Crónica: Viaje a Senegal (VI)

8/4 Saint Louis

Nos levantamos tarde, cerca de las 10 de la mañana. No teniamos prisa, habíamos visto que la ciudad no era tan grande como para ir con prisas. Además, la noche había sido movidita. Justo al lado del albergue hay un mezquita dónde durante buena parte de la noche han estado cantando y haciendo algún tipo de fiesta. Es comprensible que un sábado por la noche la gente salga de fiesta, que celebren sus ritos, que recen en la mezquita… Luego, cuando el ruido exterior cesó, empezamos a escuchar un ruido dentro de la habitación. Al parecer teníamos un roedor rebuscando entre nuestras mochilas y bolsas. Le hicimos poco caso, estábamos tan cansados que no tuvimos ganas ni de encender la luz para espantarlo. Por la mañana comprobamos que había mordisqueado los bollos que compramos el día anterior y que pensábamos comer para desayunar. Por razones higiénicas los tiramos a la basura.

Antes de salir a visitar la ciudad, hablamos con el dueño del albergue sobre el incidente de la rata. El hombre no le dio ni la más mínima importancia, pero nos ofreció la posibilidad de cambiarnos a otra habitación que había quedado libre. Aceptamos la oferta y cambiamos los trastos en cuanto su mujer terminó de limpiar la habitación. Entre todo esto, se nos fue toda la mañana y, a pesar del duro día anterior, teníamos ganas ya de ver mundo.

Nos dirigimos hacia el centro, pero por calles secundarias, viendo como viven realmente los ciudadanos de Saint Louis. Pudimos ver alguna instalación deportiva, un centro militar, el estado de algunos de los puentes de la ciudad… Sobretodo nos dimos cuenta de la razón por la que en estos lugares tienen graves problemas de salud. Hay cabras muertas en los márgenes de los ríos, basura por doquier, la gente se lava en el río por no tener agua en casa, se ahuma el pescado en la calle, los niños corren descalzos… Da que pensar. Conforme te acercas a los barrios del centro de la ciudad, dónde se encuentran los hoteles donde llevan a los turistas, la situación cambia. Hay menos basura, las fachadas de las casas se conservan mejor y hay más tiendas y comercios.

Cuando llegamos al centro neurálgico de la ciudad, en frente del hotel más elegante de Saint Louis, nos acercamos por una de las “tiendas” que algún “amigo” tenía puestas en una acera. Para ellos, tener un lugar fijo, con una sábana en el suelo y varios objetos sobre ella ya es tener una tienda. Realmente no fuimos nosotros quienes nos acercamos, sino que fue el vendedor el que nos arrastró, con muy buenos modos, eso sí, hasta su tienda. Con la excusa de que era la primera compra del día, casi sagrada para los musulmanes, consiguió que le compráramos un par de pulseras (600 CFA). Creo que pagamos demasiado, pero al fin y al cabo le hicimos un favor al hombre.

Ya que estábamos cerca del restaurante de la noche anterior y visto que la calidad fue muy buena, decidimos entrar a comer aunque fuera un poco pronto. Ahí probamos por primera vez el Yassa Poulet, un plato típico senegalés que consiste en arroz hervido, pollo frito y una salsa que está buenísima. Fue uno de los platos que más solicitamos en los restaurantes a lo largo del viaje. También probamos otros platos típicos senegaleses, algunos a base de pescado, brochetas, etc. Pero el mejor sin duda es el Yassa Poulet. La comida nos costó 5000 CFA, con la botella de litro y medio de coca-cola.

Después de comer regresamos al hotel a descansar un rato. Dormimos durante las horas en las que el sol pega más fuerte y volvimos a salir de nuestra guarida (esta vez sin rata) hacia media tarde. Queríamos ir a ver a los pescadores que regresan de pescar, pero no llegamos a tiempo, cuando aparecimos por la playa, ya todos los barcos estaban varados en la arena y las mujeres ahumaban la captura del día. Si la zona dónde estaba el albergue era lúgubre, la zona del puerto, justo al otro lado del puente, ya en la lengua de la barbarie, era lo más parecido a una película de terror. El humo con el que trataban el pescado lo invadía todo. Cientos de personas andaban de un lugar a otro, pescadores que habían terminado su jornada laboral, ahumadoras con ristras de pescado, mercaderes, niños jugando; todos ajetreados, pero calmados. La playa tiene un ambiente especial, el humo crea una densa niebla que te impide ver más allá de 50 metros. Los barcos tirados sobre la arena crean una sensación de decadencia difícil de igualar. Y los restos de pescado y otro tipo de desperdicios repartidos homogéneamente por todo el lugar invitan a no adentrarse en ese mundo. La gente deambula, se pierde tras un barco o entre la niebla. Una imagen impactante. Quizá la única razón para venir a Saint Louis sea para ver éste espectacular escenario.

La tarde empezaba a caer y nos quedaba poco tiempo para darle la vuelta completa a la isla, que era el nuevo objetivo que nos habíamos fijado. Saint Louis es mucho más que esa isla, que está unida al continente mediante un puente diseñado por Eiffel (el de la torre emblema de París). Sin embargo, el centro de la ciudad, dónde están los barrios coloniales es ahí. La isla está protegida por la lengua de la Barbarie, una estrecha extensión de tierra de forma alargada que recorre varios kilómetros del litoral senegalés.

Cruzamos de nuevo el ajetreado puente que une la lengua con la isla y caminamos en dirección sur pegados por el paseo marítimo. Un hombre de mediana edad llamó nuestra atención diciendo algo en perfecto Español. Nos giramos y le saludamos. Él empezó a hablar, nos contó que era pescador, que tenia familiares en España, que tenía no se cuantos hijos… Parecía simpático y, cómo hablaba muy bien nuestro idioma, consiguió que estuviéramos charlando con él más de 15 minutos. Luego, cuando nos íbamos a despedir, nos dice que él no quiere dinero, pero que le gustaría que le compráramos leche y Nescafé para sus hijos. Sospechoso, pero picamos. Le acompañamos hasta la tienda y él pidió una bolsa de leche en polvo y un bote de Nescafé. Para los senegaleses el Nescafé es un producto muy codiciado, les encanta. Le pidió la cuenta al tendero y cual fue nuestra sorpresa cuando ascendía a mucho más de lo que nosotros estaríamos dispuestos a pagar. Le dijimos que no podíamos gastarnos tanto y él insistió en que era para sus hijos y que al menos le compráramos el Nescafé. Finalmente accedimos, pensando que el hombre lo hacía de buena voluntad. La broma nos salió por 2800 CFA. Ni que decir tiene, que esta es una de las prácticas comunes de la picaresca en Senegal. Después de haberle regalado un montón de dinero a alguien que realmente no lo necesita, me sentí mal. Por dos razones: primero porque nos había estafado y segundo porque al darle lo que quería le estábamos realimentando para que lo siguiera haciendo y dando ejemplo a otros senegaleses para que sigan su ejemplo.

Ahí no terminó todo, cuando nos despedimos, el hombre sabiendo que queríamos visitar el parque natural de Djoudj, nos dijo que nos podría sal
ir muy barato, que un taxi nos llevaría, se esperaría y nos devolvería por 5000 CFA cada uno, más 2000 CFA por el alquiler de la piragua. Eso era mucho menos de los aproximadamente 40000 CFA de los que hablaba la Lonely. Así que nos interesamos por el tema y le pedimos que nos contara cómo se podía conseguir. Paró un taxi y habló con el taxista. Concertó con él el precio y nos dio su teléfono para llamarlo al día siguiente por la mañana para que viniera a buscarnos. Todo parecía claro y conciso. Segundo error del día: pensar que alguien da duros a cuatro pesetas.

Proseguimos nuestro camino contentos por tener arreglada la excursión a Djoudj. Llegamos al extremo sur de la isla. Desde allí se contemplaba el continente a un lado y la lengua al otro, junto con una gran extensión de agua en medio de las dos. Unos niños jugaban a fútbol hasta que el balón se les cayó al agua y se sortearon a ver quien se metía a rescatarlo antes de que se lo llevara la corriente. Nos sentamos un rato a ver pasar la vida en un banco destrozado por los años. Vimos el atardecer.

Paseamos por barrios con aspecto peligroso hasta regresar al centro de la isla. A pesar de la pinta de esos barrios, dudo que fueran realmente más peligrosos que el entorno de los lujosos hoteles para turistas. Cenamos en frente del restaurante “La Linguere”, para probar otro sitio, por si todavía era mejor. No fue así, aunque era más económico. Era una especie de hamburguesería en versión senegalesa, dónde te servían varios tipos de kebaps, wraps, hamburguesas y bocadillos. Éramos los únicos clientes del local, aunque se animó un poco justo cuando nos fuimos. La cena nos costó bastante poco (2200 CFA), pero no fue tan suculenta como la de la noche anterior. Después de cenar la ciudad estaba dormida, no había mucha gente por las calles y la poca luz que daban las escasas farolas invitaba a recogerte en casa. Así lo hicimos.

Gastos del día:
600 CFA (pulseras souvenir)
5000 CFA (comida)
2800 CFA (Nescafé timo)
2200 CFA (cena)
1000 CFA (2 botellas agua)

Total: 11600 CFA

 

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