Síndrome post-vacacional

El pasado lunes regresamos de nuestro último viaje. Como ya comenté, el núcleo del viaje era África del Este, representados en esta ocasión por Kenia y Uganda. De paso nos cayó Dubai, aunque sólo 1 día, y Grecia (1 día a la ida en Atenas y una semanita descansando en la isla de Skiathos a la vuelta).

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Grecia, Emiratos Árabes, Kenia y Tanzania

Poco tienen en común aparentemente Grecia, Emiratos Árabes, Kenia y Tanzania y sin embargo forman parte de nuestro próximo viaje. Partiendo de Alicante, iremos a Valencia a despedirnos de la familia, tomaremos desde allí un tren a Barcelona, de allí un vuelo a Atenas y empalmaremos con otro nos llevará a Nairobi haciendo escala en Sharjah.

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Nos vamos a Marruecos

Oficialmente ayer empezaron mis vacaciones que se prolongarán hasta el próximo 7 de enero. Hemos estado buscando destinos entre los vuelos y paquetes que se ofrecen y este año a pesar de la “crisis” no hay nada. No se si es que los tour-operadores han reducido el número de plazas o si es que la gente no se ha contenido a la hora de comprar, pero otros años, en similares circunstancias habíamos encontrado plazas en paquetes last-minute (Turquia, p.e.) o vuelos (Selva Negra, p.e., aunque reconozco que en vuelos es mejor la anticipación).

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Egipto: Preparativos

Rescato la crónica del viaje a Egipto que realizamos entre el 2 y el 8 de agosto de 2004. Las fechas corresponden a este periodo y los precios, después de 4 años son más que nada orientativos.

Preparativos

Pocos días antes de que me dieran vacaciones no teníamos ningún destino al que ir. El problema era que estando en temporada alta (agosto) y sin ningún tipo de previsión en el tema de los vuelos, habíamos llegado a un punto en el que sólo podíamos confiar en las ofertas de última hora. Entonces, ocurrió el milagro: el 29 de julio, apareció una oferta (Travelplan) de un viaje combinado para Egipto, con unos días de crucero y otros de estancia en el Cairo con un precio asequible (429 € por persona).

Aunque Nuria era reticente en principio, conseguí convencerla para comprar el viaje antes de que se agotaran las plazas. Hoy en día, ese precio es un precio normal para un viaje a Egipto, pero en el 2004, ese era un gran precio (actualmente se han llegado a realizar ofertas de última hora por debajo de los 300 euros). Finalmente, nos acercamos a la agencia de viajes más cercana a nuestra casa (Giramondo) y compramos el paquete (nos costó 429 € el paquete, 14 € por el incremento del combustible y 27 € por tasas de aeropuerto, total 940 € los dos). También reservamos una plaza en el parking de larga duración de Barajas, ya que el vuelo partía desde allí (42 €).

Teníamos poco tiempo para planificar el viaje, así que nos pusimos en serio a recoger información acerca del destino y a confeccionar una lista de qué llevarnos. Este iba a ser nuestro primer viaje organizado, junto con otros turistas y a las órdenes de un guía y dudábamos ya que no sabíamos si nos íbamos a acoplar bien. Lo peor de todo es que teníamos razón al dudar, no tanto por los turistas con los que viajaríamos, sino por los guías, que son unos ladrones y sin vergüenzas en general.

A pesar de la falta de previsión para nuestro viaje, no nos preocupamos demasiado ya que imaginamos que la mayoría del tiempo estaríamos guiados por allí (nuestro paquete incluía la mayor parte de las excursiones típicas). No nos vacunamos de nada, ni siquiera pensamos que podría ser necesario. Ni tan siquiera llevamos algo más fuerte que unas aspirinas y unos fortasec. La verdad es que fuimos en un plan muy relajado.

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Crónica: Viaje a Senegal (XXVI)

22/4 Destino Babylon (continuacion)

Llegamos a Rufisque, era ya bastante tarde, teníamos mucha hambre, pero también teníamos aquella típica sensación de pérdida de apetito después de haber pasado bastante tiempo sin comer. Durante un rato estuvimos buscando un lugar dónde comer, pero sin éxito. Todos los lugares que encontrábamos estaban cerrados o nos daba repelús entrar. Rufisque es la típica área periférica de una gran ciudad. Son ciudades grises, sin ningún tipo de encanto, con muchos núcleos de pobreza, mucha gente en tránsito, con calles y casas muy sucias debido a un decadente tejido industrial. Además, en Rufisque no hay ningún hotel cercano, los taxistas iban todos “a pillar”, pues esperaban que les pagaras el triple de lo lógico por llevarte al lago rosa o incluso a Dakar (dónde preguntamos cuanto costaba llegar cuando ya casi estábamos desesperados). He de reconocer que nos agobiamos mucho allí. Íbamos muy cargados, llevábamos muchas horas de Ndiaga encima y las calles estaban llenas de gente que te paraba, te preguntaba, trataba de sacarte algo… Hubo un momento de crisis. Pero entre todo aquello, un joven taxista emergió del tumulto. Nos preguntó dónde queríamos ir y, no se porqué, le contestamos que queríamos ir al lago rosa, pero que nos conformábamos con llegar a algún sitio dónde pasar la noche no muy caro. Por alguna razón se apiadó de nosotros y nos dijo que él nos llevaba. No nos permitió ni negociar el precio, nos dijo que nos llevaba al lago rosa por el precio que nosotros estábamos pidiendo (3000 CFA). No hablaba nada de castellano ni inglés, apenas nos comunicábamos con un precario francés, pero nos dimos cuenta que tenía un gran corazón y nos dejamos llevar.

Durante el trayecto en coche nos dijo se llamaba Ser y que vivía en un pueblo llamado Babylon, que se encuentra a medio camino entre Rufisque y el lago rosa. Nos comentó que su tío había estado viviendo en España mucho tiempo gracias a una ONG catalana que ha ayudado mucho a su pueblo. Incluso nos contó que la ONG consiguió que la cantante Beth (una triunfita) fuera a cantar a Babylon.

Cuando estábamos cerca de su pueblo, nos dijo que nos quedaríamos a pasar la noche en su casa y que mañana nos llevaría a ver el lago rosa y luego a Dakar. Nuria y yo nos quedamos mirándonos un poco alucinados, pero, la verdad, tampoco teníamos ni ganas ni fuerzas para decir nada. Nos dejamos secuestrar.

Llegamos a Babylon. Ser nos paró delante de la casa familiar y nos pidió que entráramos. No tenía nada que ver con otras casas que habíamos visto anteriormente en Elinkine o Saint Louis. Esta era inmensa, espaciosa, luminosa y estaba totalmente limpia. No había muchos lujos tal y como los conocemos en Europa, pero para el nivel de África, era un palacete. El comedor no tenía nada que envidiar a cualquiera de Europa (salvo, quizás, una televisión de pocas pulgadas) y algunas habitaciones estaban muy bien acondicionadas (otras no tanto, ya que consistían en un simple colchón en el suelo).

Ser nos dejó hablando con un primo suyo en el comedor. Este chico hablaba inglés perfectamente, lo que fue un alivio. Hablamos durante un buen rato sobre un montón de asuntos que interesan a un joven africano sobre los europeos y a la inversa. Ser tuvo que marcharse a trabajar (con el taxi) y no le volvimos a ver hasta la noche. Su primo también se marchó en un momento dado y nos quedamos con la tía de Ser (bueno, en verdad era otra de las mujeres de su padre). Ser tiene 28 hermanos de varias madres y su padre esta en Italia. Con su “tía” pudimos hablar poco, ya que nuestro francés no nos permitía muchas alegrías y decir cualquier frase era pasarse 5 minutos de malentendidos. La mujer estaba viendo la tele. Primero se tragó un par de capítulos de sendos culebrones de gente blanca adinerada (snif) y luego cambió a un canal en el que ponían videos musicales de gente bailando danzas típicas Senegalesas (como los que ya habíamos visto en el barco de la Casamance). Antes de eso, los hermanos de Ser estaban viendo lucha libre Senegalesa, al parecer uno de los pasatiempos preferidos por los nativos. La mujer, demostrando quien manda, los envió a todos fuera del comedor y puso su telenovela.

Nos estábamos muriendo de hambre. Literalmente. Sé que parece sencillo pedir algo que comer, pero no lo es tanto en ciertas situaciones. Primero por la barrera del idioma. ¿Qué le pides? ¿Simplemente comida? ¿Y si te trae algo que no te gusta? Y además por esta la barrera cultural. ¿Cómo se lo pides para no parecer ansioso o un glotón? Después de haber entrado en el comedor y haberme sentado en el sofá pisando la alfombra sin descalzarme, lo último que quería es otra “metida de pata” cultural.

No paraba de venir gente, éramos la atracción del día en la casa, pero Ser no aparecía. Desapareció sin decirnos que se iba ni cuando regresaría. Nuestra esperanza era que en cuanto volviera iríamos a algún sitio a comer algo. Pero no, fue mejor que eso. Cuando Ser llegó le pidió a su madre (la que le parió) que nos preparara la cena y la sirviera en la habitación principal. Estábamos a punto de asistir a nuestra primera cena típica senegalesa. ¡Menos mal que nos habíamos leído el capitulo dedicado a ello en la Lonely! Debido a los preceptos religiosos, una comida en un hogar musulmán en Senegal (supongo que en otros países musulmanes también, pero es más difícil experimentarlo) tiene una serie de reglas que hay que respetar. Entre otras cosas, la comida se sirve en el suelo, con los comensales sentados alrededor de esta y se utiliza únicamente la mano derecha para comer, la izquierda no puede tocar la comida ya que se reserva para la higiene personal. La madre sacó una bandeja llena de patatas y 8 o 10 huevos fritos por encima, de esos cuya yema está sólida y no líquida. Imaginaros, nosotros con un hambre atroz y encima nos dejaban comer con las manos… ¡nos pusimos hasta arriba! Por cierto, los mejores huevos fritos con patatas de mi vida, aunque quizá eso fuera por el hambre que teníamos.

Después de cenar, aparecieron por allí Vidal y Nuri, los hermanos pequeños de Ser. Nuri estaba un poco enfadada con nosotros porque le habíamos quitado la habitación. Estos curiosos nombres vienen de los cooperantes catalanes que les ayudaron. En España Vidal es un apellido y Nuri el diminutivo de Nuria y supongo que entre ellos se llamaban así Vidal y Nuri. Estuvimos un rato en el dormitorio, viendo fotos y haciéndonos fotos con ellos y con un bebé de apenas unos días hijo de la tercera de las madres.

Ser se cambió de ropa y nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo. En la puerta de la casa nos esperaba un amigo suyo que se vino con nosotros. Paseamos entre tinieblas, como en casi todos los pueblos de Senegal, hasta la casa de los abuelos de Ser. Entramos en un patio que daba a varias casas bastante pobres y avanzamos hasta la única cuya puerta entre abierta dejaba escapar algo de luz. Allí, do
s ancianos arrugados y delgados como no había visto nunca salieron de debajo de una mosquitera que cubría la cama que hacía de sofá. Se alegraron muchísimo de vernos. Hablaron un rato con Ser y luego nos despedimos. Ser nos fue enseñando lo poco que había que ver en el pueblo. Nos dimos cuenta de lo popular que debía ser este chico, pues le saludaba toda la gente con la que nos cruzamos. Llegamos a su casa, que era distinta de la casa dónde nos alojábamos nosotros (aunque estaban muy cerca) y dejamos allí a su amigo. Vivian 3 chicos en unos pocos metros cuadrados, en colchones tirados en el suelo, aunque todo estaba escrupulosamente limpio y ordenado. Parecía más bien un piso de estudiantes “a la senegalesa”.

Ser nos dejó en nuestra habitación, nos dijo que podíamos utilizar el baño que había enfrente y quedamos a una hora para ir mañana al lago rosa. Nos cepillamos los dientes y nos acostamos. No tardamos en dormirnos, el día no había tenido desperdicio.

Gastos del día:
59400 CFA (campamento Yokam)
2400 CFA (Ndiaga a M’bour)
400 CFA (Extra hasta Bandia)
34000 CFA (Visita a Bandia)
1000 CFA (Ndiaga a Rufisque)

Total: 97200 CFA

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Crónica: Viaje a Senegal (XXV)

22/4 Destino Babylon

En ocasiones los giros que da el destino son realmente inexplicables y fascinantes. De un día para otro pasas de la total tranquilidad y relajación, del hastío de no hacer nada a vivir una aventura con tintes surrealistas que encuentras sin buscarla. Aunque no sólo en África te pueden pasar estas cosas, creo que culturalmente y debido a su coyuntura es el lugar dónde se dan un mayor número de factores para que te ocurran este tipo de situaciones.

El día empezó como el anterior, salvo que nos levantamos un poco más pronto. Visitamos la playa a modo de despedida, desayunamos, nos duchamos en las curiosa ducha de la cabaña y pagamos la estancia en pensión completa que habíamos disfrutado durante dos días (59400 CFA). Arrepintiéndonos todavía de no haber aceptado ir a la excursión por el delta, salimos caminando hacía el pueblo. En mitad de aquella sabana las cosas lejanas parecen cercanas y no lo son. A lo lejos creímos ver algún tipo de animal, Nuria decía que elefantes, yo pensaba que sería algún tipo de animal más modesto. Lo que no nos esperábamos era que después de caminar 15 minutos nos daríamos cuenta (todavía muy lejos de los animales) que se trataba de simples vacas.

Entre risas por nuestro atrevimiento, regresamos sobre nuestros pasos y nos dirigimos a la pueblo cercano. A pesar de que habíamos quedado con los de la Ndiaga en que pasaran a recogernos, no confiábamos en que pararían ya que Pedro nos había comentado que probablemente no fuera ni el mismo conductor. Así que nada, nos acercamos al pueblo y esperamos en la parada oficial, dónde era seguro que pararían. Pasaron un par de Ndiagas llenas hasta los topes en las que no pudimos montar y después de una interminable espera llegó una en la que a duras penas pudimos colarnos.

Nuestro objetivo era llegar a la reversa de Bandia, comer algo, visitarla y luego tirar hacia Dakar. Según lo que habíamos leido en la Lonely, habíamos planificado ir hasta Joal-Fadiouth en Ndiaga y luego cambiar a un 7-plas para llegar a M’bour. Sin embargo, mientras esperábamos a la Ndiaga, hablamos con varias personas que también estaban esperando un transporte y que nos dijeron que lo mejor para ir a la reserva de Bandia era coger la Ndiaga directamente hasta M’bour, ya que no tardaríamos más que cambiando de transporte. Nos dijeron que le pidiéramos al “revisor” que nos parara en la puerta de la reserva. Así lo hicimos, hablamos con el revisor y le dijimos que nos avisara en Bandia de que habíamos llegado (2400 CFA hasta M’bour + 400 CFA por acercarnos a la reserva).

Tal y como nos imaginábamos, se nos hizo la hora de comer dentro de la Ndiaga. Supongo que ya nos habíamos acostumbrado a pasar hambre y por eso no fue tan duro soportarlo esta vez. Durante el trayecto no sucedió algo que no había pasado nunca desde que estábamos en Senegal (y que no se volvió a repetir). ¡Subieron a la Ndiaga dos blancos! Se trataba de dos franceses que viajaban con un guía local. Subieron en M’bour, justo antes de llegar a Bandia, por lo que tuvimos poco tiempo para conversar. Básicamente hablamos con el guía, que hablaba un poco inglés. Nos dijo que estaba haciendo de guía para estos chicos y que si queríamos podíamos encontrarnos en el lago rosa después de Bandia, que ellos estarían toda la tarde. Nos ofreció la posibilidad de quedarnos a dormir en su casa de Dakar. La oferta era tentadora, Dakar es una ciudad con un alojamiento muy caro y si pudiéramos en el mismo día visitar Bandia y el lago rosa, ya no tendríamos que salir de Dakar para nada. Apuntamos su número y le dijimos que si no nos veíamos le llamaríamos al llegar a Dakar. Nos explicó como teníamos que hacer para llegar al lago rosa, aunque las instrucciones eran las mismas que las de Lonely (bajar en Rufisque y buscar un taxi, porque llegar en transporte público era realmente complicado). No nos podíamos ni imaginar todo lo que nos tenía que ocurrir todavía antes de llegar a Dakar.

De forma precipitada nos tuvimos que despedir de nuestros nuevos amigos, ya que habíamos llegado a Bandia. El Ndiaga nos dejó en la antigua puerta de la reserva, que ahora se encontraba custodiada por un guarda y por la que no se permitía la entrada. Tuvimos que caminar un par de kilómetros paralelos a la carretera, viendo desde la valla exterior algún pequeño animal (sobretodo ratas de monte) hasta llegar a las puertas principales. La puerta principal custodiada por una manada de vacas enormes da paso a un camino de tierra de un kilómetro o dos que termina en una gran plaza con aparcamientos, las taquillas, servicios y un restaurante. Entre que teníamos mucha hambre, cargados con las mochilas y que el sol estaba muy alto, sufrimos mucho ese camino. Una recomendación: si os veis muy mal, bajad en M’bour y coged un taxi, nos es muy grande la diferencia y os va aliviar de pasar penalidades.

Preguntamos como funcionaba aquello. Sólo permiten entrar a la reserva con sus propios camiones, con un chofer y un guía del centro. El camión con guía y chofer tiene un precio fijo (30000 CFA) independientemente del número de personas que suban y luego cada persona paga su entrada. En cada camión caben hasta 12 pasajeros. Por lo tanto como nosotros éramos sólo dos, tratamos de buscar más gente para llenar un camión. El problema era que justo a mediodía, con el sol en todo lo alto, lo que menos apetecía era visitar una reserva. No había nadie excepto un chico francés que estaba en nuestra misma tesitura. Supongo que lo lógico hubiera sido ir al restaurante y comer (aunque fuera bastante más caro de lo normal), pero nosotros desafiando al calor y el hambre decidimos que no podíamos esperar. Compramos un camión para los 3 y realizamos una visita de autentico lujo, con una dedicación casi total del guía que hablaba perfectamente español, francés e inglés (7000×2 + 20000 = 34000 CFA).

La visita se hace corta (60-90 minutos), pero es bastante espectacular, puesto que el guía cuando se acerca a algún animal, hace que se pare el vehiculo y te acompaña a pie hasta muy pocos metros de los animales. De los rinocerontes (poca vista y tranquilos), por ejemplo, estuvimos a menos de 3 metros y de las girafas (asustadizas, pero inofensivas) nos quedamos a unos 5 metros. Todo ello sin ningún tipo de protección ni limitación de paso. Aparte de estos animales, hay también búfalos, jabalíes, monos… Todo herbívoros, eso sí.

Después de la visita, nos despedimos de nuestro amigo francés, prometiéndole enviarle vía e-mail las fotos que hicimos (él se había olvidado de la cámara). Nosotros, volvimos a andar hacía la carretera y esperamos a que pasara una Ndiaga para pararla al vuelo y dirigirnos hacía Rufisque (1000 CFA).

(continua)

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14 kilómetros

Anoche fuimos a ver el preestreno de la película “14 kilómetros”, ganadora de la Espiga de Oro en el festival de Valladolid.

La película habla de los dramas humanos que se esconden detrás de cada patera que llega o naufraga en las costas españolas. De echo, 14 kilómetros es la distancia que separa Europa de África. La película cuenta las peripecias de una pareja de hermanos y de una joven que se encuentran en su viaje desde Mali y Níger a España.

Desde el punto de vista del viajero, esta película muestra muy bien lo que es África, lo que te puedes encontrar en zonas como Mali, Níger o Senegal incluso. Los medios de transporte que se utilizan, la dureza del desierto, el tipo de transacciones económicas que existe y, sobretodo, el inmenso corazón que tiene aquella gente. Nos vuelve a recordar aquella paradoja de que los que menos tienen son los que más dan.

La única pega que le encuentro a la película es que el color elegido para los subtítulos (blanco) hace que en muchas ocasiones las letras no sean legibles debido a que no existe contraste entre el fondo y los subtítulos. La película está rodada en francés y lenguas locales africanas, por lo que no se ha doblado al español.

Según tengo entendido se estrenará comercialmente en el estado español el próximo día 5 de diciembre y espero que vaya mucha gente a verla porque merece la pena.

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Crónica: Viaje a Senegal (XXII)

19/4 Retorno a Dakar

Hoy era un día feliz: ¡partiríamos de Ziguinchor! Nos levantamos tarde y, después de una buena ducha, fuimos a buscar al dueño del albergue de “Casa Africa” para pagarle por las 3 noches que hemos estado. Por un momento tenemos algún problema con el precio, puesto que el hombre quería que le pagáramos 7000 CFA por noche, cuando hablamos claramente el día de llegada que pagaríamos 5000. Al final acepta que le paguemos lo convenido (no sin una buena discusión) y pero nos dice que el precio “oficial” son 7000. Le damos los 15000 CFA de las tres noches y nos despedimos de él. Por la cara con la que se quedó, deduzco que lanzó la caña a ver si pescaba unos cuantos CFA extra, pero que estaba conforme con el precio al que habíamos llegado hacía ya unos días.

Ya que íbamos cargados con las mochilas y tampoco nos quedaba nada que ver en la ciudad, decidimos entrar a la Walkunda para tomar un “desayuno/aperitivo” (crepes y macedonia, 2100 CFA). Ya que el local estaba completamente vacío, aprovechamos para tirarnos en unos sillones durante más de una hora, charlando relajadamente y jugando a las cartas.

De paso hacía el barco, saludamos a nuestro amigo el vendedor al grito de “Aida, Aida” (su “amour”) y compramos en una pequeña tienda atendida por dos mujeres una coca-cola congelada (literalmente) y una lata de un presunto paté que nunca nos comimos (1100 CFA). Luego regresaríamos a la misma tienda para comprar una botella de agua también congelada (400 CFA). También compramos una barra de pan en la panadería (150 CFA) para poder hacernos unos bocadillos en el barco. Y ya que estábamos, nos zampamos un par de helados (700 CFA).

Tuvimos que esperar a que abrieran el comedor en el restaurante “La Kassa” a las 13:30 para poder comer el plato del día, ya que no había ningún lugar dónde comer y teníamos que llegar “relativamente” pronto al barco. De echo, sólo pedimos un plato del día para los dos, puesto que no teníamos casi hambre (2500 CFA).

El trámite para acceder al barco fue más fácil que el de ida. Esta vez facturamos la mochila grande, ya que al ir sentados y sin camarote, tener la mochila por allí en medio hubiera sido un verdadero incordio (para nosotros y el resto de pasajeros). Tuvimos suerte con los billetes, nos tocaron unos asientos muy cómodos, ya que teníamos mucho espacio delante para poder extender los sacos y dormir en el suelo. Si vais a comprar asientos en el Willis os recomiendo los asientos del 1 al 5 (primera fila) y el 16 y 17 (los nuestros), ya que en el resto de asientos apenas te puedes mover y nunca vas a poder tumbarte. En caso de que no estén disponibles, la segunda mejor opción es el número 10 y todos los laterales, pegados a las ventanillas, para que no te moleste mucho la gente entrando y saliendo.

No se que sucedió ese día o si es que es algo común, pero si en el viaje de ida, la gente se mareó, en el regreso, fue increíble. Hasta nosotros sufrimos mareos y tuvimos que dormirnos para poder aguantarlo. A Nuria le afectó un poco más fuerte y tuve que ir a buscar una pastilla para el mareo. Cuando todo se tranquilizó, mientras Nuria dormía, me entró hambre y en vez de prepararme un bocadillo con lo que llevábamos, fui al bar del barco y compré uno (1200 CFA). La verdad es que, aunque no sabría decir de que era el bocata, estaba muy bueno y no fue excesivamente caro. Después de eso y para no arriesgar más, decidí dormirme también, allí, tumbado en el suelo del barco.

Gastos del día:
15000 CFA (3 noches en el albergue)
2100 CFA (aperitivo)
1100 CFA (cocacola y paté)
150 CFA (barra de pan)
700 CFA (2 helados)
2500 CFA (comida)
400 CFA (botella de agua)
1200 CFA (bocadillo en el barco)

Total: 23150 CFA

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Crónica: Viaje a Senegal (XIX)

16/4 Ziguinchor

Nos levantamos sin casi descansar. La noche había sido movida. Sin luz, cubiertos por la red antimosquitos, no nos atrevimos a salir a espantar a la rata-mono y nos quedamos allí toda la noche escuchándola andar y rebuscar entre nuestras cosas. Con la luz del día, el animal desapareció y nosotros nos decidimos a salir de nuestro frágil refugio. Miramos nuestras cosas y estaba todo un poco revuelto, aunque no demasiado. Suerte que no nos quedaba comida, sino probablemente el bicho ese no hubiera descansado hasta encontrarla.

Recogimos nuestras cosas y salimos de la casa. Allí estaba Ibrahim que cuando le contamos lo acontecido durante la noche se limitó a decir “small animal”. Al poco tiempo de estar esperando apareció el taxi que el día anterior Ibrahim había pactado. Subimos todos al taxi (incluido Ibrahim con su bici) y nos dirigimos a la gare routiers. Le pagamos a Ibrahim 4000 CFA por haber dormido en su casa (algo más de lo pactado) y 1000 CFA más al taxista. Intercambiamos las direcciones para escribirnos y enviar las fotos y nos despedimos.

El 7-plas hacia Ziguinchor nos costó 5000 CFA, lo mismo que para ir. Esta vez el viaje fue más tranquilo, quizá porque íbamos casi durmiendo, envueltos en los sacos de dormir, puesto que las ventanillas estaban abiertas y todo el viento frío nos impactaba en la cara. Ibrahim nos había recomendado un albergue en Ziguinchor: Casa Afrique. Como además aparecía en nuestra guía y estaba entre las mejores y el precio que nos había dicho Ibrahim que pagáramos era un poco inferior. Cogimos un taxi ya que no sabíamos como llegar (500 CFA). El taxista tampoco tenía mucha idea, así que fue preguntando hasta encontrar el lugar.

El hotel Casa Afrique es frecuentado por bastante población local y foránea, lo cual suele ser una buena señal en cuanto al precio ajustado y la calidad. Hablamos con el dueño, le dijimos que en principio nos queríamos quedar una noche, aunque podían ser más y que nos lo había recomendado Ibrahim de Kafountine y le enseñamos el precio que él mismo Ibrahim había escrito en una hoja de papel: 5000 CFA por habitación y noche. No había problema, el dueño hablaba bastante bien el español y no vio problema en nada, nos alojó en la peor habitación del hotel, pero no había problema.

En cuanto dejamos las cosas en la habitación salimos corriendo de allí. La habitación tenía un triste ventilador colgado en una de sus paredes que lo único que hacía era mover el aire caliente. Allí dentro no se podía estar. Y fuera tampoco. El calor era asfixiante. Deambulamos por las calles de la ciudad, visitamos las calles más importantes y, sobretodo, nos situamos. Vimos que la gare-routiers, el puerto, el centro y nuestro hotel no estaban lejos, como mucho a 10 minutos andando unos de otros.

Aunque era pronto, entramos a comer en el restaurante que nos pareció que tenía mejor pinta. Se llamaba “Le Walkunda” y estaba regentado por una “simpática” francesa. El calor era impresionante y eso que nosotros estamos acostumbrados por vivir en Alicante. Sólo recuerdo que comí una lasaña buenísima y que la coca-cola estaba helada. Por cierto que, digan lo que digan, en Senegal en casi todos los bares y restaurantes a los que fuimos bebimos bebidas con cubitos de hielo y no tuvimos ningún problema. La comida nos salió por 6600 CFA, que para el “lujo” del local no está nada mal, muy buena relación calidad-precio.

Después de la comida estábamos hartos del calor y pensamos que lo mejor sería refugiarnos en el albergue. La idea de hacer una buena siesta era muy tentadora… Así que empezamos a caminar y cuando llegamos cerca de donde se encontraba el albergue, empezaron nuestros problemas. Todas las calles eran iguales, a pesar de que nos habíamos fijado en el nombre de la calle, todas tenían un nombre muy parecido, cambiando sólo la orientación (Norte, Sur, etc). Así que empezamos a preguntar. Después de un par de intentos infructíferos por no poder comunicarnos siquiera, le preguntamos a una chica joven con uniforme de escuela, pensando que ella al menos podría entender nuestro francés macarrónico: “Hola, ¿sabes donde está el hotel Casa África?”. A lo que respondió la chica: “Sí, África aquí” mientras señalaba el suelo. ¡Bien! Ahora que ya teníamos localizado el continente, vamos a ver si concretamos más: “No, no, hotel, hotel, Casa África”. Se le encendieron los ojos, ahora sí que lo había entendido. Nos pidió que la siguiéramos y cuando acabamos la calle nos dice: “es allí, hay una gran piscina, muy buena”. ¿¡Como!? Nos ha conducido en dirección contraria bajo el sol asesino hasta otro hotel y que encima ¡¡tiene piscina!! Para matarla… menos mal que lo hizo con buena intención.

Cuando al final conseguimos encontrar nuestro hotel, intentamos dormir un rato, pero era complicado. El ventilador no daba abasto y el calor se hacía insoportable por momentos. Algo dormimos, pero nos tuvimos que volver a duchar para refrescarnos un poco. Le pedimos al dueño del local que nos cambiara de habitación a otra más fresca y nos dijo que no había problema, pero que esa noche no podía ser. Al menos sólo sería una noche.

Nos fuimos a la calle a dar vueltas. Nos compramos un helado de limón y una coca-cola (650 CFA) en una gasolinera para bajar la temperatura y también bastante pronto nos fuimos a cenar al mismo restaurante de la comida. La cena fue sencilla: un bocadillo vegetal y un creppe de postre (4600 CFA). Antes de empezar a cenar conocimos a Carmen una chica de Ibi (Alicante) que estaba de cooperante internacional en Senegal. Nos dijo que llevaba muchísimo tiempo aquí y que antes había estado en no se cuantos sitios. Era una cooperante profesional. Mi opinión personal de los cooperantes y ONGs que trabajan en la zona y en otras zonas me la voy a reservar, pero daré un par de datos. Primero, los todo-terrenos que tienen esta gente están super-preparados y son de los más grandes, con cada uno de ellos podrían montar un par de escuelas al precio del terreno y el material de Senegal. Por cierto, para el que no lo sepa, para un territorio como es el de Senegal (plano y con épocas de lluvias) lo mejor es un TT pequeño tipo Suzuki Vitara que cuesta 4 veces menos que esos mastodontes. El segundo dato es que durante toda la cena no escuché nada más que politiqueos arriba y abajo, parece que no importa la gente a la que ayudas, sino quién te paga la nómina. Triste pero así son las cosas. Y para que nadie me venga con el cuento de que hay ONGs que ayudan y tal, diré que es cierto que en algunas ONGs hay gente de muy buen corazón y buena voluntad que quiere el progreso de esas sociedad a las que el primer mundo tiene explotadas. Eso no lo pongo en duda.

Después de la cena íbamos a volver a casa, pero tuvimos miedo de perdernos y no encontrarla. Aunque el calor había remitido, la escasez de luz en las calles de Ziguinchor hace difícil encontrar el camino correcto. Compramos unas
madalenas en un puesto callejero (que por cierto están buenísimas), una botella de agua y pedimos un taxi (100+400+400 CFA).

Gastos del día:
4000 CFA (noche en casa de Ibrahim)
1000 CFA (taxi desde casa de Ibrahim)
5000 CFA (7-plas a Ziguinchor)
500 CFA (taxi a Casa Afrique)
6600 CFA (comida)
650 CFA (coke y helado)
4600 CFA (cena)
400 CFA (agua)
400 CFA (taxi a Casa Afrique)
100 CFA (madalenas)

Total: 23250 CFA

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Crónica: Viaje a Senegal (XIII)

13/4 Isla de Carabane

No teníamos claro que íbamos a hacer. Por una parte quedarnos un día más en la playa de Cap Skirring sin hacer nada nos atraía, pero por otra parte nos imaginábamos que encontraríamos más lugares como este en el camino. El día anterior, habíamos encontrado a un grupo de gente comiendo en el restaurante del campament entre los cuales había una chica que hablaba español. Nos comentó que venían andando por la playa desde Diembéring, a unos 9 kilómetros al norte de Cap Skirring, y que esta era la peor playa que habían encontrado y en la única en la que la gente les había molestado. Para nosotros era un argumento de bastante peso.

Por cierto, que el grupo este había pedido para comer una parrillada de gambas y aún cuando ya habían terminado, en la fuente que les sacaron todavía había gambas para alimentar a medio campament.

Finalmente decidimos coger nuestras mochilas y marcharnos de Cap Skirring. Nuestro nuevo destino era la Isla Carabane. Pagamos las dos noches de campament al encargado (20000 CFA) y andando por la carretera fuimos hasta la plaza del pueblo dónde se reúnen los transportes públicos. Por el camino compramos una botella de agua para que no nos pasara como en otras ocasiones (500 CFA).

El hombre que organiza todo aquello del transporte hablaba un poco de castellano y nos explicó que para ir hasta Carabane teníamos que coger un 7-plas o una Ndiaga hasta Osuye y luego allí bajarnos y coger otra Ndiaga hacia Ellinkine. En Ellinkine un barco nos llevaría a la isla. El mini-bus hasta Osuye nos costó 1200 CFA para los dos con maletas y el Ndiaga a Ellinkine otros 1100 CFA.

El camino hasta Osuye está asfaltado y dentro de lo que cabe hay pocos agujeros que te hagan el viaje incomodo. Además fuimos cómodamente sentados ya que el tipo de furgoneta era un poco más grande de las habituales. Sin embargo el viaje hasta Ellinkine es todo un reto. El camino no está asfaltado, bueno, sí, lo estaba, lo cual es mucho peor puesto que los trozos de asfalto deteriorado, roto o inexistente provocan saltos y movimientos bruscos. Todo esto unido a que como ya se ha comentado en multitud de ocasiones los vehículos en Senegal parece que no tengan suspensiones y a que no conseguimos buenos sitios en el Ndiaga, hizo que un corto trayecto como este fuera uno de los más duros. Nuria se pasó todo el rato sentada en el suelo de la furgoneta junto a una niña pequeña que tampoco tenía asiento. Se mareó bastante. Yo tuve la suerte de conseguir un lugar entre dos mujeres de talla XXL y prácticamente no podía moverme. Una de ellas se pasó todo el trayecto luchando contra una gotera que de vez en cuando dejaba caer una gota desde el techo directamente a su cara. Y no es que lloviera, sino que probablemente alguien transportaba algún tipo de líquido en el techo de la furgoneta cuyo envase no estaba a prueba de Ndiagas.

Llegamos a Ellinkine. Bajamos de la Ndiaga y cuando casi íbamos a besar el suelo vinieron unas docenas de niños que nos rodearon con la mano extendida para que les diéramos algo. Había niños de todos los tamaños y edades, desde los que todavía no sabían hablar hasta las niñas mayores que cuidaban de ellos (no tendrían más de 12 años en ningún caso). Conforme fueron viendo que no les íbamos a dar nada se fueron dispersando buscando a los pocos extranjeros que había por el pueblo.

Bajamos al puerto y preguntamos por el barco a la isla Carabane con nuestro pobre francés. Nos dijeron que hasta las 12 no llegaría, así que, ya que estábamos, decidimos dar una vuelta por el pueblo. Tal y como dice la Lonely no hay nada reseñable en Ellinkine, nada salvo lo que ya habíamos visto: los niños. Ibas paseando por las calles del pueblo y los niños salían de las casas y se pegaban a tu lado, te daban la mano para acompañarte, te hablaban en su francés macarrónico… Al final terminamos rodeado de niños en el puerto, a la sombra de una acacia gigante, debajo de la cual se ponía el mercado diario de fruta y pescado. Nuria haciendo de profesora les proponía juegos con un simple boli y una hoja de papel. Un niño dibujaba algo en la libreta y entre todos adivinaban de que se trataba. Era prodigioso lo bien que dibujaban ciertas cosas (pollo, red de pesca, etc). Y también era fascinante la experiencia de comunicarse con aquellos niños. Nos hicimos mil fotos con ellos y creo que fue una de las experiencias más enriquecedoras de todo el viaje.

Acordamos con ellos que les regalaríamos un balón cuando volviéramos de Carabane. Antes ya les habíamos regalado todo lo que teníamos y que les podía hacer algún papel: pastillas de jabón, lápices y bolígrafos… hasta una botella de plástico vacía de coca-cola. Uno de los niños vino corriendo y le pidió a Nuria que le acompañara a su casa. Nuria fue mientras yo me quedé charlando con los niños y con dos Gambianos ataviados con las típicas túnicas blancas que me explicaron que habían venido a trabajar allí por las duras condiciones económicas de su país. ¡Es un placer encontrar gente que hable inglés! Nuria regresó al cabo de un rato y me contó que la madre del niño nos había invitado a comer, que decía que su marido estaba en Barcelona y que los españoles se habían portado muy bien con él y que estaba muy agradecida. Nuria tuvo que declinar la invitación ya que el barco vendría pronto. Lo dejamos para cuando regresáramos de Carabane.

El barco se estaba retrasando. Entonces ocurrió algo curioso para un observador occidental. Habíamos viajado por algunos países musulmanes (Turquía, Túnez, Egipto) y nunca habíamos visto una muestra de religiosidad en público. Si entras en una mezquita en el Magreb seguro que encuentras gente rezando e incluso es posible que presencies algún oficio religioso. Pero aquí lo que presenciamos fue espectacular. Todos los hombres del pueblo acudieron a la llamada a la oración de un templo que estaba justo al lado del embarcadero. Llamémosle templo o llamémoslo cabaña de cañas y adobe. El caso es que allí no cabía todo el mundo, por lo que la gente empezó a desplegar sus alfombras y a arrodillarse a rezar en medio de la calle. Sin problemas, igual les daba que les miraras o que no. En general es un rasgo que nos sorprendió del pueblo senegalés respecto a los “africanos del norte”: nadie trata de ocultar nada, son espontáneos, tienen las puertas abiertas y, dentro de lo que cabe, las mujeres ocupan un lugar visible en la sociedad.

(Continua)

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