Crónica: Viaje a Senegal (V)

7/4 Viaje Infernal (continuación)

Después de 3 o 4 horas metidos en aquella furgoneta, cansados por no tener ni un respaldo dónde apoyar la espalda y hambrientos y sedientos por haber subido sin comida ni bebida, empezamos a preocuparnos por nuestra cada vez más deplorable situación. Preguntamos al revisor cuando llegaríamos a Saint Louis, pero apenas nos entendía. Entablamos conversación con otros viajeros, también sin mucho éxito por la barrera del idioma. Un chico joven, viéndonos un poco nerviosos y preocupados, trató de hacer un esfuerzo para comunicarse en inglés con nosotros. Nos confirmó que efectivamente el Ndiaga-Ndiaye se dirigía a Saint Louis, pero no se ponía de acuerdo con el resto de viajeros en el momento en el que llegaría. Nuria sacó su libreta y un bolígrafo y empezó a trazar dibujos esquemáticos para tratar de averiguar cuanto tiempo teníamos que permanecer en aquella lata de sardinas. Nuria le preguntó cuanto tardaríamos en llegar a Saint Louis. Tras varios minutos de deliberación y consultas, el chico joven escribió un número: “18”. Yo no lo pude ver, estaba sentado en otra fila de asientos distinta de la de Nuria. Sólo pude constatar que Nuria empezó a llorar. Lloraba de impotencia, por pensar que estaba encerrada en esa furgoneta y que no podría salir en las próximas 18 horas. Todo el mundo se giró, todos intentaron consolarla, le hablaban, le hacían bromas, incluso una mujer, pensando que lloraba por estar sedienta, le ofreció darle de mamar de su propio pecho. Fue una situación totalmente inesperada, tierna, humana… Nuria pasó del llanto a la alegría. Y se alegró todavía más cuando le hicieron saber que el “18” era la hora a la que se esperaba que llegáramos, no el tiempo que faltaba.

Tras este episodio, el revisor y el conductor debieron de pensar que lo mejor sería que nos enviaran en otro Ndiaga que fuera más directo, sin tantas paradas. Así que en cuanto llegamos a una parada más o menos grande dónde había decenas de furgonetas como la nuestra, el revisor nos dijo que bajáramos, nos bajó nuestros equipajes y los subió en otro Ndiaga. No le entendíamos, pero comprendimos que quería que fuéramos en el otro vehículo. Fue extraño. Nos despedimos rápidamente de la gente de la primera Ndiaga y subimos en la nueva.

Eran más de las 4 de la tarde, estábamos famélicos y sedientos. Yo tenía la boca tan seca que no hubiera podido ni comer. En la nueva Ndiaga nos tocó sentarnos hacía la mitad de la furgoneta, una posición mucho más cómoda que en la otra que estábamos al final. Tardamos unos minutos en salir de la estación y nada más salir, cuando llevábamos menos de 2 minutos avanzando a paso de tortuga, apareció un control policial que nos hizo detenernos. ¡Lo que nos faltaba! El policía pidió que bajaran algunas maletas que revisó. Pidió también la documentación del vehículo e inspeccionó visualmente a los pasajeros. Con una chulería pasmosa, le indicó al conductor que fuera hasta su puesto de control. Allí discutieron un rato hasta el momento en el que el conductor sacó un par de billetes y se los deslizó disimuladamente. Yo lo vi, pero creo que fui el único, ya que el resto de la gente no quiso o no se atrevió a mirar hacía atrás.

Proseguimos nuestro camino hacía el norte. La carretera por la que veníamos estaba en un estado no excesivamente malo, aunque de vez en cuando nos hacía saltar de nuestros asientos algún bache que ocupaba medio carril. El paisaje era seco, típico de la sabana, aunque salpicado con el verde de algunas zonas de bosque. El ritmo de avance del vehículo es realmente lento, en parte debido a las continuas paradas y en parte por el evidente exceso de peso con el que viajan siempre. Íbamos casi paralelos a la línea de costa, siempre en dirección norte. De vez en cuando, parábamos para apear y subir gente. En ocasiones, en carreteras secundarias, poco transitadas, incluso hay gente que viaja en el techo de la furgoneta. Aunque existen paradas oficiales, estos vehículos paran allá dónde haya alguien que solicite la parada si no van ya demasiado cargados. En la mayoría de paradas aparece gente tratando de venderte alimentos cultivados en la zona o bolsas de agua. A pesar de la sed que teníamos siempre rechazamos el comprar fruta o agua, puesto que eso significaría una diarrea segura. Sí compramos una bolsita con bollos caseros que no comimos para no resecar más nuestras gargantas (200 CFA).

En una de las paradas oficiales, en la que el conductor se entretuvo un poco más de la cuenta e incluso bajó del vehículo para recoger o entregar algún paquete, vislumbramos un hilo de esperanza. Como un espejismo, apareció ante nosotros una pequeña tienda de alimentación que tenía un gran cartel anunciando “Africa cola”. Intenté bajar corriendo del vehículo para comprar una botella. Nuria estaba realmente mal, le dolía la cabeza por la falta de azúcar y la sed nos tenía atenazados y sin ganas siquiera de hablar. Tenía que hacer algo, pero no podía salir, estabamos justo al medio de la furgoneta y no había manera. Pero entonces, de nuevo, la solidaridad de esta increíble gente volvió a hacer acto de presencia. Una mujer que se dio cuenta de mis esfuerzos por salir al exterior, me preguntó si quería algo. Todavía no se cómo, pero logré explicarle que quería una Africa-cola. La mujer le dijo algo en Wolof a un chico que estaba sentado en la primera fila, junto a la puerta. Éste se giró y me extendió una mano. Entendí el gesto a la primera, saqué la cartera y le di un billete. No sabía cuanto costaría, pero no me dio tiempo ni a preguntarlo, cerró la mano y salió corriendo a la tienda. Al cabo de un minuto que me pareció eterno, apareció con una botella de litro y medio de Africa-Cola bien fría (500 CFA). Me devolvió lo que le había sobrado y se giró sin más. Ese brebaje nos supo a gloria. Meter algo de azúcar en nuestro cuerpo después de tantas horas nos revitalizó. Más tarde volveríamos a probar la Africa-Cola, ya sin la urgencia del sediento, y su sabor nos decepcionaría un tanto.

El resto del viaje se pasó sin pena ni gloria. Dando tragos ocasionales a la botella conseguimos llegar al fin a la Gare Routiers de Saint Louis. Era media tarde. No estaba mal la aventura: más de 7 horas metido en una Ndiaga. Juramos no volver a repetirlo. Nuestras mochilas ya no nos pesaban, estábamos tan felices de haber llegado a nuestro destino que aunque las hubieran rellenado de piedras, las transportaríamos alegremente de un lado a otro. Por fin estábamos en Saint Louis. Bueno, en realidad todavía no estábamos en la ciudad, pues la Gare Routiers se encuentra en las afueras, al otro lado del puente de entrada. Tuvimos que discutir y negociar con un taxista la tarifa para llegar a la ciudad. Un “observador imparcial” nos juraba y nos perjuraba que por menos de 1500 CFA no nos iba a llevar nadie
, pero con nosotros tocaba hueso: teníamos la Lonely Planet. Terminamos pactando 1000 CFA por llevarnos a nuestro albergue, el único recomendado por la guía.

El taxista no tenía muy claro dónde estaba el albergue, pero preguntó hasta que unos chicos que fumaban en un portal le indicaron la calle exacta. Nos dejó en medio de una calle de casas bajas, sucia, sin pavimento. Las casas estaban claramente dañadas, pero se intuía un pasado de esplendor. En algún momento, aquellas casas debieron pertenecer a ricos comerciantes o a colonos europeos. Todas las fachadas pintadas de blanco, las puertas abiertas, la ropa tendida en mitad de la plaza, cabras y gallinas cruzando la calle, niños revoloteando, adultos charlando en los portales y arena de playa bajo nuestros pies. La arena lo invadía todo.

Estábamos descentrados. Buscamos el albergue y supusimos que no podía ser otro lugar que aquél: tímidamente nos asomamos a un portal que tenía un cartel de “hostel”. Entramos. Preguntamos si había habitaciones para esa noche. No, no había ni para hoy ni para mañana. Pedimos consejo para ir a otro lugar económico. Él propietario no tuvo ningún problema en recomendarnos acudir al “Café des arts”, a 5 minutos de allí. Nos indicó la dirección y nos fuimos hacía allá. Nos dio la sensación de que en Senegal no hay rivalidades.

El “Café des arts” no era uno de los hostels recomendados por la Lonely, pero dentro del sector económico no lo ponía mal. Tal y como nos acercábamos al edificio dónde se encontraba el albergue, las casas iban teniendo peor aspecto. Algunas presentaban serios problemas, como la caída de alguno de sus muros o grandes grietas y agujeros. Pensándolo fríamente, si a cualquiera de nosotros nos tele-transportaran hasta las cercanías del “Café des arts” y nos dijeran que encontráramos el albergue, ninguno acertaría a hacerlo a no ser que se fijara en el cartel junto a la puerta. Es más, la mayoría de la gente incluso tendría bastante reparos de llamar a la puerta. Nosotros sí que llamamos, después del duro día que llevábamos sólo necesitábamos una ducha y una superficie horizontal para sentirnos afortunados. El propietario nos enseñó dos habitaciones con cama de matrimonio y baño en suite. No nos permitió negociar su precio, pero no era caro y se ajustaba a lo que decía la guía, así que aceptamos sin demasiada dificultad. Pagamos dos noches por adelantado (16000 CFA), dejamos las mochilas y salimos a buscar un lugar dónde comer.

Era tarde, empezaba a oscurecer. Dimos vueltas por la ciudad, pensando en un lugar dónde comer. Era extraño, no teníamos tanta hambre como antes. Quizá nuestro estómago entendió que por mucho que protestara, no había comida. Tardamos bastante en encontrar un lugar que nos gustara para cenar, pero al final nos pareció bien uno de los recomendados por la Lonely: “La linguere”. Comimos muchísimo y nos bebimos un litro de coca-cola fría. Nos quedamos un buen rato charlando, ya con los platos vacíos. El restaurante no es que fuera nada del otro mundo, un típico restaurante africano. En España nadie entraría en un garito así, pero allí entra dentro de lo normal y la verdad es que la comida era exquisita. Pagamos (5500 CFA) y salimos disparados a nuestro hostal. Sólo paramos a comprar una botella de agua para no pasar sed nunca más.

Gastos del día:
2000 CFA (taxi Mamelles-Ferry)
57000 CFA (barco Casamance)
5500 CFA (Ndiaga-Ndiaye a Saint Louis)
200 CFA (bollos)
500 CFA (Africa-Cola)
1000 CFA (taxi a Saint Louis)
16000 CFA (2 noches en albergue)
5500 CFA (cena)
400 CFA (botella agua 1’5 litros)

Total: 88100 CFA

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