Así son las camas de masaje, no hay separación física entre ellas, por lo que a veces las masajistas se ponen a charlar unas con otras, se distraen, etc. pero aún así el masaje es bueno y vale la pena apoyar esta iniciativa.

El día que me quisieron dar un masaje con final feliz

Soy muy fan de los masajes. Siempre que existe la posibilidad de conseguir un masaje económico me gusta ir a relajarme al menos una vez por semana. En Tailandia o en Bali es muy habitual por motivos tradicionales que existan lugares de masaje a precios muy bajos cuando te sales de la zona turística. Son sitios de masaje orientados al público local, no a extranjeros. En otros países como China, no conseguí entender cómo funcionaban los sitios de masajes y me los perdí 🙁 pero también hay tradición de masajes.

Sin embargo, el pasado mes de abril, durante el viaje a Vietnam, tuve una experiencia que jamás antes había vivido: fue el día que trataron de darme un masaje con final feliz.

Estábamos en Can Tho. Habíamos pasado allí 4 noches y nos conocíamos bien casi toda la ciudad. En paseos en días anteriores habíamos visto que había varios lugares donde se ofrecían masajes a buenos precios, mucho mejores que los precios ofrecidos en Ho Chi Minh (por debajo de los 100.000 VND, 4 euros). Este tipo de sitios de masaje eran negocios mixtos, dónde además de los masajes se ofrecían servicios de estética, como pintado de uñas o cortes de pelo.

Ya tenía visto un negocio de estos que era de los pocos que abrían hasta tarde, ya que mi idea era ir el último día en Can Tho justo antes de cenar. El lugar estaba en una callejuela del barrio chino y cuando pasamos por primera vez parecía un sitio limpio y legal dónde además de los masajes te podían dejar unas uñas “divinas” 😉 El caso es que cuando fuimos por segunda vez, las dos chicas que atendían el negocio estaban ocupadas con unas clientas y no nos hicieron ningún caso. Fue imposible comunicarnos en inglés con ellas ya que no hablaban nada de la lengua de Shakespeare. Decidimos esperar un rato y ver si cuando terminara con las uñas de una de las clientes nos hacía más caso, pero entró una pareja de vietnamitas a los que empezaron a atender y sobre los que volcaron toda su atención. Decidimos que no tenía sentido seguir esperando y nos fuimos a cenar.

Tras la cena, decidimos pasear por la avenida del puerto de Can Tho y no recuerdo muy bien porqué, nos desviamos por una calle perpendicular y terminamos llegando a un local que anunciaba masajes a 100.000 VND con neones rojos. Inocentemente preguntamos cuanto tiempo duraba el masaje y nos dijeron que 45 minutos, lo cual no me gustó demasiado ya que normalmente son de una hora. Como era tarde y la alternativa era irse sin masaje, aceptamos la rebaja de 15 minutos.

El chico que nos atendió me preguntó que si era para uno o para dos el masaje. Le respondí que solo para mi e inmediatamente me pidió que pagara. Eso ya me mosqueó un poco y debí haber pensado mal, pero era mi primer masaje en Vietnam y no conocía “el protocolo”. Pagué y tras un par de minutos de espera vino una chica y me dijo que la siguiera. En realidad, ella no me dijo nada, me lo dijo el chico al que le había pagado porque ella no hablaba nada de inglés.

El local tenía una planta baja con una especie de sala de espera con sillas y un mostrador dónde siempre había un remolino de gente yendo y viniendo y, separado por una cortina, otra sala de espera dónde estaban las masajistas que no tenían trabajo jugando con sus móviles. Unas escaleras subían a la zona de masajes. En ese primer piso había unas cabinas individuales dónde apenas cabía una camilla en cada una y cuyo muro de separación consistía en una mampara de no más de un centímetro de espesor.

Al llegar a la cabina, la chica me dio una toalla y me dijo algo así como “change” que entendí más por el gesto que por su pronunciación. Ella se salió y yo me enrollé en la toalla y me senté en la camilla a esperar a que entrara. Cuando regresó traía una bandeja con los aceites de masaje y me pidió que me tumbara boca abajo. Empezó a embadurnarme los pies y las piernas mientras realizaba un masaje tipo “oil massage” tailandés, pero con muy poca fuerza. Continuó igual por la espalda y los hombros. Finalmente, antes de empezar por la otra parte, se subió a la camilla de pie y caminó sobre mis piernas, culo y espalda dando pequeños saltitos en zonas estratégicas que me hicieron crujir las articulaciones. La verdad es que esa última maniobra estuvo muy bien.

Luego me pidió que me diera la vuelta. Hasta ahí todo había transcurrido de manera normal, igual que en tantos y tantos precedentes en otros países. En un principio tampoco hubo nada raro, empezó a masajear las piernas y luego pasó a los brazos. En ese momento, balbuceó algunas palabras ininteligibles. Yo suelo relajarme mucho en los masajes y cierro los ojos, por lo que debió pensar que no le había hecho caso ya que no sabía si se dirigía a mi o si pensaba en voz alta… ¡Yo que voy a saber! ¡Si cuando estuve recibiendo el masaje de las presas de Chiang Mai no paraban de hablar entre ellas! Pero no, se refería a mi, no había nadie más en la sala y me di cuenta de que el tema iba conmigo cuando levanto la voz y se le entendió un “my friend“. ¿Ese era yo? Abrí un ojo mientras arqueaba una ceja al más puro estilo Carlos Sobera y ella, que estaba ahí dándole a mi brazo, sonrió, soltó una de sus manos e hizo un gesto que no comprendí mientras decía palabras que yo creí que eran vietnamitas. Algo así como ‘viuapiand?’.

No sabía que quería decirme, así que le sonreí, moví negativamente la cabeza y volví a cerrar mi ojo entreabierto. Cambió de brazo y volvió al ataque. “My friend, my friend, viuapiand?“. ¿Pero que viuapiand ni que leches? Volví a sonreír y le dije que no la entendía encogiéndome de hombros. Y entonces hizo un gesto que sí entendí. Con la mano entrecerrada la agitó arriba y abajo. Como si descubrir el significado de aquél gesto me hubiera otorgado el don de lenguas, entendí qué significa eso de viuapiand: me estaba preguntando ‘you happy end?‘.

Qué cara le debí poner para que sin decir nada dejara de preguntar. Casi de inmediato dejó el masaje en el brazo y pasó a la cabeza. De pronto, dijo “end, change” y se salió del cubículo. Me cambié y volvió a aparecer diciendo una palabra que sí se sabía muy bien “tip“. Le expliqué con gestos que no tenía nada, que el dinero lo había dejado abajo con Núria. Con todo el rollo de la proposición indecente me había descentrado, me parecía que el masaje había sido corto, pero como habitualmente suelo elegir los de una hora, quizás los 15 minutos de menos y el final abrupto me habían hecho pensar que era más corto de los 45 minutos pactados. Bajamos las escaleras con la musiquilla: “you tip, tip my friend“.

Al llegar a la sala de espera Núria me preguntó “¿ya?”. Yo le dije que sí, que me había parecido corto mientras que buscaba algo de dinero para darle su ‘tip‘. Pero Núria miró un mensaje que le había llegado nada más llegar y descubrimos que el masaje no había durado ni 30 minutos. Siendo así, dije que ni ‘tip’ ni ‘tap’, nos levantamos y nos largamos. Como era obvio el muchacho que sí sabía inglés y otra amiga del muchacho que también dominaba nuestro idioma en común vinieron para preguntarnos si no había ‘tip’. Otra mirada fulminante de esas que cierran una negociación, mientras señalaba el reloj y gritaba ‘30 minutes‘ y la chica no tardó ni medio segundo en darse la vuelta y volver a su trabajo sabiendo que allí no había nada que rascar.

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Publicado por

Ivan

Si tuviera que explicar de dónde me viene la pasión por viajar, probablemente hablaría de un atlas cartográfico que me regalaron mis padres unas navidades. Me aprendí ese libro casi de memoria. Recorría en sueños lúcidos países, montañas y mares. Fue, sin lugar a dudas, mi primera referencia viajera con 10 años de edad. Luego tardé bastante en empezar a convertir en realidad aquellos sueños. Mis primeros viajes empezaron durante mi etapa universitaria. Eran pequeños viajes a lo largo de la península ibérica que solían durar 2 o 3 días. La causa principal de no viajar antes fue el asunto económico y no haber encontrado entonces ninguna referencia que me explicara que para viajar no hace falta dinero. Quizás de ahí me venga la pasión por explicar que se puede viajar sin apenas dinero. Los viajes de verdad empezaron cuando conocí a Núria y empezamos a viajar juntos. Tuvimos que pasar primero por el amargo trago de viajar en grupo para darnos cuenta que eso no era lo nuestro. Luego empezamos a viajar por libre y nos dimos cuenta de todo el tiempo que habíamos perdido. Más tarde nació Apeadero, primero como forma de volcar todo lo aprendido y todo lo vivido para ayudar a que otras personas pudieran aprovecharse del conocimiento adquirido. Vimos que a mucha gente le interesaba y le era útil nuestro "Apeadero" y fuimos transformando cada vez más el blog en una herramienta útil para los viajeros. Ahora mismo, me encuentro inmerso en el mayor proyecto viajero de mi vida: la Vuelta al Mundo en Tren que me llevará durante todo el año 2017 a viajar por los 5 continentes en el medio de locomoción que dio nombre a este blog: el tren.

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