Crónica: Viaje a Senegal (XV)

14/4 Kafountine

Nos levantamos pronto, ya que queríamos regresar en el primer barco a Elinkine. Lo primero que ves cuando abres la ventana del hotel que está en primera línea de “mar” es maravilloso. Un espectáculo verde y azul, salteado con los marrones de las cabañas y los múltiples colores de las flores de la buganvilla. Desde luego si existe el paraíso debe parecerse a esto.

Bajamos a desayunar y a pesar de lo pronto que nos levantamos éramos los últimos. El desayuno era totalmente informal, a base de tostadas, mantequilla, mermelada, cola-cao, café y leche a discreción. Lo mejor de todo es que desayunamos en la terraza del hotel, frente al tranquilísimo mar que se mece enfrente de la isla. Los franceses salían en ese momento a pescar, iban a Kafountine en un pequeño barco de pesca a motar y luego volvían al anochecer. Estuvimos a punto de preguntarles si nos llevaban hasta allí (no creo que hubiera sido difícil la negociación), pero en parte por no retrasarlos y en parte por cumplir con la promesa que les habíamos hecho a los niños de Elinkine, decidimos no decirles nada.

Fuimos a dar el último paseo y a hacer las últimas fotos en la isla antes de partir. Apetecía mucho el baño, el agua estaba totalmente en calma y aunque no hacía mucho calor (había algunas nubes) tampoco se puede decir que hiciera frío. Pero no teníamos mucho tiempo, así que resistimos la tentación. Volvimos paseando tranquilamente al albergue, pagamos la noche de hotel en pensión completa (23800 CFA) y nos sentamos en la terraza a esperar a la piragua (en Senegal llaman “piragua” a todos los barcos pequeños).

El barco salió con un poco de retraso sobre el horario previsto (nada especial). El viaje fue como el de ida, con el control de pasaportes incluido. Lo único curioso fue que para regresar en la piragua sólo nos cobraron 2000 CFA, quizá no contaron las mochilas.

Cuando atracamos en Elinkine y bajamos del barco, a los pocos metros nos encontramos una de las niñas del día anterior. Charlamos con ella un rato y le dijimos que avisara a su hermano que era al que le prometí que le compraríamos el balón. Se fue corriendo y al momento vino con un montón de niños. Nos saludamos y el chico este nos pidió que le acompañáramos a su casa. Conocimos a toda su familia, a su madre, a las otras dos mujeres de su padre y un montón de hermanos pequeños. Hablamos con su madre como pudimos (en nuestro francés patatero). Nos contó que su marido estaba en Barcelona, que se alegraba mucho de vernos, que allí los españoles habían sido muy buenos con él… Nos dio su número de teléfono para que le llamáramos cuando llegáramos a España y su dirección para que le escribiéramos. Le regalamos el diccionario francés-español que llevábamos, ya que en realidad lo habíamos utilizado bien poco. Terminamos nuestro encuentro haciendo una sesión de fotos, les encantan las fotos, sobretodo hacerlas a ellos y ver en la pantalla de la cámara digital el resultado.

Luego fuimos a la tienda a comprar el balón. La tienda, como no, está justo al lado del embarcadero, dónde está todo en este encantador pueblecito. Desde que salimos de la casa, uno de los hermanos se había ofrecido a hacer de porteador oficial y cargaba con una de las mochilas pequeñas que llevábamos (y que no intentáramos llevarla nosotros, ¡que se enfadaba!). El tendero nos pidió 5000 CFA por el balón (de cuero, el típico que venden también aquí como balón oficial) y con un poco de ayuda de los niños conseguimos regatearle hasta llegar a los 4400 CFA, una ganga según él. Le entregamos el balón a los niños, que nos prometieron que lo compartirían y que jugarían todos como buenos amigos, y fuimos todos juntos a coger el Ndiaga directo a Ziguinchor. Muy amablemente y sin pedirlo, dos niños se adelantaron y nos reservaron un lugar cómodo en el Ndiaga. Sólo al llegar a la Ndiaga, nuestro porteador particular nos entregó nuestra mochila. Nos despedimos de todos a través de la ventanilla mientras nos alejábamos.

El viaje esta vez no fue tan pesado y eso que tuvimos que parar a reparar una rueda porque pinchamos (ya empezamos a acostumbrarnos). Supongo que el tener buenos sitios ayuda bastante. Llegar hasta Ziguinchor nos costó 2200 CFA y luego desde allí hasta Kafountine en un 7-plas fueron 5000 CFA más. En la estación de Ziguinchor estuvimos tentados de buscar un sitio para comer, ya que era un poco tarde y no sabíamos cuanto tardaríamos hasta nuestro destino. Sin embargo, no lo hicimos, simplemente compramos una botella de África Cola que ya no nos supo tan bien como la primera vez (600 CFA).

Una curiosidad que nos pasó esperando a que se llenara el 7-plas fue que un tipo se acercó a nosotros con 2 euros en la mano y nos pidió que se lo cambiáramos que lo necesitaba para comprar algo. Nosotros no teníamos 1300 CFA a mano y no íbamos a sacar un billete de 10000 allí delante de todo el mundo. El hombre empezó a ponerse nervioso porque no nos entendíamos (nosotros le decíamos que “no” por razones distintas a las que él debió pensar) y eso empezó a congregar gente. En un rato había allí 7 u 8 hombres curioseando a ver que sucedía. Tuvimos la suerte de encontrar entre ellos a uno que hablaba inglés y le contamos porqué no le podíamos cambiar. Él se lo comunicó y el ambiente se relajó. El hombre nos dijo que aunque fuera por 1000 CFA nos lo cambiaba ya que él con 2 euros no puede hacer nada. A nosotros nos sabía un poco mal, pero accedimos a realizar el trueque.

(continua)

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Crónica: Viaje a Senegal (XIII)

13/4 Isla de Carabane

No teníamos claro que íbamos a hacer. Por una parte quedarnos un día más en la playa de Cap Skirring sin hacer nada nos atraía, pero por otra parte nos imaginábamos que encontraríamos más lugares como este en el camino. El día anterior, habíamos encontrado a un grupo de gente comiendo en el restaurante del campament entre los cuales había una chica que hablaba español. Nos comentó que venían andando por la playa desde Diembéring, a unos 9 kilómetros al norte de Cap Skirring, y que esta era la peor playa que habían encontrado y en la única en la que la gente les había molestado. Para nosotros era un argumento de bastante peso.

Por cierto, que el grupo este había pedido para comer una parrillada de gambas y aún cuando ya habían terminado, en la fuente que les sacaron todavía había gambas para alimentar a medio campament.

Finalmente decidimos coger nuestras mochilas y marcharnos de Cap Skirring. Nuestro nuevo destino era la Isla Carabane. Pagamos las dos noches de campament al encargado (20000 CFA) y andando por la carretera fuimos hasta la plaza del pueblo dónde se reúnen los transportes públicos. Por el camino compramos una botella de agua para que no nos pasara como en otras ocasiones (500 CFA).

El hombre que organiza todo aquello del transporte hablaba un poco de castellano y nos explicó que para ir hasta Carabane teníamos que coger un 7-plas o una Ndiaga hasta Osuye y luego allí bajarnos y coger otra Ndiaga hacia Ellinkine. En Ellinkine un barco nos llevaría a la isla. El mini-bus hasta Osuye nos costó 1200 CFA para los dos con maletas y el Ndiaga a Ellinkine otros 1100 CFA.

El camino hasta Osuye está asfaltado y dentro de lo que cabe hay pocos agujeros que te hagan el viaje incomodo. Además fuimos cómodamente sentados ya que el tipo de furgoneta era un poco más grande de las habituales. Sin embargo el viaje hasta Ellinkine es todo un reto. El camino no está asfaltado, bueno, sí, lo estaba, lo cual es mucho peor puesto que los trozos de asfalto deteriorado, roto o inexistente provocan saltos y movimientos bruscos. Todo esto unido a que como ya se ha comentado en multitud de ocasiones los vehículos en Senegal parece que no tengan suspensiones y a que no conseguimos buenos sitios en el Ndiaga, hizo que un corto trayecto como este fuera uno de los más duros. Nuria se pasó todo el rato sentada en el suelo de la furgoneta junto a una niña pequeña que tampoco tenía asiento. Se mareó bastante. Yo tuve la suerte de conseguir un lugar entre dos mujeres de talla XXL y prácticamente no podía moverme. Una de ellas se pasó todo el trayecto luchando contra una gotera que de vez en cuando dejaba caer una gota desde el techo directamente a su cara. Y no es que lloviera, sino que probablemente alguien transportaba algún tipo de líquido en el techo de la furgoneta cuyo envase no estaba a prueba de Ndiagas.

Llegamos a Ellinkine. Bajamos de la Ndiaga y cuando casi íbamos a besar el suelo vinieron unas docenas de niños que nos rodearon con la mano extendida para que les diéramos algo. Había niños de todos los tamaños y edades, desde los que todavía no sabían hablar hasta las niñas mayores que cuidaban de ellos (no tendrían más de 12 años en ningún caso). Conforme fueron viendo que no les íbamos a dar nada se fueron dispersando buscando a los pocos extranjeros que había por el pueblo.

Bajamos al puerto y preguntamos por el barco a la isla Carabane con nuestro pobre francés. Nos dijeron que hasta las 12 no llegaría, así que, ya que estábamos, decidimos dar una vuelta por el pueblo. Tal y como dice la Lonely no hay nada reseñable en Ellinkine, nada salvo lo que ya habíamos visto: los niños. Ibas paseando por las calles del pueblo y los niños salían de las casas y se pegaban a tu lado, te daban la mano para acompañarte, te hablaban en su francés macarrónico… Al final terminamos rodeado de niños en el puerto, a la sombra de una acacia gigante, debajo de la cual se ponía el mercado diario de fruta y pescado. Nuria haciendo de profesora les proponía juegos con un simple boli y una hoja de papel. Un niño dibujaba algo en la libreta y entre todos adivinaban de que se trataba. Era prodigioso lo bien que dibujaban ciertas cosas (pollo, red de pesca, etc). Y también era fascinante la experiencia de comunicarse con aquellos niños. Nos hicimos mil fotos con ellos y creo que fue una de las experiencias más enriquecedoras de todo el viaje.

Acordamos con ellos que les regalaríamos un balón cuando volviéramos de Carabane. Antes ya les habíamos regalado todo lo que teníamos y que les podía hacer algún papel: pastillas de jabón, lápices y bolígrafos… hasta una botella de plástico vacía de coca-cola. Uno de los niños vino corriendo y le pidió a Nuria que le acompañara a su casa. Nuria fue mientras yo me quedé charlando con los niños y con dos Gambianos ataviados con las típicas túnicas blancas que me explicaron que habían venido a trabajar allí por las duras condiciones económicas de su país. ¡Es un placer encontrar gente que hable inglés! Nuria regresó al cabo de un rato y me contó que la madre del niño nos había invitado a comer, que decía que su marido estaba en Barcelona y que los españoles se habían portado muy bien con él y que estaba muy agradecida. Nuria tuvo que declinar la invitación ya que el barco vendría pronto. Lo dejamos para cuando regresáramos de Carabane.

El barco se estaba retrasando. Entonces ocurrió algo curioso para un observador occidental. Habíamos viajado por algunos países musulmanes (Turquía, Túnez, Egipto) y nunca habíamos visto una muestra de religiosidad en público. Si entras en una mezquita en el Magreb seguro que encuentras gente rezando e incluso es posible que presencies algún oficio religioso. Pero aquí lo que presenciamos fue espectacular. Todos los hombres del pueblo acudieron a la llamada a la oración de un templo que estaba justo al lado del embarcadero. Llamémosle templo o llamémoslo cabaña de cañas y adobe. El caso es que allí no cabía todo el mundo, por lo que la gente empezó a desplegar sus alfombras y a arrodillarse a rezar en medio de la calle. Sin problemas, igual les daba que les miraras o que no. En general es un rasgo que nos sorprendió del pueblo senegalés respecto a los “africanos del norte”: nadie trata de ocultar nada, son espontáneos, tienen las puertas abiertas y, dentro de lo que cabe, las mujeres ocupan un lugar visible en la sociedad.

(Continua)

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