Hyderabad en 24 horas

El Fuerte Golkonda es lo más interesante de Hyderabad.
El Fuerte Golkonda es lo más interesante de Hyderabad.

Con solo una hora de retraso llegó nuestro tren a Hyderabad. A las 2 de la tarde ya teníamos un hotel junto a la estación (justo enfrente) en el que hubo que negociar el precio (aunque la verdad, fuimos muy flojitos). Hotel, comida en un restaurante egipcio y tomamos nuestro primer tuk-tuk para subir al Fuerte Golkonda que se encuentra a más de 30 minutos en hora punta.

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Crónica: Viaje a Senegal (XXVI)

22/4 Destino Babylon (continuacion)

Llegamos a Rufisque, era ya bastante tarde, teníamos mucha hambre, pero también teníamos aquella típica sensación de pérdida de apetito después de haber pasado bastante tiempo sin comer. Durante un rato estuvimos buscando un lugar dónde comer, pero sin éxito. Todos los lugares que encontrábamos estaban cerrados o nos daba repelús entrar. Rufisque es la típica área periférica de una gran ciudad. Son ciudades grises, sin ningún tipo de encanto, con muchos núcleos de pobreza, mucha gente en tránsito, con calles y casas muy sucias debido a un decadente tejido industrial. Además, en Rufisque no hay ningún hotel cercano, los taxistas iban todos “a pillar”, pues esperaban que les pagaras el triple de lo lógico por llevarte al lago rosa o incluso a Dakar (dónde preguntamos cuanto costaba llegar cuando ya casi estábamos desesperados). He de reconocer que nos agobiamos mucho allí. Íbamos muy cargados, llevábamos muchas horas de Ndiaga encima y las calles estaban llenas de gente que te paraba, te preguntaba, trataba de sacarte algo… Hubo un momento de crisis. Pero entre todo aquello, un joven taxista emergió del tumulto. Nos preguntó dónde queríamos ir y, no se porqué, le contestamos que queríamos ir al lago rosa, pero que nos conformábamos con llegar a algún sitio dónde pasar la noche no muy caro. Por alguna razón se apiadó de nosotros y nos dijo que él nos llevaba. No nos permitió ni negociar el precio, nos dijo que nos llevaba al lago rosa por el precio que nosotros estábamos pidiendo (3000 CFA). No hablaba nada de castellano ni inglés, apenas nos comunicábamos con un precario francés, pero nos dimos cuenta que tenía un gran corazón y nos dejamos llevar.

Durante el trayecto en coche nos dijo se llamaba Ser y que vivía en un pueblo llamado Babylon, que se encuentra a medio camino entre Rufisque y el lago rosa. Nos comentó que su tío había estado viviendo en España mucho tiempo gracias a una ONG catalana que ha ayudado mucho a su pueblo. Incluso nos contó que la ONG consiguió que la cantante Beth (una triunfita) fuera a cantar a Babylon.

Cuando estábamos cerca de su pueblo, nos dijo que nos quedaríamos a pasar la noche en su casa y que mañana nos llevaría a ver el lago rosa y luego a Dakar. Nuria y yo nos quedamos mirándonos un poco alucinados, pero, la verdad, tampoco teníamos ni ganas ni fuerzas para decir nada. Nos dejamos secuestrar.

Llegamos a Babylon. Ser nos paró delante de la casa familiar y nos pidió que entráramos. No tenía nada que ver con otras casas que habíamos visto anteriormente en Elinkine o Saint Louis. Esta era inmensa, espaciosa, luminosa y estaba totalmente limpia. No había muchos lujos tal y como los conocemos en Europa, pero para el nivel de África, era un palacete. El comedor no tenía nada que envidiar a cualquiera de Europa (salvo, quizás, una televisión de pocas pulgadas) y algunas habitaciones estaban muy bien acondicionadas (otras no tanto, ya que consistían en un simple colchón en el suelo).

Ser nos dejó hablando con un primo suyo en el comedor. Este chico hablaba inglés perfectamente, lo que fue un alivio. Hablamos durante un buen rato sobre un montón de asuntos que interesan a un joven africano sobre los europeos y a la inversa. Ser tuvo que marcharse a trabajar (con el taxi) y no le volvimos a ver hasta la noche. Su primo también se marchó en un momento dado y nos quedamos con la tía de Ser (bueno, en verdad era otra de las mujeres de su padre). Ser tiene 28 hermanos de varias madres y su padre esta en Italia. Con su “tía” pudimos hablar poco, ya que nuestro francés no nos permitía muchas alegrías y decir cualquier frase era pasarse 5 minutos de malentendidos. La mujer estaba viendo la tele. Primero se tragó un par de capítulos de sendos culebrones de gente blanca adinerada (snif) y luego cambió a un canal en el que ponían videos musicales de gente bailando danzas típicas Senegalesas (como los que ya habíamos visto en el barco de la Casamance). Antes de eso, los hermanos de Ser estaban viendo lucha libre Senegalesa, al parecer uno de los pasatiempos preferidos por los nativos. La mujer, demostrando quien manda, los envió a todos fuera del comedor y puso su telenovela.

Nos estábamos muriendo de hambre. Literalmente. Sé que parece sencillo pedir algo que comer, pero no lo es tanto en ciertas situaciones. Primero por la barrera del idioma. ¿Qué le pides? ¿Simplemente comida? ¿Y si te trae algo que no te gusta? Y además por esta la barrera cultural. ¿Cómo se lo pides para no parecer ansioso o un glotón? Después de haber entrado en el comedor y haberme sentado en el sofá pisando la alfombra sin descalzarme, lo último que quería es otra “metida de pata” cultural.

No paraba de venir gente, éramos la atracción del día en la casa, pero Ser no aparecía. Desapareció sin decirnos que se iba ni cuando regresaría. Nuestra esperanza era que en cuanto volviera iríamos a algún sitio a comer algo. Pero no, fue mejor que eso. Cuando Ser llegó le pidió a su madre (la que le parió) que nos preparara la cena y la sirviera en la habitación principal. Estábamos a punto de asistir a nuestra primera cena típica senegalesa. ¡Menos mal que nos habíamos leído el capitulo dedicado a ello en la Lonely! Debido a los preceptos religiosos, una comida en un hogar musulmán en Senegal (supongo que en otros países musulmanes también, pero es más difícil experimentarlo) tiene una serie de reglas que hay que respetar. Entre otras cosas, la comida se sirve en el suelo, con los comensales sentados alrededor de esta y se utiliza únicamente la mano derecha para comer, la izquierda no puede tocar la comida ya que se reserva para la higiene personal. La madre sacó una bandeja llena de patatas y 8 o 10 huevos fritos por encima, de esos cuya yema está sólida y no líquida. Imaginaros, nosotros con un hambre atroz y encima nos dejaban comer con las manos… ¡nos pusimos hasta arriba! Por cierto, los mejores huevos fritos con patatas de mi vida, aunque quizá eso fuera por el hambre que teníamos.

Después de cenar, aparecieron por allí Vidal y Nuri, los hermanos pequeños de Ser. Nuri estaba un poco enfadada con nosotros porque le habíamos quitado la habitación. Estos curiosos nombres vienen de los cooperantes catalanes que les ayudaron. En España Vidal es un apellido y Nuri el diminutivo de Nuria y supongo que entre ellos se llamaban así Vidal y Nuri. Estuvimos un rato en el dormitorio, viendo fotos y haciéndonos fotos con ellos y con un bebé de apenas unos días hijo de la tercera de las madres.

Ser se cambió de ropa y nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo. En la puerta de la casa nos esperaba un amigo suyo que se vino con nosotros. Paseamos entre tinieblas, como en casi todos los pueblos de Senegal, hasta la casa de los abuelos de Ser. Entramos en un patio que daba a varias casas bastante pobres y avanzamos hasta la única cuya puerta entre abierta dejaba escapar algo de luz. Allí, do
s ancianos arrugados y delgados como no había visto nunca salieron de debajo de una mosquitera que cubría la cama que hacía de sofá. Se alegraron muchísimo de vernos. Hablaron un rato con Ser y luego nos despedimos. Ser nos fue enseñando lo poco que había que ver en el pueblo. Nos dimos cuenta de lo popular que debía ser este chico, pues le saludaba toda la gente con la que nos cruzamos. Llegamos a su casa, que era distinta de la casa dónde nos alojábamos nosotros (aunque estaban muy cerca) y dejamos allí a su amigo. Vivian 3 chicos en unos pocos metros cuadrados, en colchones tirados en el suelo, aunque todo estaba escrupulosamente limpio y ordenado. Parecía más bien un piso de estudiantes “a la senegalesa”.

Ser nos dejó en nuestra habitación, nos dijo que podíamos utilizar el baño que había enfrente y quedamos a una hora para ir mañana al lago rosa. Nos cepillamos los dientes y nos acostamos. No tardamos en dormirnos, el día no había tenido desperdicio.

Gastos del día:
59400 CFA (campamento Yokam)
2400 CFA (Ndiaga a M’bour)
400 CFA (Extra hasta Bandia)
34000 CFA (Visita a Bandia)
1000 CFA (Ndiaga a Rufisque)

Total: 97200 CFA

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Crónica: Viaje a Senegal (XVII)

15/4 Día loco

Nos despertamos bastante pronto. Habíamos pasado una muy buena noche a pesar de la araña. A Nuria le gustaban mucho las sábanas de la cama en la que habíamos dormido y empezamos a especular con la posibilidad de comprarlas. Eran unas sábanas con muchísimos colores, pintadas con una técnica de Batik o similar y de bastante buena calidad. En las tiendas de souvenirs puedes encontrar camisetas, pantalones o incluso toallas pintadas con esta técnica, pero es extraño encontrar un juego de cama así. Además la tela no era la típica tela fina que suelen poner en las camisetas, sino que era tela de calidad. Decidimos que las queríamos si nos las dejaba a un buen precio.

Después de desayunar en la habitación y recoger todos nuestros trastos, salimos y buscamos a la dueña del local. Le pagamos los 5000 CFA de la habitación y le preguntamos que por cuanto nos dejaba las sábanas. Su primera reacción fue de sorpresa. Se ofreció a vendernos un juego nuevo o a lavarnos ese en el que habíamos dormido la noche anterior. Rechazamos todas sus ofertas, nosotros queríamos ese y queríamos llevárnoslo ya (no sabíamos todavía si nos quedaríamos en Kafountine esa noche). Al final, tras una breve negociación nos quedamos el juego de sábanas por 12000 CFA, aunque sabíamos que podríamos haberlo sacado algo más barato.

Todavía no habíamos decidido que hacer. Habíamos quedado con Ibrahim (el hombre de la bicicleta) para ver su casa, pero todavía faltaba un rato. Nuestra primera idea antes de llegar a Kafountine era quedarnos en el campamento “A la nature”, junto a la playa, pero por distintas circunstancias acabamos dónde estábamos. Decidimos ir andando y cargados con las mochilas al campamento, aunque la única referencia que teníamos era una señal con una flecha dónde se indicaba el camino a seguir. Empezamos a andar por mitad del bosque. El camino de arena se hacía pesadísimo y las mochilas empezaban a agobiarnos. Además la temperatura iba subiendo y eso no ayudaba nada a nuestro confort. No pudimos llegar al campamento “A la nature”, pero sí que encontramos otro en la playa en el que entramos a preguntar. No recuerdo el precio, sólo recuerdo que los precios eran bastante más caros de lo que habíamos imaginado y que cuando la francesa que regentaba el hotel nos enseñó las habitaciones con un baño sin agua corriente los dos decidimos que no nos quedaríamos allí. Por cierto, que la francesa al conocer que no nos quedaríamos debido a la falta de agua corriente nos dijo algo así como “no se que queréis, esto es África”, a lo que sin cortarme un pelo respondí “pues con los precios que tiene no se nota”.

Ya era tarde, teníamos que volver hacía el punto dónde habíamos quedado con Ibrahim. Nos dimos prisa aunque ya sabíamos que no nos daría tiempo. Pero entonces ocurrió lo inesperado: en aquél pueblo laberíntico dónde es realmente complicado encontrar cualquier cosa, encontramos sin haberla visto antes, la casa de Ibrahim. Casualmente él y sus dos hijos estaban trabajando en el jardín y en cuanto nos vio vino corriendo a saludarnos y a enseñarnos la casa. La casa era realmente modesta, pero tenía un terreno bastante grande, tanto que estaba construyendo en un lateral otra casa para su hijo mayor. Básicamente la casa era como las típicas construcciones que se encuentran en los montes en España: una base de cemento en el suelo, 4 paredes con algún tabique interior para separar un par de habitaciones y un tejado de chapa. Alrededor había un bonito jardín, con plantas trepadoras que subían por las paredes hasta el tejado. El baño estaba fuera, a 10 metros de la casa y consistía en un agujero en el suelo protegido de las miradas por una cortina.

Decidimos quedarnos, ya que no creíamos que fuéramos a tener una oportunidad como aquella en el resto del viaje para dormir en una auténtica casa rural africana. Dejamos las cosas en la habitación y cerramos con la única llave que tenía Ibrahim de esa puerta.

Queríamos ir a la playa y hacer un poco de turistas. Preguntamos cómo ir y en vez de darnos una indicación, Ibrahim mandó a uno de sus hijos a que nos acompañara y que se esperara con nosotros para acompañarnos de regreso. El problema era que el chico no hablaba nada de inglés y francés lo justito y junto con nuestro dominio de los idiomas de Senegal… pues que no nos entendíamos nada. Ibrahim, su padre, hablaba bien inglés ya que él era conductor de un camión y con cierta frecuencia realizaba viajes a Guinea-Bissau, por lo que había aprendido un poco de inglés para comunicarse en los pasos fronterizos. Sin embargo sus hijos, dudo mucho que estuvieran escolarizados, quizá se tenían que ocupar de llevar el hogar ya que no tenían madre (no lo preguntamos, pero suponemos que debió morir de alguna enfermedad).

Cuando nos cansamos de la playa (que fue pronto, la verdad), regresamos a casa a cambiarnos para ir a comer al pueblo. Esta vez nos aventuramos a ir solos y tuvimos la suerte de encontrar la carretera dónde se encuentran la mayoría de restaurantes y locales de la zona. No sabría explicar muy bien la razón, pero comer en Kafountine nos pareció complicado. Después de deambular por todo el pueblo acabamos entrando en una pequeña casita dónde en la pared encalada alguien hace mucho tiempo escribió la palabra “restaurante” en grandes letras negras. El lugar era oscuro y sucio, pero tenía pinta de barato, más auténtico imposible. Unas cuantas sillas alrededor de una única mesa rectangular con un mantel de plástico andrajoso. En el local sólo había un cliente, un hombre de raza blanca, con rasgos de haber llevado una vida bastante dura, media melena, agachado sobre un plato sorbiendo frenéticamente cucharadas de sopa. Nos sentamos al fondo del local y se acercó el camarero sonriente. La barrera del idioma volvió a resultar problemática para poder elegir. Terminamos pidiendo lo fácil: brochetas de pollo y patatas fritas para los dos, una barbaridad de comida que sólo nos costó 4000 CFA, pero para la que tuvimos que esperar una eternidad a que nos la sirvieran ya que justo coincidió con la hora del rezo y el camarero/cocinero se tuvo que ausentar. Por lo menos nos dio tiempo a ir a comprar un par de coca-colas al “mini-marché” (2×600 = 1200 CFA).

Mientras esperábamos, hablando entre nosotros en Catalán nos sorprendió que alguien contestara en nuestro mismo idioma. El hombre que comía en nuestra misma mesa, era de Barcelona y estaba viviendo en Ziguinchor más de 3 años.

(continua)

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