Crónica: Viaje a Senegal (VII)

9/4 Parque de Djoudj

Nos levantamos muy pronto. Esta noche habíamos descansado mejor, sin fiestas en la calle ni ratas en la habitación. Desayunamos y le dijimos al propietario del albergue que nos quedaríamos una noche más (8000 CFA). Teníamos que encontrar un teléfono público para llamar al taxista; podíamos haberle llamado desde nuestro móvil, pero nos asustó lo que podía costarnos la broma. No es fácil encontrar un teléfono en Saint Louis. Después de buscar y buscar un locutorio, entramos al albergue que el primer día nos había dicho que no tenía habitaciones y le preguntamos al propietario si tenían teléfono. Nos dijo que sí y nos permitió usarlo. Nos cobró 100 CFA por una llamada de un par de minutos.

Quedamos con el taxista en la puerta de nuestro albergue. El hombre del día anterior apareció sonriente. Debía estar contento con el negocio que iba a hacer. Nos abrió la puerta, subimos e inició la marcha. Nada más cruzar el puente que une la isla con el continente, el taxista paró en una gasolinera y nos pidió 5000 CFA para poner gasolina. Nuria y yo nos miramos, ¿cómo que había que darle por adelantado la mitad del total? Nos pareció extraño y empezamos a hablar con él. Nos dimos cuenta entonces que él esperaba que le pagáramos 35000 CFA por los dos. Le explicamos que el día anterior habíamos quedado de otra forma y que no estábamos dispuestos a pagar más. Pero mientras lo decíamos nos ibamos dando cuenta de que el “pescador” nos había engañado. ¿Para que nos engañó con eso? Si ya no le hacía falta, había conseguido su bote de Nescafé… Entendimos entonces que teníamos que ir con pies de plomo y no confiar en la gente que te quiere comer la cabeza. Bajamos del taxi y le dijimos que no iríamos. El hombre se rió y se quedó en la gasolinera llenando el deposito.

Estábamos desesperados. Queríamos ir a Djoudj, ya nos habíamos hecho a la idea de que iríamos y hubiera sido un duro mazazo no poder ir. Cruzamos con prisas el puente para regresar a la isla. La tarde anterior alguien nos había ofrecido ir al parque, así que con un poco de suerte lo encontraríamos y nos podría llevar. Pero no hubo suerte, no estaba. Por si sonaba la flauta, preguntamos a un grupo de turistas que iban a visitar el parque en autobús, pero su guía nos explicó que estaba completo. La desesperación y el enfado nos llenaban. En ese momento todavía no habíamos aprendido como funcionaba la economía senegalesa, pero no tardaríamos en tener una nueva demostración. El vendedor de la tienda al que le compramos las pulseras el día anterior se acercó a ofrecernos algo. Le explicamos que no podíamos ver su tienda ahora, ya que estábamos buscando como ir al parque. “¿Al parque de Djoudj? Yo conozco a alguien”. Llamó a un amigo que se acercó a hablar con nosotros. Negociamos un precio por todos los servicios (guía, taxi, entradas al parque y paseo en piragua). Todo a pagar al regreso para que no hubiera posible trampa. Conseguimos la excursión completa por 35000 CFA para los dos. El mediador este no tenia taxi, así que tuvo que ir a contratar a un taxista al cual le pagaría parte, igual que al tendero que le avisó al cual le pertenece una pequeña comisión. Él mismo haría de guía.

Tuvimos que esperar 10 minutos a que apareciera un taxi. Nuria y yo nos montamos en la parte de detrás, delante iba el conductor y nuestro guía. Durante el trayecto no hablamos demasiado. Nos dedicamos a contemplar la sabana senegalesa. Circulábamos por caminos de tierra dignos del rally París-Dakar, levantando una estela de polvo a nuestro paso. Pasamos por poblados perdidos, dónde la gente todavía viste las ropas tradicionales y viven en cabañas hechas de paja y ramas de árboles. El calor era intenso, pero a esas horas todavía no llegaba a quemar. El suelo en esa parte de África tiende a crear unas ondulaciones que dificultan la circulación ya que los coches, que tienen las suspensiones destrozadas, aún avanzando a poca velocidad, tienden a dar pequeños saltitos muy incómodos para sus ocupantes. Por ello, el taxista se salía continuamente de la pista para encontrar aquellas zonas menos “rizadas”.

Llegamos a la reserva y tras pagar la correspondiente entrada y avanzar hasta la laguna, nuestro guía nos dijo que bajáramos del coche y esperáramos a la siguiente embarcación. El sol empezaba a dar fuerte, así que nos protegimos debajo de un gran camión que usan los hoteles para traer a los turistas. Al rato vino un gran bote de madera con un pequeño motor en el que subimos unas 20 personas, cada uno con nuestro chaleco salvavidas. La embarcación avanzó lentamente, mientras un guía explicaba en francés todo lo que se podía ver tanto en las orillas como en el agua. Nuestro guía traducía al castellano todo lo que iba explicando el otro guía. Vimos jabalís, vacas, cigüeñas, cocodrilos… muchas especies, pero en poca cantidad. Según nos explicó el guía habíamos llegado justo en el último mes en que está abierta la reserva, las aves ya se habían marchado hacía Europa y no volverían hasta dentro de medio año, cuando el parque volvería a abrir. Desde luego, viéndolo en perspectiva no creo que valga la pena visitar este parque en este mes. Puedes ver lo mismo en otras partes de Senegal sin demasiado esfuerzo. Aunque si llegas a Saint Louis y no tienes mucho tiempo, quizá sí que resulte interesante, pero sabiendo que es lo que vas a ver.

Durante la parte final del viaje en barco por la reserva, estuvimos hablando con nuestro guía. Nos contó como había aprendido Español, cómo vivía la gente en Senegal y el drama que suponía el dejar el país para ir a buscarse la vida en Europa. Hablamos sobre la visión a ambos lados del estrecho, sobre las expectativas que suelen tener los jóvenes senegaleses y sobre el trato que reciben al llegar. Fue una charla realmente interesante.

El regreso del parque fue bastante monótono. Estábamos algo cansados y además el calor ya era insoportable. Circulábamos por mitad de un desierto, sin aire acondicionado y con las ventanillas bajadas para no tragar polvo. Aunque fuimos casi todo el trayecto dormidos, pudimos ver una imagen que se nos quedó grabada: una familia o varios miembros de una misma tribu, todos con sus trajes típicos, caminaban por mitad del desierto protegidos por una sábana blanca que sujetaban por sus 4 puntas a modo de toldo móvil. Lástima que no nos diera tiempo a sacar la cámara.

Llegamos a la ciudad a medio día, a punto para comer. Pagamos al guía y nos despedimos. Para no perder las buenas costumbres, fuimos a comer a “La linguere” (5000 CFA) y luego fuimos a dormir un rato al hotel.

Nos despertamos realmente tarde. Tanto que nos volvimos a perder la llegada de los marineros al puerto. Deambulamos por la isla un rato hasta que nos sentamos en un bar a tomar un aperitivo. Era una especie de bar-musical,
dónde por las noches solía tocar un grupo de música folk. Por dentro el material que predominaba era la madera, con una decoración que aquí catalogaríamos de “étnica”, pero que supongo que allí la llamarán “tradicional”. El único camarero del local desaparecía cada 10 minutos y volvía a aparecer 10 minutos más tarde. Mientras, el local se quedaba vacío, sólo con nosotros como clientes. Luego entró otra pareja occidental, se tomaron algo rápidamente y se marcharon. Así transcurría la vida en aquél bar.

Como la carta estaba en francés, traté de ir a lo seguro y me pedí una bebida en cuyo nombre aparecía la palabra “mentha”. Me trajeron un vaso de tubo largo con un líquido verde transparente que parecía uno de esos enjuagues bucales que se usan antes de dormir. Ciertamente sabía a menta, pero no era lo que me imaginaba. Tardamos más de una hora en terminar nuestras bebidas, más otra media esperando a que el camarero apareciera y nos cobrara los 1600 CFA que costaron.

Ya era de noche cuando salimos del bar, así que cruzamos la calle y entramos en el mismo local de la noche anterior a cenar algo ligerito (1700 CFA). Después de la cena dimos una pequeña vuelta de despedida por Saint Louis antes de acostarnos.

Gastos del día:
8000 CFA (noche albergue)
35000 CFA (excursión Djoudj)
100 CFA (llamada telefónica)
5000 CFA (comida)
400 CFA (botella de agua)
1600 CFA (aperitivo)
1700 CFA (cena)

Total: 51800 CFA

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Publicado por

Ivan

Si tuviera que explicar de dónde me viene la pasión por viajar, probablemente hablaría de un atlas cartográfico que me regalaron mis padres unas navidades. Me aprendí ese libro casi de memoria. Recorría en sueños lúcidos países, montañas y mares. Fue, sin lugar a dudas, mi primera referencia viajera con 10 años de edad. Luego tardé bastante en empezar a convertir en realidad aquellos sueños. Mis primeros viajes empezaron durante mi etapa universitaria. Eran pequeños viajes a lo largo de la península ibérica que solían durar 2 o 3 días. La causa principal de no viajar antes fue el asunto económico y no haber encontrado entonces ninguna referencia que me explicara que para viajar no hace falta dinero. Quizás de ahí me venga la pasión por explicar que se puede viajar sin apenas dinero. Los viajes de verdad empezaron cuando conocí a Núria y empezamos a viajar juntos. Tuvimos que pasar primero por el amargo trago de viajar en grupo para darnos cuenta que eso no era lo nuestro. Luego empezamos a viajar por libre y nos dimos cuenta de todo el tiempo que habíamos perdido. Más tarde nació Apeadero, primero como forma de volcar todo lo aprendido y todo lo vivido para ayudar a que otras personas pudieran aprovecharse del conocimiento adquirido. Vimos que a mucha gente le interesaba y le era útil nuestro "Apeadero" y fuimos transformando cada vez más el blog en una herramienta útil para los viajeros. Ahora mismo, me encuentro inmerso en el mayor proyecto viajero de mi vida: la Vuelta al Mundo en Tren que me llevará durante todo el año 2017 a viajar por los 5 continentes en el medio de locomoción que dio nombre a este blog: el tren.

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