Crucero Bloggers: La vida abordo (I)

Aunque ya habíamos viajado en crucero anteriormente, nunca lo habíamos hecho en un barco de estas características. Me refiero especialmente a tres elementos que lo distinguen de otros cruceros que hemos realizado:

1) El lujo, entendido como la abundancia de cosas no necesarias.
2) La duración, ya que nunca habíamos estado a bordo de un barco más de 4 días.
3) El tamaño del barco, enorme comparado con los barcos (de crucero o no) que hemos tomado en nuestra vida.

Para empezar a explicar como es viajar en un crucero de este tipo, debo empezar explicando como es el recibimiento. Imaginaos, después de realizar un check-in como el de un aeropuerto, aunque mucho más ágil y menos paranoico, subes al barco y en la misma entrada, en una sala decorada en todos rojos y dorados, te encuentras a una veintena de personas de la tripulación vestidos con sus trajes de trabajo y dispuestos en fila, sonriéndote y dándote la bienvenida. Es nuestro caso no tuvimos mucho tiempo de reaccionar, ya que como llegábamos tarde, Fátima, la chica que organizó todo el viaje, nos llevó rápidamente a la sala de reuniones dónde nos dieron una charla de bienvenida la gente de Logitravel y MSC Cruceros.

Imagino que con esto cualquiera se puede hacer una idea de como es el resto del crucero. Podría mirar el mapa del barco y detallaros los muchísimos bares y restaurantes que hay, o decir que hay un gimnasio y un spa, o comentar que para un máximo de 3000 pasajeros hay 1000 personas de tripulación, pero eso lo puede encontrar cualquiera leyéndose el programa de la naviera. Yo sólo os voy a contar como me impresionó el pasillo de la planta 12 dónde teníamos nuestro camarote. Interminable, miras hacia el fondo y lo único que ves es pasillo, igual que si miras las vías del tren que convergen en un punto, así es ese pasillo. Impresionante.

Nosotros nos alojamos en un camarote con balcón en la planta 12. No todos son así, aunque sí la mayoría en el MSC Orchestra. Al tener balcón, la habitación tenía una luminosidad envidiable y unas vistas increíbles del mar y de los puertos en los que atracaba el barco. La habitación es como la de un hotel 4 estrellas. A mi me recordaba mucho a los hoteles Husa: moqueta en el suelo, muchos espejos, una cama muy grande (aunque en realidad son dos pequeñas juntas), un armario suficiente con caja fuerte gratuita… Lo único que flojea un poco es el baño, que aunque cumple con su función, resulta un pelín pequeño (tiene ducha, no bañera, eso sí que hubiera sido un lujo). Otra cosa que me llamó la atención es que a pesar de que las paredes no eran muy anchas ofrecían un aislamiento sonoro suficiente. De hecho nuestra habitación tenia una puerta que comunicaba con la habitación de Maria Luisa y Marcos y nunca tuvimos problemas de ruidos. El resto de habitaciones no las vi, así que no puedo juzgar.

En cuanto a los servicios abordo, la mayoría son de pago: peluquería, masajes, etc. Los precios son un poco altos para el nivel habitual en España, por lo que no hicimos uso de ninguno de ellos. El resto de servicios tipo minigolf, gimnasio, piscina… son gratuitos, pero tampoco los usamos mucho ya que ¡¡no teníamos tiempo!! Aunque parezca mentira, sólo fuimos un día a la piscina y la verdad es que en la piscina no pusimos ni un pie, estuvimos casi una hora metidos en el jacuzzi. El tiempo vuela y más si tienes cosas que hacer. Supongo que si vas por tu cuenta, sin un grupo de gente con la que te reúnes cada día para ir a realizar charlas y excursiones, tendrás mucho tiempo para hacer este tipo de cosas. Nosotros lo único que no faltamos casi ningún día fue al teatro, al que le dimos una nueva oportunidad cada día hasta que nos dimos cuenta que era inútil. Sinceramente, no nos gustó ningún día, salvo actuaciones puntuales.

MSC Orchestra

Navegando por Internet he encontrado este video donde se puede ver como es el barco en el que surcaremos el Meditarraneo. Ademas el video esta rodado aqui mismo, en Alicante, en la presentación oficial del navío. Me ha parecido un barco impresionante, he viajado en muchos barcos, pero nunca en nada tan grande y lujoso. El SPA me ha encantado, como sea gratís va a ser dificil despegarnos de allí 😉 y la comida parece que va a ser muy buena.


Hay muchos más videos en YouTube en el que se ve el MSC Orchestra, pero este es el que más me ha gustado de los que he visto.

Crónica: Viaje a Senegal (XXIII)

20/4 Joal Fadiouth

El día empezó muy tarde. Casi se debería decir que la noche se prolongó demasiado. Dormidos en nuestro rincón del barco, con el vaivén de las olas y las tenues luces del dormitorio, no nos dimos cuenta de que ya casi habíamos llegado a Dakar. Fue cuando la gente empezó a moverse, cuando nos dimos cuenta de que el barco estaba frenando su avance para entrar en el puerto. Todavía nos dio tiempo a desayunar a bordo y a guardar todas nuestras cosas que aparecían allí desperdigadas por el suelo. Del mareo de la noche anterior no quedaba ya ninguna huella.

Parece ser que la gente tenia mucha prisa por bajar del barco. Los pasillos se llenaron de gente que se empujaba y se aplastaban unos contra otros. Nosotros nos esperamos hasta el final, cuando ya casi no quedaba nadie en el barco. Bajamos tranquilamente y subimos al autobús que nos llevaría a la terminal. Como habíamos facturado las mochilas, nos tuvimos que esperar a recogerlas. El sistema fue de lo más curioso. Nada de cintas transportadoras como las de los aeropuertos; no, en este caso, un hombre miraba una por una cada maleta y gritaba el nombre del propietario que debía acudir a recogerla con un comprobante. Curioso…

Con las maletas en la mano salimos de la terminal. Una multitud se agolpaba a la salida. Muchos taxis se ofrecían a llevarte. Aunque la gare routiers no estaba lejos, como íbamos cargados y teníamos prisa decidimos coger uno. Negociamos el precio, 400 CFA por llevarnos a un par de calles de distancia. Nada más subir, el taxista empezó a tantearnos sobre la cantidad a pagar. Le dijimos que no íbamos a pagar ni un “cefa” más y que se detuviera que queríamos bajar. No se paró, pero se calló. Cuando llegamos a la gare routiers le pagué con un billete de 500 CFA y le dije que se podía quedar el cambio. El hombre salió como un poseso del taxi jurando en hebreo (bueno, supongo que en Wolof) devolviéndome el billete y diciendo que quería 4000 CFA. Montó un pollo alucinante gritando mientras nosotros lo mirábamos con cara de poker esperando a que se tranquilizara. Sabíamos perfectamente que ese era su juego y que no podíamos entrar al trapo. Varios curiosos empezaron a aparecer por allí para ver lo que pasaba o para intentar mediar. El taxista al verse afrontado por todo el público que había congregado empezó a bajar su precio, primero a 2000 y luego a 1000 CFAs. Y nosotros insistiendo, diciéndole que no íbamos a pagar más de los 400 CFA convenidos. A todo esto, hablábamos con él a través de un chico que hablaba inglés, directamente con él era imposible. Otro mediador dijo que 500 CFA podría ser un precio justo, lo que nosotros le dimos al principio, pero él no quería, insistía en que le diéramos 1000. Su siguiente técnica, también muy conocida por nosotros sobretodo en los regateos en Egipto, fue la de decir que para nosotros esos 500 CFA de más no eran nada. Pero sí que eran. Si le dábamos lo que quería vería que la táctica le salía bien y se la aplicaría a otros clientes y poco a poco todos los taxistas de Dakar se pervertirían con esta forma de hacer “negocios”. Le dijimos que no queríamos saber nada, que le ofrecíamos los 400 CFA que habíamos pactado al principio y punto. Y que íbamos a llamar a la policía. Sacamos la Lonely Planet y empezamos a hacer como si buscáramos el teléfono de la policía de Dakar. El taxista tapaba el libro para intentar evitar que encontráramos el teléfono, pero yo lo cogí firmemente y simulé que había encontrado el número. Saque el teléfono móvil y empecé a marcar. Fue mano de santo, el taxista se giró y se volvió a su coche enfadadísimo y sin querer ni siquiera coger los 400 CFAs que le debíamos. El chico que nos había hecho de traductor nos preguntó dónde queríamos ir y muy amablemente nos acompañó hasta un 7-plas que nos llevara a Joal-Fadiouth. Nos dijo que no era muy común este tipo de comportamientos, pero que nos se lo tuvieramos en cuenta ya que gente de ese tipo hay en todas partes. Antes de despedirse nos pidió una pequeña propina por la ayuda prestada y le dijimos que le daríamos los 500 CFA que no le habíamos podido dar al taxista. Le pareció correcto. Él mismo negoció por nosotros el precio del 7-plas, 4300 CFA con maletas incluidas.

El viaje en 7-plas fue tranquilo, íbamos medio dormidos y un poco molestos por el incidente con el taxista. Llegamos a Joal a media mañana. Joal está pegado a Fadiouth, pero la estación dónde nos deja el 7-plas está bastante alejada de este segundo pueblo. Así que cogimos un taxi que por 300 CFA nos llevó a Fadiouth.

Fadiouth es un pueblo-isla asentado totalmente sobre una superficie de conchas. Un par de largos puentes lo unen al continente. El nivel del agua debajo del puente apenas cubre a una persona de mediana altura, por lo que es habitual ver a gente caminando por dentro del agua para transportar fardos entre las granjas de ostras y la isla. La visita a la isla no dura más de una hora y media y es muy recomendable, dado que se trata de un lugar muy tranquilo y muy diferente de lo que estamos acostumbrados a ver en Senegal. Nosotros visitamos el pueblo callejeando por sus calles y cruzando sus puentes hasta llegar al cementerio. Algunos turistas utilizan una piragua para recorrer la isla, por lo que los conductores de piraguas en cuanto ven a un blanco se tiran sobre él para intentar conseguir que hagas el viaje con ellos. Pero en Senegal otra cosa no, pero montar en piragua es algo que vas a hacer muchas veces, así que pagar una pequeña fortuna por hacerlo en aquella isla creo que es tirar el dinero.

Hay algo curioso en estos pueblos. Por un tratado de hermandad con un pueblo en España, tienen una biblioteca bastante extensa de libros en Español, por lo que mucha gente allí habla nuestro idioma. Este es un aliciente más que se le puede encontrar a la isla. Encontramos a un curioso hombre que había estado varios años en Cataluña trabajando y que tenía amigos allí que le enviaban regalos, desde una camiseta hasta la bicicleta con la que se trasladaba a todas partes. Su frase era “pero es que tu no ves que no es de aquí”. Tantos años en Europa se le había contagiado algo de esa prisa que tenemos por aquí.

Comimos en un restaurante en la parte continental. En la isla no fuimos capaces de encontrar nada que nos gustara y a buen precio, así que cruzamos el puente y justo en la otra orilla encontramos el restaurante de un campament con una buena relación calidad-precio (creo que se “L’efinio” o algo así). El restaurante tenía su encanto, ya que disponía de un pequeño zoo, incluida una cigüeña que andaba suelta por el restaurante mendigando algo de comida. La comida nos costó 5800 CFA.

Para volver a la gare routiers con dirección a Palmarín (en este caso era otra diferente) cogimos un taxi (200 CFA). Allí sólo había una Ndiaga medio llena con destino Palmarin. Esperamos muchísimo, más de una hora hasta que se llenara y a pleno sol. Finalmente salió sin llenar
se, así que por el camino fue parando a recoger a más gente. Pagamos 1800 CFA y le pedimos que en un par de días parase en el campament al que íbamos: Yokam. Nos dijeron que sí, pero nunca volvieron a por nosotros…

Nos bajamos de la Ndiaga porque nos dijeron que habíamos llegado y que teníamos que caminar en dirección al mar. Estábamos en una gran planicie, toda llena de arena de playa, con unos cuantos baobabs por las inmediaciones, pero ni rastro del campamento. Empezamos a caminar en la dirección que nos habían indicado y en un par de minutos lo que parecía un pequeño oasis se convirtió en el campamento. Entramos y buscamos al encargado. El hombre hablaba fluidamente en inglés, por lo que no fue complicado entendernos. Nos enseñó una cabaña de las que tenía y nos explicó que lo mejor sería alojarnos en pensión completa. Así lo hicimos.

El resto de la tarde nos la pasamos paseando por la impresionante playa desierta de fina arena infinita y charlando con un hombre, Pedro, que se encargaba de hacer excursiones por el Delta del Sine-Saloum y que hablaba Español perfectamente. Cenamos pronto, pues en el campamento no hay luz eléctrica y la consiguen de generadores (que por cierto, por la noche, cuando te acuestas, son un incordio por el ruido). La cena estuvo bien y eso que a mi no me gusta el pescado.

Gastos del día:
4300 CFA (7-plas a Joal)
500 CFA (Taxi/Mediador)
300 CFA (Taxi Joal a Fadiouth)
5800 CFA (comida)
200 CFA (taxi Fadiouth)
1800 CFA (Ndiaga a Palmarin)

Total: 12900 CFA

Crónica: Viaje a Senegal (XXII)

19/4 Retorno a Dakar

Hoy era un día feliz: ¡partiríamos de Ziguinchor! Nos levantamos tarde y, después de una buena ducha, fuimos a buscar al dueño del albergue de “Casa Africa” para pagarle por las 3 noches que hemos estado. Por un momento tenemos algún problema con el precio, puesto que el hombre quería que le pagáramos 7000 CFA por noche, cuando hablamos claramente el día de llegada que pagaríamos 5000. Al final acepta que le paguemos lo convenido (no sin una buena discusión) y pero nos dice que el precio “oficial” son 7000. Le damos los 15000 CFA de las tres noches y nos despedimos de él. Por la cara con la que se quedó, deduzco que lanzó la caña a ver si pescaba unos cuantos CFA extra, pero que estaba conforme con el precio al que habíamos llegado hacía ya unos días.

Ya que íbamos cargados con las mochilas y tampoco nos quedaba nada que ver en la ciudad, decidimos entrar a la Walkunda para tomar un “desayuno/aperitivo” (crepes y macedonia, 2100 CFA). Ya que el local estaba completamente vacío, aprovechamos para tirarnos en unos sillones durante más de una hora, charlando relajadamente y jugando a las cartas.

De paso hacía el barco, saludamos a nuestro amigo el vendedor al grito de “Aida, Aida” (su “amour”) y compramos en una pequeña tienda atendida por dos mujeres una coca-cola congelada (literalmente) y una lata de un presunto paté que nunca nos comimos (1100 CFA). Luego regresaríamos a la misma tienda para comprar una botella de agua también congelada (400 CFA). También compramos una barra de pan en la panadería (150 CFA) para poder hacernos unos bocadillos en el barco. Y ya que estábamos, nos zampamos un par de helados (700 CFA).

Tuvimos que esperar a que abrieran el comedor en el restaurante “La Kassa” a las 13:30 para poder comer el plato del día, ya que no había ningún lugar dónde comer y teníamos que llegar “relativamente” pronto al barco. De echo, sólo pedimos un plato del día para los dos, puesto que no teníamos casi hambre (2500 CFA).

El trámite para acceder al barco fue más fácil que el de ida. Esta vez facturamos la mochila grande, ya que al ir sentados y sin camarote, tener la mochila por allí en medio hubiera sido un verdadero incordio (para nosotros y el resto de pasajeros). Tuvimos suerte con los billetes, nos tocaron unos asientos muy cómodos, ya que teníamos mucho espacio delante para poder extender los sacos y dormir en el suelo. Si vais a comprar asientos en el Willis os recomiendo los asientos del 1 al 5 (primera fila) y el 16 y 17 (los nuestros), ya que en el resto de asientos apenas te puedes mover y nunca vas a poder tumbarte. En caso de que no estén disponibles, la segunda mejor opción es el número 10 y todos los laterales, pegados a las ventanillas, para que no te moleste mucho la gente entrando y saliendo.

No se que sucedió ese día o si es que es algo común, pero si en el viaje de ida, la gente se mareó, en el regreso, fue increíble. Hasta nosotros sufrimos mareos y tuvimos que dormirnos para poder aguantarlo. A Nuria le afectó un poco más fuerte y tuve que ir a buscar una pastilla para el mareo. Cuando todo se tranquilizó, mientras Nuria dormía, me entró hambre y en vez de prepararme un bocadillo con lo que llevábamos, fui al bar del barco y compré uno (1200 CFA). La verdad es que, aunque no sabría decir de que era el bocata, estaba muy bueno y no fue excesivamente caro. Después de eso y para no arriesgar más, decidí dormirme también, allí, tumbado en el suelo del barco.

Gastos del día:
15000 CFA (3 noches en el albergue)
2100 CFA (aperitivo)
1100 CFA (cocacola y paté)
150 CFA (barra de pan)
700 CFA (2 helados)
2500 CFA (comida)
400 CFA (botella de agua)
1200 CFA (bocadillo en el barco)

Total: 23150 CFA

Crónica: Viaje a Senegal (XIV)

13/4 Isla de Carabane (continuación)

Los pocos extranjeros que estaban en el embarcadero empezaron a moverse. El barco había llegado. Se trataba de una pequeña embarcación de madera, impulsada por un motor en su parte trasera y con capacidad para unas 20 personas. Por supuesto, subieron a bordo más de 30 personas y, por si quedaba algo de espacio libre, cargaron con decenas de cajas de Coca-Cola y Fanta para abastecer los bares de la isla. Eso sí, todos teníamos nuestro chaleco salvavidas (el trayecto costó para los dos con las maletas 3000 CFA) .

La vista del pueblo de Elinkine desde el barco al partir era preciosa, con el gran árbol cobijando a todos sus habitantes congregados en el mercado. Luego, el barco se puso en marcha y empezamos a sentir cómo debe ser cruzar el estrecho en patera. Es justo este tipo de embarcación la que se usa para tratar de llegar a Europa, con el mismo motor, con la misma sobrecarga de pasajeros, pero en un viaje mucho más largo y peligroso por realizarse en mar abierto.

Al cabo de pocos minutos, el barco se detuvo en un meandro del río. Allí había un pequeño embarcadero con otra embarcación atracada y un puesto de control de la policía. Nos pidieron los pasaportes a todos y desaparecieron con ellos durante unos minutos. Parece ser que es un procedimiento rutinario. Nos devolvieron los pasaportes ya con el barco en marcha. Este fue el primer control al que fuimos sometidos en la Casamance, dónde por lo visto se produjeron violentas revueltas étnicas hace unos años que todavía no han sido controladas. Más adelante, hablamos con un Catalán residente en Senegal que nos confirmó que a pesar de que el gobierno silencia los atentados, siguen produciéndose, aunque hace años que no afectan a los extranjeros.

A los amantes de los viajes de aventura les gustará el trayecto en barco hasta isla Carabane, al resto, bueno, que piensen que sólo es media horita. Durante el trayecto, a pesar del poco oleaje, nos dio tiempo a mojarnos un poco a todos(sobretodo a los que iban en la parte trasera) y sobretodo a sentir esa sensación de peligro. Afortunadamente no hacía frío y el trayecto es bastante corto, al contrario de lo que suele suceder cuando los inmigrantes cruzan el estrecho. Una vez atracamos en Isla Carabane, tuvimos que saltar literalmente hasta la orilla, pues el barco no puede acercarse lo suficiente como para bajar sin mojarte los pies.

No teníamos ningún lugar reservado para dormir, por lo que tendríamos que darnos prisa ya que según la Lonely hay pocas plazas en Carabane (aunque no caímos en la cuenta de que estábamos en temporada baja). Por otra parte, el hambre también nos presionaba, así que nos pusimos rápidamente manos a la obra. Preguntamos a un hombre que estaba por allí por el campament Barracuda, recomendado por la guía. El hombre sonrío y dijo: “ahí mismo”. Resulta que el barco nos dejó justo enfrente del hotel.

Entramos a preguntar en el “Barracuda” con nuestro pobre o inexistente francés. El jefe de aquello, siempre sonriente nos mostró la carta de precios y nos sugirió que conociéramos a un chico joven que hablaba perfectamente castellano. Según dijo él había aprendido el idioma de estar allí y hablar con la gente. ¡Increíble! Aunque era bastante tarde (sobre las 4), nos dijo que no había problema para comer ahora, así que quedamos con él que nos alojaríamos con pensión completa, que es lo más recomendable para obligarte a probar los platos típicos senegaleses (a parte de que en Carabane, no hay muchos sitios para elegir dónde comer).

El jefe nos acompañó a nuestra habitación a dejar las cosas y lavarnos mientras preparaban la comida. Por el camino iba explicándonos lo que había en el campament, las habitaciones, el baño, el comedor, “le crocodile”.. ¿¡Cómo!? Y en efecto, tenía como mascota un pequeño cocodrilo en un lavabo.

Bajamos pronto a comer, ¡estábamos hambrientos! Pensábamos que quizás deberíamos haber aceptado la invitación a comer en Elinkine. Pero todo pasó pronto en cuanto empezaron a traer platos. No sabría decir qué comimos, casi todo eran platos con predominio de las verduras, pero que no se cómo los habían cocinado que no sabían igual. De postre un fruta. Comimos dentro, en un comedor oscuro y lleno de aparejos de pesca. Al parecer este campament es famoso por ser uno de los mejores puntos de partida para ir a pescar. Conocimos a un matrimonio francés que habían venido aquí especialmente para ir de pesca.

Después de comer, aunque ya era bastante tarde, pero pensando que teníamos poco tiempo, en vez de hacer el vago (que es lo que más nos apetecía), salimos a ver la isla. No hay mucho que ver. Es un lugar para disfrutarlo simplemente. La belleza salvaje de la isla supera en mucho a la de Cap Skirring, por no hablar de Dakar o Saint Louis. Paseamos por la costa desde los campaments hasta el extremo de la isla dónde empiezan los manglares y luego regresamos por el interior, visitando el cementerio cristiano y la plaza del pueblo, sin perdernos el video-club (que es el lugar dónde la gente se reúne a ver películas, nadie tiene una tele en casa, porque aquí apenas conocen la electricidad).

Mientras paseábamos cerca de la playa descubrimos otra forma barata (más barata) de viajar: la tienda de campaña. Una pareja de franceses habían montado una tienda y estaban preparando el hornillo para preparar la cena que seguramente habían comprado en el mercado ese mismo día. Ciertamente ahorras bastante, aunque pierdes bastante en comodidad.

Anocheció mientras paseábamos, por lo que decidimos ser prudentes y regresar al campament a cenar. Acertamos, todo el mundo estaba ya sentado comiendo. La escasez de potencia eléctrica crea un ambiente muy romántico a la hora de cenar. La cena fue del mismo estilo que la comida. No está nada mal, aunque pasar muchos días comiendo ese tipo de guisos supongo que llegará a cansar. Después de la cena nos abrigamos y salimos en mitad de la oscuridad a pasear por la orilla de la playa. Nos sentamos en unas hamacas y casi nos quedamos dormidos contemplando el cielo repleto de estrellas. Aquí no hay lugar para la contaminación lumínica, pues salvo algunas personas que pasaban por la playa con una linterna y algún que otro farolito de un barco faenando cerca, no había ninguna otra interferencia.

Gastos del día:
20000 CFA (2 noches en campament Cap Skirring)
500 CFA (agua)
1200 CFA (minibús a Osuye)
1100 CFA (Ndiaga a Elinkine)
600 CFA (taxi)
350 CFA (botella de coca-cola de 0.5 L)
3000 CFA (piragua a la isla)

Total: 26750 CFA

Crónica: Viaje a Senegal (IX)

10/4 Willis (continuación)

Llegamos a la oficina de venta de billetes del puerto y preguntamos cuanto faltaba para embarcar y dónde era. A duras penas nos enteramos de que desde allí se tenía que coger un autobús que nos llevaría al lugar de embarque. Hay varios autobuses que van y vienen cada media hora hasta el cierre del embarque. Todavía faltaban 2 horas para el primer autobús, por lo que teníamos tiempo de dar una pequeña vuelta por los alrededores. Eso sí, dejamos las mochilas en una habitación cerrada y vigilada por el chico que se encargaba de la seguridad de las taquillas. Mucha gente lo hizo, así que no nos inspiró ninguna desconfianza.

Como no sabíamos dónde ir, nos dirigimos hacía el ayuntamiento, que estaba relativamente cerca. El ayuntamiento, como la mayoría de los edificios de la ciudad es de estilo colonial. Un reloj preside su fachada y un conjunto de arcos dan paso a las escaleras que permiten penetrar en su interior. No entramos, nos sentamos un rato frente al edificio para dejar pasar el tiempo. En la plaza jugaban a la comba unas niñas vestidas de uniforme de escuela. Se habían quitado los zapatos para no estropearlos y jugaban sobre la piedra fría. Unos ancianos charlaban alegremente en el banco de al lado, mientras unos jóvenes descargaban un montón de botellas de agua mineral en la misma puerta del edificio. El tiempo pasaba despacio. Cuando nos quisimos dar cuenta ya casi era hora de regresar.

Volvimos parándonos en todas las tiendas que hay por el camino. Un “captador” nos entretuvo bastante en una de las tiendas del puerto. Hay gente en Senegal que sin trabajar directamente en una tienda, trata de convencer a los extranjeros de que entren y compren cosas en esa tienda para llevarse una comisión. A esa gente les llamo “captadores” y son bastante pesados. Lo mejor es pasar de ellos, pero si aún así insisten tienes que tratar de hacerles ver que ahora tienes mucha prisa (viniendo de un Europeo lo entienden) y que luego u otro día volverás a visitar su tienda. Este “captador” en concreto, cuando vio que no le compraríamos nada, nos invitó a visitar un par de pubs musicales a nuestro regreso. Le aseguramos que iríamos y nos dejó en paz.

Todavía tuvimos que esperar un buen rato en las taquillas hasta que apareció el autobús. Durante nuestra espera, apareció por allí un hombre muy mayor, demacrado por los años, que hablaba español perfectamente. Nos estuvo explicando que durante muchos años había trabajado como pescador en España y que ahora había regresado a jubilarse a su país natal. Hablamos de todo un poco. Es estupendo encontrar alguien con quien comunicarte después de tanto tiempo.

Apareció el autobús y rápidamente le pedimos al chico nuestras mochilas, que subió él directamente al autobús, y nos despedimos del anciano. Le dimos 500 CFA al chico por guardarnos las maletas, porque no teníamos nada más pequeño (con 100 o 200 CFAs de propina suele ser más que suficiente).

El autobús no tardó más de 5 minutos en realizar el recorrido hasta la entrada al puerto. Allí, abrió las puertas y todo el mundo se apeó y se quedó haciendo cola para facturar las maletas. Nosotros, que no queríamos facturar ya que íbamos en cabina y portar las mochilas no nos era molesto, nos dedicamos a pasear por el interior del puerto. Cuando vimos el Willis y a la gente haciendo cola para subir, decidimos caminar hacía allí y ponernos también en cola. ¡Fallo! Enseguida aparecieron dos vigilantes que nos dijeron que teníamos que ir a la sala de embarque y que luego un minibús nos traería hasta allí. Así lo hicimos. Para poder embarcar tienes que ir a una sala junto a la puerta de entrada dónde revisan tu equipaje y tu billete antes de dejarte continuar. Por poco nos saltamos todos los controles.

Nada más subir al barco, un chico te acompaña a tu camarote y te explica que sólo hay una llave y que la tienes que devolver a recepción nada más abrir la puerta para que el resto de ocupantes del camarote puedan entrar si tu no estás. El camarote no tiene nada que envidiar a muchos barcos de crucero que hay en Europa. Tenía un baño con ducha y retrete, un amplio armario con caja fuerte y un par de literas con una mesita de noche en el medio. Nuestros compañeros de habitación eran una pareja de senegaleses de mediana edad que trabajaban para una ONG y que viajaban a la Casamance por trabajo.

Dejamos las cosas en la habitación y nos despedimos de nuestros compañeros. El barco todavía estaba atracado en el puerto. Por los pasillos apenas se podía caminar ya que la tripulación todavía no había terminado de acomodar a los pasajeros en sus cabinas. A duras penas llegamos a la cubierta. Había mucha gente, la mayoría sentados mirando al horizonte o leyendo algún libro, mientras que el resto explorábamos el barco minuciosamente. No es un barco lujoso, ni está pensado para el disfrute de los pasajeros como sucede con los barcos de crucero, pero el Willis cumple sobradamente su función. Nos esperábamos un barco mucho más viejo y espartano, pensando sobretodo en la tragedia que acaeció con el anterior barco que realizaba el trayecto entre Dakar y Ziguinchor. Aquél barco se llamaba Joola y casi 1000 personas perdieron la vida ahogados cuando se fue a pique. Hoy en día todavía se le recuerda con una pequeña plaza monumental cerca del embarcadero de Ziguinchor.

A la hora prevista, el barco zarpó de Dakar rumbo a su destino. El trayecto transcurrió sin demasiadas complicaciones. El barco se movía un poco, pero no lo suficiente como para marearnos (aunque hubo gente que sí que tuvo que acudir a la recepción para que le administraran una pastilla contra el mareo). El único problema que tuvimos fue con nuestros compañeros de habitación que cerraron el camarote y se quedaron la llave, con lo que tuvimos hablar hasta con el capitán del barco para que les llamara por megafonía. Al cabo de más de media hora aparecieron por el camarote como si nada y tuvimos que explicarles que llevábamos ya algún tiempo esperándoles. Se disculparon y ya no volvimos a tener más problemas.

Habíamos comprado bebida, pan y algunas latas para prepararnos unos bocadillos temiendo que el precio en el barco fuera exagerado. No era así, comprar un bocadillo en el barco era un poco más caro que en la calle y lo mismo para tomar un menú en el restaurante. Así y todo, nos preparamos nuestra propia cena y la tomamos en la cubierta, mirando la oscuridad que rodeaba nuestro barco. Después de la cena tratamos de bajar a la sala dónde estaba el televisor, pero no podíamos sentarnos ya que allí los únicos asientos eran las butacas de la gente que había pagado la tarifa más barata. Ante esa situación decidimos ir a acostarnos y leer un rato antes de dormir.

Gastos del día:
500 CFA (taxi a la Gare Routiers de Saint Louis)
9000 CFA (7-plas a Dakar)
400 CFA (botella de agua)
2900 CFA (comida)
2400 CFA (supermercado)
500 CFA (propina guarda-maletas)

Total: 15700 CFA

Crónica: Viaje a Senegal (VIII)

10/4 Willis

Willis es el nombre del barco que va de Dakar a la Casamance. Además es nuestro objetivo del día. Teníamos los billetes comprados por adelantado para el barco que saldría esa tarde. Para no tener complicaciones pusimos el despertador extraordinariamente pronto. Tan pronto era que el propietario todavía no se había levantado y tuvimos que despertarle, llevándonos un buen susto, puesto que dormía en un cuartito pequeño tumbado en el suelo. Dejamos rápidamente el hotel y subimos al primer taxi que encontramos. Al taxista 500 CFA le pareció un buen precio y nos llevó a la estación a la primera, sin regatear siquiera.

Llegamos a la Gare Routiers, que seguía con el mismo caos con el que la habíamos dejado unos días atrás. Buscamos un rato entre los carteles de los 7-plas hasta encontrar uno que rezaba “Dakar”. Esta vez no volveríamos a cometer el error de montar en un Ndiaga-Ndiaye. Negociamos con el hombre de la libreta. Todavía no he entendido porqué no negocia directamente el conductor del 7-plas. El precio fijo del trayecto para nosotros más los dos bultos (uno grande y otro pequeño) nos salió por 9000 CFAs. Nos pareció bien, con tal de no sufrir como lo hicimos en el viaje de ida.

Cuando el 7-plas estuvo completo, el hombre de la libreta le dio la orden al conductor de que saliera. Nosotros estábamos impacientes, pues no sabíamos cuanto tardaría el trasto este en llegar a Dakar. Desde luego, si hubiéramos tardado tanto en volver como tardamos en ir, no hubiéramos podido llegar a tiempo para coger el barco. Nada más salir de la estación, tras girar una esquina, el conductor paró el coche y se bajó. Se acercó un chico joven, se saludaron, hablaron y se intercambiaron. El chico joven se sentó en el puesto de conducción y salió disparado. Sospechoso. No era un gran comienzo, pero ya estábamos curados de espanto.

Después de circular durante media hora en aquella reliquia de coche, un ruido extraño en la parte izquierda del vehículo hizo parar al conductor. Se bajaron unos cuantos hombres del coche y miraron con preocupación la rueda izquierda trasera. Al cabo de 5 minutos, sacaron un viejo gato del maletero y empezaron a subir el coche. Sólo entonces pensamos que era momento de bajar a ver que sucedía. Vimos que a la rueda sólo le quedaba un tornillo que la uniera al resto del coche y tenía la suficiente holgura como para que a cierta velocidad todo el conjunto bailara y emitiera un ruido preocupante. Miramos el resto de ruedas. La mejor acondicionada tenía tres de los cuatro tornillos y hubiera sido un riesgo quitarle uno para continuar el viaje. El conductor y otro hombre sacaron la rueda por completo, y trataron de enderezar el tornillo que bailaba. Pero se dieron cuenta de que era inútil. Así no podíamos continuar. ¿Y ahora qué? El conductor llamó por teléfono a alguien. No nos podíamos comunicar prácticamente nada con ellos, por lo que decidimos no hacer preguntas y simplemente esperar como el resto. Llamaba y llamaba, pero nadie le respondía. Así media hora más. Cuando finalmente consiguió contactar con su interlocutor, nos miró a todos y dijo algo en Wolof que no entendimos, pero que interpretamos como un “no os preocupéis que vienen a buscarnos”. Calculamos que si alguien salía de la estación de Saint Louis ahora, tardaría media hora más en llegar, así que nos relajamos y disfrutamos del pequeño bosque de baobabs y acacias dónde nos habíamos quedado tirados.

En efecto, al cabo de media hora apareció un 7-plas vacío, en el que en un momento cargamos nuestras mochilas y proseguimos ruta hacía Dakar. La mayor parte del camino la pasamos medio dormidos. Dormirte del todo es casi imposible. Apretujado entre otras dos personas, con hierros oxidados y afilados que se han descolgado de la carrocería, asfixiado de calor o abofeteado por el aire de la ventanilla, dando saltos en cada nuevo bache… dormir se hace realmente complicado y aún así Nuria lo consiguió.

Sin más contratiempos, llegamos a Dakar pasadas las 2 del mediodía. Hambrientos y cansados. En vez de seguir el camino que ya conocíamos para ir hasta la Terminal del ferry, seguimos por otro camino que suponíamos que iba paralelo y nos perdimos. Nos encontrábamos en mitad de un grandísimo mercado callejero. El más famoso de la ciudad. Estábamos abrumados, desorientados y cansados. Aunque la gente en este mercado no te agobia tanto como en los países del Magreb, especialmente en Egipto, llevar a la espalda la mochila por calles estrechas y abarrotadas, resulta verdaderamente estresante.

Teníamos que romper radicalmente con aquello, así que en cuanto vimos un restaurante un poco interesante, nos lanzamos dentro. Resultó ser una hamburguesería dónde servían unos bocadillos riquísimos. Los devoramos, sentados frente a un gran escaparate dónde de vez en cuando algún vendedor ambulante se paraba y nos mostraba la mercancía que llevaba. El restaurante parecía el típico bar americano de los años 60 que aparecen en películas como “Grease”. Amplio y limpio, un rasgo típico de la mayoría de locales en Senegal, aunque se pueda pensar lo contrario. Lo que más nos llamó la atención es que el restaurante estaba regentado por un hombre mayor, de unos 50 años, de raza blanca, sentado frente a la caja registradora, cuyo único trabajo era cobrar a los clientes. Los trabajadores eran todos de raza negra. Luego nos dimos cuenta de que en Dakar (no en el resto del país), los propietarios de los negocios eran blancos, nacidos en Francia, que en algún momento dado vinieron a Senegal y abrieron negocios, los cuales fueron creciendo hasta convertirse en lo que son ahora. Tampoco deben de estar forrados estos empresarios, ya que en total la comida nos costó 2900 CFAs.

Volvimos a salir a las calles atestadas de gente. Entre toda esa gente nos llamaron la atención los estudiantes mendigando. Son unos chicos que van vestidos con un traje tradicional muy llamativo y que llevan una hucha que al agitarla produce un estruendoso ruido metálico. Piden dinero por orden de su profesor de enseñanzas religiosas para cumplir con uno de los preceptos del Corán. Son bastante pesados, aunque inofensivos. Lo mejor para quitártelos de encima es decir que ya le has dado una moneda a su compañero.

Anduvimos perdidos por las calles de Dakar un buen rato, hasta que llegamos a una plaza muy grande que intuimos que podía ser la plaza de la Independencia. Preguntamos a un policía y nos confirmó que habíamos acabado en la plaza principal de la ciudad. Nos habíamos desviado bastante de nuestro camino, pero habíamos comprobado que Dakar no es muy grande. Seguimos las indicaciones del policía y bajamos por una calle que iba directamente al puerto, pasando por delante del ayuntamiento. Justo antes de llegar al ayuntamiento, hay un centro comercial (el más grande que hemos visto en todo Senegal), en el que compramos algo de comida y agua para el viaje (2800 CFA). El puerto está a 5 minutos de allí.

(continua)

Tabarca

La isla de Tabarca se sitúa a 20 Km de Alicante y a 8 Km de Santa Pola. Es una de las típicas excursiones que suele realizar la gente que visita Alicante o Benidorm por unos días. Además es un buen punto para hacer submarinismo debido a que tiene un litoral protegido y está relativamente cerca de la costa Alicantina. La isla está habitada, de hecho es la única habitada en todo el País Valenciano.

El viernes pasado realizamos una excursión a la isla en la que además se incluía un paseo en kayak y un rato de submarinismo (sin bombonas). La excursión con todo esto, la comida y una copa antes de regresar costó aproximadamente 90 euros por persona (tranquilos, no me he vuelto loco, pagaba la empresa).

El billete de I/V desde Alicante cuesta 14 euros y lo normal es ir por la mañana y volver por la tarde (consultar horarios, el último suele ser a las 20:00 pero lo cambian si ven que hay poca gente). El barco se toma desde el puerto; caminando paralelo a la explanada pero al lado del puerto se encuentra la venta de tickets (la empresa se llama Kon Tiki). Por cierto, el día que fuimos nosotros el mar estaba un poco picado y fue realmente divertido, el barco se movía a un lado y a otro, parecía que iba a volcar.

Comer allí no es excesivamente caro, aunque hay pocas opciones. Se puede comer por 10 euros, aunque sin ningún tipo de lujos. El plato típico es el Caldero. Desconozco como son los pocos alojamientos que hay en la isla, pero supongo que deben tener un estándar alto de calidad. Hay bastantes tiendas de souvenirs en la zona.

En la isla hay poco que ver, tiene unas cuantas casas, algunas ruinas y unas cuantas playas. Teóricamente todas las playas son nudistas excepto la principal, pero en la práctica la cosa cambia. Lo «bueno» de las playas de Tabarca (aparte de que no están tan congestionadas como las de Alicante) es que siempre tienen al menos un lado en calma. Por otra parte, como ya se ha dicho, sus calas son buenas para practicar el buceo (incluso hay alguna que otra cueva submarina).

La opción más interesante para visitar la isla es alquilar un kayak en Santa Pola bien pronto por la mañana antes de que el sol sea muy fuerte y palear hasta la isla, disfrutar de sus playas, pasear por sus casas y regresar al atardecer. Desconozco cuanto puede costar, pero no debería pasar de los 40 euros. ¡No os olvidéis las gafas de buceo!