Tiempo de viajes
Tiempo de viajes
El ansia por viajar
Cargando
/

Seguro que te ha pasado: estás charlando tranquilamente con otros viajeros y, de repente, empiezan a soltar nombres de destinos exóticos y sientes cómo se te activa ese ansia por viajar. Es como si tu cerebro le metiera zoom al mundo de forma automática; pasas de pensar en un país a imaginarte en un cenote concreto o en una calle perdida de una ciudad que ni estaba en tu radar. Esta pulsión mental por descubrir nuevos rincones es algo que nos define y que, a veces, nos hace sentir que el mundo se nos queda pequeño, por mucho que sepamos que tiene miles de kilómetros por recorrer.

A veces no hace falta ni hablar con nadie para que aparezca esa necesidad de explorar. Puedes estar tranquilamente trabajando y, sin motivo aparente, acabas abriendo Google Maps o SkyScanner solo por tantear una posibilidad. Es esa curiosidad casi infantil la que nos lleva a pasear virtualmente por ciudades con el Street View o a interesarnos por conceptos como los «Walking Simulators». Al final, buscamos esa dopamina del viaje incluso cuando estamos en el sofá, intentando saciar un hambre de mundo que parece no tener fin, aunque a veces nos planteemos si el metaverso o la realidad virtual podrían ser un sustituto real o simple «metadona» viajera.

Desde un punto de vista más clínico, el ansia por viajar no tiene por qué ser algo patológico, aunque la palabra «ansiedad» asuste. Mientras que la ansiedad real es una respuesta de lucha o huida ante una amenaza, lo que sentimos nosotros es más bien una anticipación positiva, como la de los niños la noche de Reyes. Es ese cosquilleo de querer estar ya en el destino, de proyectarnos en el futuro. No llega a interferir en nuestra vida diaria de forma negativa, pero sí que nos mantiene en un estado de alerta constante, buscando siempre la próxima aventura para calmar el mono.

La ciencia tiene mucho que decir sobre nuestras ganas de ver mundo. Hay estudios que relacionan directamente la dopamina con la tendencia a la exploración; parece que nuestro cerebro no está diseñado para estar meses mirando la misma pared. Necesitamos ese chute de novedad para sentirnos vivos. Es un rasgo que incluso nos hace debatir si viene de serie en nuestros genes o si es algo puramente cultural influenciado por los referentes que seguimos. Lo que está claro es que, cuando el cuerpo pide kilómetros, es muy difícil decirle que no.

Uno de los puntos más interesantes de este sentimiento viajero es que la planificación ya forma parte del viaje. Se ha comprobado que muchos somos incluso más felices durante los meses de preparación que en el propio destino. Ese momento de hacer «click» y comprar un vuelo es pura adrenalina, un alivio inmediato para cualquier ansia por viajar acumulada. Planificar, mirar hoteles y organizar rutas nos permite vivir el viaje mucho antes de poner un pie en el avión, convirtiendo la espera en una fase llena de ilusión y dopamina.

Sin embargo, hay que saber distinguir si lo nuestro es amor por descubrir o simplemente ganas de escapar. Existe un impulso de fuga que aparece cuando lo que queremos es huir de una rutina que nos asfixia, y ahí es donde la cosa se puede poner complicada. Viajar para conocer es maravilloso, pero viajar solo para no estar «aquí» puede ser un parche temporal. El verdadero viajero disfruta del camino, pero también sabe gestionar esa vuelta a casa sin que el contraste le genere una crisis existencial cada vez que aterriza.

En el fondo, todos tenemos una especie de «Pasapalabra» mental de destinos. Tenemos que ordenar nuestras prioridades porque, seamos realistas, no tenemos 400 años de vida ni energía infinita. Existe una tensión constante entre el tiempo, el dinero y la salud, y eso es lo que alimenta nuestro deseo de quemar suela. Queremos ir a los sitios antes de que se pongan de moda o antes de que el cuerpo nos pida un ritmo más pausado. Esa urgencia por tachar lugares de la lista es lo que nos mantiene activos y siempre con una pestaña del navegador abierta buscando ofertas.

Ahora mismo, nosotros estamos en pleno proceso de alimentar esa ansia por viajar con un destino que nos tiene muy motivados para este verano. Entre preparativos de mochilas minimalistas, retos de equipaje y el estudio de rutas aéreas, la emoción está por las nubes. Sabemos que va a hacer calor y que habrá que sudar la camiseta, pero la recompensa de volver a perderse por ciudades vibrantes y paisajes únicos compensa cualquier esfuerzo. La próxima temporada vendrá cargada de historias, pero de momento, nos toca disfrutar de este «pre-viaje» tan intenso. Nos despedimos ya hasta algún día de septiembre, cuando empezará la séptima temporada de Tiempo de Viajes. ¡Buen verano y buenos viajes!

Cada jueves tenías un nuevo episodio de esta sexta temporada de Tiempo de Viajes en las principales plataformas de podcasting, pero esta es la última semana. ¡Nos vemos en septiembre!
Puedes contactar con nosotros a través de https://apeadero.es y de cualquiera de nuestras redes sociales.

Tema principal: Truth and Beauty por audiotechnica (ccmixter)
El contenido de este podcast se distribuye bajo licencia Creative Commons BY-SA-NC

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *