Crónica: Viaje a Senegal (XVIII)

15/4 Día loco (continuacion)

Durante la comida y la larga sobremesa, conocimos un poco de la historia personal de aquél Catalán afincado en la Casamace. Parece ser que por problemas de salud tuvo que emigrar a un clima más cálido y encontró aquí un buen lugar dónde asentarse después de haber vivido innumerables experiencias por otros países del norte del África. Había estado viviendo en Ziguinchor y ahora recientemente se había mudado a Kafountine, se había comprado una casa y estaba empezando a amueblarla. Todo ello con una pequeña pensión de 400 euros que le había quedado. Aparte tenía “sus negocios”, como nos comentó: se había comprado un par de coches y tenía su pequeña flota de taxis. También nos contó que de vez en cuando tenía que volver a Barcelona a realizar las revisiones médicas periódicas, lo cual era un gasto extra bastante grande para él y su madre que seguía allí.

Se hizo bastante tarde entre la lentitud del camarero/cocinero y la interesante charla de sobremesa que tuvimos con este hombre. Aún así y todo, nos invitó a ver su casa y su “cheni” (o como se llame). Según nos explicó, hay una clase de roedores nocturnos salvajes en esa zona de Senegal que suelen vivir en los árboles y son capaces de dar grandes saltos. Tal y como nos explicó eran una especie de “rata-mono”, capaces de abrir cajones, botellas, puertas… Según su versión, se les había visto incluso fumando imitando a su propietario. Un curioso animal, sin duda, que merecía una visita.

Llegamos a su casa que se encontraba al final de la carretera. Era una casa muy grande con un trozo de jardín en la parte delantera. Abrimos el porche dónde se suponía que estaba la rata-mono, pero no la encontramos. Preocupado, ya que dicho animal resulta muy difícil de cazar, el hombre entró a buscarla poco a poco por todos los rincones hasta que apareció escondida al final de un pasillo oscuro. No era más que un bebe. Era tal cual como una ratita recién nacida, sin pelo y asustadiza, pero del tamaño de un gato bebé. Me hubiera gustado verlo en acción, tenía pinta de ser un trasto… me recordó a los gremlins.

Nos despedimos de nuestro amigo y nos fuimos a la casa de Ibrahim. Habíamos quedado para ir a una mujer conocida de nuestro anfitrión que le haría trenzas en el pelo a Nuria por un módico precio. Pero antes de ir, Ibrahim quiso enseñarnos su colección de fotos. En Senegal, las fotos son un bien muy preciado y a todos les encanta tener muchas fotos para enseñar a sus invitados. No se que habría tomado Ibrahim esa tarde que estaba muy contento, mucho más de lo habitual incluso en él. Mientras nos enseñaba las fotos de Guinea-Bissau reía a carcajadas.

Acudimos a la improvisada peluquería andando, acompañados de Ibrahim. Era una casa particular cercana a la gare routiers. Nos dimos cuenta que si conoces el camino, campo a través, las distancias no son tan grandes en Kafountine. Ibrahim dejó su bicicleta apoyada en una de las paredes de la casa y entramos.

La “peluquera” era una chica joven, bastante seria, que no hablaba nada de inglés. Nos ofreció tomar algo, pero rechazamos educadamente la oferta. Pasamos al salón, yo me senté en un cómodo sofá mientras Nuria se situaba en una silla dónde le indicaba la chica. Le preguntó cómo quería las trenzas y Nuria le pidió que fueran pequeñas y terminadas en gomitas de colores. No teníamos gomitas de colores, por lo que Ibrahim nos pidió 300 CFA para comprar y se fue él a por ellas. Mientras la chica iba trabajando. Yo estaba un poco aburrido, así que me dediqué a hacer dibujitos en un bloc de notas. También se me ocurrió describir la escena mientras el sol empezaba a desaparecer:

Un reloj de pared negro y dorado marca las 19:15. Junto a él una docena de fotos con motivos religiosos cubren casi toda la pared blanca encalada. En las otras paredes se repite el esquema: un espejo y más retratos, una cesta y más retratos… Tres agujeros en las paredes permiten acceder a tres habitaciones ocultas a nuestros ojos por tres cortinas con dibujos morados, blancos y azules. El techo es de caña con vigas casi dobladas por el peso y el tiempo, encaladas como las paredes, pero ya desteñidas.

El centro de la estancia está presidida por una alfombra. A su alrededor cuatro pares de zapatos, siete sillones, un sofá de tres plazas lleno de peluches. A pesar de la diversidad, todos los asientos guardan cierta armonía gracias a los cojines de color crema. En un rincón hay un televisor de 14 pulgadas tapado con un tapete de puntilla conectado a una batería de coche y rodeada de macetas en flor. Creo que son de plástico.

La luz se va. Sólo hay una estrecha ventana con un portón de madera macizo que se cierra según sopla el viento ya que no tiene ningún punto dónde amarrarse. Salimos fuera para aprovechar la luz de las farolas. No hay electricidad.

 

Y así hicimos, salimos a la calle con un par de sillas y nos situamos bajo una de las pocas farolas que había. Tampoco es que iluminara mucho aquella farola, pero es algo más que nada. A todo esto, Ibrahim había desaparecido y volvió a aparecer en aquél momento. Se sentó allí mismo en el suelo e iniciamos una charla entre todos medio en francés medio en inglés. Pero ya era tarde y los padres de la chica quería que se diera prisa para poder empezar a cenar. La cocina era la misma calle, allí habían encendido unas brasas y tenían un pequeño caldero al fuego. Una hermana pequeña de la peluquera empezó a hacer trenzas también. La chica era una risueña, nos recordó a Whoopi Goldberg.

Terminaron de hacer las trenzas y les pagamos lo acordado (5000 CFA) más otros 1000 CFA de propina por lo bien realizado que quedó el trabajo. Vimos como la chica le daba algo a Ibrahim en concepto de comisión, así funciona todo por aquí.

Era tarde y no habíamos cenado, pero tampoco teníamos hambre ya que habíamos comido casi a las 16:00. Ibrahim nos pidió que pasáramos por una tienda de un amigo para comprar un par de velas para nuestra habitación (250 CFA) y aprovechamos para comprar un par de botellas de agua (2×500 CFA) ya que a la mañana siguiente nos levantaríamos pronto para ir a Ziguinchor y nunca se sabe cuando se podrá comprar algo.

En cuanto llegamos a casa comimos unas pocas galletas y fuimos a acostarnos, no sin antes llevarnos un buen susto al creer que habíamos perdido la única llave de la puerta de la habitación. Había que ver la cara que se le puso a Ibrahim.

La noche fue movidita, apenas pudimos dormir. Y no fue por estar acostados casi directamente sobre una cama hecha de hormigón, sino porque a media noche empezamos a escuchar una de esas rata-monos hurgando entre nuestras cosas en busca de algún alimento. Así se pasó casi toda la noche y nosotros mientras sin pegar ojo, muy quietos para que no nos “atacara” la rata-mono (e
n momentos como ese es cuando echamos en falta habernos vacunado de la rabia).

Gastos del día:
5000 CFA (noche en Marie-Oldie)
12000 CFA (juego de sábanas)
4000 CFA (comida)
1200 CFA (2 coca-colas)
1000 CFA (2 botellas de agua)
6300 CFA (trenzas)
250 CFA (velas)

Total: 29750 CFA

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Crónica: Viaje a Senegal (XVII)

15/4 Día loco

Nos despertamos bastante pronto. Habíamos pasado una muy buena noche a pesar de la araña. A Nuria le gustaban mucho las sábanas de la cama en la que habíamos dormido y empezamos a especular con la posibilidad de comprarlas. Eran unas sábanas con muchísimos colores, pintadas con una técnica de Batik o similar y de bastante buena calidad. En las tiendas de souvenirs puedes encontrar camisetas, pantalones o incluso toallas pintadas con esta técnica, pero es extraño encontrar un juego de cama así. Además la tela no era la típica tela fina que suelen poner en las camisetas, sino que era tela de calidad. Decidimos que las queríamos si nos las dejaba a un buen precio.

Después de desayunar en la habitación y recoger todos nuestros trastos, salimos y buscamos a la dueña del local. Le pagamos los 5000 CFA de la habitación y le preguntamos que por cuanto nos dejaba las sábanas. Su primera reacción fue de sorpresa. Se ofreció a vendernos un juego nuevo o a lavarnos ese en el que habíamos dormido la noche anterior. Rechazamos todas sus ofertas, nosotros queríamos ese y queríamos llevárnoslo ya (no sabíamos todavía si nos quedaríamos en Kafountine esa noche). Al final, tras una breve negociación nos quedamos el juego de sábanas por 12000 CFA, aunque sabíamos que podríamos haberlo sacado algo más barato.

Todavía no habíamos decidido que hacer. Habíamos quedado con Ibrahim (el hombre de la bicicleta) para ver su casa, pero todavía faltaba un rato. Nuestra primera idea antes de llegar a Kafountine era quedarnos en el campamento “A la nature”, junto a la playa, pero por distintas circunstancias acabamos dónde estábamos. Decidimos ir andando y cargados con las mochilas al campamento, aunque la única referencia que teníamos era una señal con una flecha dónde se indicaba el camino a seguir. Empezamos a andar por mitad del bosque. El camino de arena se hacía pesadísimo y las mochilas empezaban a agobiarnos. Además la temperatura iba subiendo y eso no ayudaba nada a nuestro confort. No pudimos llegar al campamento “A la nature”, pero sí que encontramos otro en la playa en el que entramos a preguntar. No recuerdo el precio, sólo recuerdo que los precios eran bastante más caros de lo que habíamos imaginado y que cuando la francesa que regentaba el hotel nos enseñó las habitaciones con un baño sin agua corriente los dos decidimos que no nos quedaríamos allí. Por cierto, que la francesa al conocer que no nos quedaríamos debido a la falta de agua corriente nos dijo algo así como “no se que queréis, esto es África”, a lo que sin cortarme un pelo respondí “pues con los precios que tiene no se nota”.

Ya era tarde, teníamos que volver hacía el punto dónde habíamos quedado con Ibrahim. Nos dimos prisa aunque ya sabíamos que no nos daría tiempo. Pero entonces ocurrió lo inesperado: en aquél pueblo laberíntico dónde es realmente complicado encontrar cualquier cosa, encontramos sin haberla visto antes, la casa de Ibrahim. Casualmente él y sus dos hijos estaban trabajando en el jardín y en cuanto nos vio vino corriendo a saludarnos y a enseñarnos la casa. La casa era realmente modesta, pero tenía un terreno bastante grande, tanto que estaba construyendo en un lateral otra casa para su hijo mayor. Básicamente la casa era como las típicas construcciones que se encuentran en los montes en España: una base de cemento en el suelo, 4 paredes con algún tabique interior para separar un par de habitaciones y un tejado de chapa. Alrededor había un bonito jardín, con plantas trepadoras que subían por las paredes hasta el tejado. El baño estaba fuera, a 10 metros de la casa y consistía en un agujero en el suelo protegido de las miradas por una cortina.

Decidimos quedarnos, ya que no creíamos que fuéramos a tener una oportunidad como aquella en el resto del viaje para dormir en una auténtica casa rural africana. Dejamos las cosas en la habitación y cerramos con la única llave que tenía Ibrahim de esa puerta.

Queríamos ir a la playa y hacer un poco de turistas. Preguntamos cómo ir y en vez de darnos una indicación, Ibrahim mandó a uno de sus hijos a que nos acompañara y que se esperara con nosotros para acompañarnos de regreso. El problema era que el chico no hablaba nada de inglés y francés lo justito y junto con nuestro dominio de los idiomas de Senegal… pues que no nos entendíamos nada. Ibrahim, su padre, hablaba bien inglés ya que él era conductor de un camión y con cierta frecuencia realizaba viajes a Guinea-Bissau, por lo que había aprendido un poco de inglés para comunicarse en los pasos fronterizos. Sin embargo sus hijos, dudo mucho que estuvieran escolarizados, quizá se tenían que ocupar de llevar el hogar ya que no tenían madre (no lo preguntamos, pero suponemos que debió morir de alguna enfermedad).

Cuando nos cansamos de la playa (que fue pronto, la verdad), regresamos a casa a cambiarnos para ir a comer al pueblo. Esta vez nos aventuramos a ir solos y tuvimos la suerte de encontrar la carretera dónde se encuentran la mayoría de restaurantes y locales de la zona. No sabría explicar muy bien la razón, pero comer en Kafountine nos pareció complicado. Después de deambular por todo el pueblo acabamos entrando en una pequeña casita dónde en la pared encalada alguien hace mucho tiempo escribió la palabra “restaurante” en grandes letras negras. El lugar era oscuro y sucio, pero tenía pinta de barato, más auténtico imposible. Unas cuantas sillas alrededor de una única mesa rectangular con un mantel de plástico andrajoso. En el local sólo había un cliente, un hombre de raza blanca, con rasgos de haber llevado una vida bastante dura, media melena, agachado sobre un plato sorbiendo frenéticamente cucharadas de sopa. Nos sentamos al fondo del local y se acercó el camarero sonriente. La barrera del idioma volvió a resultar problemática para poder elegir. Terminamos pidiendo lo fácil: brochetas de pollo y patatas fritas para los dos, una barbaridad de comida que sólo nos costó 4000 CFA, pero para la que tuvimos que esperar una eternidad a que nos la sirvieran ya que justo coincidió con la hora del rezo y el camarero/cocinero se tuvo que ausentar. Por lo menos nos dio tiempo a ir a comprar un par de coca-colas al “mini-marché” (2×600 = 1200 CFA).

Mientras esperábamos, hablando entre nosotros en Catalán nos sorprendió que alguien contestara en nuestro mismo idioma. El hombre que comía en nuestra misma mesa, era de Barcelona y estaba viviendo en Ziguinchor más de 3 años.

(continua)

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Crónica: Viaje a Senegal (XVI)

14/4 Kafountine (continuación)

El viaje desde Ziguinchor a Kafountine fue bastante duro. El calor era insoportable y el 7-plas aquél era uno de los más incómodos de todo Senegal: en cada bache mi cabeza impactaba contra el techo, por lo que tenía que ir un poco agachado. Si tenéis la oportunidad de elegir vuestras plazas nunca os sentéis detrás, ya que el asiento está considerablemente más alto. Por si fuera poco, nos paró la policía en un control y a nosotros (a los extranjeros) nos obligaron a sacar todo el equipaje para revisarlo. Supongo que lo que buscaban era droga, ya que Kafountine es conocido como la segunda Jamaica y sus plantaciones de marihuana son bastante famosas. Lo extraño es que nos revisaran en el viaje de ida y no el de regreso… También es posible que el control tuviera algo que ver con la guerrilla, ya que esa es una de las zonas dónde opera y está más fuerte. En cualquier caso también es extraño.

Llegamos a Kafountine bastante cansados y desorientados. Nada más llegar un montón de personas se acercó a ofrecernos alojamientos, más incluso que en Cap Skirring. Rechazamos todos los ofrecimientos hasta que miramos a nuestro alrededor y nos dimos cuenta de que estábamos perdidos en mitad de la nada. La estación de Kafountine está a las afueras de la población y, además, el pueblo en sí no existe, es un montón de casas desperdigadas, con un montón de terreno rodeándolas. Sería algo así como una urbanización de chalets, pero en mitad de una selva con arena de playa en el suelo. El único lugar que parece un pueblo es la zona de la carretera, allí están todos los bares y tiendas que hacen de este un verdadero pueblo. Pero nosotros no teníamos ni idea de dónde estábamos ni hacía dónde ir. Y además era ya bastante tarde y estábamos hambrientos, así que decidimos dejarnos ayudar por un joven rastafari que se ofreció a llevarnos a un albergue.

El chico nos llevó a través del pueblo y la selva por un camino laberíntico que no hubiera sabido encontrar de nuevo. Le pedimos que nos llevara a Chez Marie Oldie, un hotel familiar que habíamos encontrado en la Lonely Planet y cuya característica principal era que estaba dentro de una típica casa “implovium”. El chico nos acompañó hasta dentro de la casa y se quedó hablando con la hija de la dueña mientras nosotros negociábamos el precio y veíamos las habitaciones. Decidimos quedarnos, nos despedimos del chico que nos había traído no sin que antes nos invitara a pasarnos por un local de copas en el que tocaba el djembe. Vimos como la dueña de la casa le daba una pequeña comisión por habernos acompañado.

La arquitectura del hotel (o casa de huéspedes, más bien) era realmente curiosa. Es un tipo de casa que para aprovechar las pocas lluvias que se producen al año tiene forma redonda con un patio interior descubierto dónde se concentran todas las aguas para así poder explotar un pozo anexo que retiene el liquido todo el año. Vale la pena pasar una noche aquí aunque sea para ver como eran estas casas.

Aunque teníamos hambre, nos habíamos pasado todo el día viajando y eso se merecía una ducha. Pero en Chez Marie Oldie no hay agua caliente, ni fría tampoco había, el agua se saca del pozo y con ella llenan un barreño que te dejan en el baño de la habitación para que te laves. Ese sistema lo bautizamos como ducha africana y aunque parezca que es muy rudimentario e incomodo, en realidad no desperdicias casi agua y te bañas bastante fácilmente. Durante el baño una araña como un puño de grande se paseó por la pared de la habitación cercana a la cama. La dejamos estar, ya que tal y como imaginábamos desapareció antes de que tuviéramos que acostarnos.

Salimos a visitar el pueblo y a buscar algo para comer, aunque el hambre ya casi se nos había pasado. El mapa que trae la Lonely es bastante malo, con él no se puede encontrar nada y menos en un pueblo tan complicado como este. Así que nos volvimos a perder tratando de buscar la carretera dónde estaba el “mini-marché” dónde comprar algo de comida y bebida. Pasamos por un estadio de fútbol que tenía un baobab en mitad del terreno de juego, por mitad de la parcela de una casa, al lado de unas casas bastante ostentosas para la zona dónde vivían franceses… y cuando nos dimos por vencidos preguntamos a un hombre que pasaba en bicicleta. El hombre dio la casualidad de que hablaba algo de inglés, tuvimos suerte y muy amablemente nos pidió que le siguiéramos que él nos acompañaba. En 5 minutos aparecimos en la carretera al lado del mercado. Nos despedimos del hombre y cuando cada uno se iba a ir por su lado se giró y preguntó: “¿no os gustaría pasar la noche en una casa africana de verdad?”. Nos explicó que tenía una habitación libre y que a veces algunos extranjeros se quedaban allí y que era mucho más barato que un hotel. Nuestra idea era pasar una noche en el campamento “A la nature” del que habíamos escuchado muy buenos comentarios, pero tampoco estaba mal la oferta así que quedamos con encontrarnos con él a una hora determinada en el mismo lugar dónde nos habíamos encontrado hoy para que nos enseñara la casa y que pudiéramos decidir.

Nos compramos una Afrika-cola en el mercado para darle una última oportunidad, pero no, no sabía igual de bien que aquella que tomamos en la carretera de Saint Louis. Nos dimos una vuelta por la zona. Estaba muy animada, llena de bares, restaurantes y lugares de copas, aparte del típico mercadillo y un par de tiendas de alimentación general. Curiosamente, ya que no lo habíamos visto en ningún lugar de Senegal antes, había letreros en algunos bares que anunciaban los partidos de fútbol de la liga española.

Empezó a anochecer y decidimos que lo mejor sería cenar pronto ya que no habíamos comido nada. Nos acercamos a un lugar que por fuera tenía buena pinta. Un título de “pizzería” nos abrió el apetito. Entramos, estábamos solos, preguntamos si se podía cenar y la camarera nos respondió que no había problemas mientras nos entregaba una carta. Los precios nos parecieron razonables, así que le preguntamos si podíamos beber nuestra propia bebida ya que teníamos la botella de litro de África-cola casi entera. No había ningún problema y es algo que me encanta de África y Sudamérica, que te puedes traer lo que quieras de fuera. Pedimos una pizza y unos huevos fritos. La chica nos dijo que nos sentáramos y esperáramos. Pasó el tiempo, los mosquitos nos estaban comiendo vivos, vimos a la chica salir y regresar al cabo de 10 minutos con un par de huevos en la mano. 10 minutos después nos traía la comida. La verdad es que es una de las peores pizzas que he comido en mi vida, pero es admirable lo bien que funciona Senegal en cuanto al servicio: si tu quieres huevos, tranquilo que tendrás huevos, aunque tengas que esperar a que la gallina los ponga. Cenamos rápidamente (el hambr
e ya era voraz), pagamos la cuenta (4000 CFA) y nos largamos rápidamente antes de que los mosquitos acabaran con nosotros.

Por supuesto, en el paseo de regreso a casa nos perdimos. Si ya es complicado orientarte por Kafountine a plena luz del día, intentarlo por la noche y sin farolas es ya una odisea. Tuvimos suerte y señor que iba en nuestra misma dirección nos acompañó, sino puede que todavía estuviéramos dando vueltas por allí.

Gastos del día:
23800 CFA (2 noches en campament Carabane PC)
2000 CFA (piragua isla)
4400 CFA (balón niños Elinkine)
2200 CFA (Ndiaga Elinkine-Ziguinchor)
5000 CFA (7-plas Ziguinchor-Kafountine)
1200 CFA (varias Africa-colas)
4000 CFA (cena)

Total: 42600 CFA

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Crónica: Viaje a Senegal (XII)

12/4 Día de relax

Desde el mismo momento en que nos levantamos, nos planteamos que este día lo pasaríamos relajadamente. Nos levantamos tarde, sin ninguna prisa por hacer nada y pensamos ir a la playa durante lo que quedaba de mañana. Ni siquiera la gran araña que había en la pared de nuestro bungalow nos hizo cambiar de idea. Pisamos las botas por si hubiera algún otro insecto dentro antes de meter el pie y salimos con nuestra mochila de ataque hacía la playa.

La playa en Cap-Skirring es una gran extensión de arena blanca y fina divida en secciones según el tamaño del hotel más cercano. El Club-Med es el mega-complejo hotelero que tiene una zona más grande de la playa. Los nativos le llaman “la cárcel de blancos”, ya que la gente que se suele alojar ahí, raramente sale fuera de ese recinto. Aunque no hay fronteras físicas entre las playas de los hoteles, sí que hay vigilantes enfrente de los hoteles de lujo que cuidan de que sus huéspedes no sean “molestados” por los senegaleses.

Nuestro hotel no estaba demasiado lejos del Club-Med, así que decidimos andar hacía allá ya que la zona de los hoteles “baratos” está ocupada por las vacas. Nada más salir del hotel, nos empiezan a asaltar los captadores: “ven a comer a mi restaurante”, “te acompaño a ver a los pescadores”, “¿quieres ver al mamut?”… Increíble. Son realmente pesados. La única forma de librarte de ellos es seguir caminando y aún así no tienes ninguna seguridad de que te vayan a dejar en paz. De echo, un “amigo” se nos quedó pegado y se cruzó con nosotros toda la playa del Club-Med hasta llegar dónde se encontraban los pescadores descargando el pescado. Allí trató de hacer negocio con nosotros hablando con los pescadores para que nos dejaran hacer fotos a los tiburones que habían pescado, pero no lo consiguió, le dijimos que 2 euros no era un precio competitivo. Los pescadores allí mismo le cortaban la aleta al tiburón y tiraban en la playa el resto. Al parecer nadie se come la carne de tiburón, pero la aleta es muy apreciada por los japoneses para hacer sopa con supuestos poderes afrodisíacos.

Tratando de deshacernos de nuestro incomodo “amigo”, volvimos hacía la zona del Club-Med y le dijimos que íbamos a tomar un baño y que ya nos veríamos más tarde en el pueblo. Nos hizo caso y nos dejó bañarnos tranquilamente “protegidos” por el paraguas del hotel. Es una lástima que ésta zona se haya degradado tanto debido al turismo. Mucha gente vive gracias a la época turística y fuera de esa época a los pocos extranjeros que aparecen por allí les masacran como hicieron con nosotros (y eso que nosotros no damos mucho con la imagen que ellos buscan).

Cuando nos cansamos de estar tirados al sol, recogimos las cosas y fuimos hacía nuestro hotel. Como en el viaje de ida, durante el regreso fuimos perseguidos por media docena de captadores y vendedores que trataban de entablar conversación como amigos de toda la vida. Además, nos perdimos, nos pasamos de largo la entrada de nuestro hotel y llegamos a uno de los más lejanos, casi en la frontera con Guinea: el complejo les Alizes. Un hotel de super-lujo frecuentado por franceses ricos.

Finalmente, hambrientos y cansados llegamos a nuestro hotel. Dejamos las cosas y salimos a buscar el bar o restaurante más cercano. Caminando un poco en dirección al pueblo encontramos un bar dónde servían unos bocadillos enormes. Pedimos un par y los devoramos junto a una coca-cola bien fría (4200 CFA). Luego, regresamos al hotel a dormir la siesta. La araña ya se había escondido.

Nos despertamos tarde, ya casi anocheciendo y no teníamos ganas de ir al pueblo tan pronto. Bajamos de nuevo a la playa y nos sentamos en la arena para ver el atardecer. Un chico alto con rastas nos llamó desde la lejanía. Le miramos y esperamos a que se acercara. Hablamos durante un rato, no recuerdo de qué y luego aceptamos su invitación a un chiriguito que tenía junto a la entrada de nuestro hotel y en el que nunca nos habíamos fijado. Se llamaba Alpha, ¡incluso nos enseñó su DNI para demostrarlo! Tenía un supuesto restaurante en la playa y también hacía de guía de viajes. El restaurante, llamado Le Petit Swiss, era cuanto menos peculiar. No había electricidad, la iluminación se conseguía a base de un par de velas dentro de botellas de plástico. Por supuesto, sin electricidad no era posible tener neveras, pero Alpha aseguraba que podía servirnos cualquier tipo de carne o pescado que deseáramos. No lo poníamos en duda, pero me gustaría saber de dónde las conseguía. Las precarias sillas se hundían en la arena y las dos únicas mesas que había eran totalmente inestables. El restaurante estaba hecho de elementos reciclados, ramas y paja, no había ninguna pared ni ninguna puerta. Y por supuesto, seguro que ni Alpha ni sus amigos habían pedido nunca una licencia de apertura, ni habían pasado un control de calidad ni nada parecido.

Hablando con Alpha nos comentó que dormía en una tienda de campaña en el propio restaurante junto con sus 3 amigos. Esa misma tienda se la llevaba a las excursiones que organizaba. La excursión consistía en ir a Kafountine por una vía alternativa. En vez de ir en coche hasta Ziguinchor y luego coger otro hasta Kafountine, él proponía hacer el recorrido por la costa, navegando por los manglares en pequeñas embarcaciones y caminando cuando el suelo sea firme. Nos contó lo verde que es todo aquello, y cuanto le gustó el viaje a todos los extranjeros que fueron con él a hacerlo (incluso nos enseño un cuaderno lleno de felicitaciones y saludos). El viaje se hacía en 2 o 3 noches, depende de si te quedabas un día en Kafountine o no, y costaba 20000 CFAs por persona y día. Él lo ponía todo: bebida, comida, medios de transporte, la tienda de campaña para dormir, el viaje en coche de regreso… La verdad es que era una oferta tentadora, pero al final no se si por prudencia o por miedo a perder el tiempo le dijimos que no lo iríamos.

Dejamos a nuestros amigos rastas en su restaurante y nos fuimos al pueblo a buscar un lugar dónde cenar. Hay que decir de nuevo que Cap-Skirring es un lugar caro y que cuesta encontrar un lugar económico dónde comer. Encontramos un restaurante vacío (encendieron las luces cuando llegamos) en el que nos sirvieron una exquisita cena (5700 CFA) antes de regresar en medio de la oscuridad a nuestro hotel.

Gastos del día:
4200 CFA (comida)
800 CFA (botella de agua, muy cara en el hotel)
5700 CFA (cena)

Total: 10700 CFA

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