Vuelo a Río de Janeiro

Iberia no es la compañía más cómoda del mundo, ni aunque te encuentres el vuelo medio vacío.La super-oferta de Iberia con la que conseguimos el vuelo a Río de Janeiro por menos de 500 euros, incluía además el enlace desde cualquier ciudad dónde Iberia Express operara. Por eso, pudimos salir directamente desde Alicante. Y por si fuera poco, regalaban el doble de avios, así que ahora tenemos gratis puntos suficientes para hacer un vuelo de ida y vuelta a Canarias. Iberia suele sacar ofertas de este tipo de vez en cuando. Si no se puede pillar una de estas ofertas (en Iberia u otra compañía), la manera más barata de ir a Río suele ser volar con TAP desde Lisboa, pero claro, ahí ya hay que sumar el viaje a la capital portuguesa.

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Camino de Chiang Mai

Chiang Mai es una ciudad apasionante, mucho más pequeña que Bangkok, pero repleta de sorpresas y rodeada de lugares de interés.La verdad es que el día de hoy tiene poca historia. Simplemente nos despertamos en Sukhothai tras una tarde-noche entera lloviendo. El manager de la guest-house nos dijo que creía que seguiría lloviendo durante 4 días seguidos. Tuvimos suerte pues de haber podido ver la ciudad un día sin lluvia. Aunque pensábamos que durante las más de 5 horas de trayecto a Chiang Mai dejaríamos atrás la lluvia, no fue así y nos encontramos con que durante todo el camino no paró de llover y ya en Chiang Mai siguió lloviendo toda la noche.

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Ya estamos en Roma

Nuestra ruta comenzó en el Coliseo. El día 14 no vimos nada de Roma. Llegamos sobre las 8 de la tarde al hostel, bastante cansados, aunque el vuelo con Ryanair fue muy bien (¡conseguimos asientos de emergencia!). Así que bajamos al supermercado a comprar algunas bebidas para cenar (4’75 €) y aprovechamos la terraza del hostel para zamparnos el riquísimo bocadillo de tortilla que traíamos. Conocimos a nuestro compañero de habitación, un simpático chico de Chile que estaba viajando por Europa y cenamos todos juntos.

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Crónica Argentina (XX) – La ciudad de Iguazú

En Iguazú se puede visitar la casa de las botellas5/4 – La ciudad de Iguazú

Nos despertamos en en el autobús al poco de salir el sol, ya que la luz rápidamente se filtra a través de las cortinillas. Circulábamos bastante deprisa por una carretera recta y poco transitada, llena de paisajes monótonos. Pasa el azafato con el café y los bollos, desayunamos y nos dormimos otro rato. Cuando volvemos a abrir los ojos estábamos en una zona selvática, todo era verde, el ambiente había cambiado por completo y el semidesierto había quedado atrás. Ya faltaba poco para llegar a la ciudad de Iguazú.

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Crónica Argentina (XVII) – El tren de las nubes

Paisajes increibles2/4 – El tren de las nubes

Nos levantamos decididos a realizar el recorrido del tren de las nubes con el coche alquilado. El desayuno en el albergue fue normalito (tostadas y café) y tardó bastante más de la cuenta porque encontramos al personal del hostel durmiendo. Con las indicaciones que nos dio la chica del albergue y el mapa que teníamos de la oficina de turismo, no fue dificil salir de la ciudad y encaminarnos hacía el recorrido del tren de las nubes.

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Crónica: Argentina (XII)

Un parque de Mendoza

28/03 – Mendoza

Llegamos a Mendoza. Conseguimos un mapa de la ciudad en la Tourist Info que hay en la propia estación de bus. Miramos la distancia hasta el hostel que nos han reservado nuestros amigos y decidimos ir andando. No es muy cómodo ir por ahí con las mochilas y hace mucho calor, pero valió la pena hacer el recorrido a pie para comprobar como son las distancias en Mendoza.

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Crónica: Argentina (VIII)

23/03 – Último día de navegación

Llegó el último día de navegación cuando nos encontrábamos ya un poco cansados del monótono ritmo del barco. Mañana a primera hora, aunque con un poco de retraso según nos comunicaron, el barco llegaría a puerto. Nuestros planes, que en origen eran recorrer esta bella zona de Chile, habían sufrido un cambio radical después del trato que nos dio esta naviera chilena. Ahora lo único que queríamos era salir de Chile cuanto antes, así que trataríamos de tomar el primer bus que saliera hacia Bariloche.

Antes de eso, todavía quedaba un día por delante, un día sin la menor trascendencia hasta la hora de la cena, cuando un chico alemán entró en el comedor gritando “barrena, barrena” ante la estupefacta mirada de todos los presentes. Extrañado de que nadie reaccionara, dijo algo que todos entendimos “whales!!” (ballenas). Y todos corrimos hacía la zona exterior más cercana para tratar de alcanzar a ver a alguno de los cetáceos. Y los vimos, de lejos, pero los vimos. Vimos su chorro de agua alzarse por encima de la superficie y vimos su cola golpear contra las olas. Nada más, pero fue suficiente como para dejarnos un gran sabor de boca para lo que quedaba de viaje. Dicen que es extraño conseguir ver ballenas en esta zona y en esta época del año. Quizá tuvimos mucha suerte, toda la que no tuvimos con nuestro ansiado desembarco en Puerto Eden ni la visión del glaciar Amalia.

El barco en aquél momento estaba en mar abierto, se movía mucho, aunque todavía se podía aguantar. Un rato más tarde, justo cuando terminamos la cena, el movimiento era tan exagerado que la mitad de los pasajeros fuimos a acostarnos para no sufrir mareos (que los hubo y muchos).

24/03 – Escapando de Chile

A primera hora de la mañana, como siempre, ladró el odiado megáfono llamándonos a desayunar. Si todo hubiera ido sobre lo previsto, justo después del desayuno hubieramos desembarcado, pero llevábamos un par de horas de retraso, así que después de desayunar tuvimos la oportunidad de ver como el barco llegaba a puerto desde el pub. Desde allí mismo también pudimos asistir a uno de los momentos más espectaculares de este viaje: el rescate de una tripulante que sufrió un pequeño ataque de epilepsia.

Después de todo, llegamos con más de 3 horas de retraso, lo cual hubiera hecho imposible tratar de lograr realizar el cruce de los lagos en 2 días como teníamos previsto. En cualquier caso, nuestros planes ya eran otros. Fuimos andando hasta la estación de autobuses y compramos 2 billetes para Bariloche (2 x 12000$). Los autobuses para Bariloche son especialmente caros, cuestan casi lo mismo que el trayecto Puerto Montt-Santiago que es el triple de largo, pero no nos importa, lo que queremos es regresar cuanto antes a Argentina y los compramos de buena gana.

Como tenemos tiempo de sobra antes de que el bus salga, regresamos al puerto, a las oficinas de Navimag para poner una reclamación por todo lo sucedido. Evidentemente todo son buenas palabras, pero no hay ningún resultado concreto después de una hora hablando con la responsable (Carmen Paz). Lo mejor que pudimos hacer es informar a todo el mundo de lo que se va a encontrar cuando viaje con esta compañía.

El resto del tiempo, lo dedicamos a pasear por Puerto Montt. La ciudad en sí no tiene nada reseñable. Bien es cierto que salió un día de niebla y que íbamos cargados con las mochilas, pero lo que andamos (entre la estación de autobuses y el mercado) no tenía nada que ver: mercados de souvenirs, un puerto pesquero con cierto colorido y unas cuantas casas colgadas del cerro… nada más. Eso sí, comimos una especie de patata rebozada tipo “buñuelo” que estaba riquísima. Volvimos varias veces a por más (500$). También compramos algunos regalos (muñeca de trapo, imán de nevera y una gorra, todo por 6000$, un poco caro, pero teníamos que gastar el resto de dinero en moneda chilena que teníamos).

Con bastante retraso partió nuestro autobús y nos despedimos “hasta pronto” de nuestros amigos catalanes que nos estuvieron acompañando durante nuestra estancia en Puerto Montt y en el barco.

El trayecto hasta Bariloche nos lo pasamos casi todo el tiempo durmiendo. Los pocos momentos que abrimos los ojos vimos algunas zonas de la cordillera de los andes preciosas, con una frondosa vegetación, en las que te apetecía bajarte para hacer cientos de fotos. Sin embargo, lo más destacable del viaje fue la parada en la aduana chilena. A mi que por llevar una manzana te puedan imponer una multa de 100 o 200 dólares me parece paranoico, que entre un policía con un perro en el autobús mientras otro te graba con una videocámara me parece una locura, pero que ordenen a todo el autobús en orden alfabético en una cola para sellar el pasaporte de salida me parece tan ridículo que no me voy a molestar ni en comentar tal estupidez.

Al final, el autobús llegó a Bariloche a las 23:00 (2 horas de retraso). Ya era de noche y teníamos bastante hambre puesto que apenas habíamos comido. Después de mirar algunas ofertas de hostels que había sobre el mostrador de la oficina de turismo que hay en la estación de autobuses (ya cerrada), decidimos ir al albergue que nos habían recomendado nuestros amigos del barco y que estaba justo al lado de la estación. Además tuvimos suerte, porque preguntamos a una chica si sabía en que dirección estaba el albergue y se brindó a llevarnos en su coche. ¡Que gusto estar de regreso en Argentina!

El YHI Tango hostel se encuentra a unos 500 metros de la estación en dirección a la ciudad de Bariloche. Se trata de un edificio un poco viejo de varias plantas con diversos dormitorios con el baño integrado en la propia habitación. Lo único malo que tiene es que se encuentra lejos de la ciudad, tienes que tomar un bus para llegar, pero a cambio está muy cerca de la estación de autobuses y dado que nuestra intención era ir al día siguiente a El Bolson, nos vino realmente bien. Pagamos 2 noches, que nos costaron 128$ en total y tuvimos que dejar 10$ en concepto de deposito que nos devolverían al dejar la habitación. La habitación que nos tocó tenia 5 camas, pero estábamos nosotros solos.

No nos apetecía irnos muy lejos a cenar, así que preguntamos si podíamos cenar en el hostel. La chica nos comentó que ya habían cerrado la cocina, pero que había un par de restaurantes un poco más abajo y nos recomendó uno en concreto. Salimos a la calle y por la misma acera dónde estaba el albergue fuimos bajando y encontramos otro restaurante casi vacío y con unos precios aceptables. Comimos todo lo que quisimos, abundante y buenísimo, un restaurante muy recomendable si te hospedas en el Tango hostel. Nos costó $40 más $2 de propina. Regresamos al albergue agarrándonos de las paredes, habíamos comido muchísimo, demasiado. Iva
n se fue directamente a la cama, mientras que Nuria esperó un buen rato hasta que dejaron libre el único ordenador con Internet gratuita del hostel.

Gastos del día
12000$ chilenos Billetes de autobús
6000$ chilenos Souvenirs

128$ 2 noches hostel
42$ cena

Total: 170$ + 18000$ chilenos

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Málaga

Este fin de semana hemos estado visitando la ciudad de Málaga. Aunque en nuestro caso nos lo tomamos con mucha tranquilidad, en un día a buen ritmo da tiempo para visitar la mayoría de los elementos de interés de la ciudad.

Para empezar, de buena mañana sería interesante caminar desde el hotel en el que nos alojemos hasta la catedral y la Alcazaba, visitando las calles peatonales del centro histórico de la ciudad. En la catedral no entramos (siguiendo nuestra política de “ni un duro para la iglesia”), ya que se cobra entrada. Desde fuera parece una catedral bastante normalita, pero tiene un pórtico muy amplio y encajonado de bastante interés. A la Alcazaba sí que entramos. Con el carnet de estudiante te cuesta 60 céntimos y el último domingo de cada mes a partir de las 14:00 es gratis (de normal cuesta 1.95 euros). Se trata de una fortificación árabe que me recordó a algunas partes de la Alhambra de Granada. Anexa a la Alcazaba y al mismo precio hay un castillo en el que hay que subir una buena cuesta para llegar hasta él (aunque creo que también hay un ascensor que sube, pero quizá haya que pagarlo). Desde aquí arriba hay muy buenas vistas de la ciudad y del litoral.

Tras esta visita, lo mejor es buscar un buen lugar dónde comer. Por el centro hay varios lugares baratos y otros muy caros entre los que elegir, pero lo mejor es que bajéis hasta la Alameda dónde en el tramo izquierdo marchando desde el centro hasta el río encontraréis varios restaurantes con menú del día dónde comeréis con una gran relación calidad-precio (menú del día, con postre y bebida y muchos platos a elegir desde 7 euros).

Con el estómago bien lleno, sería recomendable visitar un lugar con encanto un poco alejado de las típicas rutas turísticas: el botánico de Málaga. Destaca por haber recreado el clima tropical con muchas de sus variedades vegetales. Para acudir, desde la misma alameda coger el bus 61 que pasa por allí cada hora en punto (más o menos). El precio es de unos 3 euros, con visita guiada de una hora de duración aproximadamente. No puedo decir que me pareció porque debido a la mala información de la Tourist Info de debajo de la Alcazaba no pudimos ir.

A media tarde, de vuelta a la ciudad, si os gusta el arte, tenéis la oportunidad de visitar el museo Picasso. El museo cuesta unos 8 euros, pero es posible que haya descuento para estudiantes. Nosotros entramos gratis gracias a que los últimos domingos de cada mes, a partir de las 15:00 no se paga (id puntuales, incluso un rato antes porque se forma una buena cola para entrar). La verdad es que me gustó más de lo que imaginaba, pero siendo sincero, si hubiera pagado por entrar me hubiera decepcionado mucho la escasa cantidad de cuadros de que dispone el museo. Para los que no quieran gastar tanto, por 1 euro, pueden entrar en la casa museo del artista situada en la plaza de la Merced. No es como el museo, pero te haces una idea de lo que vas a ver.

Por la noche, para los que les guste el pescaito frito y otras variedades de pescado vale la pena ir al centro y disfrutar, ya que el 90% de los baretos ofrecen casi en exclusiva tapas de este tipo. Los precios suelen ser moderados (un bocadillo y un refresco sobre los 4’50 euros).

Supongo que hay más cosas que hacer y que ver en Málaga (por ejemplo, ir a la playa en verano), pero no deben ser excesivamente atrayentes cuando ni en la oficina de turismo te avisan de que existen. La verdad es que en la mayoría de ocasiones que preguntamos o en los carteles que vimos, parece que están más interesados en promocionar algunos pueblos de la provincia que la propia capital (quizá sea porque la capital no tenga más historia).

A los más “lanzados” quizá les interese saber que es posible acudir a un Spa gratis (sauna, jacuzzi y ducha de esencias): Hotel Silken, planta 6, requiere tarjeta para entrar. También hay gimnasio y sauna gratuitos en el hotel Barceló, segunda planta, sin tarjeta. En ambos se requiere traje de baño y a las 22:00 cierran.

Nosotros estuvimos alojados en el albergue Picasso’s corner, en una calle peatonal junto a la plaza de la Merced. Las instalaciones son las típicas de un hostel, de esos que tiene “mucho carácter”. Las áreas comunes tiene un pequeño problema con el humo (hay un bar y la salida de humos no es la correcta), pero por lo demás está muy bien. Es un hostel muy pequeño, hay pocas habitaciones, pero son correctas, tanto en tamaño como en funcionalidad (hay caja fuerte y espacio para dejar las mochilas). Los baños son como los de un piso cualquiera, de los que cuando entras cierras y nadie más puede entrar, y dentro lo tienen todo (wc, bañera, lavabo…). Las sábanas y el desayuno está incluido en el precio (menos de 20 euros). El desayuno es a base de tostadas con miel o mermelada y leche, cacao, te o café… La verdad es que está muy bien.

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Crónica: Viaje a Senegal (V)

7/4 Viaje Infernal (continuación)

Después de 3 o 4 horas metidos en aquella furgoneta, cansados por no tener ni un respaldo dónde apoyar la espalda y hambrientos y sedientos por haber subido sin comida ni bebida, empezamos a preocuparnos por nuestra cada vez más deplorable situación. Preguntamos al revisor cuando llegaríamos a Saint Louis, pero apenas nos entendía. Entablamos conversación con otros viajeros, también sin mucho éxito por la barrera del idioma. Un chico joven, viéndonos un poco nerviosos y preocupados, trató de hacer un esfuerzo para comunicarse en inglés con nosotros. Nos confirmó que efectivamente el Ndiaga-Ndiaye se dirigía a Saint Louis, pero no se ponía de acuerdo con el resto de viajeros en el momento en el que llegaría. Nuria sacó su libreta y un bolígrafo y empezó a trazar dibujos esquemáticos para tratar de averiguar cuanto tiempo teníamos que permanecer en aquella lata de sardinas. Nuria le preguntó cuanto tardaríamos en llegar a Saint Louis. Tras varios minutos de deliberación y consultas, el chico joven escribió un número: “18”. Yo no lo pude ver, estaba sentado en otra fila de asientos distinta de la de Nuria. Sólo pude constatar que Nuria empezó a llorar. Lloraba de impotencia, por pensar que estaba encerrada en esa furgoneta y que no podría salir en las próximas 18 horas. Todo el mundo se giró, todos intentaron consolarla, le hablaban, le hacían bromas, incluso una mujer, pensando que lloraba por estar sedienta, le ofreció darle de mamar de su propio pecho. Fue una situación totalmente inesperada, tierna, humana… Nuria pasó del llanto a la alegría. Y se alegró todavía más cuando le hicieron saber que el “18” era la hora a la que se esperaba que llegáramos, no el tiempo que faltaba.

Tras este episodio, el revisor y el conductor debieron de pensar que lo mejor sería que nos enviaran en otro Ndiaga que fuera más directo, sin tantas paradas. Así que en cuanto llegamos a una parada más o menos grande dónde había decenas de furgonetas como la nuestra, el revisor nos dijo que bajáramos, nos bajó nuestros equipajes y los subió en otro Ndiaga. No le entendíamos, pero comprendimos que quería que fuéramos en el otro vehículo. Fue extraño. Nos despedimos rápidamente de la gente de la primera Ndiaga y subimos en la nueva.

Eran más de las 4 de la tarde, estábamos famélicos y sedientos. Yo tenía la boca tan seca que no hubiera podido ni comer. En la nueva Ndiaga nos tocó sentarnos hacía la mitad de la furgoneta, una posición mucho más cómoda que en la otra que estábamos al final. Tardamos unos minutos en salir de la estación y nada más salir, cuando llevábamos menos de 2 minutos avanzando a paso de tortuga, apareció un control policial que nos hizo detenernos. ¡Lo que nos faltaba! El policía pidió que bajaran algunas maletas que revisó. Pidió también la documentación del vehículo e inspeccionó visualmente a los pasajeros. Con una chulería pasmosa, le indicó al conductor que fuera hasta su puesto de control. Allí discutieron un rato hasta el momento en el que el conductor sacó un par de billetes y se los deslizó disimuladamente. Yo lo vi, pero creo que fui el único, ya que el resto de la gente no quiso o no se atrevió a mirar hacía atrás.

Proseguimos nuestro camino hacía el norte. La carretera por la que veníamos estaba en un estado no excesivamente malo, aunque de vez en cuando nos hacía saltar de nuestros asientos algún bache que ocupaba medio carril. El paisaje era seco, típico de la sabana, aunque salpicado con el verde de algunas zonas de bosque. El ritmo de avance del vehículo es realmente lento, en parte debido a las continuas paradas y en parte por el evidente exceso de peso con el que viajan siempre. Íbamos casi paralelos a la línea de costa, siempre en dirección norte. De vez en cuando, parábamos para apear y subir gente. En ocasiones, en carreteras secundarias, poco transitadas, incluso hay gente que viaja en el techo de la furgoneta. Aunque existen paradas oficiales, estos vehículos paran allá dónde haya alguien que solicite la parada si no van ya demasiado cargados. En la mayoría de paradas aparece gente tratando de venderte alimentos cultivados en la zona o bolsas de agua. A pesar de la sed que teníamos siempre rechazamos el comprar fruta o agua, puesto que eso significaría una diarrea segura. Sí compramos una bolsita con bollos caseros que no comimos para no resecar más nuestras gargantas (200 CFA).

En una de las paradas oficiales, en la que el conductor se entretuvo un poco más de la cuenta e incluso bajó del vehículo para recoger o entregar algún paquete, vislumbramos un hilo de esperanza. Como un espejismo, apareció ante nosotros una pequeña tienda de alimentación que tenía un gran cartel anunciando “Africa cola”. Intenté bajar corriendo del vehículo para comprar una botella. Nuria estaba realmente mal, le dolía la cabeza por la falta de azúcar y la sed nos tenía atenazados y sin ganas siquiera de hablar. Tenía que hacer algo, pero no podía salir, estabamos justo al medio de la furgoneta y no había manera. Pero entonces, de nuevo, la solidaridad de esta increíble gente volvió a hacer acto de presencia. Una mujer que se dio cuenta de mis esfuerzos por salir al exterior, me preguntó si quería algo. Todavía no se cómo, pero logré explicarle que quería una Africa-cola. La mujer le dijo algo en Wolof a un chico que estaba sentado en la primera fila, junto a la puerta. Éste se giró y me extendió una mano. Entendí el gesto a la primera, saqué la cartera y le di un billete. No sabía cuanto costaría, pero no me dio tiempo ni a preguntarlo, cerró la mano y salió corriendo a la tienda. Al cabo de un minuto que me pareció eterno, apareció con una botella de litro y medio de Africa-Cola bien fría (500 CFA). Me devolvió lo que le había sobrado y se giró sin más. Ese brebaje nos supo a gloria. Meter algo de azúcar en nuestro cuerpo después de tantas horas nos revitalizó. Más tarde volveríamos a probar la Africa-Cola, ya sin la urgencia del sediento, y su sabor nos decepcionaría un tanto.

El resto del viaje se pasó sin pena ni gloria. Dando tragos ocasionales a la botella conseguimos llegar al fin a la Gare Routiers de Saint Louis. Era media tarde. No estaba mal la aventura: más de 7 horas metido en una Ndiaga. Juramos no volver a repetirlo. Nuestras mochilas ya no nos pesaban, estábamos tan felices de haber llegado a nuestro destino que aunque las hubieran rellenado de piedras, las transportaríamos alegremente de un lado a otro. Por fin estábamos en Saint Louis. Bueno, en realidad todavía no estábamos en la ciudad, pues la Gare Routiers se encuentra en las afueras, al otro lado del puente de entrada. Tuvimos que discutir y negociar con un taxista la tarifa para llegar a la ciudad. Un “observador imparcial” nos juraba y nos perjuraba que por menos de 1500 CFA no nos iba a llevar nadie
, pero con nosotros tocaba hueso: teníamos la Lonely Planet. Terminamos pactando 1000 CFA por llevarnos a nuestro albergue, el único recomendado por la guía.

El taxista no tenía muy claro dónde estaba el albergue, pero preguntó hasta que unos chicos que fumaban en un portal le indicaron la calle exacta. Nos dejó en medio de una calle de casas bajas, sucia, sin pavimento. Las casas estaban claramente dañadas, pero se intuía un pasado de esplendor. En algún momento, aquellas casas debieron pertenecer a ricos comerciantes o a colonos europeos. Todas las fachadas pintadas de blanco, las puertas abiertas, la ropa tendida en mitad de la plaza, cabras y gallinas cruzando la calle, niños revoloteando, adultos charlando en los portales y arena de playa bajo nuestros pies. La arena lo invadía todo.

Estábamos descentrados. Buscamos el albergue y supusimos que no podía ser otro lugar que aquél: tímidamente nos asomamos a un portal que tenía un cartel de “hostel”. Entramos. Preguntamos si había habitaciones para esa noche. No, no había ni para hoy ni para mañana. Pedimos consejo para ir a otro lugar económico. Él propietario no tuvo ningún problema en recomendarnos acudir al “Café des arts”, a 5 minutos de allí. Nos indicó la dirección y nos fuimos hacía allá. Nos dio la sensación de que en Senegal no hay rivalidades.

El “Café des arts” no era uno de los hostels recomendados por la Lonely, pero dentro del sector económico no lo ponía mal. Tal y como nos acercábamos al edificio dónde se encontraba el albergue, las casas iban teniendo peor aspecto. Algunas presentaban serios problemas, como la caída de alguno de sus muros o grandes grietas y agujeros. Pensándolo fríamente, si a cualquiera de nosotros nos tele-transportaran hasta las cercanías del “Café des arts” y nos dijeran que encontráramos el albergue, ninguno acertaría a hacerlo a no ser que se fijara en el cartel junto a la puerta. Es más, la mayoría de la gente incluso tendría bastante reparos de llamar a la puerta. Nosotros sí que llamamos, después del duro día que llevábamos sólo necesitábamos una ducha y una superficie horizontal para sentirnos afortunados. El propietario nos enseñó dos habitaciones con cama de matrimonio y baño en suite. No nos permitió negociar su precio, pero no era caro y se ajustaba a lo que decía la guía, así que aceptamos sin demasiada dificultad. Pagamos dos noches por adelantado (16000 CFA), dejamos las mochilas y salimos a buscar un lugar dónde comer.

Era tarde, empezaba a oscurecer. Dimos vueltas por la ciudad, pensando en un lugar dónde comer. Era extraño, no teníamos tanta hambre como antes. Quizá nuestro estómago entendió que por mucho que protestara, no había comida. Tardamos bastante en encontrar un lugar que nos gustara para cenar, pero al final nos pareció bien uno de los recomendados por la Lonely: “La linguere”. Comimos muchísimo y nos bebimos un litro de coca-cola fría. Nos quedamos un buen rato charlando, ya con los platos vacíos. El restaurante no es que fuera nada del otro mundo, un típico restaurante africano. En España nadie entraría en un garito así, pero allí entra dentro de lo normal y la verdad es que la comida era exquisita. Pagamos (5500 CFA) y salimos disparados a nuestro hostal. Sólo paramos a comprar una botella de agua para no pasar sed nunca más.

Gastos del día:
2000 CFA (taxi Mamelles-Ferry)
57000 CFA (barco Casamance)
5500 CFA (Ndiaga-Ndiaye a Saint Louis)
200 CFA (bollos)
500 CFA (Africa-Cola)
1000 CFA (taxi a Saint Louis)
16000 CFA (2 noches en albergue)
5500 CFA (cena)
400 CFA (botella agua 1’5 litros)

Total: 88100 CFA

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Cronica: Sur de Alemania (II)

2/12 – Descubriendo Alemania

Después de la ducha y un buen desayuno (con la comida que nos habíamos traído), salimos a la calle bastante pronto. Nos encontramos con las calles mojadas, quizá llovió un poco por la noche o quizá se trate simplemente del rocío. Lo bueno es que no hacía tanto frío como nos esperábamos y, como íbamos bastante bien abrigados, nos sentimos bastante bien.

Nos dirigimos al castillo, que estaba arriba de la ciudad. Podíamos haber subido en funicular, pero acabamos subiendo por las escaleras (en principio, sin darnos cuenta). Las escaleras son interminables, hay unos 300 escalones numerados. Entramos al castillo con el carnet de estudiante a mitad de precio (2*1’50€). Visitamos el castillo, la bodega y la farmacia sin pagar nada extra (cuando todas las guías decían que se pagaba aparte). La visita del castillo y las vistas desde las terrazas son muy recomendables.

Bajamos por las escaleras y visitamos los puestos del mercadito de la navidad. En ese momento, todavía nos sorprendía un poco el mercadillo de la navidad. Comimos en el mercadillo picando de aquí y de allá (hot-dogs, un bocata de NordSea, etc. 10€). Visitamos las iglesias y los edificios representativos de la ciudad y compramos un montón de cosas en un “todo a 1 euro” que era mucho más barato que en Alicante (nos gastamos unos 20€).

Compramos una tarjeta de teléfono (5€) que se consumía a un ritmo increíble (no vale la pena). Llamamos al Youth Hostel de Baden-Baden para ver si había sitio y reservar (no era necesario, ya que el albergue estaba casi vacío). Queríamos patinar, pero costaba 5€ por persona y la pista era pequeña. Después de descansar un rato en el hostel, salimos a cenar, pero sólo Ivan cenó (un kebap y una coca-cola 4’65€). Volvimos pronto a dormir.

3/12 – Relax

Nos levantamos relativamente tarde. Desayunamos y vamos a por el coche que estaba aparcado bastante lejos (un par de kilómetros, fuera del centro histórico). Cargamos las maletas en el coche, dejamos las llaves en el buzón (el encargado del hostel no estaba) y nos marchamos hacia Baden-Baden. El viaje lo realizamos sin incidentes, la carretera estaba bien indicada (excepto la salida de Heidelberg a la autopista, los alemanes tienen la fea costumbre de no hacer circunvalaciones ni indicar como llegar a todas las autopistas que pasan cerca de la ciudad).

Paramos en la tourist-info a la entrada del pueblo donde nos dan un mapa y nos indican como llegar a nuestro albergue. No podemos hacer el check-in en el hostel, porque no hay nadie, así que dejamos las cosas en el guarda-maletas y nos vamos. El albergue está en una colina desde dónde se domina toda la ciudad. Es el típico albergue de la red Youth Hostel: un comedor muy grande, habitaciones y baños separados por sexos… No se que tienen los albergues YHI, pero se nota.

Decidimos coger el coche para ir al centro. Casi nos volvemos locos para aparcar. Es tan difícil que tenemos que volver al albergue para aparcar. Dejamos el coche y nos vamos andando. No está tan lejos el centro, unos 15 minutos andando.

Visitamos el centro. No había demasiado que ver, pero estaba animado. Comimos en un McDonnals (8€) y luego hemos visitado el mercado de la navidad. Nuria estaba que se dormía por los rincones. Así que aprovechando la coyuntura decidimos ir al famoso balneario de Friedrichsbad.

En Baden-Baden hay dos balnearios: el de Caracalla y el de Friedrichsbad. El de Friedrichsbad está construido sobre las ruinas de unas antiguas termas romanas, sólo por ver la construcción vale la pena entrar. El de Caracalla es una especie de Caldea, es decir, es más parecido a un parque acuático que a un balneario. En las termas de Friedrichsbad es obligatorio ir desnudo y durante una parte es mixto. En el de Caracalla todo lo contrario: es obligatorio ir con bañador excepto en la sauna. El de Friedrichsbad es un poco más caro y la visita dura 3 horas (si te pasas pagas 3 euros por cada media hora). En el de Caracalla te permiten estar 4 horas. En resumen, el de Caracalla es una turistada, así que si sólo puedes visitar uno de los dos balnearios, es mucho mejor ir al de Friedrichsbad.

Entramos al balneario algo antes de las 17:00. Pagamos la entrada (2*21€) y nos vamos cada uno a nuestro vestuario. Nos quitamos la ropa, dejamos la ropa en la taquilla y entramos. Primero una ducha, luego las saunas y más tarde salimos a las pozas de agua dónde nos volvemos a encontrar. Allí nos pasamos un buen rato y luego volvemos a separarnos para continuar el “tratamiento” con la zona de relax. Todo es muy sencillo, hay números en cada sala con una explicación de qué hay que hacer y cuanto tiempo se supone que hay que estar (luego tu estás el tiempo que quieres). Terminamos mucho después de las 20:00, tanto que debíamos pagar 2 medias horas extra, pero saltamos el control de accesos aprovechando que no hay nadie.

Salimos y fuera llovía. Nos da igual. Estamos flotando. No teníamos ganas de nada, pero teníamos que cenar. Así que nos fuimos al McDonnals y comemos algo (6€). Paseamos hasta el albergue. Llegamos y estaba cerrado. Llamamos durante un buen rato hasta que nos cansamos y llamamos por teléfono. Un chico coge el teléfono y dice “oh, sí, un momento”. Cuelga y aparece por la puerta pidiendo perdón (probablemente se había dormido). Nos registramos en el albergue (2*24€) y subimos a la habitación. Está en el piso de arriba del todo (un quinto). Es impresionante, la habitación es preciosa, las vistas increíbles. Pedid la habitación de arriba si vais. Por cierto, que tuvimos suerte y el chico de la recepción se enrolló y nos dejó estar a los dos en la misma habitación (teóricamente no era mixed).

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