Crónica: Viaje a Senegal (XXV)

22/4 Destino Babylon

En ocasiones los giros que da el destino son realmente inexplicables y fascinantes. De un día para otro pasas de la total tranquilidad y relajación, del hastío de no hacer nada a vivir una aventura con tintes surrealistas que encuentras sin buscarla. Aunque no sólo en África te pueden pasar estas cosas, creo que culturalmente y debido a su coyuntura es el lugar dónde se dan un mayor número de factores para que te ocurran este tipo de situaciones.

El día empezó como el anterior, salvo que nos levantamos un poco más pronto. Visitamos la playa a modo de despedida, desayunamos, nos duchamos en las curiosa ducha de la cabaña y pagamos la estancia en pensión completa que habíamos disfrutado durante dos días (59400 CFA). Arrepintiéndonos todavía de no haber aceptado ir a la excursión por el delta, salimos caminando hacía el pueblo. En mitad de aquella sabana las cosas lejanas parecen cercanas y no lo son. A lo lejos creímos ver algún tipo de animal, Nuria decía que elefantes, yo pensaba que sería algún tipo de animal más modesto. Lo que no nos esperábamos era que después de caminar 15 minutos nos daríamos cuenta (todavía muy lejos de los animales) que se trataba de simples vacas.

Entre risas por nuestro atrevimiento, regresamos sobre nuestros pasos y nos dirigimos a la pueblo cercano. A pesar de que habíamos quedado con los de la Ndiaga en que pasaran a recogernos, no confiábamos en que pararían ya que Pedro nos había comentado que probablemente no fuera ni el mismo conductor. Así que nada, nos acercamos al pueblo y esperamos en la parada oficial, dónde era seguro que pararían. Pasaron un par de Ndiagas llenas hasta los topes en las que no pudimos montar y después de una interminable espera llegó una en la que a duras penas pudimos colarnos.

Nuestro objetivo era llegar a la reversa de Bandia, comer algo, visitarla y luego tirar hacia Dakar. Según lo que habíamos leido en la Lonely, habíamos planificado ir hasta Joal-Fadiouth en Ndiaga y luego cambiar a un 7-plas para llegar a M’bour. Sin embargo, mientras esperábamos a la Ndiaga, hablamos con varias personas que también estaban esperando un transporte y que nos dijeron que lo mejor para ir a la reserva de Bandia era coger la Ndiaga directamente hasta M’bour, ya que no tardaríamos más que cambiando de transporte. Nos dijeron que le pidiéramos al “revisor” que nos parara en la puerta de la reserva. Así lo hicimos, hablamos con el revisor y le dijimos que nos avisara en Bandia de que habíamos llegado (2400 CFA hasta M’bour + 400 CFA por acercarnos a la reserva).

Tal y como nos imaginábamos, se nos hizo la hora de comer dentro de la Ndiaga. Supongo que ya nos habíamos acostumbrado a pasar hambre y por eso no fue tan duro soportarlo esta vez. Durante el trayecto no sucedió algo que no había pasado nunca desde que estábamos en Senegal (y que no se volvió a repetir). ¡Subieron a la Ndiaga dos blancos! Se trataba de dos franceses que viajaban con un guía local. Subieron en M’bour, justo antes de llegar a Bandia, por lo que tuvimos poco tiempo para conversar. Básicamente hablamos con el guía, que hablaba un poco inglés. Nos dijo que estaba haciendo de guía para estos chicos y que si queríamos podíamos encontrarnos en el lago rosa después de Bandia, que ellos estarían toda la tarde. Nos ofreció la posibilidad de quedarnos a dormir en su casa de Dakar. La oferta era tentadora, Dakar es una ciudad con un alojamiento muy caro y si pudiéramos en el mismo día visitar Bandia y el lago rosa, ya no tendríamos que salir de Dakar para nada. Apuntamos su número y le dijimos que si no nos veíamos le llamaríamos al llegar a Dakar. Nos explicó como teníamos que hacer para llegar al lago rosa, aunque las instrucciones eran las mismas que las de Lonely (bajar en Rufisque y buscar un taxi, porque llegar en transporte público era realmente complicado). No nos podíamos ni imaginar todo lo que nos tenía que ocurrir todavía antes de llegar a Dakar.

De forma precipitada nos tuvimos que despedir de nuestros nuevos amigos, ya que habíamos llegado a Bandia. El Ndiaga nos dejó en la antigua puerta de la reserva, que ahora se encontraba custodiada por un guarda y por la que no se permitía la entrada. Tuvimos que caminar un par de kilómetros paralelos a la carretera, viendo desde la valla exterior algún pequeño animal (sobretodo ratas de monte) hasta llegar a las puertas principales. La puerta principal custodiada por una manada de vacas enormes da paso a un camino de tierra de un kilómetro o dos que termina en una gran plaza con aparcamientos, las taquillas, servicios y un restaurante. Entre que teníamos mucha hambre, cargados con las mochilas y que el sol estaba muy alto, sufrimos mucho ese camino. Una recomendación: si os veis muy mal, bajad en M’bour y coged un taxi, nos es muy grande la diferencia y os va aliviar de pasar penalidades.

Preguntamos como funcionaba aquello. Sólo permiten entrar a la reserva con sus propios camiones, con un chofer y un guía del centro. El camión con guía y chofer tiene un precio fijo (30000 CFA) independientemente del número de personas que suban y luego cada persona paga su entrada. En cada camión caben hasta 12 pasajeros. Por lo tanto como nosotros éramos sólo dos, tratamos de buscar más gente para llenar un camión. El problema era que justo a mediodía, con el sol en todo lo alto, lo que menos apetecía era visitar una reserva. No había nadie excepto un chico francés que estaba en nuestra misma tesitura. Supongo que lo lógico hubiera sido ir al restaurante y comer (aunque fuera bastante más caro de lo normal), pero nosotros desafiando al calor y el hambre decidimos que no podíamos esperar. Compramos un camión para los 3 y realizamos una visita de autentico lujo, con una dedicación casi total del guía que hablaba perfectamente español, francés e inglés (7000×2 + 20000 = 34000 CFA).

La visita se hace corta (60-90 minutos), pero es bastante espectacular, puesto que el guía cuando se acerca a algún animal, hace que se pare el vehiculo y te acompaña a pie hasta muy pocos metros de los animales. De los rinocerontes (poca vista y tranquilos), por ejemplo, estuvimos a menos de 3 metros y de las girafas (asustadizas, pero inofensivas) nos quedamos a unos 5 metros. Todo ello sin ningún tipo de protección ni limitación de paso. Aparte de estos animales, hay también búfalos, jabalíes, monos… Todo herbívoros, eso sí.

Después de la visita, nos despedimos de nuestro amigo francés, prometiéndole enviarle vía e-mail las fotos que hicimos (él se había olvidado de la cámara). Nosotros, volvimos a andar hacía la carretera y esperamos a que pasara una Ndiaga para pararla al vuelo y dirigirnos hacía Rufisque (1000 CFA).

(continua)

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