Crónica: Viaje a Senegal (IX)

10/4 Willis (continuación)

Llegamos a la oficina de venta de billetes del puerto y preguntamos cuanto faltaba para embarcar y dónde era. A duras penas nos enteramos de que desde allí se tenía que coger un autobús que nos llevaría al lugar de embarque. Hay varios autobuses que van y vienen cada media hora hasta el cierre del embarque. Todavía faltaban 2 horas para el primer autobús, por lo que teníamos tiempo de dar una pequeña vuelta por los alrededores. Eso sí, dejamos las mochilas en una habitación cerrada y vigilada por el chico que se encargaba de la seguridad de las taquillas. Mucha gente lo hizo, así que no nos inspiró ninguna desconfianza.

Como no sabíamos dónde ir, nos dirigimos hacía el ayuntamiento, que estaba relativamente cerca. El ayuntamiento, como la mayoría de los edificios de la ciudad es de estilo colonial. Un reloj preside su fachada y un conjunto de arcos dan paso a las escaleras que permiten penetrar en su interior. No entramos, nos sentamos un rato frente al edificio para dejar pasar el tiempo. En la plaza jugaban a la comba unas niñas vestidas de uniforme de escuela. Se habían quitado los zapatos para no estropearlos y jugaban sobre la piedra fría. Unos ancianos charlaban alegremente en el banco de al lado, mientras unos jóvenes descargaban un montón de botellas de agua mineral en la misma puerta del edificio. El tiempo pasaba despacio. Cuando nos quisimos dar cuenta ya casi era hora de regresar.

Volvimos parándonos en todas las tiendas que hay por el camino. Un “captador” nos entretuvo bastante en una de las tiendas del puerto. Hay gente en Senegal que sin trabajar directamente en una tienda, trata de convencer a los extranjeros de que entren y compren cosas en esa tienda para llevarse una comisión. A esa gente les llamo “captadores” y son bastante pesados. Lo mejor es pasar de ellos, pero si aún así insisten tienes que tratar de hacerles ver que ahora tienes mucha prisa (viniendo de un Europeo lo entienden) y que luego u otro día volverás a visitar su tienda. Este “captador” en concreto, cuando vio que no le compraríamos nada, nos invitó a visitar un par de pubs musicales a nuestro regreso. Le aseguramos que iríamos y nos dejó en paz.

Todavía tuvimos que esperar un buen rato en las taquillas hasta que apareció el autobús. Durante nuestra espera, apareció por allí un hombre muy mayor, demacrado por los años, que hablaba español perfectamente. Nos estuvo explicando que durante muchos años había trabajado como pescador en España y que ahora había regresado a jubilarse a su país natal. Hablamos de todo un poco. Es estupendo encontrar alguien con quien comunicarte después de tanto tiempo.

Apareció el autobús y rápidamente le pedimos al chico nuestras mochilas, que subió él directamente al autobús, y nos despedimos del anciano. Le dimos 500 CFA al chico por guardarnos las maletas, porque no teníamos nada más pequeño (con 100 o 200 CFAs de propina suele ser más que suficiente).

El autobús no tardó más de 5 minutos en realizar el recorrido hasta la entrada al puerto. Allí, abrió las puertas y todo el mundo se apeó y se quedó haciendo cola para facturar las maletas. Nosotros, que no queríamos facturar ya que íbamos en cabina y portar las mochilas no nos era molesto, nos dedicamos a pasear por el interior del puerto. Cuando vimos el Willis y a la gente haciendo cola para subir, decidimos caminar hacía allí y ponernos también en cola. ¡Fallo! Enseguida aparecieron dos vigilantes que nos dijeron que teníamos que ir a la sala de embarque y que luego un minibús nos traería hasta allí. Así lo hicimos. Para poder embarcar tienes que ir a una sala junto a la puerta de entrada dónde revisan tu equipaje y tu billete antes de dejarte continuar. Por poco nos saltamos todos los controles.

Nada más subir al barco, un chico te acompaña a tu camarote y te explica que sólo hay una llave y que la tienes que devolver a recepción nada más abrir la puerta para que el resto de ocupantes del camarote puedan entrar si tu no estás. El camarote no tiene nada que envidiar a muchos barcos de crucero que hay en Europa. Tenía un baño con ducha y retrete, un amplio armario con caja fuerte y un par de literas con una mesita de noche en el medio. Nuestros compañeros de habitación eran una pareja de senegaleses de mediana edad que trabajaban para una ONG y que viajaban a la Casamance por trabajo.

Dejamos las cosas en la habitación y nos despedimos de nuestros compañeros. El barco todavía estaba atracado en el puerto. Por los pasillos apenas se podía caminar ya que la tripulación todavía no había terminado de acomodar a los pasajeros en sus cabinas. A duras penas llegamos a la cubierta. Había mucha gente, la mayoría sentados mirando al horizonte o leyendo algún libro, mientras que el resto explorábamos el barco minuciosamente. No es un barco lujoso, ni está pensado para el disfrute de los pasajeros como sucede con los barcos de crucero, pero el Willis cumple sobradamente su función. Nos esperábamos un barco mucho más viejo y espartano, pensando sobretodo en la tragedia que acaeció con el anterior barco que realizaba el trayecto entre Dakar y Ziguinchor. Aquél barco se llamaba Joola y casi 1000 personas perdieron la vida ahogados cuando se fue a pique. Hoy en día todavía se le recuerda con una pequeña plaza monumental cerca del embarcadero de Ziguinchor.

A la hora prevista, el barco zarpó de Dakar rumbo a su destino. El trayecto transcurrió sin demasiadas complicaciones. El barco se movía un poco, pero no lo suficiente como para marearnos (aunque hubo gente que sí que tuvo que acudir a la recepción para que le administraran una pastilla contra el mareo). El único problema que tuvimos fue con nuestros compañeros de habitación que cerraron el camarote y se quedaron la llave, con lo que tuvimos hablar hasta con el capitán del barco para que les llamara por megafonía. Al cabo de más de media hora aparecieron por el camarote como si nada y tuvimos que explicarles que llevábamos ya algún tiempo esperándoles. Se disculparon y ya no volvimos a tener más problemas.

Habíamos comprado bebida, pan y algunas latas para prepararnos unos bocadillos temiendo que el precio en el barco fuera exagerado. No era así, comprar un bocadillo en el barco era un poco más caro que en la calle y lo mismo para tomar un menú en el restaurante. Así y todo, nos preparamos nuestra propia cena y la tomamos en la cubierta, mirando la oscuridad que rodeaba nuestro barco. Después de la cena tratamos de bajar a la sala dónde estaba el televisor, pero no podíamos sentarnos ya que allí los únicos asientos eran las butacas de la gente que había pagado la tarifa más barata. Ante esa situación decidimos ir a acostarnos y leer un rato antes de dormir.

Gastos del día:
500 CFA (taxi a la Gare Routiers de Saint Louis)
9000 CFA (7-plas a Dakar)
400 CFA (botella de agua)
2900 CFA (comida)
2400 CFA (supermercado)
500 CFA (propina guarda-maletas)

Total: 15700 CFA

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Crónica: Viaje a Senegal (VIII)

10/4 Willis

Willis es el nombre del barco que va de Dakar a la Casamance. Además es nuestro objetivo del día. Teníamos los billetes comprados por adelantado para el barco que saldría esa tarde. Para no tener complicaciones pusimos el despertador extraordinariamente pronto. Tan pronto era que el propietario todavía no se había levantado y tuvimos que despertarle, llevándonos un buen susto, puesto que dormía en un cuartito pequeño tumbado en el suelo. Dejamos rápidamente el hotel y subimos al primer taxi que encontramos. Al taxista 500 CFA le pareció un buen precio y nos llevó a la estación a la primera, sin regatear siquiera.

Llegamos a la Gare Routiers, que seguía con el mismo caos con el que la habíamos dejado unos días atrás. Buscamos un rato entre los carteles de los 7-plas hasta encontrar uno que rezaba “Dakar”. Esta vez no volveríamos a cometer el error de montar en un Ndiaga-Ndiaye. Negociamos con el hombre de la libreta. Todavía no he entendido porqué no negocia directamente el conductor del 7-plas. El precio fijo del trayecto para nosotros más los dos bultos (uno grande y otro pequeño) nos salió por 9000 CFAs. Nos pareció bien, con tal de no sufrir como lo hicimos en el viaje de ida.

Cuando el 7-plas estuvo completo, el hombre de la libreta le dio la orden al conductor de que saliera. Nosotros estábamos impacientes, pues no sabíamos cuanto tardaría el trasto este en llegar a Dakar. Desde luego, si hubiéramos tardado tanto en volver como tardamos en ir, no hubiéramos podido llegar a tiempo para coger el barco. Nada más salir de la estación, tras girar una esquina, el conductor paró el coche y se bajó. Se acercó un chico joven, se saludaron, hablaron y se intercambiaron. El chico joven se sentó en el puesto de conducción y salió disparado. Sospechoso. No era un gran comienzo, pero ya estábamos curados de espanto.

Después de circular durante media hora en aquella reliquia de coche, un ruido extraño en la parte izquierda del vehículo hizo parar al conductor. Se bajaron unos cuantos hombres del coche y miraron con preocupación la rueda izquierda trasera. Al cabo de 5 minutos, sacaron un viejo gato del maletero y empezaron a subir el coche. Sólo entonces pensamos que era momento de bajar a ver que sucedía. Vimos que a la rueda sólo le quedaba un tornillo que la uniera al resto del coche y tenía la suficiente holgura como para que a cierta velocidad todo el conjunto bailara y emitiera un ruido preocupante. Miramos el resto de ruedas. La mejor acondicionada tenía tres de los cuatro tornillos y hubiera sido un riesgo quitarle uno para continuar el viaje. El conductor y otro hombre sacaron la rueda por completo, y trataron de enderezar el tornillo que bailaba. Pero se dieron cuenta de que era inútil. Así no podíamos continuar. ¿Y ahora qué? El conductor llamó por teléfono a alguien. No nos podíamos comunicar prácticamente nada con ellos, por lo que decidimos no hacer preguntas y simplemente esperar como el resto. Llamaba y llamaba, pero nadie le respondía. Así media hora más. Cuando finalmente consiguió contactar con su interlocutor, nos miró a todos y dijo algo en Wolof que no entendimos, pero que interpretamos como un “no os preocupéis que vienen a buscarnos”. Calculamos que si alguien salía de la estación de Saint Louis ahora, tardaría media hora más en llegar, así que nos relajamos y disfrutamos del pequeño bosque de baobabs y acacias dónde nos habíamos quedado tirados.

En efecto, al cabo de media hora apareció un 7-plas vacío, en el que en un momento cargamos nuestras mochilas y proseguimos ruta hacía Dakar. La mayor parte del camino la pasamos medio dormidos. Dormirte del todo es casi imposible. Apretujado entre otras dos personas, con hierros oxidados y afilados que se han descolgado de la carrocería, asfixiado de calor o abofeteado por el aire de la ventanilla, dando saltos en cada nuevo bache… dormir se hace realmente complicado y aún así Nuria lo consiguió.

Sin más contratiempos, llegamos a Dakar pasadas las 2 del mediodía. Hambrientos y cansados. En vez de seguir el camino que ya conocíamos para ir hasta la Terminal del ferry, seguimos por otro camino que suponíamos que iba paralelo y nos perdimos. Nos encontrábamos en mitad de un grandísimo mercado callejero. El más famoso de la ciudad. Estábamos abrumados, desorientados y cansados. Aunque la gente en este mercado no te agobia tanto como en los países del Magreb, especialmente en Egipto, llevar a la espalda la mochila por calles estrechas y abarrotadas, resulta verdaderamente estresante.

Teníamos que romper radicalmente con aquello, así que en cuanto vimos un restaurante un poco interesante, nos lanzamos dentro. Resultó ser una hamburguesería dónde servían unos bocadillos riquísimos. Los devoramos, sentados frente a un gran escaparate dónde de vez en cuando algún vendedor ambulante se paraba y nos mostraba la mercancía que llevaba. El restaurante parecía el típico bar americano de los años 60 que aparecen en películas como “Grease”. Amplio y limpio, un rasgo típico de la mayoría de locales en Senegal, aunque se pueda pensar lo contrario. Lo que más nos llamó la atención es que el restaurante estaba regentado por un hombre mayor, de unos 50 años, de raza blanca, sentado frente a la caja registradora, cuyo único trabajo era cobrar a los clientes. Los trabajadores eran todos de raza negra. Luego nos dimos cuenta de que en Dakar (no en el resto del país), los propietarios de los negocios eran blancos, nacidos en Francia, que en algún momento dado vinieron a Senegal y abrieron negocios, los cuales fueron creciendo hasta convertirse en lo que son ahora. Tampoco deben de estar forrados estos empresarios, ya que en total la comida nos costó 2900 CFAs.

Volvimos a salir a las calles atestadas de gente. Entre toda esa gente nos llamaron la atención los estudiantes mendigando. Son unos chicos que van vestidos con un traje tradicional muy llamativo y que llevan una hucha que al agitarla produce un estruendoso ruido metálico. Piden dinero por orden de su profesor de enseñanzas religiosas para cumplir con uno de los preceptos del Corán. Son bastante pesados, aunque inofensivos. Lo mejor para quitártelos de encima es decir que ya le has dado una moneda a su compañero.

Anduvimos perdidos por las calles de Dakar un buen rato, hasta que llegamos a una plaza muy grande que intuimos que podía ser la plaza de la Independencia. Preguntamos a un policía y nos confirmó que habíamos acabado en la plaza principal de la ciudad. Nos habíamos desviado bastante de nuestro camino, pero habíamos comprobado que Dakar no es muy grande. Seguimos las indicaciones del policía y bajamos por una calle que iba directamente al puerto, pasando por delante del ayuntamiento. Justo antes de llegar al ayuntamiento, hay un centro comercial (el más grande que hemos visto en todo Senegal), en el que compramos algo de comida y agua para el viaje (2800 CFA). El puerto está a 5 minutos de allí.

(continua)

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Crónica: Viaje a Senegal (VII)

9/4 Parque de Djoudj

Nos levantamos muy pronto. Esta noche habíamos descansado mejor, sin fiestas en la calle ni ratas en la habitación. Desayunamos y le dijimos al propietario del albergue que nos quedaríamos una noche más (8000 CFA). Teníamos que encontrar un teléfono público para llamar al taxista; podíamos haberle llamado desde nuestro móvil, pero nos asustó lo que podía costarnos la broma. No es fácil encontrar un teléfono en Saint Louis. Después de buscar y buscar un locutorio, entramos al albergue que el primer día nos había dicho que no tenía habitaciones y le preguntamos al propietario si tenían teléfono. Nos dijo que sí y nos permitió usarlo. Nos cobró 100 CFA por una llamada de un par de minutos.

Quedamos con el taxista en la puerta de nuestro albergue. El hombre del día anterior apareció sonriente. Debía estar contento con el negocio que iba a hacer. Nos abrió la puerta, subimos e inició la marcha. Nada más cruzar el puente que une la isla con el continente, el taxista paró en una gasolinera y nos pidió 5000 CFA para poner gasolina. Nuria y yo nos miramos, ¿cómo que había que darle por adelantado la mitad del total? Nos pareció extraño y empezamos a hablar con él. Nos dimos cuenta entonces que él esperaba que le pagáramos 35000 CFA por los dos. Le explicamos que el día anterior habíamos quedado de otra forma y que no estábamos dispuestos a pagar más. Pero mientras lo decíamos nos ibamos dando cuenta de que el “pescador” nos había engañado. ¿Para que nos engañó con eso? Si ya no le hacía falta, había conseguido su bote de Nescafé… Entendimos entonces que teníamos que ir con pies de plomo y no confiar en la gente que te quiere comer la cabeza. Bajamos del taxi y le dijimos que no iríamos. El hombre se rió y se quedó en la gasolinera llenando el deposito.

Estábamos desesperados. Queríamos ir a Djoudj, ya nos habíamos hecho a la idea de que iríamos y hubiera sido un duro mazazo no poder ir. Cruzamos con prisas el puente para regresar a la isla. La tarde anterior alguien nos había ofrecido ir al parque, así que con un poco de suerte lo encontraríamos y nos podría llevar. Pero no hubo suerte, no estaba. Por si sonaba la flauta, preguntamos a un grupo de turistas que iban a visitar el parque en autobús, pero su guía nos explicó que estaba completo. La desesperación y el enfado nos llenaban. En ese momento todavía no habíamos aprendido como funcionaba la economía senegalesa, pero no tardaríamos en tener una nueva demostración. El vendedor de la tienda al que le compramos las pulseras el día anterior se acercó a ofrecernos algo. Le explicamos que no podíamos ver su tienda ahora, ya que estábamos buscando como ir al parque. “¿Al parque de Djoudj? Yo conozco a alguien”. Llamó a un amigo que se acercó a hablar con nosotros. Negociamos un precio por todos los servicios (guía, taxi, entradas al parque y paseo en piragua). Todo a pagar al regreso para que no hubiera posible trampa. Conseguimos la excursión completa por 35000 CFA para los dos. El mediador este no tenia taxi, así que tuvo que ir a contratar a un taxista al cual le pagaría parte, igual que al tendero que le avisó al cual le pertenece una pequeña comisión. Él mismo haría de guía.

Tuvimos que esperar 10 minutos a que apareciera un taxi. Nuria y yo nos montamos en la parte de detrás, delante iba el conductor y nuestro guía. Durante el trayecto no hablamos demasiado. Nos dedicamos a contemplar la sabana senegalesa. Circulábamos por caminos de tierra dignos del rally París-Dakar, levantando una estela de polvo a nuestro paso. Pasamos por poblados perdidos, dónde la gente todavía viste las ropas tradicionales y viven en cabañas hechas de paja y ramas de árboles. El calor era intenso, pero a esas horas todavía no llegaba a quemar. El suelo en esa parte de África tiende a crear unas ondulaciones que dificultan la circulación ya que los coches, que tienen las suspensiones destrozadas, aún avanzando a poca velocidad, tienden a dar pequeños saltitos muy incómodos para sus ocupantes. Por ello, el taxista se salía continuamente de la pista para encontrar aquellas zonas menos “rizadas”.

Llegamos a la reserva y tras pagar la correspondiente entrada y avanzar hasta la laguna, nuestro guía nos dijo que bajáramos del coche y esperáramos a la siguiente embarcación. El sol empezaba a dar fuerte, así que nos protegimos debajo de un gran camión que usan los hoteles para traer a los turistas. Al rato vino un gran bote de madera con un pequeño motor en el que subimos unas 20 personas, cada uno con nuestro chaleco salvavidas. La embarcación avanzó lentamente, mientras un guía explicaba en francés todo lo que se podía ver tanto en las orillas como en el agua. Nuestro guía traducía al castellano todo lo que iba explicando el otro guía. Vimos jabalís, vacas, cigüeñas, cocodrilos… muchas especies, pero en poca cantidad. Según nos explicó el guía habíamos llegado justo en el último mes en que está abierta la reserva, las aves ya se habían marchado hacía Europa y no volverían hasta dentro de medio año, cuando el parque volvería a abrir. Desde luego, viéndolo en perspectiva no creo que valga la pena visitar este parque en este mes. Puedes ver lo mismo en otras partes de Senegal sin demasiado esfuerzo. Aunque si llegas a Saint Louis y no tienes mucho tiempo, quizá sí que resulte interesante, pero sabiendo que es lo que vas a ver.

Durante la parte final del viaje en barco por la reserva, estuvimos hablando con nuestro guía. Nos contó como había aprendido Español, cómo vivía la gente en Senegal y el drama que suponía el dejar el país para ir a buscarse la vida en Europa. Hablamos sobre la visión a ambos lados del estrecho, sobre las expectativas que suelen tener los jóvenes senegaleses y sobre el trato que reciben al llegar. Fue una charla realmente interesante.

El regreso del parque fue bastante monótono. Estábamos algo cansados y además el calor ya era insoportable. Circulábamos por mitad de un desierto, sin aire acondicionado y con las ventanillas bajadas para no tragar polvo. Aunque fuimos casi todo el trayecto dormidos, pudimos ver una imagen que se nos quedó grabada: una familia o varios miembros de una misma tribu, todos con sus trajes típicos, caminaban por mitad del desierto protegidos por una sábana blanca que sujetaban por sus 4 puntas a modo de toldo móvil. Lástima que no nos diera tiempo a sacar la cámara.

Llegamos a la ciudad a medio día, a punto para comer. Pagamos al guía y nos despedimos. Para no perder las buenas costumbres, fuimos a comer a “La linguere” (5000 CFA) y luego fuimos a dormir un rato al hotel.

Nos despertamos realmente tarde. Tanto que nos volvimos a perder la llegada de los marineros al puerto. Deambulamos por la isla un rato hasta que nos sentamos en un bar a tomar un aperitivo. Era una especie de bar-musical,
dónde por las noches solía tocar un grupo de música folk. Por dentro el material que predominaba era la madera, con una decoración que aquí catalogaríamos de “étnica”, pero que supongo que allí la llamarán “tradicional”. El único camarero del local desaparecía cada 10 minutos y volvía a aparecer 10 minutos más tarde. Mientras, el local se quedaba vacío, sólo con nosotros como clientes. Luego entró otra pareja occidental, se tomaron algo rápidamente y se marcharon. Así transcurría la vida en aquél bar.

Como la carta estaba en francés, traté de ir a lo seguro y me pedí una bebida en cuyo nombre aparecía la palabra “mentha”. Me trajeron un vaso de tubo largo con un líquido verde transparente que parecía uno de esos enjuagues bucales que se usan antes de dormir. Ciertamente sabía a menta, pero no era lo que me imaginaba. Tardamos más de una hora en terminar nuestras bebidas, más otra media esperando a que el camarero apareciera y nos cobrara los 1600 CFA que costaron.

Ya era de noche cuando salimos del bar, así que cruzamos la calle y entramos en el mismo local de la noche anterior a cenar algo ligerito (1700 CFA). Después de la cena dimos una pequeña vuelta de despedida por Saint Louis antes de acostarnos.

Gastos del día:
8000 CFA (noche albergue)
35000 CFA (excursión Djoudj)
100 CFA (llamada telefónica)
5000 CFA (comida)
400 CFA (botella de agua)
1600 CFA (aperitivo)
1700 CFA (cena)

Total: 51800 CFA

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Crónica: Viaje a Senegal (VI)

8/4 Saint Louis

Nos levantamos tarde, cerca de las 10 de la mañana. No teniamos prisa, habíamos visto que la ciudad no era tan grande como para ir con prisas. Además, la noche había sido movidita. Justo al lado del albergue hay un mezquita dónde durante buena parte de la noche han estado cantando y haciendo algún tipo de fiesta. Es comprensible que un sábado por la noche la gente salga de fiesta, que celebren sus ritos, que recen en la mezquita… Luego, cuando el ruido exterior cesó, empezamos a escuchar un ruido dentro de la habitación. Al parecer teníamos un roedor rebuscando entre nuestras mochilas y bolsas. Le hicimos poco caso, estábamos tan cansados que no tuvimos ganas ni de encender la luz para espantarlo. Por la mañana comprobamos que había mordisqueado los bollos que compramos el día anterior y que pensábamos comer para desayunar. Por razones higiénicas los tiramos a la basura.

Antes de salir a visitar la ciudad, hablamos con el dueño del albergue sobre el incidente de la rata. El hombre no le dio ni la más mínima importancia, pero nos ofreció la posibilidad de cambiarnos a otra habitación que había quedado libre. Aceptamos la oferta y cambiamos los trastos en cuanto su mujer terminó de limpiar la habitación. Entre todo esto, se nos fue toda la mañana y, a pesar del duro día anterior, teníamos ganas ya de ver mundo.

Nos dirigimos hacia el centro, pero por calles secundarias, viendo como viven realmente los ciudadanos de Saint Louis. Pudimos ver alguna instalación deportiva, un centro militar, el estado de algunos de los puentes de la ciudad… Sobretodo nos dimos cuenta de la razón por la que en estos lugares tienen graves problemas de salud. Hay cabras muertas en los márgenes de los ríos, basura por doquier, la gente se lava en el río por no tener agua en casa, se ahuma el pescado en la calle, los niños corren descalzos… Da que pensar. Conforme te acercas a los barrios del centro de la ciudad, dónde se encuentran los hoteles donde llevan a los turistas, la situación cambia. Hay menos basura, las fachadas de las casas se conservan mejor y hay más tiendas y comercios.

Cuando llegamos al centro neurálgico de la ciudad, en frente del hotel más elegante de Saint Louis, nos acercamos por una de las “tiendas” que algún “amigo” tenía puestas en una acera. Para ellos, tener un lugar fijo, con una sábana en el suelo y varios objetos sobre ella ya es tener una tienda. Realmente no fuimos nosotros quienes nos acercamos, sino que fue el vendedor el que nos arrastró, con muy buenos modos, eso sí, hasta su tienda. Con la excusa de que era la primera compra del día, casi sagrada para los musulmanes, consiguió que le compráramos un par de pulseras (600 CFA). Creo que pagamos demasiado, pero al fin y al cabo le hicimos un favor al hombre.

Ya que estábamos cerca del restaurante de la noche anterior y visto que la calidad fue muy buena, decidimos entrar a comer aunque fuera un poco pronto. Ahí probamos por primera vez el Yassa Poulet, un plato típico senegalés que consiste en arroz hervido, pollo frito y una salsa que está buenísima. Fue uno de los platos que más solicitamos en los restaurantes a lo largo del viaje. También probamos otros platos típicos senegaleses, algunos a base de pescado, brochetas, etc. Pero el mejor sin duda es el Yassa Poulet. La comida nos costó 5000 CFA, con la botella de litro y medio de coca-cola.

Después de comer regresamos al hotel a descansar un rato. Dormimos durante las horas en las que el sol pega más fuerte y volvimos a salir de nuestra guarida (esta vez sin rata) hacia media tarde. Queríamos ir a ver a los pescadores que regresan de pescar, pero no llegamos a tiempo, cuando aparecimos por la playa, ya todos los barcos estaban varados en la arena y las mujeres ahumaban la captura del día. Si la zona dónde estaba el albergue era lúgubre, la zona del puerto, justo al otro lado del puente, ya en la lengua de la barbarie, era lo más parecido a una película de terror. El humo con el que trataban el pescado lo invadía todo. Cientos de personas andaban de un lugar a otro, pescadores que habían terminado su jornada laboral, ahumadoras con ristras de pescado, mercaderes, niños jugando; todos ajetreados, pero calmados. La playa tiene un ambiente especial, el humo crea una densa niebla que te impide ver más allá de 50 metros. Los barcos tirados sobre la arena crean una sensación de decadencia difícil de igualar. Y los restos de pescado y otro tipo de desperdicios repartidos homogéneamente por todo el lugar invitan a no adentrarse en ese mundo. La gente deambula, se pierde tras un barco o entre la niebla. Una imagen impactante. Quizá la única razón para venir a Saint Louis sea para ver éste espectacular escenario.

La tarde empezaba a caer y nos quedaba poco tiempo para darle la vuelta completa a la isla, que era el nuevo objetivo que nos habíamos fijado. Saint Louis es mucho más que esa isla, que está unida al continente mediante un puente diseñado por Eiffel (el de la torre emblema de París). Sin embargo, el centro de la ciudad, dónde están los barrios coloniales es ahí. La isla está protegida por la lengua de la Barbarie, una estrecha extensión de tierra de forma alargada que recorre varios kilómetros del litoral senegalés.

Cruzamos de nuevo el ajetreado puente que une la lengua con la isla y caminamos en dirección sur pegados por el paseo marítimo. Un hombre de mediana edad llamó nuestra atención diciendo algo en perfecto Español. Nos giramos y le saludamos. Él empezó a hablar, nos contó que era pescador, que tenia familiares en España, que tenía no se cuantos hijos… Parecía simpático y, cómo hablaba muy bien nuestro idioma, consiguió que estuviéramos charlando con él más de 15 minutos. Luego, cuando nos íbamos a despedir, nos dice que él no quiere dinero, pero que le gustaría que le compráramos leche y Nescafé para sus hijos. Sospechoso, pero picamos. Le acompañamos hasta la tienda y él pidió una bolsa de leche en polvo y un bote de Nescafé. Para los senegaleses el Nescafé es un producto muy codiciado, les encanta. Le pidió la cuenta al tendero y cual fue nuestra sorpresa cuando ascendía a mucho más de lo que nosotros estaríamos dispuestos a pagar. Le dijimos que no podíamos gastarnos tanto y él insistió en que era para sus hijos y que al menos le compráramos el Nescafé. Finalmente accedimos, pensando que el hombre lo hacía de buena voluntad. La broma nos salió por 2800 CFA. Ni que decir tiene, que esta es una de las prácticas comunes de la picaresca en Senegal. Después de haberle regalado un montón de dinero a alguien que realmente no lo necesita, me sentí mal. Por dos razones: primero porque nos había estafado y segundo porque al darle lo que quería le estábamos realimentando para que lo siguiera haciendo y dando ejemplo a otros senegaleses para que sigan su ejemplo.

Ahí no terminó todo, cuando nos despedimos, el hombre sabiendo que queríamos visitar el parque natural de Djoudj, nos dijo que nos podría sal
ir muy barato, que un taxi nos llevaría, se esperaría y nos devolvería por 5000 CFA cada uno, más 2000 CFA por el alquiler de la piragua. Eso era mucho menos de los aproximadamente 40000 CFA de los que hablaba la Lonely. Así que nos interesamos por el tema y le pedimos que nos contara cómo se podía conseguir. Paró un taxi y habló con el taxista. Concertó con él el precio y nos dio su teléfono para llamarlo al día siguiente por la mañana para que viniera a buscarnos. Todo parecía claro y conciso. Segundo error del día: pensar que alguien da duros a cuatro pesetas.

Proseguimos nuestro camino contentos por tener arreglada la excursión a Djoudj. Llegamos al extremo sur de la isla. Desde allí se contemplaba el continente a un lado y la lengua al otro, junto con una gran extensión de agua en medio de las dos. Unos niños jugaban a fútbol hasta que el balón se les cayó al agua y se sortearon a ver quien se metía a rescatarlo antes de que se lo llevara la corriente. Nos sentamos un rato a ver pasar la vida en un banco destrozado por los años. Vimos el atardecer.

Paseamos por barrios con aspecto peligroso hasta regresar al centro de la isla. A pesar de la pinta de esos barrios, dudo que fueran realmente más peligrosos que el entorno de los lujosos hoteles para turistas. Cenamos en frente del restaurante “La Linguere”, para probar otro sitio, por si todavía era mejor. No fue así, aunque era más económico. Era una especie de hamburguesería en versión senegalesa, dónde te servían varios tipos de kebaps, wraps, hamburguesas y bocadillos. Éramos los únicos clientes del local, aunque se animó un poco justo cuando nos fuimos. La cena nos costó bastante poco (2200 CFA), pero no fue tan suculenta como la de la noche anterior. Después de cenar la ciudad estaba dormida, no había mucha gente por las calles y la poca luz que daban las escasas farolas invitaba a recogerte en casa. Así lo hicimos.

Gastos del día:
600 CFA (pulseras souvenir)
5000 CFA (comida)
2800 CFA (Nescafé timo)
2200 CFA (cena)
1000 CFA (2 botellas agua)

Total: 11600 CFA

 

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Crónica: Viaje a Senegal (V)

7/4 Viaje Infernal (continuación)

Después de 3 o 4 horas metidos en aquella furgoneta, cansados por no tener ni un respaldo dónde apoyar la espalda y hambrientos y sedientos por haber subido sin comida ni bebida, empezamos a preocuparnos por nuestra cada vez más deplorable situación. Preguntamos al revisor cuando llegaríamos a Saint Louis, pero apenas nos entendía. Entablamos conversación con otros viajeros, también sin mucho éxito por la barrera del idioma. Un chico joven, viéndonos un poco nerviosos y preocupados, trató de hacer un esfuerzo para comunicarse en inglés con nosotros. Nos confirmó que efectivamente el Ndiaga-Ndiaye se dirigía a Saint Louis, pero no se ponía de acuerdo con el resto de viajeros en el momento en el que llegaría. Nuria sacó su libreta y un bolígrafo y empezó a trazar dibujos esquemáticos para tratar de averiguar cuanto tiempo teníamos que permanecer en aquella lata de sardinas. Nuria le preguntó cuanto tardaríamos en llegar a Saint Louis. Tras varios minutos de deliberación y consultas, el chico joven escribió un número: “18”. Yo no lo pude ver, estaba sentado en otra fila de asientos distinta de la de Nuria. Sólo pude constatar que Nuria empezó a llorar. Lloraba de impotencia, por pensar que estaba encerrada en esa furgoneta y que no podría salir en las próximas 18 horas. Todo el mundo se giró, todos intentaron consolarla, le hablaban, le hacían bromas, incluso una mujer, pensando que lloraba por estar sedienta, le ofreció darle de mamar de su propio pecho. Fue una situación totalmente inesperada, tierna, humana… Nuria pasó del llanto a la alegría. Y se alegró todavía más cuando le hicieron saber que el “18” era la hora a la que se esperaba que llegáramos, no el tiempo que faltaba.

Tras este episodio, el revisor y el conductor debieron de pensar que lo mejor sería que nos enviaran en otro Ndiaga que fuera más directo, sin tantas paradas. Así que en cuanto llegamos a una parada más o menos grande dónde había decenas de furgonetas como la nuestra, el revisor nos dijo que bajáramos, nos bajó nuestros equipajes y los subió en otro Ndiaga. No le entendíamos, pero comprendimos que quería que fuéramos en el otro vehículo. Fue extraño. Nos despedimos rápidamente de la gente de la primera Ndiaga y subimos en la nueva.

Eran más de las 4 de la tarde, estábamos famélicos y sedientos. Yo tenía la boca tan seca que no hubiera podido ni comer. En la nueva Ndiaga nos tocó sentarnos hacía la mitad de la furgoneta, una posición mucho más cómoda que en la otra que estábamos al final. Tardamos unos minutos en salir de la estación y nada más salir, cuando llevábamos menos de 2 minutos avanzando a paso de tortuga, apareció un control policial que nos hizo detenernos. ¡Lo que nos faltaba! El policía pidió que bajaran algunas maletas que revisó. Pidió también la documentación del vehículo e inspeccionó visualmente a los pasajeros. Con una chulería pasmosa, le indicó al conductor que fuera hasta su puesto de control. Allí discutieron un rato hasta el momento en el que el conductor sacó un par de billetes y se los deslizó disimuladamente. Yo lo vi, pero creo que fui el único, ya que el resto de la gente no quiso o no se atrevió a mirar hacía atrás.

Proseguimos nuestro camino hacía el norte. La carretera por la que veníamos estaba en un estado no excesivamente malo, aunque de vez en cuando nos hacía saltar de nuestros asientos algún bache que ocupaba medio carril. El paisaje era seco, típico de la sabana, aunque salpicado con el verde de algunas zonas de bosque. El ritmo de avance del vehículo es realmente lento, en parte debido a las continuas paradas y en parte por el evidente exceso de peso con el que viajan siempre. Íbamos casi paralelos a la línea de costa, siempre en dirección norte. De vez en cuando, parábamos para apear y subir gente. En ocasiones, en carreteras secundarias, poco transitadas, incluso hay gente que viaja en el techo de la furgoneta. Aunque existen paradas oficiales, estos vehículos paran allá dónde haya alguien que solicite la parada si no van ya demasiado cargados. En la mayoría de paradas aparece gente tratando de venderte alimentos cultivados en la zona o bolsas de agua. A pesar de la sed que teníamos siempre rechazamos el comprar fruta o agua, puesto que eso significaría una diarrea segura. Sí compramos una bolsita con bollos caseros que no comimos para no resecar más nuestras gargantas (200 CFA).

En una de las paradas oficiales, en la que el conductor se entretuvo un poco más de la cuenta e incluso bajó del vehículo para recoger o entregar algún paquete, vislumbramos un hilo de esperanza. Como un espejismo, apareció ante nosotros una pequeña tienda de alimentación que tenía un gran cartel anunciando “Africa cola”. Intenté bajar corriendo del vehículo para comprar una botella. Nuria estaba realmente mal, le dolía la cabeza por la falta de azúcar y la sed nos tenía atenazados y sin ganas siquiera de hablar. Tenía que hacer algo, pero no podía salir, estabamos justo al medio de la furgoneta y no había manera. Pero entonces, de nuevo, la solidaridad de esta increíble gente volvió a hacer acto de presencia. Una mujer que se dio cuenta de mis esfuerzos por salir al exterior, me preguntó si quería algo. Todavía no se cómo, pero logré explicarle que quería una Africa-cola. La mujer le dijo algo en Wolof a un chico que estaba sentado en la primera fila, junto a la puerta. Éste se giró y me extendió una mano. Entendí el gesto a la primera, saqué la cartera y le di un billete. No sabía cuanto costaría, pero no me dio tiempo ni a preguntarlo, cerró la mano y salió corriendo a la tienda. Al cabo de un minuto que me pareció eterno, apareció con una botella de litro y medio de Africa-Cola bien fría (500 CFA). Me devolvió lo que le había sobrado y se giró sin más. Ese brebaje nos supo a gloria. Meter algo de azúcar en nuestro cuerpo después de tantas horas nos revitalizó. Más tarde volveríamos a probar la Africa-Cola, ya sin la urgencia del sediento, y su sabor nos decepcionaría un tanto.

El resto del viaje se pasó sin pena ni gloria. Dando tragos ocasionales a la botella conseguimos llegar al fin a la Gare Routiers de Saint Louis. Era media tarde. No estaba mal la aventura: más de 7 horas metido en una Ndiaga. Juramos no volver a repetirlo. Nuestras mochilas ya no nos pesaban, estábamos tan felices de haber llegado a nuestro destino que aunque las hubieran rellenado de piedras, las transportaríamos alegremente de un lado a otro. Por fin estábamos en Saint Louis. Bueno, en realidad todavía no estábamos en la ciudad, pues la Gare Routiers se encuentra en las afueras, al otro lado del puente de entrada. Tuvimos que discutir y negociar con un taxista la tarifa para llegar a la ciudad. Un “observador imparcial” nos juraba y nos perjuraba que por menos de 1500 CFA no nos iba a llevar nadie
, pero con nosotros tocaba hueso: teníamos la Lonely Planet. Terminamos pactando 1000 CFA por llevarnos a nuestro albergue, el único recomendado por la guía.

El taxista no tenía muy claro dónde estaba el albergue, pero preguntó hasta que unos chicos que fumaban en un portal le indicaron la calle exacta. Nos dejó en medio de una calle de casas bajas, sucia, sin pavimento. Las casas estaban claramente dañadas, pero se intuía un pasado de esplendor. En algún momento, aquellas casas debieron pertenecer a ricos comerciantes o a colonos europeos. Todas las fachadas pintadas de blanco, las puertas abiertas, la ropa tendida en mitad de la plaza, cabras y gallinas cruzando la calle, niños revoloteando, adultos charlando en los portales y arena de playa bajo nuestros pies. La arena lo invadía todo.

Estábamos descentrados. Buscamos el albergue y supusimos que no podía ser otro lugar que aquél: tímidamente nos asomamos a un portal que tenía un cartel de “hostel”. Entramos. Preguntamos si había habitaciones para esa noche. No, no había ni para hoy ni para mañana. Pedimos consejo para ir a otro lugar económico. Él propietario no tuvo ningún problema en recomendarnos acudir al “Café des arts”, a 5 minutos de allí. Nos indicó la dirección y nos fuimos hacía allá. Nos dio la sensación de que en Senegal no hay rivalidades.

El “Café des arts” no era uno de los hostels recomendados por la Lonely, pero dentro del sector económico no lo ponía mal. Tal y como nos acercábamos al edificio dónde se encontraba el albergue, las casas iban teniendo peor aspecto. Algunas presentaban serios problemas, como la caída de alguno de sus muros o grandes grietas y agujeros. Pensándolo fríamente, si a cualquiera de nosotros nos tele-transportaran hasta las cercanías del “Café des arts” y nos dijeran que encontráramos el albergue, ninguno acertaría a hacerlo a no ser que se fijara en el cartel junto a la puerta. Es más, la mayoría de la gente incluso tendría bastante reparos de llamar a la puerta. Nosotros sí que llamamos, después del duro día que llevábamos sólo necesitábamos una ducha y una superficie horizontal para sentirnos afortunados. El propietario nos enseñó dos habitaciones con cama de matrimonio y baño en suite. No nos permitió negociar su precio, pero no era caro y se ajustaba a lo que decía la guía, así que aceptamos sin demasiada dificultad. Pagamos dos noches por adelantado (16000 CFA), dejamos las mochilas y salimos a buscar un lugar dónde comer.

Era tarde, empezaba a oscurecer. Dimos vueltas por la ciudad, pensando en un lugar dónde comer. Era extraño, no teníamos tanta hambre como antes. Quizá nuestro estómago entendió que por mucho que protestara, no había comida. Tardamos bastante en encontrar un lugar que nos gustara para cenar, pero al final nos pareció bien uno de los recomendados por la Lonely: “La linguere”. Comimos muchísimo y nos bebimos un litro de coca-cola fría. Nos quedamos un buen rato charlando, ya con los platos vacíos. El restaurante no es que fuera nada del otro mundo, un típico restaurante africano. En España nadie entraría en un garito así, pero allí entra dentro de lo normal y la verdad es que la comida era exquisita. Pagamos (5500 CFA) y salimos disparados a nuestro hostal. Sólo paramos a comprar una botella de agua para no pasar sed nunca más.

Gastos del día:
2000 CFA (taxi Mamelles-Ferry)
57000 CFA (barco Casamance)
5500 CFA (Ndiaga-Ndiaye a Saint Louis)
200 CFA (bollos)
500 CFA (Africa-Cola)
1000 CFA (taxi a Saint Louis)
16000 CFA (2 noches en albergue)
5500 CFA (cena)
400 CFA (botella agua 1’5 litros)

Total: 88100 CFA

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Crónica: Viaje a Senegal (IV)

7/4 Viaje Infernal

Nos levantamos pronto. El plan era coger las mochilas y salir a la calle a buscar un taxi para Dakar. Queríamos ir bien pronto a Dakar para comprar unos pasajes para el barco del próximo martes que va de Dakar a Ziguinchor (Casamance) y luego irnos hacía Saint Louis. El plan había surgido la noche anterior viendo las posibilidades que teníamos. La otra opción era dejar Saint Louis para el regreso y adentrarnos por carretera hasta Tambacounda. Sin embargo, todo lo que habíamos leído de esa carretera nos hacía plantearnos la conveniencia de hacer un viaje tan pesado tan pronto. Decidimos que mejor sería visitar primero la Casamance y luego ya adentrarnos en el país.

Salimos del hotel después de desayunar (por medios propios, el hotel no ofrece desayunos). Andamos por la calle polvorienta que la noche anterior se nos antojaba oscura y misteriosa. A la luz del día, aparecía una calle normal y corriente, de casas bajas con la fachada blanca, muy parecida a algunas calles de mi infancia. Nos dirigimos hacía la carretera, dónde abordamos un taxi que además del taxista era co-pilotado por un amigo suyo. Nuestro pobre francés nos sirvió para decirle que queríamos ir al puerto dónde se coge el ferry, pero un fallo en la pronunciación del destino del Ferry “Gore” provocó que el taxista se confundiera y empezara el recorrido en dirección contraria, hacía N’Gor. Ya habíamos negociado el precio y habíamos recorrido un par de kilómetros cuando le dijimos al taxista que por ahí no era, que no nos habíamos entendido. Cuando comprendió que queríamos ir a Dakar, mucho más lejos de N’Gor, nos pidió más dinero por llevarnos (claro, él se había hecho a la idea de sacar mucho dinero por muy poco). Nos negamos y regateamos hasta volver a conseguir el trayecto por el mismo precio. El amigo del taxista, que supongo que iba dirección N’Gor, se bajó del taxi con una sonrisa de oreja a oreja y haciendo gestos de despedida con la mano. Nosotros proseguimos el trayecto.

Tardamos bastante en entrar en Dakar, hay mucho tráfico en la gran ciudad y encima está todo lleno de obras casi perpetuas. El taxi nos dejó en una rotonda del centro de Dakar dónde se encuentra la estación de ferrocarril y la entrada a los muelles desde dónde parte el barco a la isla de Gore. Pagamos al taxista (2000 CFA) y nos apresuramos a caminar los 200 metros que hay hasta el lugar dónde venden los tickets para ir a Ziguinchor.

La taquilla estaba cerrada, pero un simpático y amable vigilante nos hizo el favor de llamar a alguien de dentro para que abriera la ventanilla para nosotros. Medio en inglés medio en francés le dijimos a la chica de la taquilla que queríamos comprar dos pasajes para el próximo barco en una de las cabinas. Existen 3 clases de billetes: los caros, dónde 4 personas comparten una cabina con 2 literas de 2 camas cada una y un pequeño baño; los medios, dónde en una sala común hay un montón de camas sin ningún tipo de separación fija y compartiendo todos los baños y duchas; y los baratos, que se sitúan en la misma sala que los medios, pero que sustituyen la cama por una butaca frente a un televisor. Los caros son impensables para la mayoría de Senegalés, a pesar de que para ellos las tarifas son sensiblemente más baratas. Nosotros elegimos el más caro pensando que el resto de acomodaciones podrían ser muy cutres y nos equivocamos. Pagamos 57000 CFA por los pasajes.

Miramos el mapa y nos situamos. Calculamos que la “Gare Routiers” dónde coger el primer transporte hacía Saint Louis no debía estar lejos. Efectivamente, un paseo de 10 minutos bastaban para llegar. Durante ese corto trayecto pasamos por una calle desierta, paralela a la estación de trenes y a un complejo militar, dónde asustaba la posibilidad de que un coche parara y te secuestrara, nadie sabía dónde estábamos ni dónde nos dirigíamos, nada. Ese temor era fruto de nuestro desconocimiento. Tras haber estado en Senegal, incluso teniendo en cuenta que Dakar es lo más peligroso que hay en el país, no creo que sea muy probable que alguien fuerce una situación de violencia. También tuvimos que atravesar las vías del tren cruzando un pequeño muro derruido, dónde montones de gente se agolpaban vendiendo y comprando algo que todavía no he logrado saber que es.

La gare routiers es un caos. Es un caos que en el fondo guarda algún tipo de orden. Eso sí, la primera vez que llegas te puedes volver loco buscando entre los distintos tipos de transportes y los distintos destinos. Básicamente, por carretera, en Senegal puedes desplazarte de dos formas: en Ndiaga-Ndiaye o en 7-plas. El Ndiaga-Ndiaye es una especie de furgoneta grande acondicionada para alojar en su interior a 32 personas, apelotonadas e incomodas, pero a un precio muy bajo. Además este tipo de transporte realiza muchas paradas, permitiendo subir y bajar gente en cualquier momento. Hacer un recorrido largo con uno de estos transportes es una verdadera locura. Por su parte, los 7-plas son grandes coches franceses (peugeot 504 mayoritariamente) supervivientes de la época colonial que transportan a 7 pasajeros y un conductor. Para realizar trayectos largos son la mejor opción, pues aunque son hasta 3 veces más caros que la Ndiaga-Ndiaye, no suelen parar a mitad, van más rápido y, sobretodo, son más cómodos. Ambos tipos de transporte parten cuando se han llenado o cuando no es previsible que vaya a llegar más gente para llenarlos. Dicen que existen otro tipo de transporte interurbanos, pero nosotros no tuvimos la oportunidad de utilizarlos.

Cuando te encuentras en un tumulto de gente, sin saber dónde quieres ir exactamente, ni como, ni siquiera sabes cuando irás o cuanto te quieres gastar, suceden cosas que no deberían pasar. Un hombre con una libreta se acercó a nosotros y nos preguntó dónde íbamos. Le dijimos que a Saint Louis y nos pidió que le acompañáramos. Nos llevó hasta una furgoneta blanca, repleta de gente, dónde un chico joven subido en el techo colocaba los últimos bultos que le habían lanzado los viajeros desde abajo. No pasó ni un instante y ya nos habían despojado de nuestras mochilas y estaban en lo alto de la furgoneta. Sin prácticamente tiempo para pensar, nos apuntaron en la lista y ya éramos oficialmente pasajeros de aquél transporte. Preguntamos cuanto tardaba hasta Saint Louis, pero no se si no nos entendieron o no quisieron entendernos. Nos dijeron “trois, trois” repetidas veces. Tanto nos daba que tardara 3 horas, como que llegara a las 3 de la tarde, nos pareció bien y subimos al Ndiaga-Ndiaye.

Íbamos sentados al final del todo, con la puerta abierta durante un buen tramo y un chico (“el revisor”) colgado literalmente de la puerta porque no cabía. Al principio pareció una experiencia interesante y hasta hacíamos bromas y nos reíamos. Nada más salir, el revisor nos cobró el trayecto. Los precios de estos transportes son oficiales, así que ahí no había negociación posible, pero el equipaje se pagaba aparte y ahí si que hay que negociar bastante. En esta ocasión fueron 5500 CFA
por todo (equipajes y nuestras dos plazas).

(continua)

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Crónica: Viaje a Senegal (III)

6/4 Llegada a Dakar (continuación)

Cambiar dinero en el aeropuerto fue una odisea. Cuando vuelves a entrar a la terminal del aeropuerto por la otra puerta te encuentras casi de frente con una especie de oficina bancaria custodiada también por un policía donde la gente hace cola para entrar de uno en uno y cierra la puerta a sus espaldas. Me dio la sensación de que se trataba de una especie de cajero automático, pero sin el automatismo. Preguntamos al policía si allí cambiaban dinero y nos dijo que no y nos señaló un pasillo solitario que se adentraba en el aeropuerto. Avanzamos hacía allí y, antes de que pudiéramos ver nada, unos chicos nos abordaron y nos dijeron que ellos podían cambiarnos dinero. No me dieron buena espina. Llevaban una calculadora y nos hacían las cuentas demasiado favorables. El CFA (se pronuncia “cefa”) es la moneda oficial en varios países del área que fueron colonia francesa. Su valor es fijo con respecto al euro: 655’984 CFAs. Según la Lonely te suelen cambiar a ese valor, pero te cobran un 2% de comisión (algo tienen que ganar). Pues estos chavales nos lo cambiaban sin comisión. Nosotros queríamos cambiar una gran cantidad de dinero (1000 euros) y eso requiere estar muy seguro de la persona que te lo cambia. Finalmente pudo más nuestra prudencia que nuestra codicia y les dijimos que queríamos cambiar sólo 10 euros (lo justo para coger un taxi y cambiar en Dakar). Nos dijeron que no, que eso era muy poco y que no nos lo cambiaban. Sospechoso. Además trataban de convencernos insistentemente de que ahora todas las oficinas de cambio en el aeropuerto estaban cerradas. Pasamos de ellos y de sus historias y nos adentramos en el pasillo oscuro y solitario que el policía nos había indicado. Al final del todo, una puertecita entre abierta daba paso a una pequeña habitación con unas pocas sillas desvencijadas a la izquierda y un mostrador a la derecha. Entramos en la sala y los chicos que nos habían seguido hasta la misma puerta se quedaron esperando por los alrededores. Pedimos cambiar dinero en el mostrador y un hombre que no daba la imagen de banquero a la que estamos acostumbrados nos señaló en dirección a una pequeña sala cerrada enfrente de la puerta en la que no habíamos reparado. Entramos en esa angosta sala y le dijimos a una señora que había al otro lado de un cristal que queríamos cambiar 1000 euros. Nos informó de que la comisión era del 2% (¡estupendo! ¡que tranquilidad!) mientras nos enseñaba en una calculadora lo que íbamos a conseguir con nuestros 1000 euros. Le dimos el dinero y empezó a darnos fardos de billetes, contando uno por uno cada billete. Cada fardo era de 100000 CFAs y cada vez que nos iba a dar uno tenía que dar un grito para que el hombre del otro mostrador se lo trajera. Contamos el dinero y le pedimos un justificante. El justificante y nada es lo mismo, un trozo de folio manuscrito sin firma ni cuño ni nombres. Así es Senegal.

Salimos de la oficina rápidamente, saludando a los chicos que ya estaban entretenidos tratando de cambiar dinero a algún otro despistado. Tampoco les hicimos mucho caso, pues llevábamos 642000 CFAs encima, recién sacados y ellos lo sabían. Con la comisión de cambio perdimos (13120 CFA). Volvimos a salir del aeropuerto y nos dejamos querer por los taxistas. Elegimos uno con buena pinta y le dijimos que cuanto nos quería cobrar por ir a Les Mamelles, donde estaba nuestro hotel. Creo recordar que empezó la puja por 10000 CFA y bajó rápidamente a 5000 CFA. Teníamos aprendido de la guía que se podía llegar a Dakar por 3000 y Les Mamelles están más cerca, así que seguimos apretando. Al final llegamos a un lugar a la derecha según sales de la terminal dónde se concentran los taxistas alrededor de un jefecillo que lo organiza todo (un tele-taxi con una libreta). Le dijimos que queríamos pagar 2000 CFA como máximo y tras unos minutos de negociación nos pidió que esperáramos. Y esperamos. Cuando ya nos desesperábamos (la mentalidad europea no se cambia tan rápidamente) y tras insistirle varias veces, apareció el viejo Peugeot 504 negro que nos llevaría al hotel. Confirmamos con el conductor el precio del viaje, cargamos las mochilas en el maletero y nos embarcamos.

Dejamos el aeropuerto por una carretera relativamente buena, pasando por típicos barrios de las afueras de cualquier gran ciudad africana. Al llegar a les Mamelles, el conductor giró a la izquierda y se metió por una calle de tierra, sin luz y sin más gente que algunos ancianos sentados “a la fresca” en los portales de las casas. Nuria y yo nos miramos. El taxista no sabía exactamente dónde estaba el hotel, así que deambuló hasta que llegó al final de la calle y preguntó a uno de los ancianos que esperaban sentados en medio de la oscuridad. Nos habíamos pasado por unos 50 metros, ¿quien hubiera imaginado que eso fuera un hotel? Sin luces es difícil ver el cartel que indica claramente “Hotel les Mamelles”. Pagamos al taxista (2000 CFA) y entramos al hotel.

El hotel no era un 5 estrellas (ni nosotros habíamos pagado para que lo fuera), pero estaba realmente bien. El recepcionista nos atendió rápidamente (a lo europeo), nos dió la llave de nuestra habitación y nos cobró por adelantado la estancia (18000 CFA, aunque ya habíamos pagado 2000 CFA en concepto de reserva). La habitación no tenía baño, lo compartía con las demás habitaciones de la planta (el baño es de los que cuando alguien entra y cierra nadie más puede utilizarlo). Tenía una ventana a un patio interior y otra al pasillo. Todas con mosquiteras. También había una mosquitera para la cama. La cama era dura, pero la cogimos con muchas ganas. Se podría decir que el hotel en sí mismo era muy espartano, pero estaba muy limpio y cerca del aeropuerto. Me alegro de no haber reservado en Dakar, hubiera sido una locura entrar a saco en Dakar el primer día.

Gastos del día (sólo los repercutidos en CFA):
13120 CFA (comisión de cambio)
2000 CFA (taxi)
18000 CFA (hotel)

Total: 33120 CFA

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Crónica: Viaje a Senegal (II)

6/4 Llegada a Dakar

El vuelo lo operaba Iberia y la conexión con Alicante apenas hacía subir el precio unos 10 euros, por lo que elegimos esa opción y pudimos salir prácticamente desde casa. Esa es una de las pocas ventajas de comprar un billete en una compañía “tradicional” frente a una low-cost, aunque ciertamente sin las low-costs nunca hubieran dado ese paso. El vuelo, por lo tanto, salía de Alicante, hacia escala en Madrid y luego desde ahí a Dakar, parando en Gran Canaria durante unos minutos para repostar (eso dijeron, pero yo creo que bajó y subió gente).

Cogimos el vuelo de conexión en Barajas con bastante holgura y pedimos recoger las maletas y volverlas a facturar, ya que no nos fiamos mucho de este aeropuerto (cuando regresamos es distinto, si pierden una maleta tienes más ropa en casa, pero a la ida es una putada). Durante la larga espera en Barajas, nos tomamos alguna hamburguesa (1 euro), compramos algunas revistas (con guía Lonely Planet de Atenas incluida, 7 euros) y realizamos una última incursión en la farmacia (4’50 euros). A pesar de todo eso, la espera se hizo eterna.

Bien entrada la tarde, se escuchó por megafonía la llamada para el vuelo de Iberia con destino Dakar y la emoción se desató. Era nuestra primera incursión en el África negra y además en un país dónde se habla francés como segunda lengua y dónde no suelen viajar muchos españoles (en los países árabes, independientemente de si fueron francesa o inglesa, si viajan muchos españoles, casi todo el mundo termina entendiendo y “chapurreando” español). La sensación al despegar el avión es la misma que te invade cuando subes por primera vez en una nueva montaña rusa y te están remolcando hacía arriba para conseguir impulso antes de soltarte ante una emocionante sucesión de loopings y otros ingenios mecánicos. Sentí que no había vuelta atrás, reconocí que no habíamos planificado suficientemente bien el viaje y, sobretodo, sentí el respeto ante una nueva aventura, algo que no sentía desde el viaje a Perú.

Casi puntuales, a las 22:00 (hora local) aterrizamos en el aeropuerto de Dakar. Cuando llegas a Dakar te encuentras con un aeropuerto realmente pequeño. Da bastante miedo, la verdad, pero no es para tanto. Bajas del autobús que te ha acercado a la terminal y te encuentras con una larga cola para pasar el control policial. En esa zona del aeropuerto todo estaba cerrado, incluso el baño (y no controlaba suficientemente la lengua de signos como para llegar a conocer la razón). Traté de conseguir cambiar dinero allí, que parecía una zona tranquila, pero me dijeron que no era posible y que tenía que hacerlo fuera (no entendí muy bien que significaba “fuera”, si se refería a cambiar en una oficina en la propia terminal, si tenía que hacerlo en la calle o si debería ir hasta Dakar para ello… cosas de la lengua de signos). Así que esperamos pacientemente a que nos tocara nuestro turno en la cola y… ¡sorpresa! El método para elegir a quién le abren la maleta es un pulsador que con cierta probabilidad enciende una luz roja que indica si eres el elegido. A mi no se me iluminó, pero a Nuria sí, por lo que tuve que esperarla en la zona de salida. Allí la gente se agolpa contra unos separadores de cristal esperando sacar alguna comisión o llevarte en taxi a algún lugar. La zona protegida, antes de cruzar la barrera de cristal, está llena de tour-operadores con cartelitos para que los turistas borreguitos acudan al pastizal.

Entablamos conversación con uno de los guías nativos de un famoso tour-operador español (no recuerdo el nombre). Apenas hablaba español, por lo que la comunicación fue realmente complicada. Espero por el bien de los turistas que ese no fuera el guía que tenía que explicarles las maravillas de Senegal. El hombre al final nos entendió. Cuando se enteró de que queríamos cambiar dinero, enseguida llamó a un amigo que se fue a buscar a alguien. Esperamos y esperamos. Al cabo de 10 minutos o más le dijimos al primer hombre que nos íbamos, que no queríamos seguir esperando más. Primera lección de Senegal: al europeo el tiempo le mata, el africano mata el tiempo. Segunda lección de Senegal: todo funciona mediante redes de contactos. Salimos al exterior. El otro lado del cristal impresiona. A diferencia de la mayoría de aeropuertos, en el de Dakar, cuando sales de la zona de llegadas, sales directamente a la calle y si quieres coger otro vuelo o cambiar dinero tienes que volver a entrar por otra puerta. La puerta de salida está custodiada por varios policías que evitan que nadie entre por dónde salió. La gente de agobia en la salida, pero de forma mucho más conmedida que en los países del magreb.

(continua)

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Crónica: Viaje a Senegal (I)

Este viaje se desarrolló entre el 6 y el 25 de abril de 2007. Las fechas corresponden a este periodo.

Preparativos

Elegimos viajar a Senegal por el algoritmo MPNC (Menor Precio entre los No Conocidos, es decir, elegir el vuelo más barato posible entre los lugares a los que nunca hemos ido antes). El vuelo costó 425 euros por persona (2×425 = 850 euros) aunque lo compramos sólo con un mes de antelación.

No sabíamos nada de Senegal. Ni siquiera sabíamos si aquel era un lugar de safaris o no, si encontraríamos infraestructuras hoteleras o no… ¡nada! Además, sabíamos que hablaban mayoritariamente francés y nosotros no tenemos ni idea de francés. Así que íbamos a ir a la aventura.

Compramos la guía Lonely Planet de Senegal (21 euros) para ir enterándonos de que iba aquello. Decidimos que ya era hora de vacunarnos. En el viaje a Perú no pudimos adentrarnos en la selva por no estar vacunados y como para Senegal la fiebre amarilla es semi-obligatoria, pues nos lanzamos y nos vacunamos de esto, de fiebres tifoideas, de tétanos y probablemente de algo más. A lo único que dijimos que no fue a vacunarnos de rabia (aunque luego nos arrepentimos un poco). Para vacunarse hay que llamar a un centro de salud exterior (suele existir alguno en todas las ciudades grandes) y pedir cita. Conviene vacunarse como muy tarde 3 semanas antes del viaje. A nosotros nos costó 17 euros por cabeza (2×17 = 34 euros). Luego hay que ir a la farmacia y comprar unas pastillas para prevenir la malaria, endémica en estos países (12 euros). También es conveniente comprar en la farmacia un buen repelente de mosquitos, aunque dependiendo de la época del año encontraremos más o menos mosquitos (13’6 euros). Por último, también para prevenir las picaduras de mosquito durante la noche, es importante llevar una buena mosquitera (2×5 = 10 euros). Las que suelen tener en los hoteles a veces están sucias o tienen agujeros o incluso son pequeñas para la cama en cuestión, siempre es mejor llevar la propia.

A parte de lo mencionado, completamos el botiquín con lo típico que se suele llevar a un viaje de este tipo (pastillas para la diarrea, vendas, etc). Tened en cuenta que en Senegal hay farmacias en todas las ciudades, así que no hay que pasarse con el botiquín (nosotros lo hicimos y nos arrepentimos por el peso extra). Hay que llevar también linterna, se puede llevar un móvil (suele haber cobertura), ropa fresca (raro será que haga frío, llevad un polar por si acaso, pero también un bañador), se puede llevar cualquier cámara de fotos o video con total tranquilidad (excepto en ciertos lugares de Dakar), la típica bolsa de aseo, etc. Los enchufes son iguales que los de aquí y en todos los hoteles suele haber uno. Si sois de piel sensible, una buena protección solar no está de más, a nosotros no nos hizo falta.

Nosotros reservamos una noche de hotel en Dakar. Nuestro vuelo llegaba tarde, casi a la hora de dormir, así que buscamos en hostelz.com y elegimos un hotel que estuviera relativamente cerca del aeropuerto y que no fuera demasiado caro. Así y todo, fue el hotel más caro en el que estuvimos.

Antes de ir no hicimos nada más, no teníamos nada más que ese hotel y ni siquiera sabíamos la ruta que seguiríamos. Queríamos ir en el barco que va de Dakar a la Casamance, queríamos visitar San Louis y el Sine Saloum y, si teníamos tiempo, queríamos dejarnos caer por el País Bassari. Pero ni teníamos ruta, ni habíamos reservado hoteles, ni nada. Esa falta de planificación nos hizo vivir lo mejor y lo peor del viaje.

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Viaje a Castilla León (y IV)

Día 19. El final

El desayuno en el albergue estuvo muy bien, parecido al de “Los Amigos” de Madrid. Una de las cosas más positivas del albergue es que tiene parking propio, por lo que nos sentimos muy seguros guardando nuestras cosas en el maletero del coche mientras visitábamos la ciudad.

La visita a la ciudad se prolongó hasta las 16:00. Tampoco da para más. Lo importante en Ávila son las murallas, por lo que no sería perdonable no subir a visitarlas. Cuesta 3 euros, pero con carnet de estudiante lo sacas por la mitad. Puedes pasar hasta 2 horas visitándolas, buscando el mejor ángulo para las fotos, subiendo a todos los torreones; aunque también puedes liquidarlo en 20 minutos si vas con prisas. Comimos en un lugar muy recomendable justo al lado de una de las puertas principales de entrada de la muralla: Siglo Doce. No es precisamente barato, pero se come estupendamente.

El viaje de regreso fue realmente desesperante. Salimos de Ávila con poco tráfico hasta llegar a la circunvalación de Madrid. Allí por hacer caso a las indicaciones de las señales fijas y no a la ruta que nos proponía la guía Michelín, perdimos media hora. Eso no era nada, al llegar a la A3, a las mentes pensantes de la DGT (esos que colocan señales por doquier diciendo que instalan radares por nuestra seguridad) no se les ocurrió otra idea que añadir un carril extra de entrada a Madrid, dejando la salida con sólo 1 carril. Nadie circulaba por el carril adicional (todavía no lo habían abierto), en el sentido de entrada a Madrid los coches circulaban fluidamente, pero nosotros estábamos colapsados, parados durante 30 kilómetros. ¿Que pasa? ¿Que la gente que no regresa a Madrid desde las zonas de playa no tiene derecho a existir? En fin, muchas gracias a la DGT por alegrarme el final de las vacaciones.

Resumen

No hay que perderse:
– Las medulas
– Puente de Hospital de Orbigo
– Castrillo de los Polvazares y Murias de Rechivaldo
– La gastronomía en general
– El camino de Santiago (ir a verlo, sólo para saber si realmente quieres hacerlo, a mi se me quitaron las ganas)
– Las ciudades de la zona: Astorga, León, Zamora, Salamanca y Ávila

Los albergues

Los amigos backpackers Madrid
Nosotros ya somos repetidores en este albergue. Esta en todo el centro de Madrid, justo al lado de la puerta del sol y de la estación de Opera. Vale la pena venir solo por eso. Luego, a parte tiene el ambiente de los grandes hostels de mochileros de Europa, con su cocina, sus zonas comunes, etc. Muy recomendable. El precio suele estar sobre los 15-17 euros. Internet de pago.

Albergue “Siervas de Maria” en Astorga
El nombre acojona, pero no es para tanto. Creo que solo se puede pernoctar si estas haciendo el camino y tienes la credencial. Supongo que a nadie le tengo que explicar lo fácil que es saltarse ese trámite. El precio lo desconozco, pero creo que esta sobre los 4 euros. Las habitaciones están repletas de literas y los baños son mixtos y escasos. Hay libre disposición de cocina. Internet wifi gratuita.

Albergue Municipal de Villadangos
Esta bien, aunque es mucho más rudimentario de lo que suele estar acostumbrado el backpacker medio: las literas tienen 3 pisos (no lo había visto hasta ahora), la cocina está en un pasillo, hay 2 duchas y 2 WC para todo el albergue, etc. No pude alojarme allí, así que no lo puedo recomendar, pero supongo que la noche será como la de todos los albergues de peregrinos: toque de queda a las 23:00, silencio a las 22:00 y agitación máxima entra las 6 y las 7 de la mañana. Barato, en plan donativo de 4 euros y tienen un ordenador con Internet gratis durante 15 minutos (no wifi).

Albergue HI Duperier de Ávila
Muy bueno. El único fallo es que no está en el centro histórico. Está situado en un complejo deportivo a 10 minutos andando del centro. Sólo funciona en verano, ya que hace de residencia universitaria durante el curso académico. Te puedes alojar en una habitación doble o en una individual. Las individuales no disponen de baño privado, pero las dobles sí. Esta limpio y el personal es muy amable (al menos con las 3 personas con las que interactuamos). Dispone de parking dentro del complejo y no hay reglas estrictas de entrada y salida (hay siempre alguien en la puerta). Da mucha sensación de seguridad. La comida no la probamos, pero cabía la posibilidad de reservar en media pensión o pensión completa. Nosotros reservamos en régimen de alojamiento y desayuno y, ciertamente, el desayuno no estaba nada mal. El precio con carnet de alberguista y menor de 30 era de unos 9 euros.

Gastos

Nosotros no nos gastamos nada, pero un presupuesto medio (sin ratonear) seria:
– Comidas: Un menú del día cuesta entre 8 y 10 euros, ir de tapas puede salir por unos 6 o 7 euros.
– Alojamiento: En la zona del Camino de Santiago, los albergues suelen costar sobre los 4 euros pero hace falta tener la acreditación; los albergues no cuestan más de 20 euros en ningún caso (a veces pueden costar 10).
– Transporte: Depende de como te muevas: andando es gratis; en bus y tren los precios son los habituales en España; en coche depende del vehiculo y del precio del combustible.
– Otros: Las entradas en museos, templos de culto y demás no suelen costar más de 3 o 4 euros; la mayoría ofrece mitad de precio con carnet de estudiante.

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Viaje a Castilla León (III)

Día 17. Astorga

Al fin nos decidimos a conocer Astorga. Después de tantos días durmiendo aquí, el último lo dedicamos a la ciudad que nos acoge. Tenemos una audio-guía de la ciudad (cuidado, la página sólo funciona con Internet Explorer) y el mapa del centro con el recorrido marcado que hacen los peregrinos. Empezando en el albergue y con el móvil haciendo de audio-guía, nos lanzamos a conocer la ciudad. Visitamos todo lo visitable excepto la catedral de donde nos echan literalmente por ser las 12 del mediodía.

La mala organización del evento, hace que tengamos que ir a Villadangos sólo a comer, para luego regresar a trabajar en Astorga. En fin, no me quejare ya que me sale barato. Después de la siesta y el trabajo, tenemos que regresar a Villadangos otra vez sólo para cenar.

Día 18. El triplete

La idea era levantarse pronto e ir hacia Ávila donde habíamos reservado una noche de albergue parando en Salamanca para comer y visitarla. Así fue, pero pasamos tan cerca de Zamora que no nos pudimos resistir.

Llegamos a Zamora y dejamos el coche todo lo cerca del centro que pudimos (todo zona azul). Caminamos 5 o 10 minutos hasta encontrar una tourist info que nos dio un mapa y nos indicó por dónde ir. Básicamente Zamora consiste en una calle en la que vas visitando templos de culto, edificios y plazas interesantes a ambos lados. Nos unimos a un grupo de visitantes y así conseguimos que una chica nos explicara todo lo que veíamos (no sabemos si la gente del grupo había pagado o no). Se nos hizo un poco tarde y cometimos el error de querer ir a Salamanca sin comer.

Salamanca está a menos de una hora de Zamora. Llegamos desmayados y entramos en el primer restaurante a precio razonable que encontramos: Casa Paco. Muy buena comida a buen precio. Teníamos poco tiempo para visitar Salamanca ya que al albergue de Ávila no podíamos llegar después de las 21:00. Rápidamente nos dirigimos a la plaza mayor y conseguimos un mapa en la oficina de turismo. Visitamos lo más importante (Casa de las conchas, Universidad, Catedral, etc). Teníamos una audio-guía de Salamanca que nos ayudó a entender lo que veíamos, aunque no la llegamos a escuchar entera por falta de tiempo. A las 18:30 salimos corriendo hacia Ávila.

Ávila está a una hora y poco de Salamanca. La estampa de la ciudad nada más llegar es simplemente impresionante. Es una ciudad que ha conservado perfectamente las murallas defensivas. El albergue Profesor Arturo Duperier no fue excesivamente complicado de encontrar. Está situado en un polideportivo municipal y durante el curso académico es utilizado como colegio mayor. El precio es realmente bajo (menos de 10 euros con desayuno incluido) y las habitaciones no están nada mal (dobles con baño en suite). En este albergue se me ocurrió una nueva forma de comentar los albergues y hoteles donde pernoctemos: grabando en video las instalaciones y comentándolas. Cuando tenga preparado el primer video lo subiré a youtube. La ciudad de Ávila no tiene nada de especial excepto sus murallas. Seguro que sus habitantes dirán que tiene cientos de iglesias, monumentos, etc. pero la verdad es que la saturación después de visitar Zamora y Salamanca en el mismo día no te permite apreciar todo lo que te puede ofrecer.

Tratamos de asistir a las escenas teatralizadas que se hacen en la muralla, pero las entradas estaban agotadas. Estábamos cansados. Decidimos cenar temprano en un bar de tapas (como siempre muy buena relación calidad/precio y cantidad/precio) y pasear tranquilamente hasta el albergue (que está un poco alejado del centro, 10 minutos andando).

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Viaje a Castilla León (II)

Día 13. Ponferrada y las Medulas

Ya que Nuria no tenia que trabajar el lunes decidimos hacer una excursión un poco larga (en realidad no tanto, menos de una hora en coche). Fuimos a Ponferrada y visitamos el centro histórico y su castillo (mitad de precio con carnet de estudiante). Nos congelamos de frío toda la mañana. No hay mucho que ver, pero está bien para lanzarse a hacer unas cuantas excursiones como la del Valle del Silencio o la de las Medulas. Comimos allí y decidimos hacer la excursión a las médulas por unas carreteras estrechas y sinuosas (aunque no peligrosas). Un paisaje realmente bonito.

Las Medulas son un paraje natural impresionante. Vale la pena caminar por sus senderos y explorar las galerías de su cueva encantada (lástima no haber traído una buena iluminación para entrar más adentro). Esta es una excursión muy recomendable si vais por los alrededores. En total estuvimos allí unas 5 horas. Regresamos directamente a Astorga a la hora de cenar. Repetimos en el bar de la noche anterior.

Día 14. Primer día de trabajo

En este día no hicimos nada. Nos levantamos tarde y fuimos a Villadangos a organizar el trabajo. Paseamos por el pueblecito (que no tiene nada), pero poco más. Comimos gratis un menú del día en el restaurante concertado (restaurante Libertad de Villadangos). Todo muy bueno por 8’50 euros (aunque nosotros no pagábamos). Después fuimos a trabajar un poco, interrumpiendo la siesta. A las 20:00 terminamos y fuimos a Hospital de Orbigo en coche (siguiente pueblo interesante según la ruta Xacobea) para visitar su famoso puente y su casco histórico. Cuando nos cansamos regresamos a Villadangos a cenar.

Día 15. Alrededores de Astorga

Queríamos ir a León, pero nos levantamos exageradamente tarde. Decidimos cambiar la excursión por la de Castrillo de los Polvazares y Murias de Rechivaldo. Se trata de dos pueblecitos por dónde pasa el camino de Santiago que todavía conservan las casas de piedra y las calles empedradas. Se encuentran a pocos kilómetros de Astorga (3 y 5 km respectivamente), por lo que es realmente interesante visitarlos si se pasa por Astorga. La visita no nos lleva más de 1 hora y media. Se pone a llover (ya era extraño que no hubiera llovido en todo el tiempo) y eso nos hace renunciar a quedarnos más tiempo por allí.

Vamos a Villadangos a comer. El menú de hoy, por ser festivo supongo, ha subido a los 12 euros, pero a cambio en la carta se incluyen los gigantescos entrecot y las chuletas que nos comemos. Salimos reventados de allí, con ganas de siesta, así que regresamos rápidamente a Astorga para reposar tan sabrosa comida. Luego hay que volver a trabajar…

Después de la respectiva siesta y trabajo, teníamos poco tiempo para ir a pasear, así que decidimos ir directamente a cenar. Dimos unas cuantas vueltas y terminamos donde siempre.

Día 16. León

Nos levantamos pronto, esta vez sí. A las 8:30 ya estábamos en el coche camino de León. Llegamos al centro urbano y aparcamos dónde pudimos (está complicado, todo es zona azul). Hicimos la visita de cortesía a la tourist info para conseguir el mapa y nos recorrimos todo el trazado principal en menos de 2 horitas. Lo vimos todo rapidamente y luego callejeamos por una calle comercial de León. Es realmente curiosa la habilidad que puede desarrollar el mochilero para discernir que es interesante y que no. Lo malo es que a veces el algoritmo falla, claro 🙂

Nos hubiéramos quedado a comer en León, pero con lo bien que nos trataron ayer en Villadangos, no les íbamos a hacer un feo. Así que fuimos allí a comer. Hoy no se empezaba a trabajar hasta las 6 de la tarde, así que después de comer nos fuimos a Astorga a hacer la siesta y luego volvimos. La mayor parte del trabajo estaba hecha, así que a las 19:30 ya habíamos terminado. Decidimos ir a andar un trozo del camino.

El tramo que andamos (de 4 o 5 km de ida y otros tantos de regreso) era aburrido, fácil y estresante. No me imagino así 15 o 16 días, sería para volverse loco. Y sin embargo, la mayoría de tramos del camino parece que son así. Se trata de un camino de tierra y piedras paralelo a la carretera (N-120), totalmente llano y sin apenas vegetación (campos de cultivo a ambos lados de la carretera). Me parece a mi, que hacer el camino de Santiago sólo puede estar motivado por una profunda fe religiosa o mística o lo que sea, pero, desde luego, vaya decepción. Todo esto lo digo con el poco conocimiento que he adquirido estos días. Supongo que no todo el camino va a ser así, pero es lo que parece. Además, un chico de Bilbao nos dijo que el camino del norte tenía todavía más carretera… ¡pues vaya! Eso sí, las infraestructuras alrededor del camino son fantásticas, hay albergues en abundancia, muchos lugares para comer, la ruta está bien marcada, todos los pueblos tienen sus pequeñas “atracciones turísticas” bien delimitadas y marcadas, te proporcionan mapas detallados… Eso a la hora de recorrer un GR no lo tienes, y aunque un GR te proporcione otros atractivos, se ha de reconocer que el “camino” es accesible a todos los públicos.

La cena fue en Villadangos ya que estábamos por allí. Luego a “casa” y a acostarnos prontito (se te pega el ritmo del peregrino).

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