. Aunque la gente en este mercado no te agobia tanto como en los países del Magreb, especialmente en Egipto, llevar a la espalda la mochila por calles estrechas y abarrotadas, resulta verdaderamente estresante.

Teníamos que romper radicalmente con aquello, así que en cuanto vimos un restaurante un poco interesante, nos lanzamos dentro. Resultó ser una hamburguesería dónde servían unos bocadillos riquísimos. Los devoramos, sentados frente a un gran escaparate dónde de vez en cuando algún vendedor ambulante se paraba y nos mostraba la mercancía que llevaba. El restaurante parecía el típico bar americano de los años 60 que aparecen en películas como “Grease”. Amplio y limpio, un rasgo típico de la mayoría de locales en Senegal, aunque se pueda pensar lo contrario. Lo que más nos llamó la atención es que el restaurante estaba regentado por un hombre mayor, de unos 50 años, de raza blanca, sentado frente a la caja registradora, cuyo único trabajo era cobrar a los clientes. Los trabajadores eran todos de raza negra. Luego nos dimos cuenta de que en Dakar (no en el resto del país), los propietarios de los negocios eran blancos, nacidos en Francia, que en algún momento dado vinieron a Senegal y abrieron negocios, los cuales fueron creciendo hasta convertirse en lo que son ahora. Tampoco deben de estar forrados estos empresarios, ya que en total la comida nos costó 2900 CFAs.

Volvimos a salir a las calles atestadas de gente. Entre toda esa gente nos llamaron la atención los estudiantes mendigando. Son unos chicos que van vestidos con un traje tradicional muy llamativo y que llevan una hucha que al agitarla produce un estruendoso ruido metálico. Piden dinero por orden de su profesor de enseñanzas religiosas para cumplir con uno de los preceptos del Corán. Son bastante pesados, aunque inofensivos. Lo mejor para quitártelos de encima es decir que ya le has dado una moneda a su compañero.

Anduvimos perdidos por las calles de Dakar un buen rato, hasta que llegamos a una plaza muy grande que intuimos que podía ser la plaza de la Independencia. Preguntamos a un policía y nos confirmó que habíamos acabado en la plaza principal de la ciudad. Nos habíamos desviado bastante de nuestro camino, pero habíamos comprobado que Dakar no es muy grande. Seguimos las indicaciones del policía y bajamos por una calle que iba directamente al puerto, pasando por delante del ayuntamiento. Justo antes de llegar al ayuntamiento, hay un centro comercial (el más grande que hemos visto en todo Senegal), en el que compramos algo de comida y agua para el viaje (2800 CFA). El puerto está a 5 minutos de allí.

(continua)

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Crónica: Viaje a Senegal (III)

6/4 Llegada a Dakar (continuación)

Cambiar dinero en el aeropuerto fue una odisea. Cuando vuelves a entrar a la terminal del aeropuerto por la otra puerta te encuentras casi de frente con una especie de oficina bancaria custodiada también por un policía donde la gente hace cola para entrar de uno en uno y cierra la puerta a sus espaldas. Me dio la sensación de que se trataba de una especie de cajero automático, pero sin el automatismo. Preguntamos al policía si allí cambiaban dinero y nos dijo que no y nos señaló un pasillo solitario que se adentraba en el aeropuerto. Avanzamos hacía allí y, antes de que pudiéramos ver nada, unos chicos nos abordaron y nos dijeron que ellos podían cambiarnos dinero. No me dieron buena espina. Llevaban una calculadora y nos hacían las cuentas demasiado favorables. El CFA (se pronuncia “cefa”) es la moneda oficial en varios países del área que fueron colonia francesa. Su valor es fijo con respecto al euro: 655’984 CFAs. Según la Lonely te suelen cambiar a ese valor, pero te cobran un 2% de comisión (algo tienen que ganar). Pues estos chavales nos lo cambiaban sin comisión. Nosotros queríamos cambiar una gran cantidad de dinero (1000 euros) y eso requiere estar muy seguro de la persona que te lo cambia. Finalmente pudo más nuestra prudencia que nuestra codicia y les dijimos que queríamos cambiar sólo 10 euros (lo justo para coger un taxi y cambiar en Dakar). Nos dijeron que no, que eso era muy poco y que no nos lo cambiaban. Sospechoso. Además trataban de convencernos insistentemente de que ahora todas las oficinas de cambio en el aeropuerto estaban cerradas. Pasamos de ellos y de sus historias y nos adentramos en el pasillo oscuro y solitario que el policía nos había indicado. Al final del todo, una puertecita entre abierta daba paso a una pequeña habitación con unas pocas sillas desvencijadas a la izquierda y un mostrador a la derecha. Entramos en la sala y los chicos que nos habían seguido hasta la misma puerta se quedaron esperando por los alrededores. Pedimos cambiar dinero en el mostrador y un hombre que no daba la imagen de banquero a la que estamos acostumbrados nos señaló en dirección a una pequeña sala cerrada enfrente de la puerta en la que no habíamos reparado. Entramos en esa angosta sala y le dijimos a una señora que había al otro lado de un cristal que queríamos cambiar 1000 euros. Nos informó de que la comisión era del 2% (¡estupendo! ¡que tranquilidad!) mientras nos enseñaba en una calculadora lo que íbamos a conseguir con nuestros 1000 euros. Le dimos el dinero y empezó a darnos fardos de billetes, contando uno por uno cada billete. Cada fardo era de 100000 CFAs y cada vez que nos iba a dar uno tenía que dar un grito para que el hombre del otro mostrador se lo trajera. Contamos el dinero y le pedimos un justificante. El justificante y nada es lo mismo, un trozo de folio manuscrito sin firma ni cuño ni nombres. Así es Senegal.

Salimos de la oficina rápidamente, saludando a los chicos que ya estaban entretenidos tratando de cambiar dinero a algún otro despistado. Tampoco les hicimos mucho caso, pues llevábamos 642000 CFAs encima, recién sacados y ellos lo sabían. Con la comisión de cambio perdimos (13120 CFA). Volvimos a salir del aeropuerto y nos dejamos querer por los taxistas. Elegimos uno con buena pinta y le dijimos que cuanto nos quería cobrar por ir a Les Mamelles, donde estaba nuestro hotel. Creo recordar que empezó la puja por 10000 CFA y bajó rápidamente a 5000 CFA. Teníamos aprendido de la guía que se podía llegar a Dakar por 3000 y Les Mamelles están más cerca, así que seguimos apretando. Al final llegamos a un lugar a la derecha según sales de la terminal dónde se concentran los taxistas alrededor de un jefecillo que lo organiza todo (un tele-taxi con una libreta). Le dijimos que queríamos pagar 2000 CFA como máximo y tras unos minutos de negociación nos pidió que esperáramos. Y esperamos. Cuando ya nos desesperábamos (la mentalidad europea no se cambia tan rápidamente) y tras insistirle varias veces, apareció el viejo Peugeot 504 negro que nos llevaría al hotel. Confirmamos con el conductor el precio del viaje, cargamos las mochilas en el maletero y nos embarcamos.

Dejamos el aeropuerto por una carretera relativamente buena, pasando por típicos barrios de las afueras de cualquier gran ciudad africana. Al llegar a les Mamelles, el conductor giró a la izquierda y se metió por una calle de tierra, sin luz y sin más gente que algunos ancianos sentados “a la fresca” en los portales de las casas. Nuria y yo nos miramos. El taxista no sabía exactamente dónde estaba el hotel, así que deambuló hasta que llegó al final de la calle y preguntó a uno de los ancianos que esperaban sentados en medio de la oscuridad. Nos habíamos pasado por unos 50 metros, ¿quien hubiera imaginado que eso fuera un hotel? Sin luces es difícil ver el cartel que indica claramente “Hotel les Mamelles”. Pagamos al taxista (2000 CFA) y entramos al hotel.

El hotel no era un 5 estrellas (ni nosotros habíamos pagado para que lo fuera), pero estaba realmente bien. El recepcionista nos atendió rápidamente (a lo europeo), nos dió la llave de nuestra habitación y nos cobró por adelantado la estancia (18000 CFA, aunque ya habíamos pagado 2000 CFA en concepto de reserva). La habitación no tenía baño, lo compartía con las demás habitaciones de la planta (el baño es de los que cuando alguien entra y cierra nadie más puede utilizarlo). Tenía una ventana a un patio interior y otra al pasillo. Todas con mosquiteras. También había una mosquitera para la cama. La cama era dura, pero la cogimos con muchas ganas. Se podría decir que el hotel en sí mismo era muy espartano, pero estaba muy limpio y cerca del aeropuerto. Me alegro de no haber reservado en Dakar, hubiera sido una locura entrar a saco en Dakar el primer día.

Gastos del día (sólo los repercutidos en CFA):
13120 CFA (comisión de cambio)
2000 CFA (taxi)
18000 CFA (hotel)

Total: 33120 CFA

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Crónica: Viaje a Senegal (II)

6/4 Llegada a Dakar

El vuelo lo operaba Iberia y la conexión con Alicante apenas hacía subir el precio unos 10 euros, por lo que elegimos esa opción y pudimos salir prácticamente desde casa. Esa es una de las pocas ventajas de comprar un billete en una compañía “tradicional” frente a una low-cost, aunque ciertamente sin las low-costs nunca hubieran dado ese paso. El vuelo, por lo tanto, salía de Alicante, hacia escala en Madrid y luego desde ahí a Dakar, parando en Gran Canaria durante unos minutos para repostar (eso dijeron, pero yo creo que bajó y subió gente).

Cogimos el vuelo de conexión en Barajas con bastante holgura y pedimos recoger las maletas y volverlas a facturar, ya que no nos fiamos mucho de este aeropuerto (cuando regresamos es distinto, si pierden una maleta tienes más ropa en casa, pero a la ida es una putada). Durante la larga espera en Barajas, nos tomamos alguna hamburguesa (1 euro), compramos algunas revistas (con guía Lonely Planet de Atenas incluida, 7 euros) y realizamos una última incursión en la farmacia (4’50 euros). A pesar de todo eso, la espera se hizo eterna.

Bien entrada la tarde, se escuchó por megafonía la llamada para el vuelo de Iberia con destino Dakar y la emoción se desató. Era nuestra primera incursión en el África negra y además en un país dónde se habla francés como segunda lengua y dónde no suelen viajar muchos españoles (en los países árabes, independientemente de si fueron francesa o inglesa, si viajan muchos españoles, casi todo el mundo termina entendiendo y “chapurreando” español). La sensación al despegar el avión es la misma que te invade cuando subes por primera vez en una nueva montaña rusa y te están remolcando hacía arriba para conseguir impulso antes de soltarte ante una emocionante sucesión de loopings y otros ingenios mecánicos. Sentí que no había vuelta atrás, reconocí que no habíamos planificado suficientemente bien el viaje y, sobretodo, sentí el respeto ante una nueva aventura, algo que no sentía desde el viaje a Perú.

Casi puntuales, a las 22:00 (hora local) aterrizamos en el aeropuerto de Dakar. Cuando llegas a Dakar te encuentras con un aeropuerto realmente pequeño. Da bastante miedo, la verdad, pero no es para tanto. Bajas del autobús que te ha acercado a la terminal y te encuentras con una larga cola para pasar el control policial. En esa zona del aeropuerto todo estaba cerrado, incluso el baño (y no controlaba suficientemente la lengua de signos como para llegar a conocer la razón). Traté de conseguir cambiar dinero allí, que parecía una zona tranquila, pero me dijeron que no era posible y que tenía que hacerlo fuera (no entendí muy bien que significaba “fuera”, si se refería a cambiar en una oficina en la propia terminal, si tenía que hacerlo en la calle o si debería ir hasta Dakar para ello… cosas de la lengua de signos). Así que esperamos pacientemente a que nos tocara nuestro turno en la cola y… ¡sorpresa! El método para elegir a quién le abren la maleta es un pulsador que con cierta probabilidad enciende una luz roja que indica si eres el elegido. A mi no se me iluminó, pero a Nuria sí, por lo que tuve que esperarla en la zona de salida. Allí la gente se agolpa contra unos separadores de cristal esperando sacar alguna comisión o llevarte en taxi a algún lugar. La zona protegida, antes de cruzar la barrera de cristal, está llena de tour-operadores con cartelitos para que los turistas borreguitos acudan al pastizal.

Entablamos conversación con uno de los guías nativos de un famoso tour-operador español (no recuerdo el nombre). Apenas hablaba español, por lo que la comunicación fue realmente complicada. Espero por el bien de los turistas que ese no fuera el guía que tenía que explicarles las maravillas de Senegal. El hombre al final nos entendió. Cuando se enteró de que queríamos cambiar dinero, enseguida llamó a un amigo que se fue a buscar a alguien. Esperamos y esperamos. Al cabo de 10 minutos o más le dijimos al primer hombre que nos íbamos, que no queríamos seguir esperando más. Primera lección de Senegal: al europeo el tiempo le mata, el africano mata el tiempo. Segunda lección de Senegal: todo funciona mediante redes de contactos. Salimos al exterior. El otro lado del cristal impresiona. A diferencia de la mayoría de aeropuertos, en el de Dakar, cuando sales de la zona de llegadas, sales directamente a la calle y si quieres coger otro vuelo o cambiar dinero tienes que volver a entrar por otra puerta. La puerta de salida está custodiada por varios policías que evitan que nadie entre por dónde salió. La gente de agobia en la salida, pero de forma mucho más conmedida que en los países del magreb.

(continua)

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Crónica: Viaje a Senegal (I)

Este viaje se desarrolló entre el 6 y el 25 de abril de 2007. Las fechas corresponden a este periodo.

Preparativos

Elegimos viajar a Senegal por el algoritmo MPNC (Menor Precio entre los No Conocidos, es decir, elegir el vuelo más barato posible entre los lugares a los que nunca hemos ido antes). El vuelo costó 425 euros por persona (2×425 = 850 euros) aunque lo compramos sólo con un mes de antelación.

No sabíamos nada de Senegal. Ni siquiera sabíamos si aquel era un lugar de safaris o no, si encontraríamos infraestructuras hoteleras o no… ¡nada! Además, sabíamos que hablaban mayoritariamente francés y nosotros no tenemos ni idea de francés. Así que íbamos a ir a la aventura.

Compramos la guía Lonely Planet de Senegal (21 euros) para ir enterándonos de que iba aquello. Decidimos que ya era hora de vacunarnos. En el viaje a Perú no pudimos adentrarnos en la selva por no estar vacunados y como para Senegal la fiebre amarilla es semi-obligatoria, pues nos lanzamos y nos vacunamos de esto, de fiebres tifoideas, de tétanos y probablemente de algo más. A lo único que dijimos que no fue a vacunarnos de rabia (aunque luego nos arrepentimos un poco). Para vacunarse hay que llamar a un centro de salud exterior (suele existir alguno en todas las ciudades grandes) y pedir cita. Conviene vacunarse como muy tarde 3 semanas antes del viaje. A nosotros nos costó 17 euros por cabeza (2×17 = 34 euros). Luego hay que ir a la farmacia y comprar unas pastillas para prevenir la malaria, endémica en estos países (12 euros). También es conveniente comprar en la farmacia un buen repelente de mosquitos, aunque dependiendo de la época del año encontraremos más o menos mosquitos (13’6 euros). Por último, también para prevenir las picaduras de mosquito durante la noche, es importante llevar una buena mosquitera (2×5 = 10 euros). Las que suelen tener en los hoteles a veces están sucias o tienen agujeros o incluso son pequeñas para la cama en cuestión, siempre es mejor llevar la propia.

A parte de lo mencionado, completamos el botiquín con lo típico que se suele llevar a un viaje de este tipo (pastillas para la diarrea, vendas, etc). Tened en cuenta que en Senegal hay farmacias en todas las ciudades, así que no hay que pasarse con el botiquín (nosotros lo hicimos y nos arrepentimos por el peso extra). Hay que llevar también linterna, se puede llevar un móvil (suele haber cobertura), ropa fresca (raro será que haga frío, llevad un polar por si acaso, pero también un bañador), se puede llevar cualquier cámara de fotos o video con total tranquilidad (excepto en ciertos lugares de Dakar), la típica bolsa de aseo, etc. Los enchufes son iguales que los de aquí y en todos los hoteles suele haber uno. Si sois de piel sensible, una buena protección solar no está de más, a nosotros no nos hizo falta.

Nosotros reservamos una noche de hotel en Dakar. Nuestro vuelo llegaba tarde, casi a la hora de dormir, así que buscamos en hostelz.com y elegimos un hotel que estuviera relativamente cerca del aeropuerto y que no fuera demasiado caro. Así y todo, fue el hotel más caro en el que estuvimos.

Antes de ir no hicimos nada más, no teníamos nada más que ese hotel y ni siquiera sabíamos la ruta que seguiríamos. Queríamos ir en el barco que va de Dakar a la Casamance, queríamos visitar San Louis y el Sine Saloum y, si teníamos tiempo, queríamos dejarnos caer por el País Bassari. Pero ni teníamos ruta, ni habíamos reservado hoteles, ni nada. Esa falta de planificación nos hizo vivir lo mejor y lo peor del viaje.

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