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Es el sitio más surrealista de Birmania y de todo el sudeste asiático; un lugar único, diferente, intrigante, que debes visitar cuando vayas a Yangon.

Birmania, 18 de agosto de 2016


Fue una de las primeras cosas que nos contaron nuestros amigos Paco y Miguel cuando volvieron de su viaje a Birmania hace más de un año. “Es el sitio más surrealista de Birmania” nos dijeron… y no se quedaron cortos.

El lugar se llama Lion World, pero ojo, hay dos Lion World, uno es este bar-restaurante-espectáculo-lugar-surrealista que ahora explicaré y el otro es un sports bar con terraza. Ambos están muy cerca el uno del otro. El Lion World que hay que visitar es el que está en la calle 24, entre Anawrathta Road y Maha Bandoola, muy cerca del centro.

Está en un primer piso, escucharéis música que viene de arriba. Subid unas escaleras y os plantaréis ahí. Esperad a que un camarero os siente o dirigíos directamente a una mesa.

Lamentablemente solo tenemos una triste fotografía del lugar tomada clandestinamente, ya que estaba prohibido hacer fotos.

Las mujeres de las pasarelas de yangon

El surrealista y extraño lugar que nos recomendaron visitar en Yangon

Resumiéndolo mucho, se trata de un bar-restaurante que está montado en el balcón de un centro comercial en la zona de ‘juerga‘ nocturna de Yangón.

Cuando llegas, te encuentras con una especie de restaurante a lo largo del generoso balcón. Desde la puerta hasta la barandilla no hay ni 5 metros, pero si miras a izquierda y derechas te das cuenta que longitudinalmente hay más de 60 metros.

Justo en el medio hay una pasarela central con mesas a ambos lados. La pasarela está formada por cajones con unas tablas de madera clavadas. En las mesas la mayoría son hombres solos, hombres en pareja y en grupo mirando el espectáculo. También se ve alguna familia, contribuyendo más si cabe al surrealismo, pero hay pocas mujeres en general.

Casi todos beben cerveza, algunos también whisky y agua… todo a la vez.

El ambiente es similar al de una boda a las 2 de la madrugada, cuando las luces de colores siguen dando vueltas, la música distorsionada a todo volumen ya huele a rancio y nadie baila porque todos están esperando la hora de irse de allí.

Nos sentaron en una mesa cerca de la salida, a medio camino entre el inicio de la pasarela y la cocina. Todas las mesas y sillas están encaradas hacía el inicio de la pasarela, donde hay un pequeño escenario en el que una chica canta un tema birmano. Las luces siguen girando descontroladas, sin compaginarse de ningún modo con la música.

La pasarela y el escenario están a pocos centímetros del público y no levantan más de 40 centímetros del suelo.

Nos fijamos en que junto al escenario, en un perchero, hay colgadas varias boas, por lo que imaginamos que alguna vedette saldrá en algún momento a ofrecer su espectáculo. Pero no fue así y más tarde nos dimos cuenta que las supuestas boas, en realidad estaban hechas de serpentinas de navidad.

Hace calor, mucho calor, por lo que cada mesa tiene arriba un ventilador en el techo que el camarero enciende en el momento en el que viene a entregarnos la carta.

Los camareros visten con camisa blanca, pantalón negro y pajarita. De los casi 20 días que llevamos en Birmania es lo más elegante que hemos encontrado y contrasta bastante con el espectáculo que estamos presenciando.

La cantante termina su actuación. Nadie aplaude. La música para durante unos segundos, pero acto seguido, entra un músico que con un teclado electrónico empieza a tocar una melodía oriental.

Con una gran sonrisa, nuestro camarero toma nota de lo que queremos cenar y se va a pedirlo a la cocina. Vuelve 3 minutos más tarde diciéndonos que no tenía uno de los platos. Nada nuevo bajo el sol.

La música para, el músico se va y vuelve a sonar una música a medio camino entre Chimo Bayo y el hilo musical de los restaurantes chinos. Aparecen en el escenario cinco chicas con ropa de calle occidental: una con una camiseta de Superman, otra con unos vaqueros rotos, una lleva una camiseta con rajas en la espalda, otra va en mallas… Pero todas con tacones, plataformas y perlas.

Las chicas, por turnos, desfilan en la pasarela, la recorren desde el escenario hasta la punta final donde se dan la vuelta y regresan para darle el relevo a su compañera. Cuando las cinco han desfilado individualmente, vuelven a realizar el mismo recorrido, pero todas juntas.

Sus caras lo dicen todo. Ni una sonrisa, el rictus serio, más pendiente de no caer de la pasarela que de ofrecer una falsa imagen de felicidad que no parece que sientan.

Nos traen la cena justo al final de este primer pase de modelos. Ni un aplauso, ni un gesto.

Mientras comemos vamos entendiendo cómo funciona esto. Unas chicas desfilan, otras chicas cantan. Y no hay nada más que esta repetición variando la ropa y las canciones durante toda la velada.

De vez en cuando a una actuación se suma un espontáneo que sube a la pasarela, canta un tema, se pone una boa, se la pone a la cantante y luego baja y vuelve a su sitio. Casi al final de nuestra cena sube un hombre de unos 30 años, con un aire a Will Smith, toma el micrófono y empieza a cantar. Lleva pantalones pirata, chanclas y camisa a rayas. Contrasta en cierta medida con la mayoría de hombres en la sala que visten el longyi tradicional.

En mitad de su actuación estelar se le cae el micrófono de lo borracho que estaba. No es el único, hay varios clientes solitarios totalmente borrachos que en varios momentos están a punto de caer de la silla.

Éramos los únicos occidentales en el local. Ese no es un lugar frecuentado por turistas. El improvisado cantante, que se había fijado en nosotros mientras soltaba gallos a diestro y siniestro, terminó su actuación y se acercó a nuestra mesa a saludarnos. Confirmamos que estaba totalmente borracho. Nos pregunta si nos ha gustado mientras nos estrecha la mano con una fuerza inusitada. Nos pregunta si queremos subir a cantar con él y se parte de risa cuando le decimos que no. Todo muy normal.

Mientras tanto, un hombre que había salido, vuelve y trae 3 manzanas para sus amigos y se sienta con ellos. Beben whisky mientras se comen las manzanas.

Un borracho solitario se levanta de su mesa y se sienta en la mesa de detrás dónde habían otros dos hombres algo menos borrachos. Entablan conversación y piden otra ronda.

La cantante sigue lanzando gritos con una boa al cuello, mallas y zapatos de plataforma de 12 centímetros.

Llega el plato fuerte. Salen cinco artistas a cantar y bailar, cada una espera pacientemente su turno haciendo palmas a la que canta en ese momento. Descoordinación total y falta de ganas. Es tan patético que resulta cómico.

En ese momento, otro cantante espontáneo trata de cruzar la pasarela de un salto, pero está tan borracho que tropieza y cae de morros contra una mesa cercana a la nuestra.

Dos minutos más tarde una cantante sale y se sienta en una mesa con tres hombres, todos con el traje tradicional y de unos 50 años. Charlan, sonríe por primera vez en toda la noche y se va.

Otra cantante baja y charla con un cliente solitario. A los 5 minutos se levanta y va a otra mesa con el borracho solitario que se había cambiado de mesa. El resto de “amigos” se van a otra mesa y les dejan solos.

Nuestra dosis de surrealismo está completa durante un tiempo. Pedimos la cuenta. 6000 kyats.

 

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